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La otra orilla

Ulises Cala
 

1

–Es aquí.
–¿Y ahora?
–Esperar.
–Esperar.
–Es lo único que hemos hecho en la vida, poco más no tendrá importancia.
–Un tren improbable.
–Una sonrisa que no existe.
–El dinero que hace mucho dejó de valer.
–Algo que no logramos saber qué es, pero estamos seguros nunca llegará. Ahora puede pasar lo mismo.
–Esta vez no.
–¿Qué hay de distinto en esta espera?
–Ya estamos junto al río.
–Tan sucio que casi no lo parece.
–Arrastra toda la basura.
–Y también los muertos.
– En un río siempre tendrá que morir alguien; algunos confían demasiado en sus fuerzas y se lanzan a cruzarlo, esos no siempre llegan.
–O se cansan de esperar al barquero y terminan creyendo que no existe.
–Nosotros resistiremos hasta el final.
–¿Cuál final?
–Cuando llegue él y nos cruce.
–¿Y si no llega?
–¿Por qué no ha de llegar?
–Puede no existir.
–Si no existiera entonces nada tendría sentido.
–¿Algo tiene sentido?
–La otra orilla.
–Tan lejos, frente a un río tan sucio, pendiente de un barquero que no aparece.
–Si hay río hay barquero, si hay barquero hay viaje, si hay viaje hay otra orilla.
–Demasiado lógico.
–Absolutamente lógico.
–Lógico fuera que tuviéramos un par de alas, pero el hombre es un ángel mutilado; nos arrancaron las alas y nos convirtieron en el peor de los bichos. No es lógico, ni justo. Si por lo menos nos hubieran construido un puente, pero en su lugar construyeron perseguidores. Tampoco es lógico, ni justo.

2

–Me duele que termine ese programa, si durara por lo menos quince minutos más.
–La televisión es un asco.
–Es la historia de un hombre que toma un barco. ¿Sabías que los barcos existen?
–Que existan no quiere decir que haya viaje.
–Pero existen.
–Claro que existen.
–Entonces existe el mar. ¿Alguna vez lo viste?
–Una vez, de lejos, en premio por haber ganado un concurso.
–¿Cómo es?
–Agua, agua.
–Por ahí se puede ir a alguna parte.
–Es sólo para marinos, nosotros no lo somos.
–¿Por qué no somos marinos?
–Porque no podemos montar un barco.
–¿Por qué no podemos montar un barco?
–No sé. Hay aduanas, papeles y miles de preguntas.
–¿Podré responder alguna?
–No lo creo.
–El hombre que viaja mira al horizonte.
–En cualquier momento va a naufragar y te dirán que cada vez hay menos islas desiertas.
–¿Tienes hambre?
–Es hora de comer.
–Sírvete un poco de lo que no te gustó ayer.
–Es lo mismo que no me gustó anteayer.
–¿Qué preguntan en las aduanas?
–¿Dónde va usted?
–¿Qué se supone que diga?
–El nombre de un sitio.
–No conozco el nombre de ningún sitio, sólo quiero ir a algún lugar.
–No podrán darte el pasaporte.
–Pero el hombre de la televisión no dijo a dónde va.
–La televisión es un asco.
–¿Piensas que naufrague su barco?
–Todos los barcos acaban naufragando, menos en la televisión.
–¿Tienes hambre?
–Es hora de comer.
–Sírvete un poco de lo que no te gustó ayer.
–Me levantaré con gases.
–Siempre te levantas con gases.
–Voy al trabajo a hacer lo mismo y cuando regreso sigo haciendo lo mismo.
–Come un poco de lo que no te gustó ayer.
–Aunque me levante con gases.
–¿Qué quieres que haga?
–La televisión es un asco.
–Todo es un asco, incluso el hombre y el barco.
–Apaga entonces ese aparato.
–¿Tenemos algo que decirnos?
–Nada en especial.
–¿Entonces?
–¿Cómo se llama el barco en que va el hombre?
–Barco.
–Todos los barcos tienen un nombre.
–¿Es importante eso?
–Importante es el viaje.
–Si se nos ocurriera el nombre de un lugar quizá nos darían el pasaporte.
–Entonces te preguntarán qué vas a hacer allí.
–Huir.
–Esa respuesta no les gustará.
–¿Qué debo decir?
–No sé.
–¿Entonces?
–Conozco el río donde hay un barquero que cruza la gente al otro lado y no hace preguntas.
–No quiero hablar de eso, me trae malos recuerdos y me da mucho miedo.
–Todos tenemos miedo y malos recuerdos.
–Un río no es un mar.
–A nosotros nos da lo mismo.
–¿Qué hay al otro lado?
–Algo distinto.
–Cómete lo de ayer aunque te dé gases.
–No comeré más lo de ayer; quiero irme a buscar ese barquero.
–Anoche soñé con perseguidores.
–Siempre sueñas con perseguidores.
–En la televisión dicen que no existe el barquero.
–La televisión es un asco.
–¿Qué vamos a hacer cuando termine el programa?
–Lo mismo de siempre.
–Un asco.
–¿Entonces?
–Tengo miedo.

3

–Tienes miedo.
–Antes era más.
–Antes del muchacho.
–Y después. Aún cuando lo dejamos seguía pensando que era un perseguidor.
–A pesar de la cara de ángel.
–Y de los pasquines.
–Lea esto y encuentre la palabra de Dios. Jesús quiere que todos seamos salvos. No queramos ir hacia ningún lugar porque en esta tierra sólo hay un camino; el camino que lleva hasta el Señor, lo demás son atajos, atajos que llevan al Infierno. Lee y conoce la palabra de Dios; después ven conmigo, yo conozco el único camino.
–Te dio un pasquín.
–A ti otro. Pero fue en vano, en nuestra cabeza sólo estaba llegar hasta aquí.
–Sin embargo conservaste el papel.
–Bien apretado, para que nada pudiera arrancármelo, y le iba pidiendo: ¡Que no encontremos un perseguidor! ¡Que no lo encontremos!
–Y no lo encontramos.
–Lo apretaba incrédula, pero lo apretaba: ¡Que no lo encontremos, Dios mío! ¡Que no lo encontremos!
–Pensé que habías empezado a creer.
–A descreer. Antes era un hecho que Dios levitaba encima de mí; en cambio el muchacho de los pasquines tenía miedo.
–De los perseguidores.
–También de nosotros.
–El muchacho de los pasquines tampoco cree. Sabes que los caminos que llevan hasta Dios también están llenos de perseguidores.
–Todos los caminos están llenos de perseguidores.
–Y sin embargo no hemos encontrado ninguno.
–Sólo un muchacho que repartía pasquines.
–De eso también están llenos los caminos.
–Tienes miedo.
–Antes tenía más.
–El barquero puede llegar en cualquier momento.
–También los perseguidores.
–¿Cara o cruz?
–Cualquiera puede llegar, incluso Dios.
–Incluso el muchacho.
–Te has enamorado de él.
–Tienes miedo.
–Antes tenía más.
–¿Y tu pasquín?
–Lo tiré al darme cuenta que te habías enamorado del muchacho.
–Has hecho mal, era algo de Dios.
–No creo en Dios.
–De todas formas tienes miedo.
–Si quieres podemos rezar.
–Ya recé antes muchas veces y no sirvió de nada.
–Antes estábamos allá.
–Con mucho más miedo.
–Antes, allá, con mucho más miedo, también recé.

4

–Soy Robinsón. Llevo la isla bajo la piel como una sarna. A pesar de los buenos métodos reproductivos las cabras escasean; muy de vez en vez logro matar alguna, casi a dentelladas, porque el puñal que rescaté del naufragio terminó por partirse; lo mismo el martillo y la hachuela de trozar, así que cuando la cabaña termine de caerse seré otra cabra correteando en el pasto. De noche, con la calma chicha, llegan fantasmas y mosquitos. Viernes es inmune a la plaga, en cambio a mí se me llena de ronchas todo el cuerpo: Me gustaría tener tu piel, tus dientes, anoche me dolieron las muelas hasta el delirio y añoré aquel cirujano de a bordo, un tipo sucio con los dedos manchados de tabaco, un asco; todo se añora en la miseria, Viernes, incluso las tazas de los escusados donde poder evacuar en santa paz estos cólicos del diablo; tampoco sufres de cólicos; te criaste entre las carnes mal cocidas y te has hecho resistente a los gusanos y las moscas. Te envidio de verdad; encuentras bello el paisaje porque no sabes que una playa a la que no llegan barcos es una aberración, tampoco sabes lo que es una aberración y estás contento. Te envidio, Viernes, o no te envidio, al menos sé qué es un cólico y un dolor de muelas. Soy Robinsón; no pedí este pedazo de tierra, me toco en suerte en la lotería de las islas y los naufragios.

5

–¿Te dije que una vez fui Robinsón Crusoe?
–No me parece.
–Habían puesto el tema: Qué haría solo en una isla desierta; entonces hice la mejor composición de mi curso. La fortaleza que ideé era superior a la del mismo Robinsón y más fácil de hacer, el maridaje con los animales tan efectivo que no hacía falta más compañía: Siete loros hablando sobre los siete misterios siete horas al día y un perro que da siete ladridos a las siete de la mañana por los siete pecados capitales, había otro loro que sólo repetía mi nombre, una maravilla; una isla extraordinaria donde todos hubiesen querido naufragar. Hablaron mucho de mí, maravillas, y me declararon Robinsón Crusoe: ese era el premio; además me dieron a escoger entre una isla de plástico y una cabra. Escogí la isla de plástico.
–Quisiera saber de qué tamaño es el pedazo de estopa que tiene en la cabeza.
–Le hubieras hecho una seña: ¡La otra, la otra!
–Despreciar una cabra, santo Dios, una cabra.
–A los muchachos les llaman la atención las islas de plástico. Pensó en jugar.
–No pensó que tenía que comer.
–He aquí un ejemplo de entereza y firmes principios. Ante todo el ideal. Quería una isla y luchó por ella; ahora la tiene para él solo. Una isla para él sólo, aunque sea de plástico, un día, de continuar tan firme, tendrá una de verdad. Aplausos, pido aplausos. Un ejemplo de entereza y firmes principios.
–Un tonto, irremediablemente un tonto.
–Al final tuvo razón. La isla no resultó gran cosa y acabó por romperse, tenía una palmera en el centro. Odié aquella isla, las cabras, los premios y los premiados.
–Nunca fui gran cosa. Tenía el pelo muy suave y con eso era suficiente. También odié los premios y los premiados.
–De todas formas tendrás algún recuerdo.
–Sí, alguno.

6

–Esperar se parece a tener miedo.
–Es una arenilla cayendo en la memoria.
–Esperar es también recuerdo.
–El miedo y los recuerdos son una misma cosa.
–Incluso los gratos.
–Sobre todo esos.
–Ahora me viene a la memoria cómo estuve desnuda en la quietud de un hotel.
–Un hotel de segunda.
–Todos los hoteles son de segunda.
–Con las sábanas manchadas por espejismos ajenos.
–Pero en ese recuerdo no estás tú; hay otro hombre conmigo.
–Uno que miró dentro de la jarra vacía y cambió la posición de los vasos en la repisa.
–Ése.
–Buscaba alargar el momento hasta la desnudez, unos segundos necesarios, unos segundos.
–Me había puesto un collar de lapislázuli.
–Y el elástico del pantaloncillo, también azul, empezaba a deshilacharse.
–Una pequeña rajadura en la tela.
–Él miraba los vasos y el fondo de la jarra.
–Y el desgarrón del pantaloncito.
–También eso.
–Era otro hombre quien estaba conmigo.
–Te estoy hablando de mis recuerdos; entré una vez a un hotel de segunda con una mujer que llevaba un collar de lapislázuli.
–Pero no tenía el cordón del pantaloncillo deshilachado.
–Igual; y un sostenedor blanco un poco mugriento entre las costuras.
–¡Era yo!
–No, era otra mujer; es un recuerdo viejo, viejo.
–¿Qué pasó entonces?
–Terminé quitándole aquel pantaloncillo, más por evitarle la visión del desgarrón que por lujuria.
–Cuando estuve completamente desnuda seguía sintiendo vergüenza.
–Y se cubrió los senos con la sábana manchada.
–Entonces él se acostó a mi lado.
–Y alejó los brazos de la tela con la esperanza que volviera a desnudarla.
–Pero no lo hizo y me besó al lado de los labios.
–Comenzó a pasar sus dedos por mi espalda.
–Llegué hasta las caderas y le desabotoné aquel calzoncillo impecable.
–Aparté la sábana y me coloqué entre sus piernas.
–Sentí cómo me penetraba y supuse que ya no le importaría más el pantaloncillo, intenté olvidarlo yo también.
–La escuchaba chillar y volví a pensar en el pantaloncillo; entonces fue un recuerdo erótico; me concentré en el polvo de los vasos para no terminar antes que ella.
–¿De dónde sacamos los dos ese recuerdo?
–Las cosas pasan una sola vez, el resto es volver sobre lo mismo.
–Era otro hombre.
–Te estaba hablando de otra mujer.
–Cuando terminamos nos fuimos hasta la ventana.
–Por la acera de enfrente se paseaban dos perseguidores.
–Entonces dijo:
–Quiero irme de aquí.
–He pensado en eso más de una vez, pero cómo.
–Todo es cuestión de llegar al río; hay un barquero que cruza la gente al otro lado.
–No quiero hablar de eso. No quiero hablar. En la televisión dicen que es mentira.
–La televisión es un asco.
–Era un hotel de segunda.
–Todos los hoteles son de segunda.
–Era otra persona.
–Todos somos otra persona.
–¡Era otro! La noche antes de conocerte soñé que Dios había muerto; lo estaban velando entre dos cirios inmensos; Dios era un hombre lampiño, muy hermoso, con manos de mujer y un collar de fantasía enredado en el cuello, cuando llegué junto a él me pareció que estaba dormido y sentí ganas de besarlo, pero entonces vi el gusanillo que le salía del oído. Al otro día me encontré una moneda de plata, como estaba tan triste se me ocurrió comprar un vestido de percal y salir a la calle; entonces fue que te vi.
–Yo era novio de la mujer de los pechos más hermosos del mundo, la única que tuve antes que tú, cuando paseaba con ella sentía las miradas de envidia de todos los hombres; sin embargo su corazón latía con un compás tan parecido al mío que al intentar penetrarla me volvía una masa inútil, la misma que temblaba por el ruido de los perseguidores al otro lado de la pared. Cuando te encontré a ti, con tus pobres tetas acribilladas, y te invité a un hotel de segunda, tuve una erección tan fuerte que no puedo explicarme por qué no me olvido de todo y soy feliz al lado tuyo.
–Tengo miedo.
–Antes era más; ahora tenemos el río y tendremos al barquero.
–También a los perseguidores.
–También.

7

–Un cintillo para tu pelo, el mejor regalo de cumpleaños que podríamos hacerte; lo hemos comprado los dos, yo y este amigo mío a quien miras con tan mala cara, como si no fuera el mejor de los hombres, siempre dispuesto a ganarse tu cariño; él me acompañó tienda por tienda, buscamos en todas las cajas y era el último que quedaba, justo el que te venía bien, parece como si hubiera estado esperando por nosotros. Te haremos una pequeña fiesta, pequeña, desde luego, pero podrás invitar a algunas amigas y jugar a cuantas cosas quieras: la gallinita ciega, la señorita, arroz con leche se quiere casar, arré pote pote pote, arré pote pote pa. Nada de tristezas, ¿eh?, nada de tristeza; que no eres la única niña en este mundo que está sin padre. Si se hubiera muerto al menos habría motivos para estar triste, pero nos dejó el muy desgraciado, nos dejó, así que está claro que para nada nos quería. Además, como estaba en los últimos tiempos era mejor que se perdiera de una buena vez; verdad que contigo siempre fue distinto, pero conmigo, por Dios, conmigo: “Es que no entiendes que no quiero ir a ninguna parte, que no me preocupan las cosas que te preocupan a ti, que me conformo con lo que tengo y no ando con la cabeza llena de humo, es que no puedes ser un hombre igual que los otros”. Se fue, como los cobardes, porque los que se van son unos cobardes. ¿A buscar qué? ¿A hacer qué? Donde quiera que vaya tendrá un miedo igual. Pero no llegará a ninguna parte, no hay forma de llegar a ninguna parte. Estarás contenta el día de tu cumpleaños y no pensarás más en él, no merece una sola lágrima tuya, ni mía, ni de nadie.

8

–Arroz con leche
se quiere casar
con una viudita
de la capital.
Rin. Ran.
–Niña mía: de qué forma se es buen padre. Alguien debe haber escrito reglas; alguien que no tuvo una hija como tú y tampoco hubiera sabido qué hacer con esta desazón. Estar o no estar, he ahí el problema. Quieres este padre terminado para siempre o una posibilidad, nos consumimos como velas ante el cerdo muerto o corremos el riesgo.
–Aurora de mayo
que al campo salía
en busca de flores
de mayo y de abril.
Rin. Ran.
–Tengo que decidir por ti, lo que quiere decir que decido sin tu consentimiento, en contra de tu voluntad, decido para mí y deciden mis ganas, mi voluntad de ser pese a todo.
–Yo soy la viudita
que manda en la ley,
casarme quisiera
y no encuentro con quién.
Rin. Ran.
–Pobre niña mía, pobres los niños, pagando nuestras culpas y nuestros errores, acatando nuestra voluntad en nombre de un futuro en que ni nosotros mismos creemos.
–Tan linda y tan bella
no encuentra con quién,
elige a tu gusto
que aquí tienes quien.
Rin. Ran.
–Hasta dónde es querer: Un padre, por salvar a un desconocido, ocupa su lugar frente al pelotón de fusilamiento. Otro padre no se entrega para salvar a su hijo que, por su culpa, morirá frente al pelotón de fusilamiento. Hasta dónde es querer. Debe haber un manual que lo explique.
–Me gusta la leche,
me gusta el café,
pero más me gustan
los ojos de usted.
Rin. Ran.

9

–Se lanzaron para no llegar a ninguna parte; no están ni en el recuerdo de aquellos que los amaron una vez; dentro de las cabezas también acechan perseguidores: Los perseguidores de la memoria.
–Decir sus nombres es reconocer que existen en algún lugar y ellos no existen.
–Ni siquiera los que de vez en vez envían una foto recostados a las botas de Dios.
–Ni siquiera esos.
–Sobre todo esos.

10

–El río es una especie de vértigo, parece que viniera hacia nosotros, como si nos invitara a lanzarnos.
–Son las almas de los que no existen.
–Son rostros.
–¿Rostros?
–El río está lleno de rostros.
–Tal vez los últimos que murieron.
–O nuestro reflejo.
–Es una especie de vértigo.
–Son las almas de los que no existen.
–O nuestro reflejo.
–Es una misma cosa.

11

–No llega.
–Vendrá.
–¿Cómo podrá bogar entre un río lleno de muertos?
–Tiene experiencia.
–¿Qué sabes tú de él?
–¡Vendrá! ¡Ya dije que vendrá!

12

–¿No oyes?
–No.
–Un ruido.
–Ruido de qué.
–No sé, un ruido, ruido.
–No oigo.
–Es un perseguidor.
–No todos los ruidos son un perseguidor.
–Todo es un perseguidor, somos un perseguidor.
–No lo oigo.
–Mejor.
–Ahora sí. ¿Qué haremos si vienen?
–Nos meteremos en río.
–No podré.
–Podrás, tendrás que poder.
–Sé que hay muertos allá dentro.
–Hay muertos en todas partes, vivimos rodeados de muertos, tantos que he llegado a pensar que los vivos son ellos y no nosotros.
–Cuando estemos allá dentro tendremos que nadar.
–Y nadaremos, todo es cuestión de no desesperarse.

13

–Antes era más, pero al menos tenía un sabor distinto; nos imaginábamos que estaban y estaban realmente, pero ahora este vacío, este silencio. Creo que estoy aquí sólo por encontrarlo; él me recuerda las únicas cosas que valieron la pena, en verdad no sé darles forma, no sé ni siquiera cuáles fueron, pero las que hayan sido estuvieron relacionadas con él, lo demás fue el asco nuestro de cada día: Televisión, hoteles de segunda, tipos que se calientan con pantaloncillos rotos, y la puta miseria con sus ojazos de puta regenerada. Al final uno se acostumbra a no sentir, a que las horas no sean más que horas y los días más que días, uno se acostumbra a ser otro asco y a veces hasta se divierte. Creo que estoy aquí sólo por él. En algún lugar de mí sé que está vivo; una vez me envió una foto de cuerpo entero para que viera cómo le habían crecido las caricias, y me contaba que tenía un jardín de cintas para el pelo esperando por mí; pero la carta no llegó nunca, en el sobre escribió la única dirección que conocía, la dirección de la ausencia, y la interceptaron los perseguidores de la memoria, o los que cuidan la correspondencia de las niñas. Creo que estoy aquí sólo por él. Por eso trato de oír el silencio y apago los ruidos como se apaga una mala colilla. Por eso.
–Y porque ya no podemos regresar; hacerlo sería morir, de una forma mucho más lenta, es cierto, pero acaso más agónica; morir de desilusión y de abandono, apartados hasta de nosotros mismos, a cuestas para siempre el sambenito donde espiamos nuestras culpas junto con las culpas de los que nos condenaron. Éste no es el mundo del perdón. A esta hora ya la casa estará abierta, nuestras pertenencias desperdigadas entre los censadores y los trastos ardiendo en medio de la plaza; a esta hora ya no existimos; habrán fumigado contra los bichos y las alucinaciones y la casa olerá a cresol y a polvo hediondo. A esta hora los perseguidores de la conciencia nos estarán arrancando de las mentes. Justo a esta hora.

14

–La noche está por llegar.
–Tengo hambre.
–¿De qué te sirve haberte entrenado para sobrevivir en una isla desierta?
–Se supone que antes haya habido un naufragio.
–No hacemos más que pasar de un naufragio a otro.

15

–¿De qué vive el barquero?
–No sé.
–Tendrá que vivir de lo que cobra por cada viaje o de lo que le pagan los perseguidores.
–Le daremos lo que pida.
–No tenemos dinero.
–Sí, lo tenemos.
–Mal habido.
–Todos los dineros son mal habidos.
–¿Y si pide más de lo que tienes?
–Lo pagaremos igual.
–¿Y si pide treinta monedas?
–Olvídalo, ya no hay cristos a los que vender.
–Va a llegar la noche y aún no viene.
–Lo esperaremos hasta el otro día y hasta el otro.
–Nos moriremos de sed y hambre en esta orilla.
–Sé cavar pozos, hacer fuego con pedazos de piedra, haré una caña de pescar y nos alimentaremos del río.
–No voy a comer peces que hayan comido hombres.
–Ellos no se negaron a comer hombres que comieron peces.
–No va a venir.
–Entonces tendremos que intentarlo.
–¿Cómo se inventa un barquero cuando no se tiene una barca?
–No todos los naufragios tienen lugar en las orillas. A veces el barco se pierde a muchos metros y sólo se ve esa punta de colina que tienen todas las islas. Hay que nadar despacio, muy despacio, detenerse ante cada fatiga, y sobre todo no desesperar, nunca.
–No podré.
–Podrás, no tienes otra alternativa que poder.

16

–Es un desastre, un inservible, mientras otros se esfuerzan por salir adelante, con qué se queda él: con la bazofia. Parece que con eso estuviera contento. A veces llego a pensar que no es normal.
–Sí, la veo retraída, alejada, pero creo que todas las muchachas de esa edad se comportan así, puede que hasta esté enamorada.
–Enamorado, de quién; y en el caso de que lo estuviera qué loca se iba a fijar en él.
–No digas eso, es una muchacha como otra cualquiera.
–Ya me habló su patrón en estos días: Le doy el trabajo más sencillo y aún así tiene problemas, ya no sé que hacer.
–Eso se le irá pasando con el tiempo, quizá no se arregle del todo, pero sí mejorará algo. Nació una noche de luna llena y la luna tiene una influencia nefasta sobre las niñas.
–Ya no encuentro qué justificaciones dar: Tenga paciencia, hay que esperar algo de él, una vez ganó un concurso importante... ¡Qué concurso ni qué concurso!
–También hay que tener cuidado con los muertos, ella los tiene demasiado cerca, ya sabes.
–Piensas que esté poseso.
–Y por qué no.
–Muchas veces creo que nadie más que yo tuvo la culpa, quizá lo consentí demasiado.
–Siempre las habrá peores; no es nada para vanagloriarse, pero al menos es algo.
–Por la noche, cuando duerme, le castañean los dientes.
–Son bichos que tiene dentro.
–¿Bichos?
–Vérmenes, fasiolas, poesías…

17

–Podría acompañarla.
–No sé si quiero que alguien me acompañe.
–Está ahí, con ese hermoso vestido de percal.
–Y parezco una puta.
–Quizá.
–En realidad no sé si lo soy, si lo parezco debo serlo.
–No, disculpe, fue una tonta primera impresión.
–Es cierto que me planté aquí a exhibir el vestido, lo que es lo mismo que exhibirme yo, quería gustarle a alguien.
–Todos queremos gustar. Tengo puestos unos zapatos nuevos; ¿le parece que están bien?
–Divinos.
–Una vez gané un concurso de aspirantes a Robinsón Crusoe.
–Muy interesante.
–¿Ya le dije que era hermoso su vestido?
–Sí, creo que sí.
–Usted también es hermosa.
–¿Tienes otros recuerdos memorables, aparte de lo del concurso?
–No, creo que no.
–Muy interesante.
–Se suponía que debía haber hecho algo importante, no sé bien qué se suponía que hiciera, pero al menos algo; comencé a querer hacer cosas hasta que me di cuenta que no había nada que pudiera hacer. Lo único que intenté fue fabricar una isla desierta, toda una isla, de tamaño natural, lanzarla al mar y bogar a la deriva hasta encontrar la tierra promisoria. Una empresa así necesitaba fondos y me llevé los ahorros de mi madre; en realidad fue un préstamo, ella también estaba en mi proyecto, soñaba llevármela conmigo, y en aquellos lugares encantadores que íbamos a encontrar ya se lo devolvería con creces; pero además, qué dinero podría hacer falta en una cuidad toda de vidrio donde la gente anda desnuda por las calles sin sentir vergüenza y basta con desear algo para que se haga realidad delante de tus ojos. Todo salió mal. Cuando parecía que iba a encaminarse llegaron los perseguidores y... perdí todo el dinero. Ella se molestó mucho, mucho; pero al final me perdonó, las madres siempre terminan perdonando.
–Pobre hijo mío, hubiera dado cualquier cosa porque fueras grandioso, ¿es esa la palabra?, puede que sí; o al menos decente, algo de lo que pudiéramos vanagloriarnos, si es que en esta vida hay una razón para vanagloriarse. Aquella vez del concurso me puse tan contenta que hasta creí que eras de los elegidos; después, bueno, las cosas vinieron como vinieron y ya no vale hacerse mala sangre por eso; a fin de cuentas ese asunto de los elegidos es una cosa embrollada. Alguna que otra vez recé por ti, y créeme que con toda la pasión que era capaz; pero con los hijos todo anda mal desde el principio: Los escupimos entre un aluvión de mocos, sangre y hasta un poco de mierda, no es fácil sobreponerse a un inicio así, luego les damos a chupar la misma teta que utilizamos en la lujuria por donde sale la leche amarga que llevamos dentro, y por si fuera poco nos empeñamos en hacerlos a nuestra imagen y semejanza; es demasiado, qué más les vamos a pedir. Pobre hijo mío, ladroncillo de poca monta, ni siquiera en eso fuiste grande, hijo. No llores, en realidad somos nosotros los que tenemos que llorar por ti, todos nosotros, incluido Dios, ese cabrón que nos ha dejado tan solos. No llores, raterito barato, desvalijador de tu madre. Ego te absolbum.
–Y tú, ¿tienes algo que recordar?
–También me hubiera montado en esa isla. La persona que más quise debe estar en un punto como al que pretendías llegar. A mí no me importa mucho un sitio u otro, a fin de cuentas todos los lugares sin él son uno mismo, pero creo que debe estar allí.
–Un amante.
–Parecido: mi padre. Quiero encontrarlo, tengo que preguntarle por qué. Pero tengo miedo, mucho miedo.
–A su respuesta.
–A la aventura. Tengo miedo morir. En la televisión veo el mar y tiemblo. Dicen que todos los barcos acaban naufragando.
–El mar es prohibitivo; sin embargo hay un río: un río que lleva a otro lugar y ese otro lugar a un mar en calma por donde se va a todos los lugares.
–En ese río también muere la gente.
–Hay un barquero.
–En la televisión dicen que no existe.
–La televisión es un asco. Yo sueño con llegar a ese río.
–No quiero hablar de eso.
–Tu padre debió salir por ahí.
–El río está lleno de muertos.
–Lo encontrarás en algún lugar y le preguntarás por qué.
–Tengo mucho miedo.
–Hay un barquero.
–Siempre quise ir.
–Es posible.
–Por qué no fuiste tú antes.
–No te había encontrado.
–Estaba esperando una isla.
–Traté de hacer una pero fue imposible.
–Estaba esperando un río.
–Tengo el río.
–Pero tengo miedo.
–Todos tenemos miedo.
–¿Habrá un barquero?
–Siempre hay un barquero.
–Y los muertos.
–Los muertos siempre son los otros.
–Tengo miedo.
–Todos tenemos miedo.
–Y los perseguidores.
–En todos los lugares hay perseguidores.
–Tengo miedo.
–Todos tenemos miedo.
–¡Llévame a un hotel de segunda!
–No tengo nada que ofrecerte. Una vez gané un concurso de aspirantes a Robinsón Crusoe y todo quedó ahí. Lo único que creo haber sacado de aquello es que desde entonces sueño con lejanías; son una especie de obsesión y se han vuelto tan reales que hasta puedo tocarlas; sabría decirte de memoria todas las ciudades de este mundo, no importa si son reales o no, existen en mí y por tanto existen, conozco casas de cristal, salones infinitos, aldeas donde todos los hombres son reyes por lo menos una vez en la vida, pero sobre todo conozco islas desiertas, muchas islas desiertas para hacerlas a nuestra medida. Una obsesión dulce, muy dulce, y sueño, siempre sueño.
–Yo tengo mi pelo y te lo ofrezco a cambio de que nunca preguntes. Cuando buscamos una persona buscamos un cuerpo, unos ojos, acaso una sonrisa, y está bien que todo eso lo compartamos; pero los sentimientos y el dolor son una propiedad vedada.
–Voy a seguir preguntando.

18

–Soy Viernes. Nada digo porque no tengo nada que decir. Veo cómo se consume y me aterro, de la misma forma me consumo yo. Pero no hay nada que pueda hacer. Estoy hecha a esta isla como una roca. Le oigo soñar y algo se me mueve dentro, minerales viejos que al igual que él sienten las plagas y las cabras enfermas; cierta vez una parte mía se desprendió y fue a parar al fondo del océano; ése es el destino de las rocas: el fondo. A veces pienso que me pueda cargar en uno de sus bolsillos, pero, a pesar de su título de náufrago, ¿no es una piedra igual que yo? Lo acompaño, alumbro su pobreza y si nada digo es porque no tengo nada que decir. Acaso sueñe con algo que está más allá de la playa, pero también me pregunto si es que hay algo más allá de la playa, si el mundo no termina en esta isla y en este náufrago. En este náufrago al que le duelen las muelas y la panza, este naufrago mío que me duele en la panza y en las muelas.

19

–No llega.
–No llega.
–No llega no llega no llega no llega no.
–Si no llega tendremos que inventarlo.
–No llega.
–Tendremos que inventarlo.
–Dios es lo único que existe. Somos una pesadilla que ahora mismo está teniendo; cuando despierte ya no seremos más.
–No llega.
–No llega.
–Si no llega tendremos que inventarlo.

20

–¿Oyes?
–Los perseguidores.
–Hemos esperado demasiado.
–Cuánto es demasiado.
–Justo al momento que nos come el miedo.
–Entonces hace mucho es demasiado.
–Nos iremos ya.
–El barquero no existió nunca.
–Puede estar en cualquier lugar, esperando por nosotros, si es que existe ya nos toparemos con él.
–Las aguas están llenas de muertos.
–El río o los perseguidores; el río o la nada.
–El río.
–Somos los náufragos, nuestro destino es vivir pese al naufragio. Todo es cuestión de no desesperar.
–Lo haremos, pero no valdrá la pena.
–Cualquier futuro vale la pena.
–Los oyes.
–Olvídalos ahora.
–Dos náufragos embutidos entre dos muertes.
–Al final del túnel hay una luz.
–Al final de todos los túneles hay una luz.
–Tienes miedo.
–Un miedo terrible.
–Tienes aún el papel del muchacho.
–Se hará pedazos en el agua.
–No importa, apriétalo igual.
–Qué hiciste con el tuyo.
–Pensaba que estabas enamorada de él.
–¿Dónde estará ahora el muchacho?
–Rezando por nosotros.
–Te sabes alguna oración.
–No.
–Yo tampoco.
–Ten confianza, todo es cuestión de no desesperarse.
–Y si no llegamos.
–Nunca hemos llegado a ninguna parte.
–¿Es verdad que ganaste un concurso para ser Robinsón Crusoe?
–Escogí como regalo una isla de plástico.
–Entonces tendrás alguna experiencia en estas cosas.
–Quizá alguien nos recoja en medio del camino, podría ser el mismo barquero, si es que existe.
–Existe, tiene que existir.
–Vamos a llegar.
–Vamos a llegar.

21
–Vamos a llegar.
–Vamos a llegar.
–Llegar.
–Vamos.
–Llegar.
–Llegar.
–¡¡Vamos!!
Los actores se pierden entre el público.

22

–Un gato cayó en un pozo,
las tripas se hicieron agua.
Arré pote pote pote.
Arré pote pote pa.

 

Ulises Cala (Pinar del Río, 1955). Trabaja en el Centro Provincial del Libro y la Literatura de Pinar del Río. Es miembro de la UNEAC. Ha obtenido varios premios en certámenes literarios entre ellos: Premio Hermanos Loynaz 1993 (Teatro), Pinos Nuevos 1995 (Teatro), Premio UNEAC 2002 (Novela), resultó finalista en el concurso Casa América de Dramaturgia Innovadora 2005 con la pieza La otra orilla. Tiene publicados los libros: Ciertas tristísimas historias de amor (teatro, Editorial Letras Cubanas, 1996), Sombras y otras sombras (teatro, Editorial Hermanos Loynaz, 1997), El pasajero (novela, Ediciones Unión, 2002) y Poemas del hijo pródigo (poesía, Editorial Cauce, 2003). Ha publicado las piezas Pepé, De los sueños inútiles, Los dictados del fuego y artículos críticos en diferentes revistas provinciales. Obras suyas se han representado en Cuba y República Dominicana.

 
© Tablas / Alarcos Casa editorial (2005)