1
–Es aquí.
–¿Y ahora?
–Esperar.
–Esperar.
–Es lo único que hemos hecho en la vida,
poco más no tendrá importancia.
–Un tren improbable.
–Una sonrisa que no existe.
–El dinero que hace mucho dejó de valer.
–Algo que no logramos saber qué es, pero
estamos seguros nunca llegará. Ahora
puede pasar lo mismo.
–Esta vez no.
–¿Qué hay de distinto en esta espera?
–Ya estamos junto al río.
–Tan sucio que casi no lo parece.
–Arrastra toda la basura.
–Y también los muertos.
– En un río siempre tendrá que morir
alguien; algunos confían demasiado en
sus fuerzas y se lanzan a cruzarlo, esos
no siempre llegan.
–O se cansan de esperar al barquero y
terminan creyendo que no existe.
–Nosotros resistiremos hasta el final.
–¿Cuál final?
–Cuando llegue él y nos cruce.
–¿Y si no llega?
–¿Por qué no ha de llegar?
–Puede no existir.
–Si no existiera entonces nada tendría
sentido.
–¿Algo tiene sentido?
–La otra orilla.
–Tan lejos, frente a un río tan sucio,
pendiente de un barquero que no aparece.
–Si hay río hay barquero, si hay
barquero hay viaje, si hay viaje hay
otra orilla.
–Demasiado lógico.
–Absolutamente lógico.
–Lógico fuera que tuviéramos un par de
alas, pero el hombre es un ángel
mutilado; nos arrancaron las alas y nos
convirtieron en el peor de los bichos.
No es lógico, ni justo. Si por lo menos
nos hubieran construido un puente, pero
en su lugar construyeron perseguidores.
Tampoco es lógico, ni justo.
2
–Me duele que termine ese programa, si
durara por lo menos quince minutos más.
–La televisión es un asco.
–Es la historia de un hombre que toma un
barco. ¿Sabías que los barcos existen?
–Que existan no quiere decir que haya
viaje.
–Pero existen.
–Claro que existen.
–Entonces existe el mar. ¿Alguna vez lo
viste?
–Una vez, de lejos, en premio por haber
ganado un concurso.
–¿Cómo es?
–Agua, agua.
–Por ahí se puede ir a alguna parte.
–Es sólo para marinos, nosotros no lo
somos.
–¿Por qué no somos marinos?
–Porque no podemos montar un barco.
–¿Por qué no podemos montar un barco?
–No sé. Hay aduanas, papeles y miles de
preguntas.
–¿Podré responder alguna?
–No lo creo.
–El hombre que viaja mira al horizonte.
–En cualquier momento va a naufragar y
te dirán que cada vez hay menos islas
desiertas.
–¿Tienes hambre?
–Es hora de comer.
–Sírvete un poco de lo que no te gustó
ayer.
–Es lo mismo que no me gustó anteayer.
–¿Qué preguntan en las aduanas?
–¿Dónde va usted?
–¿Qué se supone que diga?
–El nombre de un sitio.
–No conozco el nombre de ningún sitio,
sólo quiero ir a algún lugar.
–No podrán darte el pasaporte.
–Pero el hombre de la televisión no dijo
a dónde va.
–La televisión es un asco.
–¿Piensas que naufrague su barco?
–Todos los barcos acaban naufragando,
menos en la televisión.
–¿Tienes hambre?
–Es hora de comer.
–Sírvete un poco de lo que no te gustó
ayer.
–Me levantaré con gases.
–Siempre te levantas con gases.
–Voy al trabajo a hacer lo mismo y
cuando regreso sigo haciendo lo mismo.
–Come un poco de lo que no te gustó
ayer.
–Aunque me levante con gases.
–¿Qué quieres que haga?
–La televisión es un asco.
–Todo es un asco, incluso el hombre y el
barco.
–Apaga entonces ese aparato.
–¿Tenemos algo que decirnos?
–Nada en especial.
–¿Entonces?
–¿Cómo se llama el barco en que va el
hombre?
–Barco.
–Todos los barcos tienen un nombre.
–¿Es importante eso?
–Importante es el viaje.
–Si se nos ocurriera el nombre de un
lugar quizá nos darían el pasaporte.
–Entonces te preguntarán qué vas a hacer
allí.
–Huir.
–Esa respuesta no les gustará.
–¿Qué debo decir?
–No sé.
–¿Entonces?
–Conozco el río donde hay un barquero
que cruza la gente al otro lado y no
hace preguntas.
–No quiero hablar de eso, me trae malos
recuerdos y me da mucho miedo.
–Todos tenemos miedo y malos recuerdos.
–Un río no es un mar.
–A nosotros nos da lo mismo.
–¿Qué hay al otro lado?
–Algo distinto.
–Cómete lo de ayer aunque te dé gases.
–No comeré más lo de ayer; quiero irme a
buscar ese barquero.
–Anoche soñé con perseguidores.
–Siempre sueñas con perseguidores.
–En la televisión dicen que no existe el
barquero.
–La televisión es un asco.
–¿Qué vamos a hacer cuando termine el
programa?
–Lo mismo de siempre.
–Un asco.
–¿Entonces?
–Tengo miedo.
3
–Tienes miedo.
–Antes era más.
–Antes del muchacho.
–Y después. Aún cuando lo dejamos seguía
pensando que era un perseguidor.
–A pesar de la cara de ángel.
–Y de los pasquines.
–Lea esto y encuentre la palabra de
Dios. Jesús quiere que todos seamos
salvos. No queramos ir hacia ningún
lugar porque en esta tierra sólo hay un
camino; el camino que lleva hasta el
Señor, lo demás son atajos, atajos que
llevan al Infierno. Lee y conoce la
palabra de Dios; después ven conmigo, yo
conozco el único camino.
–Te dio un pasquín.
–A ti otro. Pero fue en vano, en nuestra
cabeza sólo estaba llegar hasta aquí.
–Sin embargo conservaste el papel.
–Bien apretado, para que nada pudiera
arrancármelo, y le iba pidiendo: ¡Que no
encontremos un perseguidor! ¡Que no lo
encontremos!
–Y no lo encontramos.
–Lo apretaba incrédula, pero lo
apretaba: ¡Que no lo encontremos, Dios
mío! ¡Que no lo encontremos!
–Pensé que habías empezado a creer.
–A descreer. Antes era un hecho que Dios
levitaba encima de mí; en cambio el
muchacho de los pasquines tenía miedo.
–De los perseguidores.
–También de nosotros.
–El muchacho de los pasquines tampoco
cree. Sabes que los caminos que llevan
hasta Dios también están llenos de
perseguidores.
–Todos los caminos están llenos de
perseguidores.
–Y sin embargo no hemos encontrado
ninguno.
–Sólo un muchacho que repartía
pasquines.
–De eso también están llenos los
caminos.
–Tienes miedo.
–Antes tenía más.
–El barquero puede llegar en cualquier
momento.
–También los perseguidores.
–¿Cara o cruz?
–Cualquiera puede llegar, incluso Dios.
–Incluso el muchacho.
–Te has enamorado de él.
–Tienes miedo.
–Antes tenía más.
–¿Y tu pasquín?
–Lo tiré al darme cuenta que te habías
enamorado del muchacho.
–Has hecho mal, era algo de Dios.
–No creo en Dios.
–De todas formas tienes miedo.
–Si quieres podemos rezar.
–Ya recé antes muchas veces y no sirvió
de nada.
–Antes estábamos allá.
–Con mucho más miedo.
–Antes, allá, con mucho más miedo,
también recé.
4
–Soy Robinsón. Llevo la isla bajo la
piel como una sarna. A pesar de los
buenos métodos reproductivos las cabras
escasean; muy de vez en vez logro matar
alguna, casi a dentelladas, porque el
puñal que rescaté del naufragio terminó
por partirse; lo mismo el martillo y la
hachuela de trozar, así que cuando la
cabaña termine de caerse seré otra cabra
correteando en el pasto. De noche, con
la calma chicha, llegan fantasmas y
mosquitos. Viernes es inmune a la plaga,
en cambio a mí se me llena de ronchas
todo el cuerpo: Me gustaría tener tu
piel, tus dientes, anoche me dolieron
las muelas hasta el delirio y añoré
aquel cirujano de a bordo, un tipo sucio
con los dedos manchados de tabaco, un
asco; todo se añora en la miseria,
Viernes, incluso las tazas de los
escusados donde poder evacuar en santa
paz estos cólicos del diablo; tampoco
sufres de cólicos; te criaste entre las
carnes mal cocidas y te has hecho
resistente a los gusanos y las moscas.
Te envidio de verdad; encuentras bello
el paisaje porque no sabes que una playa
a la que no llegan barcos es una
aberración, tampoco sabes lo que es una
aberración y estás contento. Te envidio,
Viernes, o no te envidio, al menos sé
qué es un cólico y un dolor de muelas.
Soy Robinsón; no pedí este pedazo de
tierra, me toco en suerte en la lotería
de las islas y los naufragios.
5
–¿Te dije que una vez fui Robinsón
Crusoe?
–No me parece.
–Habían puesto el tema: Qué haría solo
en una isla desierta; entonces hice la
mejor composición de mi curso. La
fortaleza que ideé era superior a la del
mismo Robinsón y más fácil de hacer, el
maridaje con los animales tan efectivo
que no hacía falta más compañía: Siete
loros hablando sobre los siete misterios
siete horas al día y un perro que da
siete ladridos a las siete de la mañana
por los siete pecados capitales, había
otro loro que sólo repetía mi nombre,
una maravilla; una isla extraordinaria
donde todos hubiesen querido naufragar.
Hablaron mucho de mí, maravillas, y me
declararon Robinsón Crusoe: ese era el
premio; además me dieron a escoger entre
una isla de plástico y una cabra. Escogí
la isla de plástico.
–Quisiera saber de qué tamaño es el
pedazo de estopa que tiene en la cabeza.
–Le hubieras hecho una seña: ¡La otra,
la otra!
–Despreciar una cabra, santo Dios, una
cabra.
–A los muchachos les llaman la atención
las islas de plástico. Pensó en jugar.
–No pensó que tenía que comer.
–He aquí un ejemplo de entereza y firmes
principios. Ante todo el ideal. Quería
una isla y luchó por ella; ahora la
tiene para él solo. Una isla para él
sólo, aunque sea de plástico, un día, de
continuar tan firme, tendrá una de
verdad. Aplausos, pido aplausos. Un
ejemplo de entereza y firmes principios.
–Un tonto, irremediablemente un tonto.
–Al final tuvo razón. La isla no resultó
gran cosa y acabó por romperse, tenía
una palmera en el centro. Odié aquella
isla, las cabras, los premios y los
premiados.
–Nunca fui gran cosa. Tenía el pelo muy
suave y con eso era suficiente. También
odié los premios y los premiados.
–De todas formas tendrás algún recuerdo.
–Sí, alguno.
6
–Esperar se parece a tener miedo.
–Es una arenilla cayendo en la memoria.
–Esperar es también recuerdo.
–El miedo y los recuerdos son una misma
cosa.
–Incluso los gratos.
–Sobre todo esos.
–Ahora me viene a la memoria cómo estuve
desnuda en la quietud de un hotel.
–Un hotel de segunda.
–Todos los hoteles son de segunda.
–Con las sábanas manchadas por
espejismos ajenos.
–Pero en ese recuerdo no estás tú; hay
otro hombre conmigo.
–Uno que miró dentro de la jarra vacía y
cambió la posición de los vasos en la
repisa.
–Ése.
–Buscaba alargar el momento hasta la
desnudez, unos segundos necesarios, unos
segundos.
–Me había puesto un collar de
lapislázuli.
–Y el elástico del pantaloncillo,
también azul, empezaba a deshilacharse.
–Una pequeña rajadura en la tela.
–Él miraba los vasos y el fondo de la
jarra.
–Y el desgarrón del pantaloncito.
–También eso.
–Era otro hombre quien estaba conmigo.
–Te estoy hablando de mis recuerdos;
entré una vez a un hotel de segunda con
una mujer que llevaba un collar de
lapislázuli.
–Pero no tenía el cordón del
pantaloncillo deshilachado.
–Igual; y un sostenedor blanco un poco
mugriento entre las costuras.
–¡Era yo!
–No, era otra mujer; es un recuerdo
viejo, viejo.
–¿Qué pasó entonces?
–Terminé quitándole aquel pantaloncillo,
más por evitarle la visión del desgarrón
que por lujuria.
–Cuando estuve completamente desnuda
seguía sintiendo vergüenza.
–Y se cubrió los senos con la sábana
manchada.
–Entonces él se acostó a mi lado.
–Y alejó los brazos de la tela con la
esperanza que volviera a desnudarla.
–Pero no lo hizo y me besó al lado de
los labios.
–Comenzó a pasar sus dedos por mi
espalda.
–Llegué hasta las caderas y le
desabotoné aquel calzoncillo impecable.
–Aparté la sábana y me coloqué entre sus
piernas.
–Sentí cómo me penetraba y supuse que ya
no le importaría más el pantaloncillo,
intenté olvidarlo yo también.
–La escuchaba chillar y volví a pensar
en el pantaloncillo; entonces fue un
recuerdo erótico; me concentré en el
polvo de los vasos para no terminar
antes que ella.
–¿De dónde sacamos los dos ese recuerdo?
–Las cosas pasan una sola vez, el resto
es volver sobre lo mismo.
–Era otro hombre.
–Te estaba hablando de otra mujer.
–Cuando terminamos nos fuimos hasta la
ventana.
–Por la acera de enfrente se paseaban
dos perseguidores.
–Entonces dijo:
–Quiero irme de aquí.
–He pensado en eso más de una vez, pero
cómo.
–Todo es cuestión de llegar al río; hay
un barquero que cruza la gente al otro
lado.
–No quiero hablar de eso. No quiero
hablar. En la televisión dicen que es
mentira.
–La televisión es un asco.
–Era un hotel de segunda.
–Todos los hoteles son de segunda.
–Era otra persona.
–Todos somos otra persona.
–¡Era otro! La noche antes de conocerte
soñé que Dios había muerto; lo estaban
velando entre dos cirios inmensos; Dios
era un hombre lampiño, muy hermoso, con
manos de mujer y un collar de fantasía
enredado en el cuello, cuando llegué
junto a él me pareció que estaba dormido
y sentí ganas de besarlo, pero entonces
vi el gusanillo que le salía del oído.
Al otro día me encontré una moneda de
plata, como estaba tan triste se me
ocurrió comprar un vestido de percal y
salir a la calle; entonces fue que te
vi.
–Yo era novio de la mujer de los pechos
más hermosos del mundo, la única que
tuve antes que tú, cuando paseaba con
ella sentía las miradas de envidia de
todos los hombres; sin embargo su
corazón latía con un compás tan parecido
al mío que al intentar penetrarla me
volvía una masa inútil, la misma que
temblaba por el ruido de los
perseguidores al otro lado de la pared.
Cuando te encontré a ti, con tus pobres
tetas acribilladas, y te invité a un
hotel de segunda, tuve una erección tan
fuerte que no puedo explicarme por qué
no me olvido de todo y soy feliz al lado
tuyo.
–Tengo miedo.
–Antes era más; ahora tenemos el río y
tendremos al barquero.
–También a los perseguidores.
–También.
7
–Un cintillo para tu pelo, el mejor
regalo de cumpleaños que podríamos
hacerte; lo hemos comprado los dos, yo y
este amigo mío a quien miras con tan
mala cara, como si no fuera el mejor de
los hombres, siempre dispuesto a ganarse
tu cariño; él me acompañó tienda por
tienda, buscamos en todas las cajas y
era el último que quedaba, justo el que
te venía bien, parece como si hubiera
estado esperando por nosotros. Te
haremos una pequeña fiesta, pequeña,
desde luego, pero podrás invitar a
algunas amigas y jugar a cuantas cosas
quieras: la gallinita ciega, la
señorita, arroz con leche se quiere
casar, arré pote pote pote, arré pote
pote pa. Nada de tristezas, ¿eh?, nada
de tristeza; que no eres la única niña
en este mundo que está sin padre. Si se
hubiera muerto al menos habría motivos
para estar triste, pero nos dejó el muy
desgraciado, nos dejó, así que está
claro que para nada nos quería. Además,
como estaba en los últimos tiempos era
mejor que se perdiera de una buena vez;
verdad que contigo siempre fue distinto,
pero conmigo, por Dios, conmigo: “Es que
no entiendes que no quiero ir a ninguna
parte, que no me preocupan las cosas que
te preocupan a ti, que me conformo con
lo que tengo y no ando con la cabeza
llena de humo, es que no puedes ser un
hombre igual que los otros”. Se fue,
como los cobardes, porque los que se van
son unos cobardes. ¿A buscar qué? ¿A
hacer qué? Donde quiera que vaya tendrá
un miedo igual. Pero no llegará a
ninguna parte, no hay forma de llegar a
ninguna parte. Estarás contenta el día
de tu cumpleaños y no pensarás más en
él, no merece una sola lágrima tuya, ni
mía, ni de nadie.
8
–Arroz con leche
se quiere casar
con una viudita
de la capital.
Rin. Ran.
–Niña mía: de qué forma se es buen
padre. Alguien debe haber escrito
reglas; alguien que no tuvo una hija
como tú y tampoco hubiera sabido qué
hacer con esta desazón. Estar o no
estar, he ahí el problema. Quieres este
padre terminado para siempre o una
posibilidad, nos consumimos como velas
ante el cerdo muerto o corremos el
riesgo.
–Aurora de mayo
que al campo salía
en busca de flores
de mayo y de abril.
Rin. Ran.
–Tengo que decidir por ti, lo que quiere
decir que decido sin tu consentimiento,
en contra de tu voluntad, decido para mí
y deciden mis ganas, mi voluntad de ser
pese a todo.
–Yo soy la viudita
que manda en la ley,
casarme quisiera
y no encuentro con quién.
Rin. Ran.
–Pobre niña mía, pobres los niños,
pagando nuestras culpas y nuestros
errores, acatando nuestra voluntad en
nombre de un futuro en que ni nosotros
mismos creemos.
–Tan linda y tan bella
no encuentra con quién,
elige a tu gusto
que aquí tienes quien.
Rin. Ran.
–Hasta dónde es querer: Un padre, por
salvar a un desconocido, ocupa su lugar
frente al pelotón de fusilamiento. Otro
padre no se entrega para salvar a su
hijo que, por su culpa, morirá frente al
pelotón de fusilamiento. Hasta dónde es
querer. Debe haber un manual que lo
explique.
–Me gusta la leche,
me gusta el café,
pero más me gustan
los ojos de usted.
Rin. Ran.
9
–Se lanzaron para no llegar a ninguna
parte; no están ni en el recuerdo de
aquellos que los amaron una vez; dentro
de las cabezas también acechan
perseguidores: Los perseguidores de la
memoria.
–Decir sus nombres es reconocer que
existen en algún lugar y ellos no
existen.
–Ni siquiera los que de vez en vez
envían una foto recostados a las botas
de Dios.
–Ni siquiera esos.
–Sobre todo esos.
10
–El río es una especie de vértigo,
parece que viniera hacia nosotros, como
si nos invitara a lanzarnos.
–Son las almas de los que no existen.
–Son rostros.
–¿Rostros?
–El río está lleno de rostros.
–Tal vez los últimos que murieron.
–O nuestro reflejo.
–Es una especie de vértigo.
–Son las almas de los que no existen.
–O nuestro reflejo.
–Es una misma cosa.
11
–No llega.
–Vendrá.
–¿Cómo podrá bogar entre un río lleno de
muertos?
–Tiene experiencia.
–¿Qué sabes tú de él?
–¡Vendrá! ¡Ya dije que vendrá!
12
–¿No oyes?
–No.
–Un ruido.
–Ruido de qué.
–No sé, un ruido, ruido.
–No oigo.
–Es un perseguidor.
–No todos los ruidos son un perseguidor.
–Todo es un perseguidor, somos un
perseguidor.
–No lo oigo.
–Mejor.
–Ahora sí. ¿Qué haremos si vienen?
–Nos meteremos en río.
–No podré.
–Podrás, tendrás que poder.
–Sé que hay muertos allá dentro.
–Hay muertos en todas partes, vivimos
rodeados de muertos, tantos que he
llegado a pensar que los vivos son ellos
y no nosotros.
–Cuando estemos allá dentro tendremos
que nadar.
–Y nadaremos, todo es cuestión de no
desesperarse.
13
–Antes era más, pero al menos tenía un
sabor distinto; nos imaginábamos que
estaban y estaban realmente, pero ahora
este vacío, este silencio. Creo que
estoy aquí sólo por encontrarlo; él me
recuerda las únicas cosas que valieron
la pena, en verdad no sé darles forma,
no sé ni siquiera cuáles fueron, pero
las que hayan sido estuvieron
relacionadas con él, lo demás fue el
asco nuestro de cada día: Televisión,
hoteles de segunda, tipos que se
calientan con pantaloncillos rotos, y la
puta miseria con sus ojazos de puta
regenerada. Al final uno se acostumbra a
no sentir, a que las horas no sean más
que horas y los días más que días, uno
se acostumbra a ser otro asco y a veces
hasta se divierte. Creo que estoy aquí
sólo por él. En algún lugar de mí sé que
está vivo; una vez me envió una foto de
cuerpo entero para que viera cómo le
habían crecido las caricias, y me
contaba que tenía un jardín de cintas
para el pelo esperando por mí; pero la
carta no llegó nunca, en el sobre
escribió la única dirección que conocía,
la dirección de la ausencia, y la
interceptaron los perseguidores de la
memoria, o los que cuidan la
correspondencia de las niñas. Creo que
estoy aquí sólo por él. Por eso trato de
oír el silencio y apago los ruidos como
se apaga una mala colilla. Por eso.
–Y porque ya no podemos regresar;
hacerlo sería morir, de una forma mucho
más lenta, es cierto, pero acaso más
agónica; morir de desilusión y de
abandono, apartados hasta de nosotros
mismos, a cuestas para siempre el
sambenito donde espiamos nuestras culpas
junto con las culpas de los que nos
condenaron. Éste no es el mundo del
perdón. A esta hora ya la casa estará
abierta, nuestras pertenencias
desperdigadas entre los censadores y los
trastos ardiendo en medio de la plaza; a
esta hora ya no existimos; habrán
fumigado contra los bichos y las
alucinaciones y la casa olerá a cresol y
a polvo hediondo. A esta hora los
perseguidores de la conciencia nos
estarán arrancando de las mentes. Justo
a esta hora.
14
–La noche está por llegar.
–Tengo hambre.
–¿De qué te sirve haberte entrenado para
sobrevivir en una isla desierta?
–Se supone que antes haya habido un
naufragio.
–No hacemos más que pasar de un
naufragio a otro.
15
–¿De qué vive el barquero?
–No sé.
–Tendrá que vivir de lo que cobra por
cada viaje o de lo que le pagan los
perseguidores.
–Le daremos lo que pida.
–No tenemos dinero.
–Sí, lo tenemos.
–Mal habido.
–Todos los dineros son mal habidos.
–¿Y si pide más de lo que tienes?
–Lo pagaremos igual.
–¿Y si pide treinta monedas?
–Olvídalo, ya no hay cristos a los que
vender.
–Va a llegar la noche y aún no viene.
–Lo esperaremos hasta el otro día y
hasta el otro.
–Nos moriremos de sed y hambre en esta
orilla.
–Sé cavar pozos, hacer fuego con pedazos
de piedra, haré una caña de pescar y nos
alimentaremos del río.
–No voy a comer peces que hayan comido
hombres.
–Ellos no se negaron a comer hombres que
comieron peces.
–No va a venir.
–Entonces tendremos que intentarlo.
–¿Cómo se inventa un barquero cuando no
se tiene una barca?
–No todos los naufragios tienen lugar en
las orillas. A veces el barco se pierde
a muchos metros y sólo se ve esa punta
de colina que tienen todas las islas.
Hay que nadar despacio, muy despacio,
detenerse ante cada fatiga, y sobre todo
no desesperar, nunca.
–No podré.
–Podrás, no tienes otra alternativa que
poder.
16
–Es un desastre, un inservible, mientras
otros se esfuerzan por salir adelante,
con qué se queda él: con la bazofia.
Parece que con eso estuviera contento. A
veces llego a pensar que no es normal.
–Sí, la veo retraída, alejada, pero creo
que todas las muchachas de esa edad se
comportan así, puede que hasta esté
enamorada.
–Enamorado, de quién; y en el caso de
que lo estuviera qué loca se iba a fijar
en él.
–No digas eso, es una muchacha como otra
cualquiera.
–Ya me habló su patrón en estos días: Le
doy el trabajo más sencillo y aún así
tiene problemas, ya no sé que hacer.
–Eso se le irá pasando con el tiempo,
quizá no se arregle del todo, pero sí
mejorará algo. Nació una noche de luna
llena y la luna tiene una influencia
nefasta sobre las niñas.
–Ya no encuentro qué justificaciones
dar: Tenga paciencia, hay que esperar
algo de él, una vez ganó un concurso
importante... ¡Qué concurso ni qué
concurso!
–También hay que tener cuidado con los
muertos, ella los tiene demasiado cerca,
ya sabes.
–Piensas que esté poseso.
–Y por qué no.
–Muchas veces creo que nadie más que yo
tuvo la culpa, quizá lo consentí
demasiado.
–Siempre las habrá peores; no es nada
para vanagloriarse, pero al menos es
algo.
–Por la noche, cuando duerme, le
castañean los dientes.
–Son bichos que tiene dentro.
–¿Bichos?
–Vérmenes, fasiolas, poesías…
17
–Podría acompañarla.
–No sé si quiero que alguien me
acompañe.
–Está ahí, con ese hermoso vestido de
percal.
–Y parezco una puta.
–Quizá.
–En realidad no sé si lo soy, si lo
parezco debo serlo.
–No, disculpe, fue una tonta primera
impresión.
–Es cierto que me planté aquí a exhibir
el vestido, lo que es lo mismo que
exhibirme yo, quería gustarle a alguien.
–Todos queremos gustar. Tengo puestos
unos zapatos nuevos; ¿le parece que
están bien?
–Divinos.
–Una vez gané un concurso de aspirantes
a Robinsón Crusoe.
–Muy interesante.
–¿Ya le dije que era hermoso su vestido?
–Sí, creo que sí.
–Usted también es hermosa.
–¿Tienes otros recuerdos memorables,
aparte de lo del concurso?
–No, creo que no.
–Muy interesante.
–Se suponía que debía haber hecho algo
importante, no sé bien qué se suponía
que hiciera, pero al menos algo; comencé
a querer hacer cosas hasta que me di
cuenta que no había nada que pudiera
hacer. Lo único que intenté fue fabricar
una isla desierta, toda una isla, de
tamaño natural, lanzarla al mar y bogar
a la deriva hasta encontrar la tierra
promisoria. Una empresa así necesitaba
fondos y me llevé los ahorros de mi
madre; en realidad fue un préstamo, ella
también estaba en mi proyecto, soñaba
llevármela conmigo, y en aquellos
lugares encantadores que íbamos a
encontrar ya se lo devolvería con
creces; pero además, qué dinero podría
hacer falta en una cuidad toda de vidrio
donde la gente anda desnuda por las
calles sin sentir vergüenza y basta con
desear algo para que se haga realidad
delante de tus ojos. Todo salió mal.
Cuando parecía que iba a encaminarse
llegaron los perseguidores y... perdí
todo el dinero. Ella se molestó mucho,
mucho; pero al final me perdonó, las
madres siempre terminan perdonando.
–Pobre hijo mío, hubiera dado cualquier
cosa porque fueras grandioso, ¿es esa la
palabra?, puede que sí; o al menos
decente, algo de lo que pudiéramos
vanagloriarnos, si es que en esta vida
hay una razón para vanagloriarse.
Aquella vez del concurso me puse tan
contenta que hasta creí que eras de los
elegidos; después, bueno, las cosas
vinieron como vinieron y ya no vale
hacerse mala sangre por eso; a fin de
cuentas ese asunto de los elegidos es
una cosa embrollada. Alguna que otra vez
recé por ti, y créeme que con toda la
pasión que era capaz; pero con los hijos
todo anda mal desde el principio: Los
escupimos entre un aluvión de mocos,
sangre y hasta un poco de mierda, no es
fácil sobreponerse a un inicio así,
luego les damos a chupar la misma teta
que utilizamos en la lujuria por donde
sale la leche amarga que llevamos
dentro, y por si fuera poco nos
empeñamos en hacerlos a nuestra imagen y
semejanza; es demasiado, qué más les
vamos a pedir. Pobre hijo mío,
ladroncillo de poca monta, ni siquiera
en eso fuiste grande, hijo. No llores,
en realidad somos nosotros los que
tenemos que llorar por ti, todos
nosotros, incluido Dios, ese cabrón que
nos ha dejado tan solos. No llores,
raterito barato, desvalijador de tu
madre. Ego te absolbum.
–Y tú, ¿tienes algo que recordar?
–También me hubiera montado en esa isla.
La persona que más quise debe estar en
un punto como al que pretendías llegar.
A mí no me importa mucho un sitio u
otro, a fin de cuentas todos los lugares
sin él son uno mismo, pero creo que debe
estar allí.
–Un amante.
–Parecido: mi padre. Quiero encontrarlo,
tengo que preguntarle por qué. Pero
tengo miedo, mucho miedo.
–A su respuesta.
–A la aventura. Tengo miedo morir. En la
televisión veo el mar y tiemblo. Dicen
que todos los barcos acaban naufragando.
–El mar es prohibitivo; sin embargo hay
un río: un río que lleva a otro lugar y
ese otro lugar a un mar en calma por
donde se va a todos los lugares.
–En ese río también muere la gente.
–Hay un barquero.
–En la televisión dicen que no existe.
–La televisión es un asco. Yo sueño con
llegar a ese río.
–No quiero hablar de eso.
–Tu padre debió salir por ahí.
–El río está lleno de muertos.
–Lo encontrarás en algún lugar y le
preguntarás por qué.
–Tengo mucho miedo.
–Hay un barquero.
–Siempre quise ir.
–Es posible.
–Por qué no fuiste tú antes.
–No te había encontrado.
–Estaba esperando una isla.
–Traté de hacer una pero fue imposible.
–Estaba esperando un río.
–Tengo el río.
–Pero tengo miedo.
–Todos tenemos miedo.
–¿Habrá un barquero?
–Siempre hay un barquero.
–Y los muertos.
–Los muertos siempre son los otros.
–Tengo miedo.
–Todos tenemos miedo.
–Y los perseguidores.
–En todos los lugares hay perseguidores.
–Tengo miedo.
–Todos tenemos miedo.
–¡Llévame a un hotel de segunda!
–No tengo nada que ofrecerte. Una vez
gané un concurso de aspirantes a
Robinsón Crusoe y todo quedó ahí. Lo
único que creo haber sacado de aquello
es que desde entonces sueño con
lejanías; son una especie de obsesión y
se han vuelto tan reales que hasta puedo
tocarlas; sabría decirte de memoria
todas las ciudades de este mundo, no
importa si son reales o no, existen en
mí y por tanto existen, conozco casas de
cristal, salones infinitos, aldeas donde
todos los hombres son reyes por lo menos
una vez en la vida, pero sobre todo
conozco islas desiertas, muchas islas
desiertas para hacerlas a nuestra
medida. Una obsesión dulce, muy dulce, y
sueño, siempre sueño.
–Yo tengo mi pelo y te lo ofrezco a
cambio de que nunca preguntes. Cuando
buscamos una persona buscamos un cuerpo,
unos ojos, acaso una sonrisa, y está
bien que todo eso lo compartamos; pero
los sentimientos y el dolor son una
propiedad vedada.
–Voy a seguir preguntando.
18
–Soy Viernes. Nada digo porque no tengo
nada que decir. Veo cómo se consume y me
aterro, de la misma forma me consumo yo.
Pero no hay nada que pueda hacer. Estoy
hecha a esta isla como una roca. Le oigo
soñar y algo se me mueve dentro,
minerales viejos que al igual que él
sienten las plagas y las cabras
enfermas; cierta vez una parte mía se
desprendió y fue a parar al fondo del
océano; ése es el destino de las rocas:
el fondo. A veces pienso que me pueda
cargar en uno de sus bolsillos, pero, a
pesar de su título de náufrago, ¿no es
una piedra igual que yo? Lo acompaño,
alumbro su pobreza y si nada digo es
porque no tengo nada que decir. Acaso
sueñe con algo que está más allá de la
playa, pero también me pregunto si es
que hay algo más allá de la playa, si el
mundo no termina en esta isla y en este
náufrago. En este náufrago al que le
duelen las muelas y la panza, este
naufrago mío que me duele en la panza y
en las muelas.
19
–No llega.
–No llega.
–No llega no llega no llega no llega no.
–Si no llega tendremos que inventarlo.
–No llega.
–Tendremos que inventarlo.
–Dios es lo único que existe. Somos una
pesadilla que ahora mismo está teniendo;
cuando despierte ya no seremos más.
–No llega.
–No llega.
–Si no llega tendremos que inventarlo.
20
–¿Oyes?
–Los perseguidores.
–Hemos esperado demasiado.
–Cuánto es demasiado.
–Justo al momento que nos come el miedo.
–Entonces hace mucho es demasiado.
–Nos iremos ya.
–El barquero no existió nunca.
–Puede estar en cualquier lugar,
esperando por nosotros, si es que existe
ya nos toparemos con él.
–Las aguas están llenas de muertos.
–El río o los perseguidores; el río o la
nada.
–El río.
–Somos los náufragos, nuestro destino es
vivir pese al naufragio. Todo es
cuestión de no desesperar.
–Lo haremos, pero no valdrá la pena.
–Cualquier futuro vale la pena.
–Los oyes.
–Olvídalos ahora.
–Dos náufragos embutidos entre dos
muertes.
–Al final del túnel hay una luz.
–Al final de todos los túneles hay una
luz.
–Tienes miedo.
–Un miedo terrible.
–Tienes aún el papel del muchacho.
–Se hará pedazos en el agua.
–No importa, apriétalo igual.
–Qué hiciste con el tuyo.
–Pensaba que estabas enamorada de él.
–¿Dónde estará ahora el muchacho?
–Rezando por nosotros.
–Te sabes alguna oración.
–No.
–Yo tampoco.
–Ten confianza, todo es cuestión de no
desesperarse.
–Y si no llegamos.
–Nunca hemos llegado a ninguna parte.
–¿Es verdad que ganaste un concurso para
ser Robinsón Crusoe?
–Escogí como regalo una isla de
plástico.
–Entonces tendrás alguna experiencia en
estas cosas.
–Quizá alguien nos recoja en medio del
camino, podría ser el mismo barquero, si
es que existe.
–Existe, tiene que existir.
–Vamos a llegar.
–Vamos a llegar.
21
–Vamos a llegar.
–Vamos a llegar.
–Llegar.
–Vamos.
–Llegar.
–Llegar.
–¡¡Vamos!!
Los actores se pierden entre el público.
22
–Un gato cayó en un pozo,
las tripas se hicieron agua.
Arré pote pote pote.
Arré pote pote pa.
Ulises Cala (Pinar del Río, 1955).
Trabaja en el Centro Provincial del
Libro y la Literatura de Pinar del Río.
Es miembro de la UNEAC. Ha obtenido
varios premios en certámenes literarios
entre ellos: Premio Hermanos Loynaz 1993
(Teatro), Pinos Nuevos 1995 (Teatro),
Premio UNEAC 2002 (Novela), resultó
finalista en el concurso Casa América de
Dramaturgia Innovadora 2005 con la pieza
La otra orilla. Tiene publicados
los libros: Ciertas tristísimas
historias de amor (teatro, Editorial
Letras Cubanas, 1996), Sombras y
otras sombras (teatro, Editorial
Hermanos Loynaz, 1997), El pasajero
(novela, Ediciones Unión, 2002) y
Poemas del hijo pródigo (poesía,
Editorial Cauce, 2003). Ha publicado las
piezas Pepé, De los sueños
inútiles, Los dictados del fuego
y artículos críticos en diferentes
revistas provinciales. Obras suyas se
han representado en Cuba y República
Dominicana. |