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La escena muy simple: muebles de caoba,
tallados, dan la imagen de una casa de
principios del siglo
xx.
Una cómoda o secreter se destaca por su
belleza.
Machi. Tanto y
tanto cuento y estoy al morir del
cuento. ¡Sola! En este caserón que no se
ha caído gracias a mí. (Suena el
teléfono.) Diga. No, está
equivocado, aquí no es el baile. Siempre
equivocados. (Se burla.) Perdone,
ha sido un error. Y un error y otro
error y otro. Y me paso la vida
contestando el teléfono por errores. Y
para colmo sin cigarros. (Llama.)
¡Cuca! (Entra Cuca.) ¿Tú has
visto una cajetilla que dejé aquí?
Cuca. Yo los
cigarros ni los huelo. (Se va.)
Machi.
¡Maldito vicio que me consumes! Y sólo
tú me calmas. Porque todo lo demás se
fue a bolina. Alguien lo dijo y no por
mí, lo dijo... bueno, lo dijo y bien
dicho está. Cosas que debían irse a
bolina duran eternamente, por eso apelo
a este vicio que me calma. Fumar y fumar
y fumar. (Canta.) Fumar es un
placer, sensual, mortal. (Llama.)
¡Cuca! ¡Qué horror! ¡Cuca! Ayer vino
Laura, se recostó a ese mueble y salió
cubierta de polvo, como una momia.
¡Cuca!
Cuca.
(Entra.)
Dime, Machi.
Machi. Machi
no, Maricusa, que así me bautizaron.
(Cuca va a responder.) Limpia ese
mueble. Límpialo como si fuera lo único
que tienes que hacer en la tierra.
Cuca limpia el mueble lentamente,
cuidadosamente.
Machi. El
polvo no me deja respirar y paso noches
enteras despierta, pensando que he
malgastado mi vida.
Cuca. Una
taza de café, bien caliente, y dos hojas
de salvia en cruz. ¡Y basta!
Machi. ¿Qué
es eso?
Cuca. Eso,
divino. Café con salvia y adiós catarro.
Machi. No es
catarro. Soy asmática, alérgica. El
polvo ni olerlo.
Cuca. ¿Ah,
eso? Los nervios. Haga un jarro así de
tilo y lo toma como agua común. Y deja
de fumar.
Machi. (La
mira molesta.)
¿Dónde te graduaste de medicina
alternativa?
Cuca. Mi hija
es enfermera. Graduada.
Machi. Ah,
sí. Ya ya.
Cuca. Ah, ya.
Sí sí.
Machi. Sácale
brillo a esa cómoda y olvida mis
enfermedades. Espero visita. Un amigo de
mi sobrina.
Cuca. ¿De
afuera?
Machi. New
York, Manhattan, el centro del universo.
Cuca.
(Hace un gesto de desprecio y sigue
limpiando.)
Ahora desaparecerá el asma, la
meningitis y hasta el mal de San Vito.
Cuando llega una visita de allá la vida
cambia aquí. En esta casa.
Machi. ¡Qué
tragedia! Lo que pasa allá se refleja
aquí y a la «visconversa». (Suena el
timbre de la puerta.) Abre.
(Machi se arregla.) Debe ser él.
Entra un hombre en sus treinta, rubio
como un sol o al menos un hombre
evidentemente «de afuera». Viste como un
turista típico que visita el trópico:
sombrero de paja, shorts, sandalias y
carga una mochila. Le estrecha la mano a
Cuca, después a Machi.
Jack. (Con
ligero acento norteamericano.)
Buenos días.
Machi. Gud
morrning, güelcome a su casa, al país,
al trópico.
Jack. ¿Machi,
verdad?
Machi. La
misma que viste y calza.
Jack. Yo soy
el amigo de Baby. (Mirando la
habitación.) Linda casa.
Machi. ¿Le
gustan las tumbas egipcias?
Jack. ¿Cómo
dijo?
Machi. Una
linda tumba. Aquí han muerto todos mis
parientes, padres, abuelos, tíos...
Jack. ¡Qué
elegancia! Esos ventanales llenos de luz
y ese techo tan alto dan una sensación
de libertad... ¡It’s faboulous! Siempre
quise vivir en una casa como esta.
Machi. La
vida es así, contradictoria. Yo quisiera
vivir en otro lugar, cualquier lugar y
ya ve dónde vivo, donde usted quisiera
vivir. (Pequeña pausa.) ¿Su
primer viaje?
Jack. Acabo
de llegar
Machi. ¿Y qué
le parece Cuba?
Jack.
(En broma.)
A paradise under the stars.
Machi. Sí,
Tropicana, Varadero, tabaco y ron.
Jack. La
Sierra y Playa Girón. Ya no podía
esperar más. Baby me mostraba las fotos
de la casa, esta casa, y me contaba las
historias que conocía por su abuela. Yo
lo imaginaba todo, todo, como si lo
hubiera vivido.
Machi. ¿Cómo
anda Baby?
Jack. (Con
dificultad.)
De-si-lu-sio-na-da. ¿Se dice así? Me
dijo: dile a Machi que estoy
de-si-lu-sio-na-da porque no puedo ir.
Machi. Le
dice que yo también estoy
de-si-lu-sio-na-da porque no puedo ir.
Jack. Y yo
soy el cartero.
Machi. ¿Cómo
se llama el cartero?
Jack. Se
llama John Weber. Jack, es más corto.
Machi. Jack,
puedo brindarle una taza de café, bien
fuerte. Como lo tomamos en su paraíso
bajo las estrellas.
Jack. Sí,
gracias. (Registra en una mochila.)
Machi. Cuca,
haz café. Del bueno.
Jack. (Le
entrega un sobre.)
Esto se lo manda Baby.
Machi. Baby.
¡Qué sobrina tan cariñosa! (Mientras
abre el sobre.) Siempre se acuerda
de mí. La tía Machi, la tía Machi y me
escribe estas cartas llenas de...
(Mira dentro, sólo viene la carta.
Desencantada.) nostalgia. Nostalgia
por una tierra que casi no conoce. Ella
se fue tan chiquita.
Jack. Y sueña
en volver.
Machi. La
pobre.
Jack. ¿Le da
tristeza?
Machi. Por lo
que va a encontrar.
Jack.
(Recorre la habitación, parece que busca
algo.)
Encontrará este sol, esta alegría: sus
raíces.
Machi. ¿Qué
busca, un cenicero?
Jack. Ahora
no.
Machi. ¿No
fuma?
Jack. Me
gustan los puros cubanos. Cojiba.
Machi. Yo me
muero por los Marlboro.
Jack.
(Busca en la mochila, saca una caja de
cigarros y le ofrece uno.) Aquí tiene.
Machi.
Gracias. (Enciende un cigarro con
gran ansiedad, fuma y echa una bocanada
de satisfacción.)
Jack. Le
gustan.
Machi. Me dan
la vida.
Jack. En mi
país se piensa que acaban con su vida.
Machi.
Absorbo el humo de un Marlboro y veo
llanuras inabarcables, caballos al
trote, sombreros tejanos. Como en los
anuncios. Un mundo de aventuras.
Jack. Una
vida ruda.
Machi. ¿Qué
más se puede desear? (Mientras
disfruta el cigarro.) Aprendí a
fumar muy joven. Todavía estudiaba. Ay,
qué tiempos. Una amiga... (Una larga
bocanada.) ninguna igual. Con ella
aprendí. Aprendí a fumar. Marlboro. De
ahí mi preferencia por esta marca. Tenía
en su casa un anuncio donde aparecía un
hombre con un cigarro en la boca.
(Echa una bocanada casi erotizada.)
Ya no vive aquí. Como tantos amigos, ya
no viven aquí. ¿Ve? Este humo me
recuerda a mi padre. Fumaba unos
tabacones enormes. Siempre quise ser
como él: independiente y decidido. No
pude ser como mi padre, y me he
convertido en una mujer que sueña.
Jack. Todos
tenemos sueños sin realizar.
(Recorre la habitación admirándola.)
Uno de mis sueños es vivir en una casa
como esta, en un país como este. Baby la
recuerda como si la hubiera dejado ayer.
Machi.
¿Ve a Baby a menudo?
Jack.
Of course.
Pertenecemos al mismo comité de lucha
por los derechos civiles.
Machi. ¿Está
envuelta en esa lucha?
Jack. ¿Qué
otra cosa se puede hacer viviendo en New
York? Es una activista excelente.
Machi
no puede aguantar la risa.
Jack. ¿De qué
se ríe?
Machi. ¡Si su
padre lo oyera! (Pausa.) El mundo
es un misterio. Cuando sus padres vieron
ondear banderas rojas en los mástiles de
la plaza sacaron sus pasajes y allá se
fueron, arrastrando con ellos a Baby
para librarla del ateísmo, el
adoctrinamiento, la vida en Rusia.
Jack. ¿Tenían
ideas políticas?
Machi. Su
padre guardaba una colección completa de
Selecciones y era fanático de las
películas de espionaje.
Jack no puede aguantar la risa.
Machi. Ahora
me toca a mí. ¿De qué se ríe?
Jack.
Reader’s Digest.
¡Oh my god!
Machi. Ellos
se perdieron lo que vino después.
Aquellas películas de espionaje
cambiaron y se convirtieron en películas
rusas.
Jack.
¿Really? Me encantan Konchalovsky y
Dovchenko. Y Eisenstein, desde luego.
Machi. ¡Vaya
gusto! Venían convoyadas con muñequitos,
rusos; carne enlatada, rusa; grupos
folclóricos, rusos. Y todo el mundo
decía spasiva y do svydania.
Ya nadie se acuerda de ese idioma ni de
los pantalones de campana. Las modas
pasan. Somos un pueblo con poca memoria.
Jack. Baby
no. Lo recuerda todo. Recuerda sus
visitas a la finca, recuerda la casa con
un platanal al fondo, recuerda el agua
del río y las vacaciones en el campo con
mucho cariño.
Machi. La
finca de tío Luis. Allí construyeron una
secundaria.
Jack.
¿Secundaria?
Machi. Sí,
una escuela en el campo.
Jack. Claro.
Conquistas de la Revolución: la
educación, la salud. (Hace señas con
el pulgar hacia arriba.) ¡Terrific!
Machi. Yo no
estudio y tengo una salud de hierro.
Jack. Pero
estudian otros.
Machi. ¿Y de
qué les sirve?
Jack. Usted
no piensa como su sobrina. Me parece.
Machi.
Evidentemente no. Ella piensa como Cuca.
Jack. ¿Cuca?
Machi. La
muchacha que me ayuda. (Pausa.)
El Marlboro me vuelve loca. ¿Puedo
robarle otro cigarro?
Jack. (Le
ofrece la cajetilla.)
Es suya.
Machi. (Lo
besa en la mejilla.)
Gracias. Este aroma me lleva al pasado.
Ahora todo es diferente: ¿usted no ha
estado en una fiesta de quince?
Jack. ¿Qué es
eso?
Machi. Un
baile para celebrar los quince años de
una niña que se convierte en mujer.
Jack.
¿Todavía celebran ese rito en este país?
Machi. Más
que nunca. Pura imitación de la
aristocracia republicana: trajes largos,
valses de Strauss, cambios de vestuario.
Sin crónica en el periódico, ¡claro!, y
chícharos el resto del año.
Jack. (No
entiende bien.)
¿Chi-cha-ros?
Machi.
Chícharos. Suit pis.
Jack.
¿Habla inglés?
Machi. Ni una
palabra. Pero a veces digo naiz y guao.
Jack. Yo
aprendí español para poder leer los
periódicos y conocer lo que realmente
sucede en Cuba, no lo que se publica en
mi país.
Machi. Dios
lo guarde. Es un angelito.
Jack. No
entiendo.
Machi. ¿Va a
estar mucho tiempo de visita?
Jack. Todo
cuanto pueda.
Machi. Ya lo
entenderá.
Jack. Quiero
verlo todo, entenderlo todo, vivir como
viven ustedes.
Machi.
Permute.
Jack.
¿Permute? No conozco esa palabra.
Machi.
Permutar. Cambiar una cosa por otra.
Usted viene a vivir a esta casa que
tanto le entusiasma y yo viviré en la
suya, ¿en Manhattan?, que no conozco
pero estoy segura que me va a gustar.
Entra Cuca con dos tazas de café y le
ofrece una cada uno.
Cuca.
Acabadito de hacer.
Jack.
Gracias.
En el momento en que Jack se lleva la
taza a la boca:
Cuca.
¡Cuidado!
Jack.
¡Dammit!
Machi. ¿Se
quemó?
Jack. No, no
es nada.
Cuca. ¿Quiere
agua?
Jack. No,
gracias. (Saca de la mochila una
botella de agua y bebe.) ¿Cómo es su
nombre?
Cuca.
Concepción, una servidora. Pero me dicen
Cuca.
Jack. Ah, sí.
Gracias, Cuca. (Prueba el café con
cuidado) ¡Delicioso!
Machi. En
esta casa se toma el mejor café de Cuba.
Cuca. Yo
aprendí a hacerlo en Oriente.
Jack.
¿Oriente? Ah, Santiago de Cuba: la cuna
de la Revolución.
Cuca. ¿Conoce
Santiago?
Jack. Todavía
no. He leído sobre la ciudad, la
historia.
Cuca. ¿Y le
gustaría conocerla?
Jack.
Of course.
Cuca.
¿Cómo?
Machi. Cuca,
déjalo tranquilo.
Jack. No, no
problem, me encanta oírla. Quiero
recorrer La Habana y hablar con el
pueblo, que me cuenten, conocer sus
experiencias y llegar a compartir con
ustedes y sentirme parte de este
proceso.
Cuca. ¿Usted
es revolucionario?
Jack. Ojalá.
Yo vivo en un país complejo, en
circunstancias muy difíciles.
Cuca. Sin
ofender, su país es su país, pero
ustedes nos han hecho mucho daño.
Machi.
(Regañándola.)
¡Cuca!
Jack.
¿Ustedes? ¿Yo? Yo nunca he tratado de
hacerle daño a este país.
Cuca. Usted,
la persona de usted, usted mismo, no;
pero su gobierno, sí.
Jack. Yo no
apruebo lo que hace mi gobierno.
Cuca. Pero lo
hace. Ustedes... su gobierno, explota a
los países pobres. Lo he leído y lo veo
en la televisión. Usted cree que porque
soy una simple criada, criada sí, no la
muchacha que me ayuda, como dice alguna
gente. (Mira a Machi.)
Criada, pero estoy bien enterada de
todas las guerras y de todos los
crímenes. (Saca un cucurucho de maní.
Le ofrece.) ¿Quiere maní? Calientico
y saladito como le gusta a usted.
Machi. ¡Cuca!
Cuca. Esto es
folclor, Machi. Yo también quiero ganar
mi dinerito. Hay quien lo consigue
fácil, viene una visita y ya. Pero yo
trabajo para conseguirlo.
Machi. (Se
burla.)
¿Y tu Revolución no te ayuda?
Cuca. Claro
que me ayuda, aunque tú no quieras
verlo. Mire, compañero... ¡ay, perdón!
Míster.
Jack.
Compañero está bien.
Cuca. Mi hija
estudió en las mejores escuelas, y es
enfermera graduada, ¡graduada! Y mi
sobrino se hizo ingeniero y ahora es
director de una empresa. Todos viven
mejor que yo, porque estudiaron y saben
un oficio.
Machi. ¡Ay,
revolución! Dios bajado del cielo para
resolver todos los problemas de Cuca. Y
ahí está: limpiando una casa que no es
suya, comiendo una comida que no paga,
viviendo de lo que le da una dama
burguesa. ¿Qué te da tu Revolución? ¿Te
compra ropa, tienes un televisor último
modelo, sabes lo que es un microgüey?
Cuca. Vivo
tranquila, sin odiar a nadie y no
necesito mendigarles a los parientes
para vivir.
Machi. Vives
con lo que te doy yo.
Cuca. Vivo
con lo que gano yo. Porque trabajo. Y
cuando esté vieja como tú viviré con mis
hijos y mis nietos que se ocuparán de
mí. No en esta casa más vieja que tú
(Golpeando los muebles.) con sillas
viejas, mesas viejas, camas viejas,
manos viejas, tablas viejas ¡viejísimas!
puertas viejas, piernas viejas, pisos
viejos, viejo, viejo, todo viejo, mundo
viejo, más que viejo...
Machi.
(Histérica.)
¡Ya! ¡Negra de mierda! Nunca tendrás
nada.
Cuca. ¿Y qué
tienes tú?
Machi.
Tengo... tengo... (Busca la palabra.)
el humo del Marlboro. ¡Sí! El humo.
(Se va calmando.) El recuerdo de
la finca de mi abuelo. Y el humo.
Atesoro cientos de retratos familiares.
Y este aroma. Cuca, trae la comadrita de
abuela. (Cuca no hace caso. Machi se
acerca al mueble, se sienta y se mece
lentamente, soñadora.) Ahora
recuerdo el pastor alemán que me
regalaron como recordaré siempre el humo
de un Marlboro. Y a papá que me acaricia
la cabeza el día de mi primera comunión.
Recuerdo también... recuerdo... el humo,
el humo... el humo, el humo...
Jack.
(Iluminado por una luz que lo convierte
en una estatua.)
Caminaremos con la cabeza muy alta,
altísima, dueños del mundo. Sin miedo.
No habrá odio, ni rencor, ni razas, ni
prejuicios, ni cucarachas, ni fronteras,
ni dinero, ni bancos, ni juegos de
ladrones y policías, ni hormigas. El
hombre regará el jardín de su vecino con
agua de colores y la naturaleza
descubrirá nuevas frutas. Y por las
noches bailaremos alrededor de las
hogueras sin miedo al hombre lobo. Y
entonces ya no habrá hombre lobo. Nunca
más.
Cuca.
(Mientras limpia el mueble.)
Aquí estoy. Limpio este mueble. Paso el
paño por el borde superior hasta dejarlo
como un espejo. Limpio el frente: sacudo
las gavetas con el plumero y después con
el paño hago brillar los adornos de
madera. Voy a las patas de caoba, son
torneadas y necesito dedicarles más
tiempo. Una y otra vez y otra más...
Machi. El
sillón y el humo.
Jack. Un
mundo nuevo, diferente.
Cuca. Limpio
este mueble sin descansar.
Jack. Otros
ojos miran el horizonte.
Cuca.
Trabajan mis primos y los albañiles.
Machi.
Retratos viejos, espejos.
Jack. Otras
ventanas, otro azul.
Machi.
Recuerdo y recuerdo y recuerdo...
Cuca. Ya es
la hora. ¡A trabajar! Yo trabajo y mi
hija trabaja y mi padre, lleno de
arrugas, trabaja todavía; trabajan mis
primos y mis tíos y trabajan los vecinos
de al lado y los vecinos de los altos y
todos tenemos escobas y calderos y
cocinas. Palas y picos para los que
construyen. Martillos y serruchos para
los carpinteros. Herramientas para
ganarnos la vida con las manos. Manos
fuertes, duras, manos de trabajadores.
Mi familia trabajó toda la vida. Mi
abuelo murió trabajando en la
carpintería, orgulloso de los muebles
que hacía. Y trabajamos ayer y hoy y
trabajaremos mañana y siempre.
Siempre...
Telón |