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Versión libérrima (hecha por encargo), para teatro de
calle, basada en la obra Sancho Panza
en la ínsula Barataria, de
Alejandro Casona, y en los sueños del
Excelentísimo Señor, ciudadano desta
Villa, Don Miguel Santiesteban.
¡Que muchos años viva y haga teatro!
(pero con otros dramaturgos, ¡por Dios!)
Todos los personajes pueden ser muñecos o, si
se prefiere, algunos pueden ser actores
con máscaras.
Nota: Varios días antes a la fecha de la
representación deberán colocarse en
determinados puntos de la ciudad unos
carteles al uso de la época que recen
del siguiente modo:
A todos los ciudadanos
de la Villa:
Se les hace saber que
el próximo día __ de _______ , en el
________________________, de esta villa,
su Señoría Ilustrísima, el Señor Don
Sancho Panza, hará una vista para
ejercer justicia.
De este medio se les
convoca a todos los ciudadanos que
tengan pleitos pendientes a presentar
los mismos ante su Eminencia.
La admón.
Carnaval con los personajes típicos de la
ciudad mezclados con aquellos propios
del Día de Reyes. Por una de las calles
de la ciudad avanza la tropa de actores
en medio de un gran jolgorio. A medida
que avanzan, los vecinos, con su ayuda,
irán engalanando las fachadas con
cadenetas y banderitas de papel,
banderolas de tela, pendones y todos los
otros accesorios posibles producto de la
imaginería y la participación popular.
En medio del carnaval aparece Sancho, montado
en un burro que podrá construirse de
modo semejante a los caballitos que
usaban nuestros Cabildos en las fiestas
del Día de Reyes.
Sancho.
(A uno de los vecinos.) Decidme, buen hombre, por fortuna, ¿será esta la ínsula Barataria?
Vecino.
Bueno, esta es una villa que está en una
Isla, pero como que barato... aquí... no
hay nada.
Sancho.
(Canta.)
Mi señor, Don Quijote, me prometió/ como
fiel escudero un buen lugar/ en el Nuevo
Mundo donde mandar./
Coro.
Su señor Don Quijote bien loco está/
porque, en este pedazo, barato no hay
na./
Sancho.
Pues, a fe mía, que este es el lugar/
donde yo vengo a mandar y mandar./
Coro.
Si su excelencia se empeña en quedar,/
¡bienvenido sea al Carnaval!/
Vecino.
¿Qué quiere ser? ¿Gobernador?/ Pues,
gobierne, señor, ¡al por mayor!/
Coro.
La fiesta es espacio para disfrutar./
Disfrazados todos en el Carnaval,/ sea
lo que quiera, lo que desee ser,/
gobierne, señor, ¡y hágalo bien!/
Mientras la música sigue, le colocan los
atributos: una olla por corona, una
escoba al revés por vara de justicia, y
una banda atravesada al pecho.
Vecino.
¡Demos todos vivas a su excelencia el
Señor Don Sancho!
Todos.
¡Viva!
Se alza una tela que reza:
Hoy tomó posesión de esta Ínsula el
Señor Don Sancho Panza, que muchos años
la vacile.
Aparecen unos viejos esperpénticos bailando.
Vieja.
¡Pero, qué es esto! ¿Están todos
turulatos? ¿Cómo vamos a entregarle las
riendas de nuestras vidas a un loco
semejante?
Viejo.
No crea usted que el poder se ejerce de
otro modo en otras partes. ¡Que viva!
¡Viva el Carnaval! (Cesa la música.)
Sancho.
¿Puedo ya mandar?
Vecino.
Ansiosos estamos.
Todos ríen, se burlan.
Sancho.
Pues a vos, Mayordomo, mando en primer
lugar.
Vecino.
¿Mayordomo, yo? (Los demás le hacen
señas. Reacciona. Hace una reverencia.)
Pues, mande usted, señor.
Sancho.
Cuidad de este noble corcel, como si
fuera mi propio hermano. (Le entrega
el burro.)
Mayordomo.
¿Cuál corcel, señor?
Sancho.
(Tapa las orejas del burro.) Mi
burro, que por no avergonzarlo con ese
nombre vil, le llamo así. ¡Tratadlo,
pues, con la reverencia debida a un
burro del Poder! (Transición.) No
será el primer asno que reciba honores
por méritos que no son suyos.
Mayordomo.
Señor...
Sancho.
(Le advierte.) Mayordomo... Con
quien tiene el mandar, callar y callar.
Mayordomo.
(Tomando al burro, lo pasa a otro
Vecino.) Atiéndase al corcel del
señor Gobernador.
Vecino.
(Le pasa el asno a otro.)
Atiéndase al señor Gobernador del
corcel.
Vecina.
(Le pasa el asno a alguien del
público.) Atiéndase al señor corcel
del Gobernador. (Lo instruye para que
siga el juego con otras personas, hasta
que un actor recobra al asno.)
Sancho.
(Pasmado ante el traslado de órdenes,
al público.) ¡Prodigiosa
organización! (Al Mayordomo.) Y
ahora, que pase el primer pleitante.
Mayordomo.
¿Pleitante? (Reacciona.) ¡A la
orden! (Transición.) ¡Que pase el
primer problemático, que diga,
litigante!
Entran el Cliente y el Sastre. Se escucha la
entrada de un punto guajiro.
Sastre.
(Canta.) Soy yo un viejo sastre
pobre/ pero honrado y decente/ aunque
pueda haber quien piense/ otra cosa
diferente./
Llegó este hombre una mañana/ y me encargó un
trabajo/ que hice de buena gana/ con
esmero y sin relajo./
Cuando estuvo la obra lista/ y llegó la hora de
cobrar,/ vino este preciosista/ y no me
quiso pagar./
Sancho.
(Al Cliente.) ¿Cómo es eso,
hermano?
Los vecinos lo animan a que cuente su versión.
Cliente.
(Canta.) Sastres de toda la
Tierra,/ modistas y costureras,/
conocida es la costumbre/ de quedarse
con las telas./
De aquel pedazo de paño/ salía más que un
sombrero,/ pero este sastre rastrero,/
nada dijo del tamaño./
Quería quedarse con la tela,/ portarse como un
pillastre,/ que eso hacen los sastres,/
aunque les den candela./
Sastre.
(Canta.) ¿Y por eso me
encargaste/ cinco sombreros de tu paño?/
Cliente.
(Canta.) Y tú hacerlo me dejaste/
sin hablar de su tamaño./
Sancho.
A ver si aclaran, que no entiendo.
Sastre.
Llegó un día a mi tienda con un pedazo
de paño, y me preguntó si era suficiente
para hacer un sombrero.
Cliente.
Y me dijo que sí.
Sastre.
Como suponía que sobraría tela y que yo
me la cogería... me preguntó si saldrían
dos...
Cliente.
Y me dijo que sí.
Sastre.
Y así siguió preguntando hasta que del
mismo trozo de paño... me encargó ¡cinco
sombreros!
Sancho.
¿Y?
Sastre.
Hechos están.
Sancho.
¿Entonces?
Sastre.
Que no me quiere pagar.
Sancho.
¿Por qué?
Cliente.
(Al Sastre.)
Muestra, muestra los sombreros.
Sastre.
¡Aquí están! (Muestra cinco pequeños
sombreritos en cada uno de los dedos de
la mano.)
Cliente.
(Canta.) Dígame usted en breve/ a
quién sirven los sombreros,/ que no sea
a los enanos/ de la amiga Blancanieve./
Sancho.
¡Basta ya! ¡Basta! (Hace una seña a
los músicos. Se inicia el punto guajiro.
Canta.) Acabe ya la discusión/ que
como juez de este caso,/ voy a dar en
breve plazo,/ mi juiciosa conclusión./
La justicia tiene cosas/ mejores que atender,/
no se puede entretener/ con jugarretas
mañosas./
Quede el Sastre sin su paga,/ el Cliente sin su
paño,/ que en los dos ha habido engaño,/
trapacerías y celadas./
Y quédense los sombreros/ para advertir a los
presentes/ que no se juega con la
gente,/ el honor y el trabajo,/ ni se
tiene el desparpajo/ de morder cuando no
hay dientes./
¡Largo! ¡Fuera! ¡Piérdanse de mi vista!
Salen el Sastre y el Cliente. Se escucha la
música de un rap.
Vecino.
(Canta.)
Este asunto es muy fácil/ y resuelto
está/ pero cuando llego al agro/ y voy a
pesar/ gasto toda mi plata/ y no compro
na./
Se alza una enorme pesa. Sobre ella descansa
una pierna de res minúscula.
Vecino.
¿Cuánto hay ahí?
Carnicero.
¡Una vaca completa!
Vecino.
(Canta.)
¡Una vaca entera! ¿Y dónde es que está?/
Que yo no la veo./ Yo no veo na./ Ay,
pobre vaquita/ qué flaquita está,/ qué
flaquita está,/ qué flaquita está./ Dele
agua con azúcar,/ pienso y miel con pan/
a ver si esa vaquita/ se infla a
reventar./ O deme a mí una lupa/ a ver
si veo más./ ¡Qué flaquita está!/ ¡Qué
flaquita está!/
(A Sancho.) ¿Tiene su señoría/ algo que concluir/ o
piensa que lo que pido/ es mucho pedir?/
Coro.
(Canta.) Señor sereno, (A
sotto voce.) que no se puede decir/
que no se puede decir/ que no se puede
decir./ (Bis.)
Sancho.
(Carraspea, tose.)
¡Mayordomo, el próximo! ¡Que pase el
próximo!
Mayordomo.
(Que estaba en el coro, reacciona.
Proyecta.) ¡El próximo!
Entran el Gallego y el Negrito.
Gallego.
¡Se lo devolví, señor, se lo devolví!
Negrito.
¡Ojos que lo vieron ir... no lo vieron
más!
Gallego.
¡Que sí!
Negrito.
¡Que no!
Sancho.
¡Silencio todos! ¿Qué dilema los trae?
Se escucha obertura de la pieza «Mancontíviri y
Galleguíviri», de La isla de las cotorras, de Jorge Anckerman.
Negrito.
Ay, galleguíviri; ay, galleguíviri,/
cuándo es que tú me vas a devolver/ los
diez pesos que te di,/ que no son para
el maní,/ son para yo poder comer./
Gallego.
Ay,mancontíviri; ay, mancontíviri,/ yo,
memoria tan mala, nunca vi./ Cómo tú vas
a pensar/ que me los quiero quedar,/ si
tú eres un hermano para mí./
Negrito.
Ay, galleguíviri.
Gallego.
Ay, mancontíviri
Negrito.
Yo creo que tú estás equivocao,/ los
diez pesitos se fueron/ y ya nunca más
volvieron/ y tú tiene a este negrito
embarcao./
Gallego.
Ay, mancontíviri.
Negrito.
Ay, galleguíviri.
Gallego.
Ten por seguro que el dinero ya te di,/
pero tú eres un desastre,/ a lo mejor te
lo tomaste/ y ahora vienes a echarme la
culpa a mí./
Negrito.
¡No me lo devolviste, gallego!
Gallego.
¡Que sí, señor, que sí!
Sancho.
(Proyecta.)¡Está bueno! (Se
rasca la cabeza.) ¿Qué queréis que
haga yo, entonces, hermanos? (Al
Negrito.) Si él se empeña en que sí
y vos en que no, nada podemos sacar en
limpio.
Negrito.
Sólo le pido a Vuestra Sesñoría
que le tome jusramento
púsblico y solemne.
Sancho.
Sea como queréis. (Al Gallego.)
¿Estáis dispuesto a jurar, hermano?
Gallego.
Dispuesto, señor.
Sancho.
Bien, veamos, entonces, por qué podéis
hacer vuestro juramento.
Gallego.
(Solícito, se descalza una
alpargata.) Por una de mis
alpargatas, señor, que es para los
gallegos una de las cosas más sagradas.
(Al Negrito, dándole la alpargata.)
Téngame usted aquí, vecino. (El
Negrito voltea la cara y se echa fresco
con una mano.) Juro ante esta
alpargata, y por la salvación de mi
alma, que he devuelto el dinero,
poniéndolo con mi propia mano en su
propia mano, solemne y públicamente.
¡Que el diablo me agarre si miento!
Sancho.
Hecho está el juramento. ¿Puedo hacer
algo más por vos? (El Negrito se ha
desmayado.) ¡Ea, qué sucede!
Pregunto si queda algo más por hacer...
Negrito.
(Volviendo en sí.)
Nasda, señor. Comos
siempre, la curpa la carga el
totís. Agarra tu alpargata,
peninsular, y a otra cosa, mariposa.
Gallego.
(Toma su calzado. A Sancho.)
¿Puedo retirarme, señor?
Sancho.
(Que ha quedado meditabundo.)
Aguarda. De manera que habéis devuelto
el dinero... con vuestra propia mano...
(Toca la mano del Gallego.) en su
propia mano... (Toca la mano del
Negrito.) solemne y públicamente.
Gallego.
Así fue.
Sancho.
Extraño juramento ese sobre una
alpargata... A ver, dámela acá. ¡Pronto!
Gallego.
¿Por qué, señor?
Negrito.
¡Hey, maraña en el Medio Oriente!
Gallego.
(Toma la alpargata.)
Porque algo me huele aquí a gato
encerrado.
Negrito.
¡Qué mal huelen los gatos!
Sancho examina la alpargata, de ella sale
volando un murciélago, se desliza una
araña hasta que, por fin, caen unas
monedas.
Sancho.
¡Aquí está el gato!
Negrito.
¡Mi dinero!
Sancho.
(Hace señas a los músicos. Se escucha
la entrada de «Mancontíviri...». Canta.)
Ay, mancontíviri; ay, galleguíviri./
El dinero es algo de cuidar,/ pues distancia a
los amigos,/ es envidia de vecinos./ Y a
la tumba no te lo puedes llevar./
Ay, galleguíviri; ay, galleguíviri:/ la mentira
tiene siempre mal final./ Aunque te
puedas reír./ Aunque puedas tú gozar./ A
la larga tú la tienes/ tú la tienes que
pagar./ (Al Negrito.) Toma tu
dinero, buen hombre. (Transición.)
Y condénese a este otro, por falsedad
pública, a comerse su alpargata.
Gallego.
(Mientras lo sacan de escena.) Oiga, Don Sancho, que los dos somos gallegos, hombre... Por la
Madre Patria...
Negrito.
(Canta.)
Ay, galleguíviri; ay, galleguíviri/
ahora sí vas a tener indigestión/ y no
te puede salvar/ ni un lavado estomacal/
ni la leche de magnesia o la madre de
Tarzán./(Saliendo.) ¡Adiós,
peninsular!
De nuevo rompe el carnaval.
Sancho.
Venga, pues, vayámonos ya a bailar y a
fiestar...
Entra la Buscona trayendo al Ganadero por el
cabello. Tiene un aditamento al nivel de
los ojos que le permite echar hilillos
de agua con los que salpica a Sancho y
al público cuando llora.
Buscona.
(Entrando. Canta en tono lírico con
la música de la entrada de Cecilia en la
zarzuela «Cecilia Valdés».)
¡Justicia! ¡Justicia, señor! ¡Pido
justicia al Gobernador! (Llora. Entra
la habanera de la zarzuela.) Soy una
buena doncella,/ bien donosa y bien
plantá,/ este señor me ha robado/ lo que
yo he guardado más./
Paseaba yo por el campo/ en mi ingenua
ingenuidad/ y este que no es ningún
santo/ me hizo una barbaridad./
Paseaba yo por el campo/ y este señor me ha
robado/ lo que yo he guardado más./
(Llora.)
Los vecinos animan al Ganadero a que cuente su
versión.
Ganadero.
(Canta, en el mismo tiempo de
habanera.) Volvía yo del mercado/ y
en el camino encontré/ a este diablo
colorado/ que me bailó un buen bembé./
Recompensé sus favores,/ le di un traje y mi
dinero,/ cierto es que no le di flores,/
más la traté con esmero./
Este diablo colorado/ me bailó un buen bembé./
Y ahora me trae ante usted./
Sancho.
(Al Ganadero.) ¿No hubo fuerza,
entonces? ¿No la has obligado?
Ganadero.
(Recitado, sobre música. Asombrado.)
¿Obligarla, señor?
Buscona.
(Idem.) Ultrajada fui.
(Llora.)
Ganadero.
(Idem.) ¿Cree usted eso, señor?
Buscona.
(Idem.) Humillada soy.
(Llora.)
Sancho.
¡Basta! ¡Que ante el mandar, callar y
callar! ¿Tienes contigo dinero?
Ganadero.
Quedan cien pesos. Es toda mi fortuna.
Sancho.
Dáselos y ya.
Ganadero.
Señor...
Sancho.
Que se los des he dicho.
El Ganadero entrega una bolsa a la Buscona que
esta mete bajo las faldas.
Buscona.
(Canta.) Gracias, señor Sancho,
¡que viva usted! (Le da un empujón
burlón al Ganadero. Va saliendo.)
Sancho.
Ahora, buen hombre, corra usted tras
ella y quítele la bolsa.
Ganadero.
¿Cómo?
Sancho.
¿Le sobra el dinero?
Ganadero.
Claro que no, señor. (Corre tras
ella.) ¡Eh, mujer, alto! ¡Alto ahí!
Corren por entre el público, se detienen,
forcejean ambos aferrados a la bolsa,
hasta que vence la Buscona quien derriba
al Ganadero.
Buscona.
(A Sancho.) Este desalmado ha
querido quitarme la bolsa que vuestra
justicia mandó darme.
Sancho.
Pero, ¿os la ha quitado?
Buscona.
¿Quitar? Primero me dejaría yo arrancar
la vida...
Sancho.
Así se hace, valiente mujer. Venga acá
esa bolsa.
Buscona.
Pero, señor ...
Sancho.
(Recupera la bolsa.) Si el mismo
aliento y valor que habéis mostrado
ahora para defender esa bolsa lo
hubierais mostrado antes para defender
vuestra honra, no hubiera fuerza en la
tierra que pudiera contra vos. (Alza
la escoba amenazadoramente.) Andad,
enhoramala, embustera, y no paréis en
toda esta villa so pena de doscientos
azotes. ¡Largo! ¡Largo he dicho! (La
mujer se aleja mientras protesta, llora
y gimotea entre el público buscando
apoyo.) Y vos, buen hombre, tomad
vuestro dinero, y volveos derechito a
casa. (Transición.) ¡Música,
Maestro! (Entra la guaracha antigua
de la zarzuela. Canta.) Las mujeres
son muy bellas/ pero yo no nací ayer,
no, no, no./ No te fíes de mujeres/
porque puedes acabar muy remal./
Coro.
(Canta.) Las mujeres son muy
bellas/ pero él no nació ayer, no, no,
no./ No te fíes de mujeres/ porque
puedes acabar muy remal./
Buscona.
(Canta, en el tiempo de la entrada de
«Cecilia».) ¡Yo soy doncella/ y
doncella he de morir!
Vecino viejo.
(Grita.) ¡Tú lo que eres es una
p...!
Todos le tapan la boca.
Coro.
(Canta.) Señor sereno,/ (A
sotto voce.) que no se puede decir,/
que no se puede decir,/ que no se puede
decir./ (Bis. Se escucha la música de
una guaracha o de un son.)
Vecino.
(Canta.) El oficio primero en la
historia/ dura más que las cucarachas,/
viene ciclón, llega y arrasa/ y las...
chicas están en la gloria./
No importa que cambien/ los siglos, ni el
clima, ni los gobiernos,/ ellas siguen
consiguiendo/ el éxito más rotundo./
Cuando llegue el fin del mundo/ y no brille ya
ni una estrella/ se alzarán de entre las
ruinas/ estas buenas... ¡doncellas!/
Y este mismo de Don Sancho/ nuestro buen
gobernador/ va a acabar con una de
ellas/ en tremendo rumbón./
Aparece una muchacha con vestido moderno, muy
escotado, que se le insinúa a Sancho
invitándolo a bailar.
Sancho.
(Despepitado.)
¡A carnavalear! ¡A carnavalear!
Mayordomo.
Tenga un momento, su Señoría, (Cesa
la música.) que parece que aún
quedan pleitos por litigar.
Sancho.
Pero, ¿es que aquí no se acaba nunca?
¿Qué acontece ahora? (A la muchacha.)
Nos vemos luego, preciosura. (Le
lanza un beso. La muchacha desaparece.)
Vecino.
Pues, verá, usted, su Eminencia, el
asunto es que hay aquí personas que,
aunque pareciera que trabajan, no
trabajan; es decir, que están, pero no
están.
Sancho.
¿Trabajan, pero no trabajan? ¿Están,
pero no están? ¿Cómo se entiende esa
jerigonza, hermano?
Vecino.
Pues a ver cómo le explico. Pongamos que
sea usted el Director de una Empresa...
Sancho.
Yo, el Director de una Empresa...
Vecino.
Sí, y tenga usted entonces una
secretaria...
Sancho.
Yo, una secretaria...
Vecino.
Ajá, pero que a la vez no la tenga.
Sancho.
¡Qué enredo es este! ¿Cómo es eso de que
la tengo y no la tengo?
Hombre.
La tiene, pero nunca está disponible.
Sancho.
¡¿No está disponible?! ¿Qué hace,
entonces?
Secretaria.
(Se alza en medio de un grupo del
público. Mueve con exageración las
pestañas y las manos, mostrando unas
uñas larguísimas y pintadas. Se
contonea.) Vendo cosas, señor. Hablo
por teléfono con mis amistades, me hago
la manicuri...
Sancho.
Se hace ¿qué?... (La Secretaria
desaparece.) ¿Eh? ¿Dónde anda?
Secretaria.
(Reapareciendo en otra zona del
público.) ¿No le interesaría comprar
unos tintes para el pelo? Tengo unos
buenísimos.
Sancho.
¡¿Un qué?! (La Secretaria desaparece
nuevamente.) ¡Diablos! ¿Es que no
puede estarse quieta? ¿Adónde se fue
ahora?
Secretaria.
(Reaparece junto a él.) También
tengo unos chalequitos tejidos que se le
verían monísimos...
Sancho.
¡Pero...! ¡Qué...! ¡¿Me puede decir por
qué razón hace usted eso?!
Secretaria.
¡Ay, señor Sancho, qué pregunta!
(Canta en tiempo de guaracha o de son.)
Maricusa vende unos zapatos,/ Pancho
cría un puerquito,/ Serafín, el
carnicero, los pollitos,/ y luego te
dice que no hay na./
Caruca vende un pim pam pum,/ pone al viejo a
dormir en el sofá,/ y el de la tienda
saca el juego de muebles por atrás./
¿Por qué será? ¿Por qué será/ que yo no tengo
remesa familiar?/
Con Agustina encuentras la duralgina,/ con
Anacleto el alcol y el diazepán,/ y la
farmacia se queda bien pelá./
Perico vende la gasolina;/ el bodeguero, las
dietas al ontón,/ aunque mi úlcera
parezca un chicharrón./
¿Por qué será... por qué será.../ que mi
salario no alcanza para na?/
Jacinta alquila su cuartico,/ Casimiro, la sala
y el comedor;/ y la barbacoa no aguanta
el familión./
¿Por qué será... por qué será.../ que no me
toca una jabita equivocá?/
¿Por qué será... por qué será...?,/ ay, señor
Sancho, diga usted por qué será./
Sancho.
¡Dios me acoja confesado! Eh...
(Carraspea turbado.) ¿No habrá por
ahí otro demandante?
Vecina.
Pues, sí, su Excelencia. Tenemos otro
problema.
Sancho.
¡¿Otro?! Espero que este sea más
sencillo.
Vecina.
Pues, se dice simple. Gente que está,
pero que mejor sería que no estuviera.
Sancho.
(Trata de entender.) Que está...
pero que mejor sería... Veamos de qué
trata esta nueva adivinanza.
Vecina.
Jefes que mandan y no están preparados
para mandar. Mandantes que saben menos
que los mandados.
Se escucha música de rumba.
Vecina.
(Canta.) Mi jefe era panadero/ de
excelente reputación/ y dirige como un
horno/ la Empresa de Construcción./
Vecino.
(Idem.) Mi jefe era abogado,/
ganaba pleitos sin cesar,/ pero ahora él
nos dice/ cómo se debe pescar./
Vecina.
(Idem.) Mi jefe era dentista,/
sacaba dientes sin parar,/ y de pronto
es quien conduce/ nuestro coro
regional./
Coro.
Los jefes son buena gente/ pero no
pueden hacer más/ pues no son
especialistas/ ni pueden adivinar./
Hay pan duro, pocos peces,/ y las casas ya se
caen./ Quién arregla, quién arregla,/
este gran berenjenal./ (Bis.)
Vecina.
(Cuando termina la rumba.) ¿Qué
dice usted, señor Sancho?
Sancho.
Bueno, yo... En verdad... Ustedes me
disculpan, acabo de recordar que dejé
puesta la olla de presión allá, en algún
lugar de La Mancha, así que... con el
permiso de todos... ¡Mi burro! ¡Dónde
está mi burro! (Transición.) No
vaya a ser que lo vendan...
Mayordomo.
Pero, señor...
Sancho.
No hay pero que valga. Devuélvanme mi
burro, del que no pienso volver a
separarme más...
Vecino.
(Desde cierta distancia, proyecta, a
la vez que pasa el burro a una Vecina.)
¡Va el burro del señor Gobernador!
Vecina.
(Proyecta, lo entrega a otro.)
¡El señor burro del Gobernador!
Vecino.
(Proyecta, mientras lo intenta
entregar al Mayordomo.) ¡El
gobernador del Señor...!
Sancho.
(Lo interrumpe.)
¡Ea, venga ya mi pobre burro sin tanta
burrocracia! (Logra apoderarse del
burro. Al público.) Y a vosotros,
ciudadanos de esta Villa, adiós. Si no
os hice mucho bien, tampoco quise
haceros mal. Nadie murmure de mí, que
fui Gobernador y salgo con las manos
limpias. Desnudo nací, desnudo me hallo;
ni pierdo, ni gano. ¡Adiós, señores!
Rompe de nuevo el Carnaval. Se distingue la
melodía de un órgano oriental.
Sancho.
¿Qué es esa sabrosa música como de
ángeles?
Mayordomo.
Esa es, señor, una maravilla de estas
tierras: nuestro órgano oriental, para
que nos recuerde con agrado cuando
cuente sus memorias.
Sancho.
Pues sí que suena a gloria. (El burro
de Sancho comienza a bailar.)
¡También a ti te gusta, amiguete, que se
puede ser burro y saber disfrutar de lo
bueno! ¡Adiós, señores, y enhorabuena!
Sancho se aleja montado en su burro, que sigue
bailando, rodeado por la comitiva de
actores. Si la representación se hiciera
de noche también podrían utilizarse
fuegos de artificio.
Fin |