Libretos tablas
Premios y eventos Ediciones Alarcos Revista Tablas Nuestra sede

Sancho Panza en la ínsula Barataria

Esther Suárez Durán
 

Versión libérrima (hecha por encargo), para teatro de calle, basada en la obra Sancho Panza en la ínsula Barataria, de Alejandro Casona, y en los sueños del Excelentísimo Señor, ciudadano desta Villa, Don Miguel Santiesteban.

¡Que muchos años viva y haga teatro!

(pero con otros dramaturgos, ¡por Dios!)

 

Todos los personajes pueden ser muñecos o, si se prefiere, algunos pueden ser actores con máscaras.

Nota: Varios días antes a la fecha de la representación deberán colocarse en determinados puntos de la ciudad unos carteles al uso de la época que recen del siguiente modo:

 

A todos los ciudadanos de la Villa:

 

Se les hace saber que el próximo día __ de _______ , en el ________________________, de esta villa, su Señoría Ilustrísima, el Señor Don Sancho Panza, hará una vista para ejercer justicia.

De este medio se les convoca a todos los ciudadanos que tengan pleitos pendientes a presentar los mismos ante su Eminencia.

 

                                                                  La admón.

Carnaval con los personajes típicos de la ciudad mezclados con aquellos propios del Día de Reyes. Por una de las calles de la ciudad avanza la tropa de actores en medio de un gran jolgorio. A medida que avanzan, los vecinos, con su ayuda, irán engalanando las fachadas con cadenetas y banderitas de papel, banderolas de tela, pendones y todos los otros accesorios posibles producto de la imaginería y la participación popular.

En medio del carnaval aparece Sancho, montado en un burro que podrá construirse de modo semejante a los caballitos que usaban nuestros Cabildos en las fiestas del Día de Reyes.

 

Sancho. (A uno de los vecinos.) Decidme, buen hombre, por fortuna, ¿será esta la ínsula Barataria?

Vecino. Bueno, esta es una villa que está en una Isla, pero como que barato... aquí... no hay nada.

Sancho. (Canta.) Mi señor, Don Quijote, me prometió/ como fiel escudero un buen lugar/ en el Nuevo Mundo donde mandar./

Coro. Su señor Don Quijote bien loco está/ porque, en este pedazo, barato no hay na./

Sancho. Pues, a fe mía, que este es el lugar/ donde yo vengo a mandar y mandar./

Coro. Si su excelencia se empeña en quedar,/ ¡bienvenido sea al Carnaval!/

Vecino. ¿Qué quiere ser? ¿Gobernador?/ Pues, gobierne, señor, ¡al por mayor!/

Coro. La fiesta es espacio para disfrutar./ Disfrazados todos en el Carnaval,/ sea lo que quiera, lo que desee ser,/ gobierne, señor, ¡y hágalo bien!/

 

Mientras la música sigue, le colocan los atributos: una olla por corona, una escoba al revés por vara de justicia, y una banda atravesada al pecho.

 

Vecino. ¡Demos todos vivas a su excelencia el Señor Don Sancho!

Todos.  ¡Viva!

 

Se alza una tela que reza:  Hoy tomó posesión de esta Ínsula el Señor Don Sancho Panza, que muchos años la vacile.

Aparecen unos viejos esperpénticos bailando.

 

Vieja. ¡Pero, qué es esto! ¿Están todos turulatos? ¿Cómo vamos a entregarle las riendas de nuestras vidas a un loco semejante?

Viejo. No crea usted que el poder se ejerce de otro modo en otras partes. ¡Que viva! ¡Viva el Carnaval! (Cesa la música.)

Sancho. ¿Puedo ya mandar?

Vecino. Ansiosos estamos.

                  

Todos ríen, se burlan.

 

Sancho. Pues a vos, Mayordomo, mando en primer lugar.

Vecino. ¿Mayordomo, yo? (Los demás le hacen señas. Reacciona. Hace una reverencia.) Pues, mande usted, señor.

Sancho. Cuidad de este noble corcel, como si fuera mi propio hermano. (Le entrega el burro.)

Mayordomo. ¿Cuál corcel, señor?

Sancho. (Tapa las orejas del burro.) Mi burro, que por no avergonzarlo con ese nombre vil, le llamo así. ¡Tratadlo, pues, con la reverencia debida a un burro del Poder! (Transición.) No será el primer asno que reciba honores por méritos que no son suyos.

Mayordomo. Señor...

Sancho. (Le advierte.) Mayordomo... Con quien tiene el mandar, callar y callar.

Mayordomo. (Tomando al burro, lo pasa a otro Vecino.) Atiéndase al corcel del señor Gobernador.

Vecino. (Le pasa el asno a otro.) Atiéndase al señor Gobernador del corcel.

Vecina. (Le pasa el asno a alguien del público.) Atiéndase al señor corcel del Gobernador. (Lo instruye para que siga el juego con otras personas, hasta que un actor recobra al asno.)

Sancho. (Pasmado ante el traslado de órdenes, al público.) ¡Prodigiosa organización! (Al Mayordomo.) Y ahora, que pase el primer pleitante.

Mayordomo. ¿Pleitante? (Reacciona.) ¡A la orden! (Transición.) ¡Que pase el primer problemático, que diga, litigante!

                  

Entran el Cliente y el Sastre. Se escucha la entrada de un punto guajiro.

 

Sastre. (Canta.) Soy yo un viejo sastre pobre/ pero honrado y decente/ aunque pueda haber quien piense/ otra cosa diferente./

Llegó este hombre una mañana/ y me encargó un trabajo/ que hice de buena gana/ con esmero y sin relajo./

Cuando estuvo la obra lista/ y llegó la hora de cobrar,/ vino este preciosista/ y no me quiso pagar./

Sancho. (Al Cliente.) ¿Cómo es eso, hermano?

 

Los vecinos lo animan a que cuente su versión.

 

Cliente. (Canta.) Sastres de toda la Tierra,/ modistas y costureras,/ conocida es la costumbre/ de quedarse con las telas./

De aquel pedazo de paño/ salía más que un sombrero,/ pero este sastre rastrero,/ nada dijo del tamaño./

Quería quedarse con la tela,/ portarse como un pillastre,/ que eso hacen los sastres,/ aunque les den candela./

Sastre. (Canta.) ¿Y por eso me encargaste/ cinco sombreros de tu paño?/

Cliente. (Canta.) Y tú hacerlo me dejaste/ sin hablar de su tamaño./

Sancho. A ver si aclaran, que no entiendo.

Sastre. Llegó un día a mi tienda con un pedazo de paño, y me preguntó si era suficiente para hacer un sombrero.

Cliente. Y me dijo que sí.

Sastre. Como suponía que sobraría tela y que yo me la cogería... me preguntó si saldrían dos...

Cliente. Y me dijo que sí.

Sastre. Y así siguió preguntando hasta que del mismo trozo de paño... me encargó ¡cinco sombreros!

Sancho. ¿Y?

Sastre. Hechos están.

Sancho. ¿Entonces?

Sastre. Que no me quiere pagar.

Sancho. ¿Por qué?

Cliente. (Al Sastre.) Muestra, muestra los sombreros.

Sastre. ¡Aquí están! (Muestra cinco pequeños sombreritos en cada uno de los dedos de la mano.)

Cliente. (Canta.) Dígame usted en breve/ a quién sirven los sombreros,/ que no sea a los enanos/ de la amiga Blancanieve./

Sancho. ¡Basta ya! ¡Basta! (Hace una seña a los músicos. Se inicia el punto guajiro. Canta.) Acabe ya la discusión/ que como juez de este caso,/ voy a dar en breve plazo,/ mi juiciosa conclusión./

La justicia tiene cosas/ mejores que atender,/ no se puede entretener/ con jugarretas mañosas./

Quede el Sastre sin su paga,/ el Cliente sin su paño,/ que en los dos ha habido engaño,/ trapacerías y celadas./

Y quédense los sombreros/ para advertir a los presentes/ que no se juega con la gente,/ el honor y el trabajo,/ ni se tiene el desparpajo/ de morder cuando no hay dientes./

¡Largo! ¡Fuera! ¡Piérdanse de mi vista!

                  

Salen el Sastre y el Cliente. Se escucha la música de un rap.

 

Vecino. (Canta.) Este asunto es muy fácil/ y resuelto está/ pero cuando llego al agro/ y voy a pesar/ gasto toda mi plata/ y no compro na./

 

Se alza una enorme pesa. Sobre ella descansa una pierna de res minúscula.

 

Vecino. ¿Cuánto hay ahí?

Carnicero. ¡Una vaca completa!

Vecino. (Canta.) ¡Una vaca entera! ¿Y dónde es que está?/ Que yo no la veo./ Yo no veo na./ Ay, pobre vaquita/ qué flaquita está,/ qué flaquita está,/ qué flaquita está./ Dele agua con azúcar,/ pienso y miel con pan/ a ver si esa vaquita/ se infla a reventar./ O deme a mí una lupa/ a ver si veo más./ ¡Qué flaquita está!/ ¡Qué flaquita está!/

(A Sancho.) ¿Tiene su señoría/ algo que concluir/ o piensa que lo que pido/ es mucho pedir?/

Coro. (Canta.) Señor sereno, (A sotto voce.) que no se puede decir/ que no se puede decir/ que no se puede decir./ (Bis.)

Sancho. (Carraspea, tose.) ¡Mayordomo, el próximo! ¡Que pase el próximo!

Mayordomo. (Que estaba en el coro, reacciona. Proyecta.) ¡El próximo!

 

Entran el Gallego y el Negrito.

Gallego. ¡Se lo devolví, señor, se lo devolví!

Negrito. ¡Ojos que lo vieron ir... no lo vieron más!

Gallego. ¡Que sí!

Negrito. ¡Que no!

Sancho. ¡Silencio todos! ¿Qué dilema los trae?

 

Se escucha obertura de la pieza «Mancontíviri y Galleguíviri», de La isla de las cotorras, de Jorge Anckerman.

 

Negrito. Ay, galleguíviri; ay, galleguíviri,/ cuándo es que tú me vas a devolver/ los diez pesos que te di,/ que no son para el maní,/ son para yo poder comer./

Gallego. Ay,mancontíviri; ay, mancontíviri,/ yo, memoria tan mala, nunca vi./ Cómo tú vas a pensar/ que me los quiero quedar,/ si tú eres un hermano para mí./

Negrito. Ay, galleguíviri.

Gallego. Ay, mancontíviri

Negrito. Yo creo que tú estás equivocao,/ los diez pesitos se fueron/ y ya nunca más volvieron/ y tú tiene a este negrito embarcao./

Gallego. Ay, mancontíviri.

Negrito. Ay, galleguíviri.

Gallego. Ten por seguro que el dinero ya te di,/ pero tú eres un desastre,/ a lo mejor te lo tomaste/ y ahora vienes a echarme la culpa a mí./

Negrito. ¡No me lo devolviste, gallego!

Gallego. ¡Que sí, señor, que sí!

Sancho. (Proyecta.)¡Está bueno! (Se rasca la cabeza.) ¿Qué queréis que haga yo, entonces, hermanos? (Al Negrito.) Si él se empeña en que sí y vos en que no, nada podemos sacar en limpio.

Negrito. Sólo le pido a Vuestra Sesñoría que le tome jusramento púsblico y solemne.

Sancho. Sea como queréis. (Al Gallego.) ¿Estáis dispuesto a jurar, hermano?

Gallego. Dispuesto, señor.

Sancho. Bien, veamos, entonces, por qué podéis hacer vuestro juramento.

Gallego. (Solícito, se descalza una alpargata.) Por una de mis alpargatas, señor, que es para los gallegos una de las cosas más sagradas. (Al Negrito, dándole la alpargata.) Téngame usted aquí, vecino. (El Negrito voltea la cara y se echa fresco con una mano.) Juro ante esta alpargata, y por la salvación de mi alma, que he devuelto el dinero, poniéndolo con mi propia mano en su propia mano, solemne y públicamente. ¡Que el diablo me agarre si miento!

Sancho. Hecho está el juramento. ¿Puedo hacer algo más por vos? (El Negrito se ha desmayado.) ¡Ea, qué sucede! Pregunto si queda algo más por hacer...

Negrito. (Volviendo en sí.) Nasda, señor. Comos siempre, la curpa la carga el totís. Agarra tu alpargata, peninsular, y a otra cosa, mariposa.

Gallego. (Toma su calzado. A Sancho.) ¿Puedo retirarme, señor?

Sancho. (Que ha quedado meditabundo.) Aguarda. De manera que habéis devuelto el dinero... con vuestra propia mano... (Toca la mano del Gallego.) en su propia mano... (Toca la mano del Negrito.) solemne y públicamente.

Gallego. Así fue.

Sancho. Extraño juramento ese sobre una alpargata... A ver, dámela acá. ¡Pronto!

Gallego. ¿Por qué, señor?

Negrito. ¡Hey, maraña en el Medio Oriente!

Gallego. (Toma la alpargata.) Porque algo me huele aquí a gato encerrado.

Negrito. ¡Qué mal huelen los gatos!

 

Sancho examina la alpargata, de ella sale volando un murciélago, se desliza una araña hasta que, por fin, caen unas monedas.

 

Sancho. ¡Aquí está el gato!

Negrito. ¡Mi dinero!

Sancho. (Hace señas a los músicos. Se escucha la entrada de «Mancontíviri...». Canta.) Ay, mancontíviri; ay, galleguíviri./

El dinero es algo de cuidar,/ pues distancia a los amigos,/ es envidia de vecinos./ Y a la tumba no te lo puedes llevar./

Ay, galleguíviri; ay, galleguíviri:/ la mentira tiene siempre mal final./ Aunque te puedas reír./ Aunque puedas tú gozar./ A la larga tú la tienes/ tú la tienes que pagar./ (Al Negrito.) Toma tu dinero, buen hombre. (Transición.) Y condénese a este otro, por falsedad pública, a comerse su alpargata.

Gallego. (Mientras lo sacan de escena.) Oiga, Don Sancho, que los dos somos gallegos, hombre... Por la Madre Patria...

Negrito. (Canta.) Ay, galleguíviri; ay, galleguíviri/ ahora sí vas a tener indigestión/ y no te puede salvar/ ni un lavado estomacal/ ni la leche de magnesia o la madre de Tarzán./(Saliendo.) ¡Adiós, peninsular!

 

De nuevo rompe el carnaval.

 

Sancho. Venga, pues, vayámonos ya a bailar y a fiestar...

 

Entra la Buscona trayendo al Ganadero por el cabello. Tiene un aditamento al nivel de los ojos que le permite echar hilillos de agua con los que salpica a Sancho y al público cuando llora.

 

Buscona. (Entrando. Canta en tono lírico con la música de la entrada de Cecilia en la zarzuela «Cecilia Valdés».) ¡Justicia! ¡Justicia, señor! ¡Pido justicia al Gobernador! (Llora. Entra la habanera de la zarzuela.) Soy una buena doncella,/ bien donosa y bien plantá,/ este señor me ha robado/ lo que yo he guardado más./

Paseaba yo por el campo/ en mi ingenua ingenuidad/ y este que no es ningún santo/ me hizo una barbaridad./

Paseaba yo por el campo/ y este señor me ha robado/ lo que yo he guardado más./ (Llora.)

 

Los vecinos animan al Ganadero a que cuente su versión.

 

Ganadero. (Canta, en el mismo tiempo de habanera.) Volvía yo del mercado/ y en el camino encontré/ a este diablo colorado/ que me bailó un buen bembé./

Recompensé sus favores,/ le di un traje y mi dinero,/ cierto es que no le di flores,/ más la traté con esmero./

Este diablo colorado/ me bailó un buen bembé./ Y ahora me trae ante usted./

Sancho. (Al Ganadero.) ¿No hubo fuerza, entonces? ¿No la has obligado?

Ganadero. (Recitado, sobre música. Asombrado.) ¿Obligarla, señor?

Buscona. (Idem.) Ultrajada fui. (Llora.)

Ganadero. (Idem.) ¿Cree usted eso, señor?

Buscona. (Idem.) Humillada soy. (Llora.)

Sancho. ¡Basta! ¡Que ante el mandar, callar y callar! ¿Tienes contigo dinero?

Ganadero. Quedan cien pesos. Es toda mi fortuna.

Sancho. Dáselos y ya.

Ganadero. Señor...

Sancho. Que se los des he dicho.

 

El Ganadero entrega una bolsa a la Buscona que esta mete bajo las faldas.

 

Buscona. (Canta.) Gracias, señor Sancho, ¡que viva usted! (Le da un empujón burlón al Ganadero. Va saliendo.)

Sancho. Ahora, buen hombre, corra usted tras ella y quítele la bolsa.

Ganadero. ¿Cómo?

Sancho. ¿Le sobra el dinero?

Ganadero. Claro que no, señor. (Corre tras ella.) ¡Eh, mujer, alto! ¡Alto ahí!

 

Corren por entre el público, se detienen, forcejean ambos aferrados a la bolsa, hasta que vence la Buscona quien derriba al Ganadero.

 

Buscona. (A Sancho.) Este desalmado ha querido quitarme la bolsa que vuestra justicia mandó darme.

Sancho. Pero, ¿os la ha quitado?

Buscona. ¿Quitar? Primero me dejaría yo arrancar la vida...

Sancho. Así se hace, valiente mujer. Venga acá esa bolsa.

Buscona. Pero, señor ...

Sancho. (Recupera la bolsa.) Si el mismo aliento y valor que habéis mostrado ahora para defender esa bolsa lo hubierais mostrado antes para defender vuestra honra, no hubiera fuerza en la tierra que pudiera contra vos. (Alza la escoba amenazadoramente.) Andad, enhoramala, embustera, y no paréis en toda esta villa so pena de doscientos azotes. ¡Largo! ¡Largo he dicho! (La mujer se aleja mientras protesta, llora y gimotea entre el público buscando apoyo.) Y vos, buen hombre, tomad vuestro dinero, y volveos derechito a casa. (Transición.) ¡Música, Maestro! (Entra la guaracha antigua de la zarzuela. Canta.) Las mujeres son muy bellas/ pero yo no nací ayer, no, no, no./ No te fíes de mujeres/ porque puedes acabar muy remal./

Coro. (Canta.) Las mujeres son muy bellas/ pero él no nació ayer, no, no, no./ No te fíes de mujeres/ porque puedes acabar muy remal./

Buscona. (Canta, en el tiempo de la entrada de «Cecilia».) ¡Yo soy doncella/ y doncella he de morir!

Vecino viejo. (Grita.) ¡Tú lo que eres es una p...!

 

Todos le tapan la boca.

 

Coro. (Canta.) Señor sereno,/ (A sotto voce.) que no se puede decir,/ que no se puede decir,/ que no se puede decir./ (Bis. Se escucha la música de una guaracha o de un son.)

Vecino. (Canta.) El oficio primero en la historia/ dura más que las cucarachas,/ viene ciclón, llega y arrasa/ y las... chicas están en la gloria./

No importa que cambien/ los siglos, ni el clima, ni los gobiernos,/ ellas siguen consiguiendo/ el éxito más rotundo./

Cuando llegue el fin del mundo/ y no brille ya ni una estrella/ se alzarán de entre las ruinas/ estas buenas... ¡doncellas!/

Y este mismo de Don Sancho/ nuestro buen gobernador/ va a acabar con una de ellas/ en tremendo rumbón./

 

Aparece una muchacha con vestido moderno, muy escotado, que se le insinúa a Sancho invitándolo a bailar.

 

Sancho. (Despepitado.) ¡A carnavalear! ¡A carnavalear!

Mayordomo. Tenga un momento, su Señoría, (Cesa la música.) que parece que aún quedan pleitos por litigar.

Sancho. Pero, ¿es que aquí no se acaba nunca? ¿Qué acontece ahora? (A la muchacha.) Nos vemos luego, preciosura. (Le lanza un beso. La muchacha  desaparece.)

Vecino. Pues, verá, usted, su Eminencia, el asunto es que hay aquí personas que, aunque pareciera que trabajan, no trabajan; es decir, que están, pero no están.

Sancho. ¿Trabajan, pero no trabajan? ¿Están, pero no están? ¿Cómo se entiende esa jerigonza, hermano?

Vecino. Pues a ver cómo le explico. Pongamos que sea usted el Director de una Empresa...

Sancho. Yo, el Director de una Empresa...

Vecino. Sí, y tenga usted entonces una secretaria...

Sancho. Yo, una secretaria...

Vecino. Ajá, pero que a la vez no la tenga.

Sancho. ¡Qué enredo es este! ¿Cómo es eso de que la tengo y no la tengo?

Hombre. La tiene, pero nunca está disponible.

Sancho. ¡¿No está disponible?! ¿Qué hace, entonces?

Secretaria. (Se alza en medio de un grupo del público. Mueve con exageración las pestañas y las manos, mostrando unas uñas larguísimas y pintadas. Se contonea.) Vendo cosas, señor. Hablo por teléfono con mis amistades, me hago la manicuri...

Sancho. Se hace ¿qué?... (La Secretaria desaparece.) ¿Eh? ¿Dónde anda?

Secretaria. (Reapareciendo en otra zona del público.) ¿No le interesaría comprar unos tintes para el pelo? Tengo unos buenísimos.

Sancho. ¡¿Un qué?! (La Secretaria desaparece nuevamente.) ¡Diablos!  ¿Es que no puede estarse quieta? ¿Adónde se fue ahora?

Secretaria. (Reaparece junto a él.) También tengo unos chalequitos tejidos que se le verían monísimos...

Sancho. ¡Pero...! ¡Qué...! ¡¿Me puede decir por qué razón hace usted eso?!

Secretaria. ¡Ay, señor Sancho, qué pregunta! (Canta en tiempo de guaracha o de son.) Maricusa vende unos zapatos,/ Pancho cría un puerquito,/ Serafín, el carnicero, los pollitos,/ y luego te dice que no hay na./

Caruca vende un pim pam pum,/ pone al viejo a dormir en el sofá,/ y el de la tienda saca el juego de muebles por atrás./

¿Por qué será? ¿Por qué será/ que yo no tengo remesa familiar?/

Con Agustina encuentras la duralgina,/ con Anacleto el alcol y el diazepán,/ y la farmacia se queda bien pelá./

Perico vende la gasolina;/ el bodeguero, las dietas al ontón,/ aunque mi úlcera parezca un chicharrón./

¿Por qué será... por qué será.../ que mi salario no alcanza para na?/

Jacinta alquila su cuartico,/ Casimiro, la sala y el comedor;/ y la barbacoa no aguanta el familión./

¿Por qué será... por qué será.../ que no me toca una jabita equivocá?/

¿Por qué será... por qué será...?,/ ay, señor Sancho, diga usted por qué será./

Sancho. ¡Dios me acoja confesado! Eh... (Carraspea turbado.) ¿No habrá por ahí otro demandante?

Vecina. Pues, sí, su Excelencia. Tenemos otro problema.

Sancho. ¡¿Otro?! Espero que este sea más sencillo.

Vecina. Pues, se dice simple. Gente que está, pero que mejor sería que no estuviera.

Sancho. (Trata de entender.) Que está... pero que mejor sería... Veamos de qué trata esta nueva adivinanza.

Vecina. Jefes que mandan y no están preparados para mandar. Mandantes que saben menos que los mandados.

 

Se escucha música de rumba.

 

Vecina. (Canta.) Mi jefe era panadero/ de excelente reputación/ y dirige como un horno/ la Empresa de Construcción./

Vecino. (Idem.) Mi jefe era abogado,/ ganaba pleitos sin cesar,/ pero ahora él nos dice/ cómo se debe pescar./

Vecina. (Idem.) Mi jefe era dentista,/ sacaba dientes sin parar,/ y de pronto es quien conduce/ nuestro coro regional./

Coro. Los jefes son buena gente/ pero no pueden hacer más/ pues no son especialistas/ ni pueden adivinar./

Hay pan duro, pocos peces,/ y las casas ya se caen./ Quién arregla, quién arregla,/ este gran berenjenal./ (Bis.)

Vecina. (Cuando termina la rumba.) ¿Qué dice usted, señor Sancho?

Sancho. Bueno, yo... En verdad... Ustedes me disculpan, acabo de recordar que dejé puesta la olla de presión allá, en algún lugar de La Mancha, así que... con el permiso de todos... ¡Mi burro! ¡Dónde está mi burro! (Transición.) No vaya a ser que lo vendan...

Mayordomo. Pero, señor...

 

Sancho. No hay pero que valga. Devuélvanme mi burro, del que no pienso volver a separarme más...

Vecino. (Desde cierta distancia, proyecta, a la vez que pasa el burro a una Vecina.) ¡Va el burro del señor Gobernador!

Vecina. (Proyecta, lo entrega a otro.) ¡El señor burro del Gobernador!

Vecino. (Proyecta, mientras lo intenta entregar al Mayordomo.) ¡El gobernador del Señor...!

Sancho. (Lo interrumpe.) ¡Ea, venga ya mi pobre burro sin tanta burrocracia! (Logra apoderarse del burro. Al público.) Y a vosotros, ciudadanos de esta Villa, adiós. Si no os hice mucho bien, tampoco quise haceros mal. Nadie murmure de mí, que fui Gobernador y salgo con las manos limpias. Desnudo nací, desnudo me hallo; ni pierdo, ni gano. ¡Adiós, señores!

 

Rompe de nuevo el Carnaval. Se distingue la melodía de un órgano oriental.

 

Sancho. ¿Qué es esa sabrosa música como de ángeles?

Mayordomo. Esa es, señor, una maravilla de estas tierras: nuestro órgano oriental, para que nos recuerde con agrado cuando cuente sus memorias.

Sancho. Pues sí que suena a gloria. (El burro de Sancho comienza a bailar.) ¡También a ti te gusta, amiguete, que se puede ser burro y saber disfrutar de lo bueno! ¡Adiós, señores, y enhorabuena!

 

Sancho se aleja montado en su burro, que sigue bailando,  rodeado por la comitiva de actores. Si la representación se hiciera de noche también podrían utilizarse fuegos de artificio.

 

Fin

 
Personajes

Sancho Panza

Mayordomo

Sastre

Cliente

Negrito

Gallego

Buscona

Ganadero

Secretaria

Carnicero

Muchacha

Viejo esperpéntico


Vieja esperpéntica

Vecinos

Músicos

 
© Tablas / Alarcos Casa editorial (2005)