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Pieza
para actores y muñecos,
a
partir de «El cangrejo volador»
de
Onelio Jorge Cardoso
Entran madre e hijo cansados, vestidos
con ropa de domingo, estudian al público
y caminan en diferentes direcciones,
deciden el centro, ponen una enorme
maleta de madera y se sientan de
espaldas al público, se quitan zapatos y
caen dos montoncitos de tierra.
Madre.
Estoy muerta. Aquí hay mucha gente,
mijo, así nunca llegarás a la capital,
¡mejor nos vamos!
Güirito.
¡Aguanta, mima! Por tu culpa se nos fue
la guarandinga. Ahora tengo que llegar
hoy, mañana o la semana que viene.
Madre.
Yo no puedo esperar tanto, ¡Ay, Dios
mío! Mira, tengo un dolor aquí. Creo que
me astillé una costilla, mira, mira, no
puedo respirar, ja, ju, ju, ju, ja...
Güirito.
¡Mentira! Siempre me dices lo mismo
cuando no quieres complacerme.
Madre.
Güirito.
Güirito.
¿Qué?
Madre.
¿Que será de Segunda, La Matilda,
Caramelo, La Boniato? (Transición.)
¡Ay! Se te muere Pataegato.
Güirito.
¡Que se muera pata de gato! Ja, ja,
ja... No se va a morir, bobita, porque
Tinín Quintero se quedó cuidándolos. Son
animales, mamucha, comida no les va a
faltar. Yo vendré cuando pueda a
visitarlos.
Madre.
No es lo mismo.
Güirito.
Sí es lo mismo.
Madre.
No es lo mismo.
Güirito.
Que sí, mamá.
Madre.
Tú no sabes el sacrificio que estás
haciendo, vas a dejar la finca Zapatero
donde nos despierta el gallito Cuco al
amanecer.
Güirito.
Sí, el nieto de Felo lo dejó ronco la
semana pasada con una pedrá y ya ni
plumas tiene en el rabo.
Madre.
Cállate... ¿Cómo puedes olvidar las
historias del conejo Montero? ¿Las
caricias del gato Lolo, las maldades del
majá Veguero? ¿Te acuerdas, Güirito,
cómo nos encontramos al ratoncito
Miguelito entre el rocío de la mata de
malanguita? ¿Te acuerdas qué frío?
Güirito.
Sí, mamucha, pero eso ya pasó, ya crecí.
¿Usted quiere que me quede toda la vida
en la finca? A mí me gusta otra cosa.
Madre.
¿Y por qué no estudias veterinaria, o te
haces montero? En la vaquería hace falta
gente.
Güirito.
Eso ya lo discutimos, yo quiero ser
titiritero.
Madre.
Titiritista, titiritista.
Güirito.
Titiritero. Quiero aprender, estudiar,
en la finca eso es imposible, tengo que
tener voluntad.
Madre.
Voluntad, no, si la culpa es mía, ya sé
por dónde vienes. ¡Ay, no sabes cuánto
me arrepiento! ¿Por qué te conté tantas
historias llenándote la cabeza de
pájaros y flores? ¿Quién me mandó a
hacerle creer que las estrellas y las
nubes estaban cerquita? ¿Por qué le
hablé de amaneceres y rocío, de colores
y olores dentro del pecho? ¡Ay, quién me
mandó a hacerle ver tanta guanajería.
Güirito, aquello es fantasía, te ordeno
que pongas los pies en la tierra, no te
dejaré ir.
Güirito.
Me iré, quieras o no, ya está decidido.
Madre.
¡Ay, este dolor no se me quita, no tengo
aire! Ja, ju, ju...
Güirito.
Tranquila, mamucha, no se me ponga
nerviosa.
Madre.
Suéltame, ingrato, auxilio, auxilio,
detengan a este mal hijo, que está
acabando con su vieja madre.
Güirito.
Psss... La gente, mamucha, la gente.
¿Qué va a pensar?
Madre.
Eso es, necesito tener testigos.
Escuchen todos, mi hijo, mi único hijo,
al que he criado con todo el amor del
mundo, se va y me deja sola, dice que
quiere ser titiritista, cara de títere
tiene él.
Güirito.
(Aparte.) No puedo dejarla así,
es injusto, pero también tengo mis
razones. Yo nací aquí, en Manicaragua,
en la finca Zapatero, un bateycito que
queda entre Mataguá y La Jorobada, allí
es bonito, pero no puedo estudiar lo que
verdaderamente quiero. En ese lugar tuve
una linda niñez, mi madre me llenó la
cabeza de pájaros y flores, historias
que yo necesito contar, la última, por
ejemplo, fue la más importante, y ahora
no quiere reconocerlo.
Madre.
Esa historia del cangrejo no tiene nada
que ver.
Güirito.
La del cangrejo no, pero la del cangrejo
con voluntad sí.
Madre.
¡Y dale con lo mismo! A ver, ¿qué te
enseñó?
Güirito.
Me enseñó a defender con más fuerzas lo
que uno se propone en la vida.
Madre.
Qué sabrás tú, muchacho, eso no es así,
el cuento es otra cosa. ¡Ay! En mala
hora se apareció tu padre con el dichoso
libro de Onelio Jorge Cardoso
guareciéndose de la lluvia y el viento
la noche del ciclón.
Güirito.
El cuento del ciclón me lo sé de
memoria, estoy hablando del cangrejo
volador, el que quería llegar a las
estrellas.
Madre.
¡Llegar a las estrellas! Ven acá, ¿tú
quieres ser cosmonauta o titiritista?
Güirito.
Titiritero, mire, ¿por qué no pone a
estas personas de testigos y cuenta lo
que le sucedió al cangrejo?
Madre.
Haz el ridículo tú que quieres ser
artista.
Güirito.
Ande, mamá, si usted se lo cuenta a
todos en el batey.
Madre.
Es distinto, a esta gente yo no la
conozco. Además, estoy esperando la
guarandinga.
Güirito.
¿Y no va a esperar a que venga el tren
para despedirme? Mamucha, lo que usted
tiene es vergüenza porque sabes que
tengo razón.
Madre.
Está bien, vejigo, acepto el reto. Había
una vez un cangrejo que estaba
construyendo un hueco en la tierra...
Güirito.
Mamucha, cuéntelo bien. Parece una
guajira...
Madre.
¿Y qué cosa soy yo? ¿No soy una guajira?
Güirito.
Sí, pero usted es una guajirita linda.
No una payasa.
Madre.
Cállate la boca. ¡Ay, si tu padre se
entera! ¡A él no le va a gustar la idea
de que estemos aquí pintando mono!
(Transición.) Está bien, vamos a
hacer el cuento tal y como es... ¡Qué no
hace una madre por su hijo!
Güirito.
Espérese, mamucha, déjeme hacer de
titiritero.
Madre.
¿Cómo? Ven acá, mijo, ¿de dónde sacas tú
ahora un muñeco?
Güirito.
Los mismos que usted me ha hecho
siempre. ¿Acaso olvida que es la mejor
costurera del batey?
Madre.
¡Ay, pichoncito, no me digas eso que
lloro! ¿Tú trajiste los muñequitos que
te hice?
Güirito.
Aquí están.
Madre.
¡Uuuh! ¡Aaah! ¡Eeeh! ¡Qué lindo! Ande,
mijo, sueñe usted.
Música. Juego: entre los dos bailan y se
adueñan del escenario llenándolo de
risas y haciéndose maldades. Al final
queda construido el retablo a partir de
la maleta de madera.
Madre.
Había una vez un cangrejito nuevo que
estaba construyendo un hueco profundo en
la tierra, cuando sin más ni más viene
una paloma torcaza a sacarle
conversación.
Escena con títeres.
Paloma.
Bonito que te está quedando el pozo ese.
Cangrejo.
No se trata de un pozo, estoy haciendo
mi casa.
Paloma.
¿Cómo? Ese oscuro agujero... ¿tu casa?
Cangrejo.
Pues sí, mi casa.
Paloma.
¿Pero cómo se entiende ese disparate,
muchacho? Si tú puedes vivir en un
árbol.
Cangrejo.
¿Se olvida usted que está hablando con
un crustáceo? No soy una paloma, señora.
Paloma.
Pero eso qué importa... Si eres un
cangrejo con voluntad...
Cangrejo.
¡Un cangrejo con voluntad! ¿Sería eso
posible? ¿A quién se le ocurre que un
cangrejo pueda vivir como un pájaro más
del monte? ¿No se estará burlando usted
de mí?
Paloma.
No me burlo de nadie, digo que si puedes
vivir en lo alto de un árbol, ¿cómo vas
a pasarte la vida bajo la tierra?
Cangrejo.
Pero es que toda mi familia lo ha hecho
siempre así.
Madre.
(Tras la paloma.) Pues la familia
es la familia, y sin familia no hay
familia: quédate con tu familia.
Güirito.
Pero, mamá, eso no es lo que dice la
paloma.
Madre.
Na, fue que se me olvidó ese pedazo.
Güirito.
Ja, ja, ja... Mamucha, ¡qué falta de
memoria más grandota!
Madre.
Muchacho, mira a esta gente, creerán que
tengo memoria de mosquito.
Güirito.
Bueno, no se vuelva a equivocar,
recuerde que las historias se cuentan
tal cual son.
Entran nuevamente títeres.
Cangrejo.
Pero es que toda mi familia lo ha hecho
siempre así.
Paloma.
Ya me imagino a tu familia. Es decir,
que por uno que empezó una vez, todos
los demás han seguido haciendo lo mismo.
¿En esa familia no hay aspiraciones?
Cangrejo.
Bueno, hay cangrejos: aspiraciones, que
yo sepa, no.
Paloma.
Entonces tú vas a ser el primero de los
tuyos que viva en un árbol.
Cangrejo.
¿Cómo? ¿Yo, vivir en un árbol?
Paloma.
Sí, entre las ramas de un júcaro, de un
dagame, en el palo del monte que más te
guste.
Cangrejo.
¡Un nido!
Paloma.
Un nido que lo meza el viento, de día
con sol, de noche cerca de las
estrellas.
Cangrejo.
¡Qué bueno sería! En el fondo todos los
cangrejos queremos llegar a las
estrellas... Pero yo solamente soy un
cangrejo.
Paloma.
Usted es lo que quiera ser, sea pues un
crustáceo con votad...
Cangrejo.
¿Con qué?
Paloma.
Con volcad...
Cangrejo.
¿Con qué?
Paloma.
(Grita.) ¡Con voluntad!
Güirito.
(Regaña.) ¡¡¡Mamucha!!!
Madre.
El cangrejo no siguió haciendo su cueva
en la tierra. Aquella misma tarde,
después que se lavó las tenazas en el
río fue a ver a su abuelo.
Entran títeres.
Cangrejo.
Abuelo, quiero fabricar mi casa fuera de
la tierra.
Abuelo.
¿¡Cómo!?
Cangrejo.
Sí, voy a hacerla si es posible en el
copito de un caguairán.
Abuelo.
Hijo mío, debes tener cuidado con la
hierba que comes. ¿Qué has comido hoy?
Cangrejo.
Palmiche, abuelo, palmiche, pero hablé
con la paloma torcaza.
Abuelo.
¡Con esa loca!
Cangrejo.
Me ha dicho que es un disparate vivir
bajo la tierra como una lombriz.
Abuelo.
Sea, pero ten en cuenta que tú no eres
más que un cangrejo.
Cangrejo.
Un cangrejo que acaso un día pueda vivir
cerca de las estrellas.
Abuelo.
¿Pero qué diablos de casa es esa?
Cangrejo.
Un nido, abuelo, un nido.
Abuelo.
Ah, claro, un nido, qué lindo, un
nidito... (Transición.) ¿Un nido?
¿Y dónde están tus alas, muchacho?
Cangrejo.
Pues, quién sabe, con el tiempo...
Abuelo.
Qué tiempo ni ocho cuartos, muchacho,
mientras seas cangrejo no hay ala que te
salga ni pluma que te cuelgue. Cangrejo
naciste y cangrejo terminas.
Güirito descubre a la mamá haciendo
muecas con el muñeco.
Güirito.
(Regaña.) ¡Mima!
Madre.
¡Ay! Tú estás oyendo eso, Güirito, qué
viejito más lindo, sabio, inteligente,
es verdad que los abuelos siempre tienen
una respuesta que darte, la experiencia
es la experiencia.
Güirito.
¿Pero qué está diciendo usted?
Madre.
Él tiene razón, aquí se termina la
historia, no te empeñes en cambiar las
cosas, el cangrejito con los cangrejos,
y Güirito con su mamá y su papá.
Güirito.
Mamacita, no digas esas cosas.
Madre.
¿Quién te va hacer los jugos de
tamarindo?
Güirito hace muecas escondido.
Madre.
¿Y los dulces de coco? ¡Tanto que te
gustan!
Güirito.
Mamá, siempre los quemas.
Madre.
(Con fuerza.) Te quedas, está
decidido.
Rompe con la escena de los muñecos, sale
del retablo y de frente al público
canta:
Madre.
Aquí termina la historia
del cangrejo y su pasión.
Aquí termina la historia
del cangrejo y su pasión.
Pues reviento de emoción
y me falta la memoria.
Güirito.
Voy conquistando la gloria
no interrumpa lo que cuento.
Quiero correr como el viento
sin olvidar mi bohío,
quiero bañarme en el río
del amor que llevo dentro.
Madre.
Guajiro y titiritista,
un tren que viene y se va.
Guajiro y titiritista,
un tren que viene y se va.
Dejándome aquí plantá
pa convertirse en artista.
Güirito.
Sueñe que voy a la pista
como si fuera un avión,
apuntando al corazón
de los niños que me aclaman.
Titiritero me llaman,
que comience la función.
Madre.
¿Que comience? Si hace rato que
empezamos.
Güirito.
El problema es que si digo otra cosa no
rima, no pega con el quin, quin, quin de
la guitarra...
Madre.
¡Guitarra y quin, quin, quin! ¿Y por qué
no dices «Que contínue la
función»?
Güirito.
¿¡Contínue!? Ahora sí que me río,
mamucha, no sea bruta, se dice continúe.
Madre.
Pero eso es una licencia poética.
Güirito.
¿Una qué?
Madre.
Licencia poética.
Güirito.
Esta es la viejuca más linda de la
tierra. ¡Cómo inventa cosas!
Madre.
Ya, deja eso que me vas a poner blandito
el corazón. Llenarás mis ojos de
lágrimas y se parecerán a la laguna de
los Gonzáles allá en Caibarién.
Güirito.
¡Ya, no mencione más ese lugar, me trae
malos recuerdos!
Madre.
El cangrejito estaba dispuesto a
trabajar, así que se fue al monte y
escogió el caguairán que le pareció el
más alto y frondoso de todos. Era un
trabajo difícil el que se había
propuesto, tendría que subir y bajar del
árbol cuantas veces fuera necesario para
construir allá arriba su nido. Mas
empezó sin miedo, echándose en la
espalda los palitos secos. ¿Trajiste los
palitos secos?
Güirito.
¿Estos?
Madre.
Sí, esos mismos. ¿Y las bolitas de
resina?
Güirito.
¿Unas de estambre servirán?
Madre.
¡Claro, mi niño! ¿Somos o no cuenteros?
Se echó a la espalda los palitos secos,
las bolitas de resina y todo lo que
fuera necesario.
Güirito.
También sucedía que a veces el
cangrejito, de tanto subir y bajar el
árbol, no podía más y rodaba la carga,
pero él nuevamente, incansable, bajaba,
cargaba y subía con sus tarritos fijos
allá arriba donde crecía su nido.
Llega la Paloma.
Paloma.
¡Ánimo muchacho, ya verás cómo pronto
sentirás entrar el viento por las
ventanas de tu casa!
Cangrejo.
Me costó un poco de trabajo convencer a
mi abuelo, y ni siquiera piensa que lo
lograré. Cree que estoy loco.
Paloma.
Es normal, preocupaciones de familia.
Cangrejo.
Me dio un poco de lástima.
Paloma.
¿Estás arrepentido acaso?
Cangrejo.
No, eso nunca, sé que cuando la termine
y me crezcan las alas el viejo vendrá a
vivir conmigo.
Paloma.
¡Qué contento se pondrá el abuelo!
Cangrejo.
En poco tiempo la invitaré, señora
paloma, a tomarse un cafecito en mi
nueva casa, el nido más alto del monte.
Madre.
(Tras la paloma.) Mira eso,
muchacho, has formado un trillito de
puntos en la corteza del caguairán.
Güirito.
Y así, poco a poco, fue construyendo su
sueño en lo empinado del monte.
Madre.
Loco, loco de a viaje estás, te vas a
reventar un día de estos, muchacho.
Bájate de ese árbol, pon los pies en la
tierra.
Güirito.
(Regaña.) ¡Mima! ¡Hasta cuándo,
vieja! Nunca habías hecho esto delante
de un público. Frente a la Dominga, la
Cuca, Severino y sus familiares haces
los cuentos que pareces un colibrí... No
irás a empezar de nuevo con los
inventos.
Madre.
Ay, no, mi niño, estoy contando tal y
como viene en el libro, eso es lo que le
decían los demás animalitos del monte.
¿No recuerdas el libro?
Güirito.
No, mamá, eso lo estás inventando tú.
Madre.
Que no, Güirito, que lo decían los
pajaritos y demás animalitos.
Güirito.
(Se acuerda.) ¡Claro! Mima, eso lo
decía la jicotea.
Madre.
¿Jicotea? Yo no me acuerda de tal
jicotea.
Güirito.
Sí, mamucha, había una jicotea grande
que viraba su cuellito arrugadito y le
decía: «Loco, loco de a viaje estás,
muchacho, pon los pies en la tierra».
Madre.
No, mi niño, las jicoteas son de río.
Ellos estaban más arriba, en el monte,
monte de verdad.
Güirito.
A lo mejor allí había ríos repletos de
jicoteas.
Madre.
¡Que no!
Güirito.
Puede que sí.
Madre.
No sé.
Güirito.
Disculpe entonces.
Madre.
Disculpado estás.
Entran títeres
Abuelo.
¿Cómo es posible que usted le haya
llenado la cabeza a mi nieto de falsas
creencias?
Paloma.
No son falsas creencias, son
aspiraciones.
Abuelo.
Qué aspiraciones ni qué cordeles, el
muchacho es un crustáceo y los
crustáceos no vuelan.
Cangrejo.
Tal vez yo sea el primero de todos que
conozca las estrellas.
Abuelo.
Si, cómo no, buena va a ser la
estrellada que te darás con el suelo.
Paloma.
¿Por qué debería ser así? No confía
usted en su nieto.
Abuelo.
Es un pichoncito.
Paloma.
Un pichoncito con deseos de crecer y
conocer algo más que huecos en la
tierra.
Cangrejo.
Voluntad.
Abuelo.
Voluntad, voluntad, esa palabrita es la
que lo tiene trastornado.
Paloma.
¡El primero de su familia!
Abuelo.
Usted dirá mejor el primer chiflado de
mi familia. ¡Está loco, mi nieto está
loco!
Madre.
Al fin, una mañana se corrió la voz por
la isla y vinieron pájaros de todas las
provincias a visitarlo. De Oriente llegó
un lindo Senserenico, con su cuello
amarillo como una corbata nueva.
Güirito.
De Camagüey un pájaro carpintero de
pecho rojo y camisa de guinga.
Madre.
De Santa Clara un sinsonte cantador al
que le decían el jilguero del Escambray.
Güirito.
De Matanzas la más dulce de las palomas.
Madre.
De La Habana un zunzún azul que se
paraba en el aire volando. Y de Pinar
del Río un ruiseñor de Viñales al que le
decían la flauta de Aragón.
Padre.
(Entrando.) Y llegó Candelario de la
finca Zapatero.
Se produce un nuevo rompimiento y entra
desde el público Candelario, el padre de
Güirito.
Madre.
¡Ayyy! ¡Escóndete, Güirito!
Padre.
Vieja, ¿dónde tú estás?
Madre.
¿Qué tú haces aquí, viejo? Las gallinas
están solas, ¿y el caballo? No dejes el
caballo mucho tiempo que tú sabes que se
pone triste y después... Ya, ve a los
sembrados y busca aguacate para la
comida.
Padre.
¿Qué tú haces aquí?
Madre.
¿Dónde? ¿Aquí?
Padre.
Sí, aquí mismo.
Madre.
Yo, ¡ay, viejo, qué ocurrente tú eres!
Yo estoy aquí haciendo... Nada. Nadita
de nada.
Padre.
¿Dónde está Güirito?
Madre.
¡Ayyy! Güirito está... Está en... En
casa de la Cuca, allí.
Padre.
¿Y quién está detrás de ti?
Madre.
¿Detrás de mí? ¡Ay, viejo, qué cosas
dices!, quién va a estar detrás de mí.
La sombra.
Padre.
No me mientas, mira que él es también mi
hijo.
Madre.
Candelario, se tiene que ir, no lo
impidas, tiene que estudiar.
Güirito.
Papá, disculpa, pero yo te lo iba a
decir luego.
Madre.
Fui yo la que se lo impidió.
Güirito.
Mamucha, no sigas echándote la culpa.
Madre.
Cállate, mijo.
Güirito.
Papá, lo hice porque quería estudiar,
porque quiero ser titiritero. ¿Me
entiendes, papá? ¿Eh? ¡No me entiende!
Madre.
Titiritista, titiritista, vete a ver,
viejo, si le quitas esa idea de la
cabeza, este muchacho está loco. No
quiero que se vaya.
Padre.
Yo tampoco quiero que se vaya.
Madre.
Ay, chico, tú siempre estás en contra de
todo, él se va porque se tiene que ir, y
tú no lo vas a impedir.
Padre.
¡Yo que pensaba que el pichoncito sería
un buen montero!
Güirito.
Y créeme, papá, que mucho me gustaría,
porque desde que nací estoy viendo cómo
corretean los caballos y cómo las vacas
hacen danzas pastosas de lo regordetas
que están. Pero ahora debo tener
voluntad y hacer lo que realmente
quiero.
Madre.
Muchacho, no contradigas a tu padre. Te
quedas.
Padre.
Vieja, ¿te peinas o te haces papelillos?
Estate quieta, pareces una gallina
culeca que no sabe dónde poner el huevo.
Arranca, muchacho, arranca.
Güirito.
Pero, papá, ¿regresar de nuevo después
del trabajo que pasamos para coger la
guarandinga?
Madre.
Él tiene razón. Güirito, cállate, no le
contestes a tu padre.
Padre.
Usted va a ser montero, como hemos hecho
siempre los de la familia. Tu abuelo
Cuco Campoamor era un gran ganadero,
tenía una vaquita pinta y le puso
Pijirigua, y nosotros corríamos detrás
de Pijirigua para ponerle un cascabel
como a los gatos, eso era para saber
cuándo venía. Ja, ja, ja...
Güirito.
Papá, yo ahora quiero hacer otra cosa.
Padre.
Usted se queda, muchacho, no me ponga
farruco. ¿Dónde vas a encontrar hierba
más verde y más fina que esta? ¿Dónde
vas a corretear caballos? ¿Entre los
edificios? (Soñador.) ¿Recuerdas
al caballo Cenizo, Güirito? Ese sí que
es un buen caballo.
Güirito.
Usted también es un cuentero. ¿Olvida
acaso los cuentos del conejo Montero, el
gato Lolo, majá Veguero y ratoncito
Miguelito?
Padre.
(Ríe pícaro.) También, cuando tú
eras chiquitico, yo me encaramaba en el
techo de la casa y con una pita bajaba
poco a poco un paquete de caramelos. ¿Te
acuerdas, Güirito?
Güirito.
Sí, papá, y me decías: «Atención, este
es un regalo del ratoncito Miguelito,
por haberte comido toda la comida y por
lo bien que se portó con su madre».
Los tres ríen a carcajadas.
Madre.
¡En todo el batey no había nadie que se
le arrimara cuando de inventar historias
se trataba! ¡El mejor cuentacuentos de
la finca Zapatero!
Güirito.
Eso es lo que yo quiero hacer ahora,
papá. Por eso espero el tren...
Madre.
Muchacho, ya él dio la última palabra,
no lo contradigas. Te quedas.
Padre.
Déjalo en paz. (Pausa.) Ve, hijo,
ve, ya tendremos tiempo para enlazar y
desenlazar reces, de corretear caballos
y darles de comer buena hierba pa que se
pongan bonitos.
Madre.
¿Entonces lo perdonas?
Padre.
Y tú también, vieja, el muchacho ya no
es un niño. ¡Que vaya pa que después nos
llene de cuentos la casa!
Güirito.
Yo sabía que el mejor montero de la
finca Zapatero no me fallaría.
Madre.
Este bejuco es un pan.
Padre.
Bueno, vamos, ¿no contaban ustedes la
historia del cangrejo?
Los dos.
¿Y cómo lo sabes?
Padre.
Ah, porque hace rato que los estoy
mirando, yo estaba allá atrás.
Güirito.
Pipo, eso no se hace.
Padre.
Yo vine corriendo detrás de la
guarandinga y escondido de matica en
matica, y luego sentado en la última
butaca, me moría de la risa con el
cuento, y mucho más viendo las payasadas
de tu madre.
Güirito.
El cuento del cangrejo volador.
Padre.
Aquí está el mejor cuentero del batey pa
terminar la historia.
Madre.
Por estas cosas es que lo quiero tanto.
Padre.
Todos los pájaros del monte alabaron el
nido del cangrejito, que era como un
hermoso balcón al viento y la luz
Otra vez títeres.
Paloma.
Ves, hijo, que con empeño se logran las
cosas.
Cangrejo.
Sí. Ya tengo mi nido, y aún no se volar,
no tengo alas.
Paloma.
Puede que con el tiempo te salgan.
Cangrejo.
Eso es imposible, nadie ha visto nunca a
un cangrejo con alas.
Paloma.
Ya verás que pronto, teniendo en cuenta
tu deseo, no habrá ala que se resista a
salir, y te veremos cruzar como capitán
del viento.
Cangrejo.
¿Usted cree, señora?
Paloma.
Vivir para ver, muchacho, vivir para
ver.
Padre.
La conversación con la paloma estaba tan
fija en su cabeza que ni cuenta se dio
de que el sol besaba las montañas y se
acostaba a dormir. Entonces fue cuando
sintió un poco de sueño y se extrañó,
porque esa es la hora en que los
cangrejos salen a pasear. Pero en fin,
se quedó dormido, y a la mañana
siguiente... quedó mudo de asombro. Dos
alas encendidas como las plumas del
tocororo le salían de los costados. Y se
lanzó de frente al viento a volar para
siempre.
Entra la música, la Madre y el Padre
animan las alas y el hijo el cangrejito.
Vuela el Cangrejo por todo el escenario.
Bailan, la escena se envuelve en risas
hasta que se escucha el pito del tren
que llega a la estación... Recogen las
cosas dentro de la maleta de madera. Se
despiden.
Madre.
(Canta.)
Ay, amor, desde que el río
me vio llorar tu partida.
Ay, amor desde que el río
me vio llorar tu partida
tengo sin sueños la vida
y el espíritu vacío.
Aquello que fue tan mío
y tan de nuestros excesos,
como en dulces embelesos
pregunto a las mariposas
para ver si en otras rosas
están llorando tus besos.
Desaparece el hijo con su maleta y sus
muñecos. Termina la décima y los padres
juntos se alejan por el público. |