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Con ropa de domingo

Maikel Chávez

 

Pieza para actores y muñecos,

a partir de «El cangrejo volador»

de Onelio Jorge Cardoso

 

Entran madre e hijo cansados, vestidos con ropa de domingo, estudian al público y caminan en diferentes direcciones, deciden el centro, ponen una enorme maleta de madera y se sientan de espaldas al público, se quitan zapatos y caen dos montoncitos de tierra.

 

Madre. Estoy muerta. Aquí hay mucha gente, mijo, así nunca llegarás a la capital, ¡mejor nos vamos!

Güirito. ¡Aguanta, mima! Por tu culpa se nos fue la guarandinga. Ahora tengo que llegar hoy, mañana o la semana que viene.

Madre. Yo no puedo esperar tanto, ¡Ay, Dios mío! Mira, tengo un dolor aquí. Creo que me astillé una costilla, mira, mira, no puedo respirar, ja, ju, ju, ju, ja...

Güirito. ¡Mentira! Siempre me dices lo mismo cuando no quieres complacerme.

Madre. Güirito.

Güirito. ¿Qué?

Madre. ¿Que será de Segunda, La Matilda, Caramelo, La Boniato? (Transición.) ¡Ay! Se te muere Pataegato.

Güirito. ¡Que se muera pata de gato! Ja, ja, ja... No se va a morir, bobita, porque Tinín Quintero se quedó cuidándolos. Son animales, mamucha, comida no les va a faltar. Yo vendré cuando pueda a visitarlos.

Madre. No es lo mismo.

Güirito. Sí es lo mismo.

Madre. No es lo mismo.

Güirito. Que sí, mamá.

Madre. Tú no sabes el sacrificio que estás haciendo, vas a dejar la finca Zapatero donde nos despierta el gallito Cuco al amanecer.

Güirito. Sí, el nieto de Felo lo dejó ronco la semana pasada con una pedrá y ya ni plumas tiene en el rabo.

Madre. Cállate... ¿Cómo puedes olvidar las historias del conejo Montero? ¿Las caricias del gato Lolo, las maldades del majá Veguero? ¿Te acuerdas, Güirito, cómo nos encontramos al ratoncito Miguelito entre el rocío de la mata de malanguita? ¿Te acuerdas qué frío?

Güirito. Sí, mamucha, pero eso ya pasó, ya crecí. ¿Usted quiere que me quede toda la vida en la finca? A mí me gusta otra cosa.

Madre. ¿Y por qué no estudias veterinaria, o te haces montero? En la vaquería hace falta gente.

Güirito. Eso ya lo discutimos, yo quiero ser titiritero.

Madre. Titiritista, titiritista.

Güirito. Titiritero. Quiero aprender, estudiar, en la finca eso es imposible, tengo que tener voluntad.

Madre. Voluntad, no, si la culpa es mía, ya sé por dónde vienes. ¡Ay, no sabes cuánto me arrepiento! ¿Por qué te conté tantas historias llenándote la cabeza de pájaros y flores? ¿Quién me mandó a hacerle creer que las estrellas y las nubes estaban cerquita? ¿Por qué le hablé de amaneceres y rocío, de colores y olores dentro del pecho? ¡Ay, quién me mandó a hacerle ver tanta guanajería. Güirito, aquello es fantasía, te ordeno que pongas los pies en la tierra, no te dejaré ir.

Güirito. Me iré, quieras o no, ya está decidido.

Madre. ¡Ay, este dolor no se me quita, no tengo aire! Ja, ju, ju...

Güirito. Tranquila, mamucha, no se me ponga nerviosa.

Madre. Suéltame, ingrato, auxilio, auxilio, detengan a este mal hijo, que está acabando con su vieja madre.

Güirito. Psss... La gente, mamucha, la gente. ¿Qué va a pensar?

Madre. Eso es, necesito tener testigos. Escuchen todos, mi hijo, mi único hijo, al que he criado con todo el amor del mundo, se va y me deja sola, dice que quiere ser titiritista, cara de títere tiene él.

Güirito. (Aparte.) No puedo dejarla así, es injusto, pero también tengo mis razones. Yo nací aquí, en Manicaragua, en la finca Zapatero, un bateycito que queda entre Mataguá y La Jorobada, allí es bonito, pero no puedo estudiar lo que verdaderamente quiero. En ese lugar tuve una linda niñez, mi madre me llenó la cabeza de pájaros y flores, historias que yo necesito contar, la última, por ejemplo, fue la más importante, y ahora no quiere reconocerlo.

Madre. Esa historia del cangrejo no tiene nada que ver.

Güirito. La del cangrejo no, pero la del cangrejo con voluntad sí.

Madre. ¡Y dale con lo mismo! A ver, ¿qué te enseñó?

Güirito. Me enseñó a defender con más fuerzas lo que uno se propone en la vida.

Madre. Qué sabrás tú, muchacho, eso no es así, el cuento es otra cosa. ¡Ay! En mala hora se apareció tu padre con el dichoso libro de Onelio Jorge Cardoso  guareciéndose de la lluvia  y el viento la noche del ciclón.

Güirito. El cuento del ciclón me lo sé de memoria, estoy hablando del cangrejo volador, el que quería llegar a las estrellas.

Madre. ¡Llegar a las estrellas! Ven acá, ¿tú quieres ser cosmonauta o titiritista?

Güirito. Titiritero, mire, ¿por qué no pone a estas personas de testigos y cuenta lo que le sucedió al cangrejo?

Madre. Haz el ridículo tú que quieres ser artista.

Güirito. Ande, mamá, si usted se lo cuenta a todos en el batey.

Madre. Es distinto, a esta gente yo no la conozco. Además, estoy esperando la guarandinga.

Güirito. ¿Y no va a esperar a que venga el tren para despedirme? Mamucha, lo que usted tiene es vergüenza porque sabes que tengo razón.

Madre. Está bien, vejigo, acepto el reto. Había una vez un cangrejo que estaba construyendo un hueco en la tierra...

Güirito. Mamucha, cuéntelo bien. Parece una guajira...

Madre. ¿Y qué cosa soy yo? ¿No soy una guajira?

Güirito. Sí, pero usted es una guajirita linda. No una payasa.

Madre. Cállate la boca. ¡Ay, si tu padre se entera! ¡A él no le va a gustar la idea de que estemos aquí pintando mono! (Transición.) Está bien, vamos a hacer el cuento tal y como es... ¡Qué no hace una madre por su hijo!

Güirito. Espérese, mamucha, déjeme hacer de titiritero.

Madre. ¿Cómo? Ven acá, mijo, ¿de dónde sacas tú ahora un muñeco?

Güirito. Los mismos que usted me ha hecho siempre. ¿Acaso olvida que es la mejor costurera del batey?

Madre. ¡Ay, pichoncito, no me digas eso que lloro! ¿Tú trajiste los muñequitos que te hice?

Güirito. Aquí están.

Madre. ¡Uuuh! ¡Aaah! ¡Eeeh! ¡Qué lindo! Ande, mijo, sueñe usted.

 

Música. Juego: entre los dos bailan y se adueñan del escenario llenándolo de risas y haciéndose maldades. Al final queda construido el retablo a partir de la maleta de madera.

Madre. Había una vez un cangrejito nuevo que estaba construyendo un hueco profundo en la tierra, cuando sin más ni más viene una paloma torcaza a sacarle conversación.

 

Escena con títeres.

 

Paloma. Bonito que te está quedando el pozo ese.

Cangrejo. No se trata de un pozo, estoy haciendo mi casa.

Paloma. ¿Cómo? Ese oscuro agujero... ¿tu casa?

Cangrejo. Pues sí, mi casa.

Paloma. ¿Pero cómo se entiende ese disparate, muchacho? Si tú puedes vivir en un árbol.

Cangrejo. ¿Se olvida usted que está hablando con un crustáceo? No soy una paloma, señora.

Paloma. Pero eso qué importa... Si eres un cangrejo con voluntad...

Cangrejo. ¡Un cangrejo con voluntad! ¿Sería eso posible? ¿A quién se le ocurre que un cangrejo pueda vivir como un pájaro más del monte? ¿No se estará burlando usted de mí?

Paloma. No me burlo de nadie, digo que si puedes vivir en lo alto de un árbol, ¿cómo vas a pasarte la vida bajo la tierra?

Cangrejo. Pero es que toda mi familia lo ha hecho siempre así.

Madre. (Tras la paloma.) Pues la familia es la familia, y sin familia no hay familia: quédate con tu familia.

Güirito. Pero, mamá, eso no es lo que dice la paloma.

Madre. Na, fue que se me olvidó ese pedazo.

Güirito. Ja, ja, ja... Mamucha, ¡qué falta de memoria más grandota!

Madre. Muchacho, mira a esta gente, creerán que tengo memoria de mosquito.

Güirito. Bueno, no se vuelva a equivocar, recuerde que las historias se cuentan tal cual son.

 

Entran nuevamente títeres.

 

Cangrejo. Pero es que toda mi familia lo ha hecho siempre así.

Paloma. Ya me imagino a tu familia. Es decir, que por uno que empezó una vez, todos los demás han seguido haciendo lo mismo. ¿En esa familia no hay aspiraciones?

Cangrejo. Bueno, hay cangrejos: aspiraciones, que yo sepa, no.

Paloma. Entonces tú vas a ser el primero de los tuyos que viva en un árbol.

Cangrejo. ¿Cómo? ¿Yo, vivir en un árbol?

Paloma. Sí, entre las ramas de un júcaro, de un dagame, en el palo del monte que más te guste.

Cangrejo. ¡Un nido!

Paloma. Un nido que lo meza el viento, de día con sol, de noche cerca de las estrellas.

Cangrejo. ¡Qué bueno sería! En el fondo todos los cangrejos queremos llegar a las estrellas... Pero yo solamente soy un cangrejo.

Paloma. Usted es lo que quiera ser, sea pues un crustáceo con votad...

Cangrejo. ¿Con qué?

Paloma. Con volcad...

Cangrejo. ¿Con qué?

Paloma. (Grita.) ¡Con voluntad!

Güirito. (Regaña.) ¡¡¡Mamucha!!!

Madre. El cangrejo no siguió haciendo su cueva en la tierra. Aquella misma tarde, después que se lavó las tenazas en el río fue a ver a su abuelo.

 

Entran títeres.

 

Cangrejo. Abuelo, quiero fabricar mi casa fuera de la tierra.

Abuelo. ¿¡Cómo!?

Cangrejo. Sí, voy a hacerla si es posible en el copito de un caguairán.

Abuelo. Hijo mío, debes tener cuidado con la hierba que comes. ¿Qué has comido hoy?

Cangrejo. Palmiche, abuelo, palmiche, pero hablé con la paloma torcaza.

Abuelo. ¡Con esa loca!

Cangrejo. Me ha dicho que es un disparate vivir bajo la tierra como una lombriz.

Abuelo. Sea, pero ten en cuenta que tú no eres más que un cangrejo.

Cangrejo. Un cangrejo que acaso un día pueda vivir cerca de las estrellas.

Abuelo. ¿Pero qué diablos de casa es esa?

Cangrejo. Un nido, abuelo, un nido.

Abuelo. Ah, claro, un nido, qué lindo, un nidito... (Transición.) ¿Un nido? ¿Y dónde están tus alas, muchacho?

Cangrejo. Pues, quién sabe, con el tiempo...

Abuelo. Qué tiempo ni ocho cuartos, muchacho, mientras seas cangrejo no hay ala que te salga ni pluma que te cuelgue. Cangrejo naciste y cangrejo terminas.

 

Güirito descubre a la mamá haciendo muecas con el muñeco.

Güirito. (Regaña.) ¡Mima!

Madre. ¡Ay! Tú estás oyendo eso, Güirito, qué viejito más lindo, sabio, inteligente, es verdad que los abuelos siempre tienen una respuesta que darte, la experiencia es la experiencia.

Güirito. ¿Pero qué está diciendo usted?

Madre. Él tiene razón, aquí se termina la historia, no te empeñes en cambiar las cosas, el cangrejito con los cangrejos, y Güirito con su mamá y su papá.

Güirito. Mamacita, no digas esas cosas.

Madre. ¿Quién te va hacer los jugos de tamarindo?

 

Güirito hace muecas escondido.

 

Madre. ¿Y los dulces de coco? ¡Tanto que te gustan!

Güirito. Mamá, siempre los quemas.

Madre. (Con fuerza.) Te quedas, está decidido.

 

Rompe con la escena de los muñecos, sale del retablo y de frente al público canta:

 

Madre. Aquí termina la historia

del cangrejo y su pasión.

Aquí termina la historia

del cangrejo y su pasión.

Pues reviento de emoción

y me falta la memoria.

Güirito. Voy conquistando la gloria

no interrumpa lo que cuento.

Quiero correr como el viento

sin olvidar mi bohío,

quiero bañarme en el río

del amor que llevo dentro.

Madre. Guajiro y titiritista,

un tren que viene y se va.

Guajiro y titiritista,

un tren que viene y se va.

Dejándome aquí plantá

pa convertirse en artista.

Güirito. Sueñe que voy a la pista

como si fuera un avión,

apuntando al corazón

de los niños que me aclaman.

Titiritero me llaman,

que comience la función.

Madre. ¿Que comience? Si hace rato que empezamos.

Güirito. El problema es que si digo otra cosa no rima, no pega con el quin, quin, quin de la guitarra...

Madre. ¡Guitarra y quin, quin, quin! ¿Y por qué no dices «Que contínue la función»?

Güirito. ¿¡Contínue!? Ahora sí que me río, mamucha, no sea bruta, se dice continúe.

Madre. Pero eso es una licencia poética.

Güirito. ¿Una qué?

Madre. Licencia poética.

Güirito. Esta es la viejuca más linda de la tierra. ¡Cómo inventa cosas!

Madre. Ya, deja eso que me vas a poner blandito el corazón. Llenarás mis ojos de lágrimas y se parecerán a la laguna de los Gonzáles allá en Caibarién.

Güirito. ¡Ya, no mencione más ese lugar, me trae malos recuerdos!

Madre. El cangrejito estaba dispuesto a trabajar, así que se fue al monte y escogió el caguairán que le pareció el más alto y frondoso de todos. Era un trabajo difícil el que se había propuesto, tendría que subir y bajar del árbol cuantas veces fuera necesario para construir allá arriba su nido. Mas empezó sin miedo, echándose en la espalda los palitos secos. ¿Trajiste los palitos secos?

Güirito. ¿Estos?

Madre. Sí, esos mismos. ¿Y las bolitas de resina?

Güirito. ¿Unas de estambre servirán?

Madre. ¡Claro, mi niño! ¿Somos o no cuenteros? Se echó a la espalda los palitos secos, las bolitas de resina y todo lo que fuera necesario.

Güirito. También sucedía que a veces el cangrejito, de tanto subir y bajar el árbol, no podía más y rodaba la carga, pero él nuevamente, incansable, bajaba, cargaba y subía con sus tarritos fijos allá arriba donde crecía su nido.

 

Llega la Paloma.

 

Paloma. ¡Ánimo muchacho, ya verás cómo pronto sentirás entrar el viento por las ventanas de tu casa!

Cangrejo. Me costó un poco de trabajo convencer a mi abuelo, y ni siquiera piensa que lo lograré. Cree que estoy loco.

Paloma. Es normal, preocupaciones de familia.

Cangrejo. Me dio un poco de lástima.

Paloma. ¿Estás arrepentido acaso?

Cangrejo. No, eso nunca, sé que cuando la termine y me crezcan las alas el viejo vendrá a vivir conmigo.

Paloma. ¡Qué contento se pondrá el abuelo!

Cangrejo. En poco tiempo la invitaré, señora paloma, a tomarse un cafecito en mi nueva casa, el nido más alto del monte.

Madre. (Tras la paloma.) Mira eso, muchacho, has formado un trillito de puntos en la corteza del caguairán.

Güirito. Y así, poco a poco, fue construyendo su sueño en lo empinado del monte.

Madre. Loco, loco de a viaje estás, te vas a reventar un día de estos, muchacho. Bájate de ese árbol, pon los pies en la tierra.

Güirito. (Regaña.) ¡Mima! ¡Hasta cuándo, vieja! Nunca habías hecho esto delante de un público. Frente a la Dominga, la Cuca, Severino y sus familiares haces los cuentos que pareces un colibrí... No irás a empezar de nuevo con los inventos.

Madre. Ay, no, mi niño, estoy contando tal y como viene en el libro, eso es lo que le decían los demás animalitos del monte. ¿No recuerdas el libro?

Güirito. No, mamá, eso lo estás inventando tú.

Madre. Que no, Güirito, que lo decían los pajaritos y demás animalitos.

Güirito. (Se acuerda.) ¡Claro! Mima, eso lo decía la jicotea.

Madre. ¿Jicotea? Yo no me acuerda de tal jicotea.

Güirito. Sí, mamucha, había una jicotea grande que viraba su cuellito arrugadito y le decía: «Loco, loco de a viaje estás, muchacho, pon los pies en la tierra».

Madre. No, mi niño, las jicoteas son de río. Ellos estaban más arriba, en el monte, monte de verdad.

Güirito. A lo mejor allí había ríos repletos de jicoteas.

Madre. ¡Que no!

Güirito. Puede que sí.

Madre. No sé.

Güirito. Disculpe entonces.

Madre. Disculpado estás.

 

Entran títeres

 

Abuelo. ¿Cómo es posible que usted le haya llenado la cabeza a mi nieto de falsas creencias?

Paloma. No son falsas creencias, son aspiraciones.

Abuelo. Qué aspiraciones ni qué cordeles, el muchacho es un crustáceo y los crustáceos no vuelan.

Cangrejo. Tal vez yo sea el primero de todos que conozca las estrellas.

Abuelo. Si, cómo no, buena va a ser la estrellada que te darás con el suelo.

Paloma. ¿Por qué debería ser así? No confía usted en su nieto.

Abuelo. Es un pichoncito.

Paloma. Un pichoncito con deseos de crecer y conocer algo más que huecos en la tierra.

Cangrejo. Voluntad.

Abuelo. Voluntad, voluntad, esa palabrita es la que lo tiene trastornado.

Paloma. ¡El primero de su familia!

Abuelo. Usted dirá mejor el primer chiflado de mi familia. ¡Está loco, mi nieto está loco!

Madre. Al fin, una mañana se corrió la voz por la isla y vinieron pájaros de todas las provincias a visitarlo. De Oriente llegó un lindo Senserenico, con su cuello amarillo como una corbata nueva.

Güirito. De Camagüey un pájaro carpintero de pecho rojo y camisa de guinga.

Madre. De Santa Clara un sinsonte cantador al que le decían el jilguero del Escambray.

Güirito. De Matanzas la más dulce de las palomas.

Madre. De La Habana un zunzún azul que se paraba en el aire volando. Y de Pinar del Río un ruiseñor de Viñales al que le decían la flauta de Aragón.

Padre. (Entrando.) Y llegó Candelario de la finca Zapatero.

 

Se produce un nuevo rompimiento y entra desde el público Candelario, el padre de Güirito.

 

Madre. ¡Ayyy! ¡Escóndete, Güirito!

Padre. Vieja, ¿dónde tú estás?

Madre. ¿Qué tú haces aquí, viejo? Las gallinas están solas, ¿y el caballo? No dejes el caballo mucho tiempo que tú sabes que se pone triste y después... Ya, ve a los sembrados y busca aguacate para la comida.

Padre. ¿Qué tú haces aquí?

Madre. ¿Dónde? ¿Aquí?

Padre. Sí, aquí mismo.

Madre. Yo, ¡ay, viejo, qué ocurrente tú eres! Yo estoy aquí haciendo... Nada. Nadita de nada.

Padre. ¿Dónde está Güirito?

Madre. ¡Ayyy! Güirito está... Está en... En casa de la Cuca, allí.

Padre. ¿Y quién está detrás de ti?

Madre. ¿Detrás de mí? ¡Ay, viejo, qué cosas dices!, quién va a estar detrás de mí.  La sombra.

Padre. No me mientas, mira que él es también mi hijo.

Madre. Candelario, se tiene que ir, no lo impidas, tiene que estudiar.

Güirito. Papá, disculpa, pero yo te lo iba a decir luego.

Madre. Fui yo la que se lo impidió.

Güirito. Mamucha, no sigas echándote la culpa.

Madre. Cállate, mijo.

Güirito. Papá, lo hice porque quería estudiar, porque quiero ser titiritero. ¿Me entiendes, papá? ¿Eh? ¡No me entiende!

Madre. Titiritista, titiritista, vete a ver, viejo, si le quitas esa idea de la cabeza, este muchacho está loco. No quiero que se vaya.

Padre. Yo tampoco quiero que se vaya.

Madre. Ay, chico, tú siempre estás en contra de todo, él se va porque se tiene que ir, y tú no lo vas a impedir.

Padre. ¡Yo que pensaba que el pichoncito sería un buen montero!

Güirito. Y créeme, papá, que mucho me gustaría, porque desde que nací estoy viendo cómo corretean los caballos y cómo las vacas hacen danzas pastosas de lo regordetas que están. Pero ahora debo tener voluntad y hacer lo que realmente quiero.

Madre. Muchacho, no contradigas a tu padre. Te quedas.

Padre. Vieja, ¿te peinas o te haces papelillos? Estate quieta, pareces una gallina culeca que no sabe dónde poner el huevo. Arranca, muchacho, arranca.

Güirito. Pero, papá, ¿regresar de nuevo después del trabajo que pasamos para coger la guarandinga?

Madre. Él tiene razón. Güirito, cállate, no le contestes a tu padre.

Padre. Usted va a ser montero, como hemos hecho siempre los de la familia. Tu abuelo Cuco Campoamor era un gran ganadero, tenía una vaquita pinta y le puso Pijirigua, y nosotros corríamos detrás de Pijirigua para ponerle un cascabel como a los gatos, eso era para saber cuándo venía. Ja, ja, ja...

Güirito. Papá, yo ahora quiero hacer otra cosa.

Padre. Usted se queda, muchacho, no me ponga farruco. ¿Dónde vas a encontrar hierba más verde y más fina que esta? ¿Dónde vas a corretear caballos? ¿Entre los edificios? (Soñador.) ¿Recuerdas al caballo Cenizo, Güirito? Ese sí que es un buen caballo.

Güirito. Usted también es un cuentero. ¿Olvida acaso los cuentos del conejo Montero, el gato Lolo, majá Veguero y ratoncito Miguelito?

Padre. (Ríe pícaro.) También, cuando tú eras chiquitico, yo me encaramaba en el techo de la casa y con una pita bajaba poco a poco un paquete de caramelos. ¿Te acuerdas, Güirito?

Güirito. Sí, papá, y me decías: «Atención, este es un regalo del ratoncito Miguelito, por haberte comido toda la comida y por lo bien que se portó con su madre».

Los tres ríen a carcajadas.

 

Madre. ¡En todo el batey no había nadie que se le arrimara cuando de inventar historias se trataba! ¡El mejor cuentacuentos de la finca Zapatero!

Güirito. Eso es lo que yo quiero hacer ahora, papá. Por eso espero el tren...

Madre. Muchacho, ya él dio la última palabra, no lo contradigas. Te quedas.

Padre. Déjalo en paz. (Pausa.) Ve, hijo, ve, ya tendremos tiempo para enlazar y desenlazar reces, de corretear caballos y darles de comer buena hierba pa que se pongan bonitos.

Madre. ¿Entonces lo perdonas?

Padre. Y tú también, vieja, el muchacho ya no es un niño. ¡Que vaya pa que después nos llene de cuentos la casa!

Güirito. Yo sabía que el mejor montero de la finca Zapatero no me fallaría.

Madre. Este bejuco es un pan.

Padre. Bueno, vamos, ¿no contaban ustedes la historia del cangrejo?

Los dos. ¿Y cómo lo sabes?

Padre. Ah, porque hace rato que los estoy mirando, yo estaba allá atrás.

Güirito. Pipo, eso no se hace.

Padre. Yo vine corriendo detrás de la guarandinga y escondido de matica en matica, y luego sentado en la última butaca, me moría de la risa con el cuento, y mucho más viendo las payasadas de tu madre.

Güirito. El cuento del cangrejo volador.

Padre. Aquí está el mejor cuentero del batey pa terminar la historia.

Madre. Por estas cosas es que lo quiero tanto.

Padre. Todos los pájaros del monte alabaron  el nido del cangrejito, que era como un hermoso balcón al viento y la luz

 

Otra vez títeres.

 

Paloma. Ves, hijo, que con empeño se logran las cosas.

Cangrejo. Sí. Ya tengo mi nido, y aún no se volar, no tengo alas.

Paloma. Puede que con el tiempo te salgan.

Cangrejo. Eso es imposible, nadie ha visto nunca a un cangrejo con alas.

Paloma. Ya verás que pronto, teniendo en cuenta tu deseo, no habrá ala que se resista a salir, y te veremos cruzar como capitán del viento.

Cangrejo. ¿Usted cree, señora?

Paloma. Vivir para ver, muchacho, vivir para ver.

Padre. La conversación con la paloma estaba tan fija en su cabeza que ni cuenta se dio de que el sol besaba las montañas y se acostaba a dormir. Entonces fue cuando sintió un poco de sueño y se extrañó, porque esa es la hora en que los cangrejos salen a pasear. Pero en fin, se quedó dormido, y a la mañana siguiente... quedó mudo de asombro. Dos alas encendidas como las plumas del tocororo le salían de los costados. Y se lanzó de frente al viento a volar para siempre.

 

Entra la música, la Madre y el Padre animan las alas y el hijo el cangrejito. Vuela el Cangrejo por todo el escenario. Bailan, la escena se envuelve en risas hasta que se escucha el pito del tren que llega a la estación... Recogen las cosas dentro de la maleta de madera. Se despiden.

 

Madre. (Canta.)      

Ay, amor, desde que el río

me vio llorar tu partida.

Ay, amor desde que el río

me vio llorar tu partida

tengo sin sueños la vida

y el espíritu vacío.

Aquello que fue tan mío

y tan de nuestros excesos,

como en dulces embelesos

pregunto a las mariposas

para ver si en otras rosas

están llorando tus besos.

        

Desaparece el hijo con su maleta y sus muñecos. Termina la décima y los padres juntos se alejan por el público.

 
Personajes

Madre


Güirito

Padre      

Paloma Torcaza 

Cangrejo Nuevo

Cangrejo Abuelo

 
© Tablas / Alarcos Casa editorial (2005)