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Shangó de Ima. Misterio yoruba

Pepe Carril
 

Partes

Primera: Nacimiento y destino

Segunda: Amores y guerra

Tercera: Incesto con Yemayá y castigo de Olofi

Escena I

 

Obatalá, madre de la tierra y de los hombres, de la justicia y la pureza, nos recuerda cómo concibió en su vientre al orisha Shangó de Ima, rey de los rayos y del fuego: Obatalá pagó en tributo su cuerpo a Agayú Solá, barquero de todos los ríos, cuando él la cruzó en la protección de sus remos y su barca por un río revuelto. En un ámbito oscuro se canta a Elegguá, orisha de los caminos y las encrucijadas, para iniciar la ceremonia.

Voz, coro y tambores batá. Aparece el altar iluminado de Obatalá llevado por sus hijos.

 

Obatalá: Yo, Oshanlá, soy del seno de Olodummare, Uan Mariqueño, Olofi me hizo padre y madre del cielo y de la tierra. Siempre fui santa y mayor, nunca pude ser niña ni tener mundo como cualquier mujer... Pero tengo los dieciséis caminos: soy humilde, cariñosa, vengativa, voluptuosa, sencilla, padre, madre, rey y reina, juiciosa, serena, dueña de todos los destinos. (Ríe.) Nada... Padre, Hijo y Espíritu Santo... Este pelo blanco me refleja todos los misterios, tengo el poder de todas las cabezas, y a la cabeza de los malos siempre les arrebato el juicio. Un día me entregaron los ojos claros de la Providencia y desde entonces vigilo en todas partes lo bueno y lo malo, y sé ponerle a cada mano que hace o que deshace el precio que tiene, y luego también el perdón que nunca niego a mis hijos...

 

Voz, coro y tambores batá.

 

Obatalá: Yo tenía una vez que cruzar el río. El agua en remolino avisaba la muerte. No sé si tuve temor, o necesitaba acunarme en su casa solitaria, pero le pedí a Agayú que me cruzara en su barca. Agayú Solá, el barquero hermoso que cuida los ríos. Le prometí muchas cosas si me cruzaba protegida por sus remos y su barca. Prometí tantas cosas que la promesa se hizo un tributo incierto. Ni yo misma sabía qué ofrecerle. Ya en el otro lado del río me dijo temeroso: «Omordé, págame el tributo». Quedé desconcertada. Me despojé de toda mi ropa y me tendí desnuda en la hierba. Agayú, el barquero fuerte, que sólo conocía el juego fresco del barco en el agua, montó sobre mí y tuvo el alto honor de acostarse conmigo sin saber quién yo era. Luego le dije: «Barquero, sabes quién soy? Soy Obatalá». Se quedó pasmado. (Ríe.) Me convertí entonces en un hombre, irritado y altanero, y me fui a mi casa cantando por el camino de Osagriñán...

 

Mientras canta, Obatalá se transforma en hombre. Su saya vuela convertida en blancas palomas. Oscuro.

 

 

Escena II

 

Shangó de Ima, desde muy niño, siempre pregunta a su madre con insistencia el nombre del padre que no ha conocido. La casa de Obatalá tiene ecos de cascabeles y acherés.

 

Shangó: Madre, quiero tener un nombre...

Obatalá: (Indiferente.) Llámate como quieras. Hay nombres para cada hombre en todas las piedras del monte...

Shangó: Quiero también el nombre tuyo, para saber de dónde vengo.

Obatalá: Puedes llamarme mujer, o mentira.. Tú puedes ser el hombre, la pregunta... O tener nombre negro como nuestra condición y nuestra sangre. Si, mokenke, mejor te llamas como tu propia sangre. Yo soy Obatalá, reina y madre del hijo negro. Tú puedes llamarte Shangó, quién eres lo decides tú mismo mañana...

Shangó: (Sonriente.) Shangó... Me complace mi nombre...

 

Se escuchan tambores fuertes que repiquetean hasta la violencia. Shangó y su madre bailan. Luego, agotados, se sientan en reposo.

 

Shangó: Obatalá, quiero saber quién es mi padre...

Obatalá: Mokékere, no me molestes.

Shangó: Quiero conocer a mi padre...

Obatalá: Nunca tendré tiempo para contestarte.

Shangó: Y yo, todos los días, desde el amanecer al atardecer, te preguntaré lo mismo. Tanto y tanto que llegaré a enloquecerte.

Obatalá: ¿Será ese padre digno de ti como es indigno de mí?

Shangó: No me importa, quiero conocerlo... Quiero ver a mi padre... Quiero ver a mi padre...

Voces: Quiero ver a mi padre... Quiero ver a mi padre...

Obatalá: (Sobre las voces que se multiplican.) Cualquier día, cuando no quiera verte ni oírte a mi lado como un castigo, te diré decidida: «Tú padre se llama Agayú Solá, vete a buscarlo por los ríos y quédate con él».

 

Shangó se aleja. Obatalá, furiosa, quita la luz. Oscuro.

 

 

Escena III

 

Ikú, espíritu blanco de la muerte, enemigo potencial de Shangó y de la vida, aparece con su imagen siniestra y anuncia que debe perseguirlo eternamente. Ikú cruza arrastrando sus huesos, lleva pequeño parasol de mimbre y un bastón con cintas blancas y un cráneo en lo alto.

 

Ikú: La voz desesperada del hijo que pide padre complace mi oído seco y penetra jubilosa en mi cabeza hueca... La madre grande que niega al padre conoce bien los caminos turbios que Elegguá puede prepararle. Pero aquí estoy yo, la que nunca duerme por no poder cerrar los ojos, rumbo a la casa del padre para jugar como niños con la muerte... (Silba tres veces.) Ikú on bo lo tiwaó.

 

Oscuro.

 

 

Escena IV

 

Agayú Solá, en su barca solitaria, evoca constantemente su amor fugaz con Obatalá. Shangó-niño, que lo ha buscado incansable por todos los ríos, lo encuentra y al identificarlo como su padre, provoca la furia del barquero que lo niega rotundamente. A la insistencia del niño, Agayú lo golpea con gran fuerza y lo arrastra al fuego para asarlo y comerlo después. La Ikú, testigo invisible por ellos, propicia la muerte total de Shangó. Agayú se acerca con su barca a la orilla del río.

 

Agayú: Todas las tardes te evoco y ansío tu regreso, mujer que cruzaste el río aquella noche y me pagaste en tributo tu cuerpo desnudo sobre la hierba. Desde entonces te llamo en mis sueños sin descanso: «Obatalá, yaguatimá, tanimbé». Y camino tan deprisa buscándote que un huracán de árboles, de gritos y de ecos me agobia y me persigue... Obatalá, yaguatimá... Obatalá, yaguatimá...

 

Su voz se multiplica en miles de voces y se encuentra con la voz de Shangó-niño que llama a su padre por todos los caminos.

 

Shangó: Agayú Solá... Agayú Solá...

 

Aparece ante Agayú.

 

Agayú: ¿Qué buscas, mokenken?

Shangó:  Busco a mi padre.

Agayú: ¿Quién es tu padre?

Shangó: Agayú Solá, barquero de todos los ríos.

Agayú: ¿Quién te lo ha dicho?

Shangó:  Mi madre, Obatalá.

Agayú: ¡Eso es mentira! Yo soy Agayú Solá, pero no soy padre de ningún hijo de Obatalá.

Shangó: Mi madre no miente. Tú eres mi padre. Tú eres.

Agayú: Tengo ahora mucha hambre. Estoy pensando en mi comida y no tengo oídos para esas sandeces.

Shangó: Eres mi padre.

Agayú: Debes callarte.

Shangó: No me callo. A mi madre tuve que enloquecer para oírle decir tu nombre. A ti, que eres mi padre, tendré que hacerte lo mismo. Tú eres mi padre. Tú eres mi padre.

Agayú: Si no te callas para siempre, te mataré, te asaré y me servirás de comida.

Shangó: No me matarás. Eres mi padre.

 

Ikú, que observa todo desde el inicio, coloca un grueso madero al alcance de Agayú.

 

Agayú: Agayú Solá no retira lo que dice. Si me repites que soy tu padre, entonces, Ikú ainá...

Shangó: Eres mi padre... Agayú Solá es mi padre... Eres mi padre... Mi padre... Mi padre... ¡Mi padre!

Agayú Solá golpea con violencia a su hijo con el grueso madero de la muerte. El cuerpo de Shangó gira y cae. Agayú Solá contempla su cuerpo herido mientras Ikú ríe complacido.

 

Agayú: Obatalá mentira... Mentira era tu nombre y mentira es este hijo de Agayú Solá... Hoy me quedaré con mi amargura engrandecida, pero me alimentaré con este hijo tuyo de cualquier hombre...

 

Oscuro.

 

 

Escena V

 

Agayú Solá deja a Shangó atado en la hoguera. Ikú espanta a Ikolé, el pájaro sagrado (tiñosa), para que no pueda llevar la noticia al cielo. Dos niñas –Oyá, reina del cementerio, la centella y los remolinos, y Oshún, diosa del amor, las aguas dulces y la coquetería– presencian la ceremonia fúnebre de Ikú ante la hoguera y acuden presurosas a Olofi, el padre supremo.

 

Ikú: Ikolé, pájaro del cielo de Olofi, siempre comes primero los muertos y luego llevas al Padre Supremo la noticia, que en tu pico huele a sangre corrompida... (Ríe.) Pero este muerto por el fuego será pronto cenizas y no será comido por el Pájaro de la Muerte... ¡Se callará para siempre esta noticia! (El pájaro grita y se aleja. Ikú se acerca a Shangó.) ¿Quién pone tu cuerpo en la llama quemante?

Shangó: Agayú Solá.

Ikú: ¿Quién rehuye tu llanto de hijo?

Shangó: Agayú Solá.

Ikú: El delito, ¿a quién corresponde?

Coro: Al padre.

Ikú: ¡Maldito! ¡Maldito ese padre que niega a su hijo!

Coro: Agayú Solá.

Ikú: Merece la muerte peor.

Coro: Agayú Solá.

Ikú: Todo su pueblo, con un solo puño, debe matarlo.

Coro: Se encenderá en la palma, hace falta otro castigo...

Ikú: La muerte. ¡Yo soy su mejor castigo!

Oshún y Oyá: Lo más prudente es avisarle a Olofi.

Otras voces: ¡A Olofi! ¡A Olofi! ¡A Olofi!

 

Oscuro.

 

 

Escena VI

 

Las dos niñas –Oyá y Oshún– se acercan al sol iluminado de Olofi y le comunican lo que ocurre a Shangó. Olofi arma a Oyá con la centella y les ordena que vuelvan para rescatar al niño.

 

Las dos: Maferefún, Olofi...

Oshún: Dicen las voces del monte que su padre es el culpable...

Oyá: Encendió la hoguera para quemarlo y comerlo después.

Oshún: El fuego consume sus carnes, se seca su sangre en la llama...

Oyá: Y el padre sordo a sus lamentos...

Olofi: No abunden en la historia, que nadie sabe mucho de nada y la lengua siempre hace alarde de sabia...

Oshún: Decimos lo que hemos visto, padre...

Olofi: La verdad no es hermana, pero puede ser vecina de la mentira. Váyanse al monte, niñas, y hagan mi oficio. Yo me quedo en el cielo. Ya estoy cansado de tanto lío por allá abajo. Pronto me voy a callar, pero necesito saber que todo queda en buenas manos. Tú, Oyá, toma en tus manos la centella, alumbrarás con ella las oscuridades cuando te venga en ganas, vive en el cementerio para que le des entrada a quien te parezca. Vuelvan a la hoguera de Shangó de Ima y tráiganme al niño en sus manos...

 

Oscuro.

 

 

Escena VII

 

El fuego no quema el cuerpo de Shangó ya bendecido por Olofi. Agayú, sin embargo, espera ansioso verlo morir en la hoguera. Aparecen Oyá y Oshún. Oyá, armada con la centella por el padre Olofi, obliga al padre a refugiarse en lo alto de la palma.

 

Shangó: El fuego enciende mi piel, pero no me hiere, padre... Si me destruyera tampoco me importaría, pues tú eres mi padre.

Agayú: Eres parlanchín y alardoso, pero el fuego callará tu palabra, mokékere engreído. Tu cuerpo y tu lengua serán pronto cenizas.

Shangó: ¡Ikú busisián!

 

Aparecen Oyá y Oshún.

 

Oyá: Antes sí, Agayú Solá, cuando el padre Olofi no sabía tu traición y tu crimen, pero el niño tiene ahora en nuestras manos el amparo necesario para escapar de tu castigo.

Agayú: No podrán con sus manos retirarme de este sitio.

Oyá: El padre Olofi puso en mis manos la centella para proteger al niño. (Aparece la centella.) Aparta, Agayú Solá, los mandatos de Olofi ordenan y deciden.

Agayú: Agayú respeta al padre que puso en tu mano la centella. Me iré al refugio alto de la palma, pero algún día bajaré a poner mi dignidad en su sitio... (Se aleja.)

Oyá y Oshún se acercan a Shangó.

 

Oshún: De mi mano protectora irá por mejor camino...

Oyá: De mi mano iluminada llegarás al cielo de Olofi...

 

Oscuro.

 

 

Escena VIII

 

Oshún y Oyá, rescatado el niño, lo llevan a la presencia de Olofi, quien le concede a Shangó posesión absoluta del fuego y el rayo.

 

Oshún: Rescatado es el niño, Padre y Señor...

Oyá: Lo hemos traído a tu presencia como fue tu mandato.

Olofi: De roca salen piedras y de la luna, estrellas. Tú, Shangó, has sido por mi gracia dueño de la candela y la tendrás para siempre como tu mayor oficio sagrado...

 

Shangó cruza los rayos iluminados del sol y es convertido en hombre.

 

Shangó: To to jun, totí orí olorí...

Olofi: Tú, Oyá, quedas dueña de la centella...

Oshún: ¿Y para mí, señor?

Olofi: Tú, Oshún, te quedas con la gracia natural que tienes, y para otro día te daré algo más pues ya hoy he repartido mucho aché...

 

Las niñas cruzan los rayos del sol y aparecen dos hermosas mujeres.

 

Oshún: Gracias, padre. Iré a mi casa a cuidar mis calabazas...

Olofi: Sí, cada orisha tiene su casa. Shangó, Obatalá espera tu regreso...

 

Oscuro.

 

 

Escena IX

 

Obatalá, en su casa, recibe a Shangó. Este le cuenta que ha pasado un rato agradable junto a su padre. La madre, conocedora de toda la verdad, castiga su engaño y lo arroja con furia de su cielo.

Aparece Shangó en la casa de Obatalá.

 

Shangó: Madre, he regresado a ti con el espíritu contento, los deseos de conocer se han cumplido. Soy hombre feliz, iyaré, he estado junto a mi padre...

Obatalá: No te quedarán ganas de volver a verlo.

Shangó: Al contrario, iyá. Me ha proporcionado un rato muy agradable.

Obatalá:  ¿De veras? ¿Y por qué no te quedaste junto a él?

Shangó: Quise venir a darte la noticia. Además, mi padre me ha enseñado muchas cosas. Mira... (Pasa por todo su cuerpo una llama encendida.) El fuego es ya de mi propia naturaleza.

Obatalá:  ¿Y quién te ha dado esa facultad?

Shangó: Mi padre.

Obatalá:  Mokenken, ¡dime que mientes!

Shangó: Digo la verdad, iyá. Fue mi buen padre quien me llevó ante Olofi y le dijo: «Dale un poder a mi hijo». Y Olofi ha respondido: «Serás el dueño de la candela».

Obatalá:  ¡Mentira! Lo que tu padre te ha enseñado es el don de mentir.

Shangó: Ya veo que odias mucho a mi padre.

Obatalá:  ¡Eres un faldero mentiroso! ¡Mereces solamente mi castigo! (Lo castiga con su iruke blanco.) ¡Eso es para que no vuelvas a hablarme de tu padre!

Shangó: (Lloroso.) ¡Quiero que Olofi me oiga! ¡Quiero que el Padre Grande que me ha bendecido convierta en fuego y ceniza las palabras de mi madre!

Obatalá:  ¡Condenado! ¡Has querido arruinar mi vida y mi casa, pero antes que puedas hacerlo prefiero sepultarte con mis manos en la tierra, y condenarte a un futuro distinto al futuro que te brinda mi casa! ¡Vete! (Shangó se aleja. Sola) ¡Ahora serás bravo y bullicioso como quieres, pero lejos de mí, Shangó de Ima.

 

Suenan cascabeles y acherés, mientras Obatalá agita en el aire su iruke blanco. Oscuro.

 

 

Escena X

 

Yemayá, diosa suprema de las aguas salobres y la maternidad, baila majestuosa en espera del hijo adoptivo que el padre Olofi le ha prometido. De pronto, los cielos se oscurecen, y Shangó, convertido ahora en bola de fuego, gira con violencia por el aire hasta llegar otra vez en hombre a las aguas azules de Yemayá, que lo recibe extendiendo ante él su amplia saya.

Un fulminante rayo interrumpe los bailes de Yemayá, que se refugia ligera en las aguas. Aparece, en el cielo oscurecido de pronto, Shangó de Ima convertido en bola de fuego.

Esta escena para realizar en «teatro negro» enlaza con la escena XI, al hacerse la luz.

 

 

Escena XI

 

Yemayá recibe a Shangó y le ofrece la posesión de todos los tambores. Le ruega que la proteja de Oggún Arere, guerrero solitario que usurpa tierras en el centro del monte. Le concede a Obba como legítima esposa, y le hace entrega del «eddú», hacha para llevar al combate. Shangó olvida las cosas serias que le concede su madre adoptiva, y se aleja para formar fiestas con todos los tambores que también le ha concedido. Yemayá descubre ante ella a Shangó de Ima, sonriente.

 

Yemayá: Mokenken, ¿qué quieres?

Shangó: Mi madre me ha arrojado de su cielo.

Yemayá: ¿Quién es tu iyaré?

Shangó: Obatalá.

Yemayá: ¿Y cuál es tu nombre?

Shangó: Shangó.

Yemayá: Ah, Shangó, eres un presente que Olofi se ha dignado mandarme. Te daré una crianza esmerada.

Shangó: Y yo te probaré cómo soy de agradecido...

Yemayá: Serás dueño de los tambores.

Shangó: Seré dueño de los tambores.

Yemayá: Serás obbaillé valiente que cuida mi cuerpo y mi casa que siempre están amenazados por Oggún, el hombre más rudo y corpulento que vive por estas tierras. Tiene morada inaccesible en medio del monte y solamente sale a medir sus fuerzas con todos los guerreros que pasan.

Shangó: Yo iré al centro del monte, guerrearé con ese hombre, y te traeré mi cuchillo teñido con su sangre.

Yemayá: Hablas fácil, mokékere presumido. Debes cuidarte mucho, esta no es una guerra cualquiera.

Shangó: Yo te probaré que soy diestro en cualquier batalla. (Ríe.) ¿Quién no tiembla cuando truena?

Yemayá: Te casaré con Obba, mujer fiel y hacendosa que cuidará de ti, te dará buen alimento para mantenerte fuerte y agresivo. Mandaré a la batalla a mis pequeñas hermanas Oyá y Oshún para que vigilen escondidas y me traigan las noticias. (Le entrega el hacha.) Aquí tienes: eddú, el arma que puedes llevar. Si necesitas algo más lo pides a mis hermanas y te será entregado... (Shangó toma el arma, y se dispone a salir.) La guerra comienza en la luna menguante. ¿A dónde vas ahora?

Shangó: ¿No me has hecho dueño de los tambores?

Yemayá: Sí.

Shangó: Pues voy a reunirte todos los tambores, y a tocar un wemilere tan fuerte que encienda todos los fuegos del monte... Quiero fiesta, y después, ¡después vendrá la guerra! (Ríe y se aleja.)

Yemayá: Presiento tu destino, Shangó de Ima, y lo veo en remolino como agua que trae la tempestad. Y la furia que se te anuncia viene seguida por la muerte que todo lo disuelve y lo transforma...

 

Oscuro.

 

 

Escena XII

 

En plena fiesta Shangó interrumpe para tirar los caracoles de la adivinación en el tablero de Ifá (Ekuele). Tira los caracoles una y otra vez, y sale la muerte. Al preguntarse: ¿De quién será la muerte?, aparece Ikú con sus atributos en lo alto maldiciendo a Shangó que huye.

 

Shangó: ¡Que se calle todo el wemilere! (Silencio absoluto.) ¡Que el tambor mayor se calle y se cambie por el tablero de Ifá!

Aparecen tablero y caracoles por el aire. Shangó riega cascarilla sobre el tablero, y comienza a voltear en sus manos el collar de caracoles.

 

Voces: ¡Ebodda!

Shangó: Ahora sabrá su suerte cada uno de los presentes.

Voces: Kawo... Kawo sile...

Shangó: ¡Collar en la arena! (Los tira.) ¿Iguono lariché? ¡Ocana sodde efún! ¡Maldita la hora de la sombra! ¡Sí! Ha salido la muerte. Una muerte sin salida ni remedio... ¿Habrá esperanza? (Tira caracoles.) Habrá alegría del que queda vivo. ¿Y de quién será la muerte? ¡La irremediable muerte! ¿De ti? ¿De ti? ¿O de ti? (Tira caracoles y todos los ojos observan asustados la letra que marca el diloggun.)

Voces: ¡De ti!

 

Aparece Ikú, espíritu blanco de muerte, a la espalda de Shangó, gimiendo siniestra. Shangó, al verle, escapa asustado. Todos se alejan. El ámbito oscurece y queda Ikú al centro.

 

 

Escena XIII

 

Ikú, dominante, hace el vaticinio de su entera persecución a Shangó, y anuncia la maldición de las mujeres que lo conocieron y de las que lo conocerán.

 

Ikú: Ikú se escapó del cementerio. Te traje tu designio, Shangó de Ima, bandolero del cielo y de la tierra, maldecido de las mujeres que te conocieron y de las que te conocerán. Maldito por tu padre que no te reconoció de niño, y acabarás maldecido por el Padre Olofi. Este hueso sin carnes que te dejo te recordará siempre que soy yo, Ikú, quien mejor te persigue y te vigila. Cuando repartes el mal o la traición, acuérdate de mí y llénate de miedo, porque es a mí a quien dañas y traicionas. Ikolé, el pájaro del cielo de Olofi, volará desde ahora en mi nombre sobre ti, esperando con ansias el hambre de tu cuerpo... Ikú guanadá ronokó lo ochakó ni guo guo...

 

Se repite con tonos en ascenso hasta un clímax elevadísimo. Oscuro.

 

 

Escena XIV

 

Oshún cuando baila, abanico de pavo real, girasoles y miel, suena al aire sus prendas de oro brillante. Oyá, con su iruke negro, vuela el arcoiris de su saya multicolor a los ojos de Shangó de Ima que aparece, y la contempla extasiado. Al no conocerla de inmediato, las halaga y enamora, siendo recibido duramente por Oyá, y con mimos y coqueterías por Oshún. Al alejarse ambas, aparece Obba, su legítima esposa, concedida por Yemayá.

Mientras Oshún baila, Oyá agita su iruke negro.

 

Oyá: Las flores cuando huelen, huelen para los muertos, huelen a pecado dormido y sangre reposada. Yo quiero las flores para dejarlas en la luna de mis cementerios...

 

Shangó se detiene a observarlas.

 

Shangó: Me parece que las conozco...

Oshún: Kawo Kawosile...

Shangó: Son las hijas de Ilé Gelefún...

Oshún: Eres olvidadizo, Shangó. Somos Oyá y Oshún, las mismas que fuimos al trono de Olofi a pedir tu rescate de la hoguera.

Shangó: Ahora recuerdo. Se me olvidaba la negación terrible de mi padre cuando era niño. Pero nunca me olvidaré de las niñas hermosas que me ayudaron aquel día...

Oshún: De hombre, pareces galante y presumido...

Shangó: También lo era de niño. Aprendí a descubrir la belleza más radiante cuando estuvieron delante de mis ojos dos niñas que ahora de mujer también me miran...

 

Oshún ríe.

 

Oyá: Vamos, Oshún, no estamos en el mejor camino...

Oshún: No, hermanita, yo me quedo... Quiero pedirle a Shangó que encienda mis manos en el fuego sagrado que posee...

 

Oyá, molesta, se aleja.

 

Shangó: No, Oshún, debes ahora irte con ella. Yo voy al centro del monte donde me espera Oggún en la batalla...

Oshún: Oggún será el vencedor si yo no pongo mis manos en el hierro que preparas... (Alejándose.) ¡Espérame, Oyá!

Shangó: Pensaré lo que me has dicho... Y dile a tu hermana que mi camino ella no lo conoce, que me diga cuál es el mejor que ella ha conocido... (Ríe.)

 

Se vuelve en busca de sus hierros. Al volverse, encuentra en su camino a Obba.

 

Escena XV

 

Obba ofrece humildemente su vida y su cuerpo al hombre. Shangó lo acepta, pero impone la condición de su permanencia en la casa mientras él se aleja a enfrentarse con Oggún en la batalla.

 

Shangó: (Al ver a Obba.) Y tú, ¿quién eres?

Obba: Soy Obba. Elegida por tu madre Yemayá para ser tu única esposa y compañera. Si me necesitas estaré a tu lado siempre que tú quieras...

Shangó: (La observa detenidamente.) Tiene buen juicio mi madre. Selecciona para mí la mujer más hermosa de todo el reino...

Obba: No se juega con la mentira. Obba no es la mujer más bella, pero sí mujer para el amor y para servir al hombre que Olodummare le ha señalado. Tienes para ti todo mi cuerpo, pero lo que pienso y hago en mi casa para mi marido ese es el bien más preciado... ¿Qué quieres de mí?

 

Shangó se le acerca. Al ella tratar de besarlo, él la esquiva y se aleja.

 

Shangó: Serás lo que te manda Yemayá: mi más fiel compañera. La mujer que me dé el mejor alimento para estar fuerte frente a Oggún en la batalla. Amalá, maíz con la mejor carne, que es lo que más me gusta.

Obba: Soy mujer pobre, pero te juro que tendrás siempre la mejor comida.

Shangó: En el centro del monte guerrearé con Oggún, la mujer en la casa. El hombre necesita a la omordé en la casa y no en el combate. Vendré a buscar mi alimento en tus manos.

Obba: Tu alimento en mis manos y tu amor por todo mi cuerpo...

 

Shangó se aleja. Queda Obba sola. Por el lado opuesto aparecen Oyá y Oshún.

Escena XVI

 

Oshún y Oyá se acercan a Obba. Vienen a ella después de haber proyectado ofrecerle un consejo para retener a su hombre, y lograron por ese medio destruir la relación establecida por Yemayá. El consejo lo brinda Oyá en el mismo cementerio: «Dale de comer a Shangó un pedazo de su propia carne».

 

Oshún y Oyá: Dodo bale, Obba casada...

Oshún: Yemayá-madre lo pregona por todas partes llena de alegría.

Oyá: Está orgullosa de ti al lado de su hijo...

Obba: Y no faltará Obba a la promesa de serle fiel, que falte alguna vez el calor de su cuerpo por irse a la casa de otra hembra...

Oyá: Se irá cuando no encuentre lo que necesita.

Oshún: Es la mujer casada quien retiene en su casa el marido.

Oyá: Has de cuidar tu puerta del que sale y del que entra, y lo que ordene tu marido no saldrá de las paredes.

Oshún: Rociarás tu cuarto con aguas perfumadas.

Oyá: Y tu voz no se levanta más alta que el polvo del suelo. La mujer de Shangó no tendrá boca, solamente oído para que hable el marido.

Obba: Bien saben mis hermanas que Obba no atiende consejos. Aunque Shangó con su desprecio llegara a herirme no pediría jamás consejo, pues sé bien mis deberes para servirlo y honrarlo.

Oyá: ¿Y qué más? ¿No sabe entregar Obba la risa? ¿No brinda Obba el placer que ese hombre reclama?

Oshún: Shangó hombre buscará entre todas la mujer que más le agrade.

Oyá: Mujer feliz fuera Obba si oyera la voz vieja de las mujeres del cementerio que amaron hasta vaciarse la sangre...

Oshún: Esos secretos solamente Oyá puede repetirlos fuera del oscuro silencio.

Obba: ¿Secretos?

Oyá: Sí, secretos. Secretos para retener al hombre. Para hacerlo sentir que hay una sola sangre bajo la piel de la mujer que ama.

Obba: Yo necesito ese secreto.

 

Oshún ríe y se aleja.

 

Oyá: Acércate, Obba... Vamos ahora al cementerio a buscar el mejor consejo. Un pedazo de tu cuerpo... El mismo cuerpo que el hombre cubre por la noche...

 

Los acherés que suenan apagan la voz de Oyá que se aleja rodeando con su iruke la cabeza de Obba. Oscuro.

 

 

Escena XVII

 

En un claro de monte Shangó se prepara para la guerra. A Oshún, que aparece, le crece la bendición del amor en sus brazos. Se cobijan juntos. Shangó aparece comiendo candela y bailando en el fuego.

 

Shangó: Fuego que llega por el camino de abajo,

Fuego, fuego, fuego...

Fuego del rayo de arriba,

fuego de piedra de abajo...

Fuego en la boca,

en el puño cerrado...

Oggún tiene trampa en todos los caminos del mundo...

Las yerbas secas del suelo ocultan

los fosos donde cae su presa...

Pero mi caballo blanco

tiene mil ojos en las patas

y abrirá el suelo antes de dar cada paso...

Llegaré hasta el centro del monte donde habita y le daré batalla...

Yemayá tendrá la tranquilidad que quiere

y yo seré el más valiente de todos los guerreros...

Oshún: (Entrando.) Serás el más valiente, sí, pues he vuelto a poner mis manos en el hierro que llevarás al combate....

Shangó: ¿Y tu hermana?

Oshún: Quedó en su casa. He venido sola a bendecir tu coraje y la fuerza de tus brazos...

 

Oshún ríe y se aleja. Shangó la sigue. A lo lejos, Oshún abre su manto y se abrazan apasionados.

 

Shangó: Hueles como las flores del agua.

Oshún: Están las flores del agua perfumando mis pechos...

 

Oscuro.

 

 

Escena XVIII

 

Al encontrarse en el centro del monte Shangó y Oggún se enfrentan. Después de un fiero combate, Shangó escapa buscando una posible protección. En otro sitio del monte, Oggún aparece dominando el centro. Entra Shangó.

 

Shangó: (Decidido.) He venido a verte.

Oggún: ¿Para qué?

Shangó: Para enseñarte mis habilidades en la guerra.

Oggún: ¿Y por qué?

Shangó: Porque eres dueño egoísta del centro del monte y mi madre Yemayá lo quiere para vivir tranquila.

Oggún: ¿Y cómo has llegado a este sitio? Nadie puede pisar mis tierras y volver andando...

Shangó: Mi caballo blanco ha cruzado con gran cuidado todos tus caminos y ninguna de tus trampas sirvió para detenerme.

Oggún: Serás doblemente culpable, por haber ofendido la dignidad de mis tierras y por haberte enfrentado a mí sin pedirme permiso. Tu cuerpo rendido por mi machete lo llevaré al trono de Olofi para probarle que sigo siendo el más aguerrido y diestro de todos sus soldados...

Shangó: Por eso también he venido. ¿Estás dispuesto?

Oggún: Dispuesto estoy.

Shangó: ¡Pues al combate!

 

Oscuro.

 

 

Escena XIX

 

El hacha de Shangó y el machete de Oggún invaden todo el cielo, se multiplican y miles de hachas y machetes cubren los árboles y arrasan todo lo vivo. En su frenético multiplicarse los machetes de Oggún aumentan. Las hachas de Shangó, intimidadas, disminuyen, gritan y escapan. Vuelve a quedar solitaria, al centro, el arma de Oggún. Esta escena para realizar en «teatro negro» enlazada con la escena XX, al hacerse la luz correspondiente a la misma. Oscuro.

 

 

Escena XX

 

En apartado recodo del monte Shangó se tira a reposar. Al incorporarse descubre los pies de Oyá, a quien confunde con su esposa Obba. Luego, al identificarla como la diosa del cementerio le pide que cambie sus trajes para volver al combate vestido como mujer, y poder acercarse bastante a Oggún y darle un fuerte golpe. Shangó en reposo. A su lado, Oyá, majestuosa, lo mira atenta. Shangó, sin verle el rostro, se aferra a su falda.

 

Shangó: Obba, mi buena omordé, has llagado a tiempo... ¿Me has hecho buena comida?

Oyá: No hago ninguna comida, y tampoco soy tu omordé... Soy Oyá...

Shangó: (Distinto.) ¿Cómo has llegado?

Oyá: Tuve deseos de venir a verte en tu derrota, para convencerme de que eres tan cobarde como apasionado... Ikú me enseñó el camino.

Shangó: Yo no soy hombre que conozca la derrota. He venido a enfrentarme con Oggún y todavía no lo he encontrado. ¿Lo has visto tú?

Oyá: No.

Shangó: Cuando me enfrente a él sabrá medir lo invencible de mis armas.

Oyá: ¿Serán las mismas armas con que has vencido a mi hermana Oshún?

Shangó: Son otras armas. A la mujer no se la hiere, se le enciende el cuerpo con el arma suave, la llama que arde pero no lastima...

Oyá: Pero que a veces hiere sin llegar a la sangre... Shangó de Ima, eres débil y cobarde, a las mujeres puedes derrotarlas, pero al hombre que se te iguala, a ese le temes en la batalla.

Shangó: Pareces dolida de mí. Nunca mis manos te han tocado.

Oyá: Pero tus ojos sí. Y el amor de mis hermanas por ti también me ha dolido.

Shangó: Tu hermana Oshún me ha servido para llenarme de coraje en la batalla. Obba es fiel en el amor y el cuidado. Yo necesito lo que ellas me entregan, y todavía mucho más. También tú podrías ayudarme...

Oyá: Nunca me has solicitado.

Shangó: Ahora necesito que cambies conmigo tu traje...

Oyá: ¿Para qué?

Shangó: Para volver al combate. Vestido como mujer podré acercarme a Oggún Arere y darle un golpe mortal cuando me tenga a su lado.

Oyá: Eres tan engañoso como dominante...

 

Shangó la toma por los hombros cariñosos.

 

Shangó: Anda...

Oyá: Y si yo no quisiera.

Shangó: Anda...

 

Shangó tira suavemente su blusa por los hombros y comienza a despojarse de las ropas. Oscuro. En el oscuro termina la canción.

 

 

Escena XXI

 

Shangó llega a enfrentarse con Oggún vestido como mujer y, al encontrarse muy cerca de él, inicia un fiero combate cuerpo a cuerpo. Tambores batá: toque fuerte a Oggún.

 

Oggún: (Batalla con su machete en alto.)

Oggún no quiere hombres vencidos.

Oggún quiere jugar a la guerra

jugar al destino de la guerra

jugar al miedo de la guerra

vencer a la guerra con la guerra...

Pero no quiere ver al hombre vencido

llorando a su lado la derrota...

Entra Shangó vestido de mujer. Se sitúa de espaldas contoneándose provocativo.

 

Oggún: (Observando.) ¿A quién buscas, omordé? Eres hermosa. Tienes la piel oscura y curtida como los guerreros fuertes que vienen a luchar conmigo... (Shangó ríe como mujer.) Hallarás con esa gracia todo lo que tus ojos buscan... ¿Quién es tu marido?

Shangó: (Acercándose a él.) Busco solamente... ¡La cabeza de Oggún Arere...! (Descubriéndose armado.) ¡Shangó palada surú!

 

Comienza una lucha, en la cual Oggún logra derribar a Shangó. Una vez en el suelo le apoya en el cuello su machete amenazante.

 

Oggún: ¡Falso! ¡Guerrero engañoso! Tu mentira te vuelve tan cobarde que resultas una hoja de matojo en la punta de mi machete. (Se levanta.) ¡Ahora sigamos! ¡Sigamos el juego peligroso de la guerra...!

 

Tambores batá: el toque a Oggún pasa a ser toque «Meta» para Shangó. Mientras combaten se van alejando. Oscuro.

 

 

Escena XXII

 

Obba, la fiel esposa de Shangó, en su afán por retenerlo, se ha cortado las orejas para la comida que Shangó ingiere. Con las manos a ambos lados de su cara cuenta con dolor al marido el sacrificio realizado, y este, al verla mutilada, la echa con insultos de su lado. Oggún, que ha visto la escena, se dispone a pelear con Shangó. Aparece Obba girando enloquecida junto a Shangó que come desaforadamente. Las manos de Obba, a ambos lados de su cara, detienen la sangre de sus heridas.

Obba: Ay, Shangó de Ima, mi deber de mujer casada era mayor que el dolor que me daba tu desprecio. Nunca tuve grandes bienes que ofrecerte. No tenía carnes para tu comida. La busqué por el monte, por el patio de mi casa, y no pude encontrar otra cosa que un consejo que no he meditado. No podía robar, porque Yemayá me enseñó a ser honesta. Honesta en mi casa y fuera de ella... No encontré lo mejor para tu comida y me corté las orejas. (Shangó la mira asombrado.) El alimento que comes es parte del cuerpo mío. El mismo cuerpo que tu llama ardiente quiebra por las noches... Por ti, por retenerte a ti, el dolor no importa... Por ti, el cuerpo entero diera para engrandecerte sobre todos los dioses...

 

Shangó se le acerca y la toma por los brazos.

 

Shangó: Quiero verte.

Obba: Viéndome estás.

Shangó: Quiero verte las orejas.

Obba: No las tengo.

Shangó: ¡Quiero verte las orejas!

Obba: Ya te he dicho que no las tengo. Son parte de tu comida.

Shangó: ¡Quiero verte sin orejas! (Le quita las manos.)

Obba: (Sangrando.) Ah... La sangre brota fresca todavía de mis heridas... (Se desploma.)

Shangó: ¡Y brotará sangre por mucho tiempo! ¡Sangre por tus ojos y por tu boca, por tus pechos y tus manos! Te quedarás fea, sangrante, sin orejas y sin marido, pues yo no quiero mujer mutilada... ¡Desorejada! ¡Desorejada!

 

Obba grita. Aparece Oggún, armado. Obba se levanta y se aleja.

 

Oggún: (Entrando.) ¡Shangó, guerrero hombre que maldice la hembra! Tu caballo blanco lo espanté para que nunca puedas retirarte. Librarás ahora tu batalla final. Ya Ikú te busca, la muerte que todo lo perdona puso su letra en la punta de mi machete...

 

Shangó, desde lejos, se levanta el traje y sopesa su sexo.

 

Shangó: ¡Emí ogordo kuamí!

 

Oggún avanza con su machete y Shangó escapa. Tambores batá: «Meta» para Shangó. Oscuro.

 

 

Escena XXIII

 

Shangó, después de un fiero combate, pide consejo al padre Olofi, y este ordena mantenerse en guerra perenne con Oggún Arere. Aparece el sol redondo en dieciséis rayos del padre Olofi.

Entra Shangó y cae rendido ante Olofi.

 

Shangó: Olofi, padre grande, regalador del fuego que me consume, ahora estoy abatido, me siento rendido y no puedo detenerme. A la aurora de este día debo estar al lado del iroko grande para medir mis fuerzas con Oggún, el guerrero más engreído de su valor y su destreza en el combate...

Olofi: Oggún es guerrero de sólido prestigio, y ya sé que ustedes han guerreado y ninguno ha sido el vencedor.

Shangó: Me sentía decidido a vencer en este combate hasta el triunfo definitivo, pero he perdido mis armas y mi caballo blanco se ha escapado con mi coraje a cuestas...

Olofi: Pues es ahora cuando tienes necesidad de jugar con la astucia más que con la fiereza. Debes enfrentarlo todo, Shangó, y perder o ganar, pues tendrás al final el premio o el castigo que te tengas merecido...

 

Oscuro.

 Escena XXIV

 

Ikú y todas las mujeres de Shangó de Ima desfilan al reino de Obatalá reclamando justicia. Se mantiene como fondo. Entra Oyá, diosa del cementerio, llevando de su mano a Ikú, espíritu blanco de la muerte.

 

Oyá: Vamos a Shangó. El hombre que te teme como nunca nadie te ha temido…

 

Ikú ríe siniestra.

 

Oyá: El hombre que se olvida que es tu sombra la única sombra que lo acompaña. Hoy lo hallaremos agobiado por su culpa, ahogado por su traición y su mentira, traición y mentira que le crecen con el tiempo…

 

Ikú gimiendo.

 

Oyá: Su cuerpo rinde a los cuerpos de mujer que se le acercan, los quiebra de placer y luego los maldice. Es su cuerpo una llama ardiente que quiere que tú apagues…

 

Ríe Ikú.

 

Oyá: Con permiso de Olofi y la aprobación de todas mis hermanas quiero dejarlo apagado como la tierra oscura de los cementerios…

 

Se alejan. Aparece Oshún.

 

Oshún: Yo también lo condeno. He tenido sobre mí la carga amorosa de su cuerpo palpitante. Supe entregarme a él como nunca antes lo había hecho, en la plenitud de mi carne sedienta, y a cambio sólo tuve el desdén y el maltrato de su voz en mi oído: «No sirves para nada. Eres indigna de mi lecho. No sabes acoplarte con los hombres». Yo también lo condeno. Pero quiero que Olofi le permita la bondad de mi consuelo cuando se encuentre desplomado y consumido por la pena…

 

Entra Obba mutilada.

 

Obba: Ay, dolor en mi sangre y en mi alma por tanto amor entregado a mi hombre… Padre Olofi, que mi esposo sea perdonado de tanta culpa. Yo quisiera, por amor, llevar sobre mí todo el peso de su castigo. Secaron mis ojos de tanto llorar y secó mi cuerpo de tanta sangre vertida… Ahora sepultaré mi cuerpo y mi pena en el agua de algún río… (Se aleja.)

 

Entra Shangó con las manos en alto.

 

Shangó: Obó lowó olorún…

 

Suenan acherés. Oscuro.

 

 

Escena XXV

 

Shangó, abatido por guerras y aventuras, acude a Yemayá. Tendido en su lecho narra sus andanzas, y al hablar de amores recuerda el parecido de la mujer Okuti con su madre adoptiva, se promueve el incesto entre ambos. Yemayá tiende su estera mayor y acuesta al hijo recién llegado. Luego lo abanica tiernamente.

 

Shangó: Lecho suave y tibio tu lecho, madre… Mucho deseaba poder descansar en tu casa como antes lo hacía. Siempre que me necesites estaré a tu lado para redimirte en cualquier batalla…

Yemayá: Tranquila estoy. No llegan a mi casa y a mi campo más que aquellos que reciben de antemano mi invitación… Cuéntame de ti, sé que has vivido intensamente.

Shangó: No he de contarte historias de batallas. Esas son historias de hombres. A ti te contaré del amor, pues he compartido tanto en la guerra como en el amor.

Yemayá: También sé que has amado para bien y para mal…

Shangó: He conocido brazos suaves, cuerpos tiernos, senos duros, abrazos pesados y esquivos, y tanta ternura como también fuerza como si fuera del hombre. Pero me ha complacido, he sentido la vida palpitando en mis manos…

Yemayá: (Sonriente.) Alegría en Oshún, Oyá dominante, fiel Obba, y todas las mujeres rendidas a ti sin temores ni dudas…

Shangó: Todas no, madre. También conocí a Okuti, mujer hermosa como ninguna que me llevó a su lecho, y luego me echó de su casa y no la pude volver a ver. A veces pienso que fue un amor soñado. Se puede amar soñando, ¿verdad? Okuti… (Mira a los ojos de Yemayá.) Okuti… (Mira el cuerpo de Yemayá.)  Era como tú… Hermosa y llena de vida y guardada. (La toma por el talle.) Su talle era así, esbelto, como el rayo de luz que atraviesa el cuerpo del agua…

Yemayá: Ahora ya sé por qué tu cuerpo seduce y mata… Tenemos un calor distinto…

Shangó: Nunca imaginé el placer en un cuerpo de madre… Iyá mío, te deseo…

Yemayá: Abrázame y calla… (Abrazo trémulo de ambos.)

 

Aparece Ikú entre ellos, trae un paraván de juncos blancos y lo coloca cubriendo la cama del público.

 

Ikú: Este pecado de madre santa y de hijo santo no será nunca visto. Es pecado de vida sagrada, y yo soy quien niega esta vida, el sostén de la vida, la semilla de la vida… No podrán ver los ojos esta noche lo que puede ser blasfemia con el día. La casa de santo será siempre casa de santo, y la boca ligera que repite lo que los ojos han visto no podrá mañana ofender la casa del santo… Ofó osobó Ikú.

 

Se inicia un sonido fuerte de acherés hasta la luz de la próxima escena. Oscuro.

 

 

Escena XXVI

 

En la casa mayor de Obatalá se reúnen para enjuiciar a Shangó de Ima. Obba habla en nombre de todas las mujeres. Todas, apoyadas por el espíritu blanco de Ikú, reclaman castigo. Obatalá declara que la justicia del hombre ya no viene de Olofi, que desde ahora en adelante es el hombre mismo quien se da su castigo, y recuerda que Ikú es también hijo de Olofi y que tiene marcados todos los caminos hasta la quietud de los cementerios. Y cierra la ceremonia con la frase yoruba que termina las leyendas sagradas: «Orula ibo su boya».

Aparecen sentadas: Oyá, Oshún, Yemayá y Obba. Al fondo hay multitud de mujeres vestidas de blanco. Ikú sobre ellas, les habla al oído. Shangó, quieto, a un extremo. Entra Obatalá.

 

Obatalá: (Sobre un murmullo general.) ¡A callar todas las voces!  (Silencio total.) Las mujeres, aunque sean sagradas, tienen que saber callar, y hablar una sola para que Obatalá las atienda…

Todas: Maferefún, Olofi…

Obatalá: Olofi no viene. Olofi se calla. Olofi está para siempre en su casa más alta. Se cansó de oír pedidoras y de hacer concesiones. Ahora solamente habla a mi oído y me ordena que imponga la justicia a los cuatro vientos…

Todas: Maferefún, Obatalá…

Obatalá: De todas las mujeres, una sola hablará por todas. ¿Quién?

Oyá: ¡La más vieja!

Oshún: Ninguna mujer es la más vieja…

Yemayá: La más dolida. Que hable la mujer más dolida…

 

Todos, al mismo tiempo, llevan sus ojos a Obba. Después de un silencio, Obba se levanta.

 

Obba: Yo fui ciega y muda al encuentro con Shangó de Ima. Me entregué en silencio para nunca molestarlo, y así en silencio quiero quedar para ser venerada como mujer limpia y fiel de su marido…

 

Murmullo de todas las voces.

 

Obatalá: ¡Silencio! Obba dice lo que dice a nombre de todas las mujeres. Ahora oiremos al hombre…

 

Todos miran a Shangó que se levanta.

 

Shangó: Yo soy así, Obatalá, como tú me conoces… Cada mujer, del cielo o de la tierra, es también así, como tú la conoces… Yo quiero en mi reino la mujer que entienda la vida como el don supremo y perfecto que Olofi le ha entregado al hombre. Si yo tuviera que ser de otro modo, no sería ya el Shangó que tú conoces, sería un aire distinto, un fuego distinto, y los cielos quedarían oscuros eternamente. Si Olofi ordena mi castigo seré inmerecedor de su castigo…

Obatalá: No blasfemes, que la blasfemia no cabe en boca de santo.

Ikú: ¡Pedimos la justicia para Shangó de Ima! ¡Que Olofi ordene su castigo!

Obatalá: El castigo del hombre ya no viene de Olofi. Desde ahora en adelante será el hombre mismo quien se dé su castigo.

Shangó: Y yo, madre grande, cumpliré esa palabra…

Obatalá: Y ese cumplimiento será tu castigo, Shangó de Ima. La alegría y la pena serán tu castigo y el castigo de todos los hombres… Serás, por designio de Olofi, cuidador eterno del fuego, del rayo y el trueno, pero tus seguidores se quedarán solamente con la llama inventada que se enciende y se apaga. Y eso será un castigo, aunque no lo parezca. Y si la luz de los ojos de tus hijos quiere apagarse, enciéndela si puedes, Shangó de Ima, orisha de los fuegos, a ver si la muerte severa y solitaria te cede un paso, que Ikú es también hijo de Olofi y tiene marcados todos los caminos hacia la quietud de los cementerios… ¡Orula ibo su boya!

Los orishas se desplazan y aparecen tambores para iniciar wemilere. 

Telón final

 
Personajes

Obatalá


Shangó de Ima

Agayú Solá

Ikú

Oyá

Oshún

Olofi

Yemayá

Obba

Oggún

Voces

Coro
 
© Tablas / Alarcos Casa editorial (2005)