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Para Mario Pérez,
el más brillante de mis sicoanalistas
EL ENANO: Yo soy un enano que vive dentro de una botella. Vivir en
una botella no es nada cómodo, pero a
todo se acostumbra uno. Pienso que la
incomodidad desarrolla cualidades que el
hombre cómodo nunca sospechará. Hay
varias incomodidades que provoca el ser
enano y vivir dentro de una botella. Por
ejemplo, la oscuridad. Vivo en
permanente oscuridad, en la oscuridad
más oscura que pueda alguien imaginar.
Gracias a esto, sin embargo, mis ojos
han puesto en práctica un milagroso
sentido de la adaptación, y ya soy capaz
de ver lo que al hombre inmerso en la
luz no le sería posible. No percibo la
realidad, ¿y qué? Veo en cambio
pensamientos, recuerdos, obsesiones,
terrores –sobre todo terrores–, lo que
antes de vivir en la botella yo llamaba
cómodamente «subjetividades». Me
convertí en un hombre subjetivo, que es
el mejor modo de vivir dentro de una
botella. Por ejemplo, la tristeza.
¿Cómo es la tristeza? Una mancha azul
que por lo general se presenta en lo
alto, como lágrima a punto de caer sobre
ti; lágrima azul, grande, terrible, gran
ola que amenaza con sepultarte. No crean
que se me escapa que lo de «lágrima
azul» suena cursi. También me tiene sin
cuidado. Cuando uno es enano y vive
dentro de la botella la cursilería sirve
de entretenimiento. (Transición.)
¿Y el miedo? ¿Cómo es el miedo? El miedo
recuerda a Aladino, o a un hombre grande
y severo. No digo que lo sea, sino que
lo recuerda. Un hombre gigantesco a
punto de sacarte de la botella y
estrangularte. Nunca te estrangula,
claro está. Si lo hiciera, sería una
solución y ya no sería miedo. Lo propio
del miedo es que esperes el
estrangulamiento y nunca suceda. Lo
propio del miedo es la incertidumbre.
(Pausa breve.) ¿Y la angustia? Una
puerta. Una de esas puertas grandes,
bien hechas, que se abre de pronto. Como
sabes que resulta imposible que una
puerta se abra dentro de la botella,
entenderás por qué la angustia es una
puerta. En realidad, la angustia es la
puerta que tú sabes que no existe, y
esto la diferencia radicalmente de la
esperanza, puerta no real que tú crees
que existe. La diferencia entre la
angustia y la esperanza es la que hay
entre la cosa y el arquetipo, la idea
platónica de la cosa. Lo que no quita
que la esperanza también provoque
angustia. Estoy entrando en terreno
elevado. Enano más botella igual
filósofo. La pequeñez de mi cuerpo no
detiene la altura de las ideas. Aunque
no lo parezca, soy inteligente. El
problema es que nunca me dejaron
probarlo. (Transición.) Ya hablé
de las ventajas de la oscuridad.
Quisiera referirme a las ventajas de la
asfixia. Si no entra oxígeno por la
nariz, tampoco llega a los pulmones; si
los pulmones no reciben oxígeno lo
buscan en la sangre. De modo que el
cuerpo se acostumbra a encontrar el
propio oxígeno. A esto lo llamo
autosuficiencia. El cuerpo
autosuficiente está preparado para las
más duras pruebas, como esta de vivir
dentro de una botella, si no la más
terrible, entre las más descollantes que
haya, como la decapitación, la
emasculación o la crucifixión. Otra de
las ventajas de la asfixia es que
elimina esa misma probabilidad de
muerte. El día que mueres asfixiado,
tienes la certeza de que nunca más
morirás asfixiado, lo cual es un respiro
(y valga la paradoja). Por lo demás, la
asfixia es lo mejor para los malos
olores. No respiras, no hueles. En el
mundo, al menos en el mundo que
recuerdo, abundan más los malos que los
buenos olores. (Pausa breve.
Suspira.) ¡El hambre! Durante los
primeros días el hambre aparece como lo
de mayor gravedad. ¡Es terrible! Te dan
punzadas aquí (Se toca el estómago.),
te duele aquí (Se toca la cabeza.),
comienzas a delirar, a ver visiones.
Visiones de diversa índole. Me sucedió
que veía a un mendigo llegar todos los
días a la puerta. Señor, ¿tiene un plato
de comida? No, señor, desgraciadamente
no tengo. ¡Y el mendigo era yo! Yo mismo
pidiéndome comida, y yo mismo diciéndome
que no, que no tenía ninguna sobra que
darle, que darme. Experiencia
inolvidable, pedirte con tono lastimero
comida a ti mismo y negártela.
Doblemente dolorosa, por tener que
negarte a la petición ajena, y porque
esa petición no es ajena sino tu propia
petición. (Pausa breve.) Durante
aquellos delirios del hambre, me
resultaba doloroso mirarme en el espejo.
(Se mira en el espejo. Horrorizado.)
Cara mía, espantosa cara mía, ¿dónde
estás? ¿Por qué desapareces, monstruosa
cara? ¿Es que ya no soy nadie? ¿Ni
siquiera merezco mi imagen reflejada en
el espejo? Aparece, carísima cara, no me
importa que seas fea, desagradable, al
menos eres real. Te aborrecí por tus
ojos pequeños que nada tenían que ver
con la nariz desmesurada; abominé tus
labios finos, la ausencia de barbilla y
de dientes que tanto contrastaba con la
frente demasiado grande, abombada… ¡Ah,
es mejor una cara horrible que ninguna
cara! Es superior ser feo que no ser.
(Dejando el espejo.) El hambre te
deshace en impalpabilidad. Hasta que
descubres, al cabo de muchos años, que
ella no es un enemigo imposible de
vencer. Es problema de astucia. Y de
imaginación. La diferencia entre el pan
verdadero y el imaginario resulta
semejante a la que existe entre la
angustia y la esperanza. Voy a hacerles
una demostración de cómo hacer pan. Sí,
no me miren con ojos de incredulidad. Si
algún día tienen hambre –suceso este que
puede acaecer al más feliz de los
mortales– ya saben cómo comerse un pan.
Observen. (Muestra la mano derecha.)
¿Qué ven? ¡Nada! (Con gran
ceremonia hace descansar la mano
izquierda sobre la derecha. Las mantiene
unidas unos segundos. Luego, levanta la
izquierda y muestra la palma de la mano
derecha.) ¿Qué ven ahora? ¿Nada
tampoco? ¡Falta de imaginación! ¡Aquí
hay un pan espléndido! Dorado, caliente,
oloroso… Y quien no lo vea es un pobre
de espíritu. Además, importa poco que lo
vean o no, este pan es mío, mi pan de
hoy, no por imaginario menos pan, y no
pienso compartirlo: no vivimos tiempos
de compartir. (Come del pan
imaginario.) Con esto me alimento,
con la idea del pan. Muy superior al pan
real. El pan real es comido y digerido;
el pan ideal es para siempre pan ideal.
¿Alguien desea? ¿Alguno de ustedes
aceptaría un mendrugo? No me hagan caso,
puedo compartir. Es poco y de mentira.
Nadie negará que tiene más mérito
compartir lo que no abunda y ni siquiera
existe. Otro de los problemas del hambre
es que te quieres comer a tus
contemporáneos. Bueno, los que no son
contemporáneos murieron o no han nacido,
así que no resultan apetitosos. Te
quieres comer a cuanto ser humano te
pasa por el lado. O no tanto. Hay gente
tan enjuta, tan magra, que es mejor
mirarlas con desdén y dejarlas que sigan
el camino. ¡Ah, una jovencita entrada en
carnes…! La carne fresca, abundante,
delicada, apetecible… O un adolescente
de los que hacen ejercicios… Con el
muslo de un ciclista tendrías para
varios meses, si sabes administrar. El
hambre puede llevarte al asesinato. La
distancia entre el hambre y el asesinato
es menor que la posible distancia entre
la angustia y la esperanza. Por fortuna,
una circunstancia milagrosa te impide
ser asesino. Adivino que ustedes no se
han dado cuenta de cuál es esa
circunstancia. Simple: en la botella no
hay nadie más. En esta botella sólo
quepo yo. La colegiala que pasa, el
ciclista de muslos hermosos, son sombras
que el hambre me hace ver. Mis
asesinatos no pasan de elucubraciones
dictadas por la falta de alimento.
Además, el exceso de comida es
perjudicial para la salud. El pan
imaginario de cada mañana sirve para el
resto del día. (Pausa breve. Medita.)
¡El tiempo! ¡Otro de los provechos de
vivir dentro de la botella! Lo propio
del tiempo es que transcurra. Aquí no,
no transcurre, no pasa, no existe. Para
decirlo con una frase que aterraría a
monsieur Proust: ¡no hay tiempo! Ni sale
el sol ni se pone entonces. No hay días,
noches… Existe algo que se llama
día-noche que no es una cosa ni la otra.
La vida se detiene como un velero en
calma chicha, y si hubiera un río aquí
dentro, te bañarías miles, millones de
veces en él, en el mismo río. Como el
tiempo no avanza, eres incapaz de saber
si lo que hiciste lo estás haciendo o lo
harás, así como si lo que estás haciendo
lo harás o lo hiciste; y lo que planeas
quizá sea algo que pasó hace mucho o
está ocurriendo. Aunque me inclino a
creer que aquello que haces, en el
preciso momento en que lo haces, ya
ocurrió y va a ocurrir. En una botella
se ejecuta un solo acto hasta el
infinito. Ese acto es esperar. ¿Esperar
qué? Nada. Esperar sin tener qué esperar
es el modo perfecto de esperar.
(Pausa breve.) ¡Y esperar en
silencio! El silencio es el sonido del
tiempo que no pasa. El ruido, o la
música –modo elegante que tiene el ruido
de manifestarse– remiten al tiempo que
transcurre. O sea, el ruido es la forma
sonora del tiempo, como el silencio es
la forma no-sonora del no-tiempo. Yo
siempre deseé el silencio sin darme
cuenta que deseándolo, deseaba la
eternidad. Ahora me percato: el silencio
es la serenidad de mi alma escapando al
exterior. Silencio más enano más botella
igual paz. (Transición.) Lo peor
es el aburrimiento. Vivir dentro de la
botella es más grave que vivir en una
ciudad vacía, de esas en las que no hay
nada que hacer y la gente se acuesta
temprano a soñar que va al cine o al
teatro. Yo no sueño que voy al cine, por
lo general sueño que soy el cine. (Se
sienta en una silla y adopta pose de
Marlene Dietrich en El ángel azul.
Canta «Lily Marlen». Se interrumpe.)
Me gusta Marlene Dietrich; no me gusta
el alemán. Idioma bárbaro, propio para
libros tediosos y funestos, como La
lógica de Hegel y otros que no vale
la pena mencionar. Si se trata de
preferir, prefiero el italiano. Y mi
preferencia tiene que ver con una mujer
maravillosa. Alta –para pequeñez basta
con la mía–, elegante, temperamental,
fuerte, diabólica, angelical,
maravillosa, María, sí, María Callas, la
única voz que ha habido en el mundo.
Comparado con ella, el resto de la
humanidad es de una mudez impresionante.
La escuché un día por la radio. Cantaba
«¡Ah, non credea mirarti!» de La
sonámbula. Desde entonces la amé. Y…
(Con rubor.) la envidié. ¡Me
hubiera gustado tanto levantarme una
mañana, abrir mi boca y que de mi
garganta escapara aquella voz… Salir a
la calle, cantando el aria, y la gente
cayendo de rodillas, llorando,
emocionados con mi voz celestial…
(Pausa. Como La sonámbula, camina por el
tablón. Canta «¡Ah, non credea
mirarti!». Cuando termina, aplausos
atronadores; flores caen del techo.
Saluda al público evidentemente
emocionado. Se seca las lágrimas. Une
las manos en el pecho. Reverencias.)
¡Ya, basta! Tengo un pobre corazón. Ah,
y para que no haya dudas, mis hormonas
están bien. No soy fearie de
Norteamérica, ni pájaro de La Habana, ni
joto de México, ni Sarasa de Cádiz, ni
apio de Sevilla, ni Canco de Madrid, ni
Flora de Alicante, ni Adelaida de
Portugal. Mucho menos «gay» como se dice
en esta época en que el imperialismo
norteamericano ha impuesto su tartajoso
idioma. Tampoco «homosexual», feísima,
estúpida y científica palabra. No soy
homosexual aunque nada tengo en contra
de esos pobres muchachos que andan
arañando la tierra en busca de un amor
imposible. No me van a negar que cuando
un hombre está frente a otro es como si
se parara frente al espejo… (Pausa
breve. Repentinamente iluminado.)
Caramba, ¿y no será ese el único amor
posible? Puesto que espejo significa
reflejo de uno mismo…, reflejo de uno
mismo es sinónimo de amor propio…
¡Silencio! Estoy llegando demasiado
lejos. Por este camino, ¿a dónde voy a
parar? En última instancia lo propio de
cualquier amor, es que resulta
imposible. (Tierno.) Perdonen,
amigos, no se desanimen. Hablo por mí.
Soy un enano feísimo y nadie me ha amado
ni me amará nunca, nunca, nunca…
(Pausa breve. Otro tono.) Hubo un
amor en mi vida. Margarita. El eterno
femenino. No se trataba de una mujer
sino de un invento. Pero ¿qué ama el
hombre sino el invento? La veo aparecer
dentro de la botella una bellísima tarde
de un mes que ignoro puesto que, como
dije, el tiempo aquí dentro tiende a
nada. Alta, trigueña, suntuosa,
tropical. La adoro desde el primer
momento. (A Margarita.)
Margarita, te amo. (Pausa.) ¿No
sabrá español? I love you. (Pausa.)
Io ti amo. (Pausa.) Je
t’aime. (Pausa.) Ich liebe dich.
(Pausa.) Mi amor, respóndeme, que
ya se acabaron los idiomas civilizados.
Sé que soy un hombre monstruoso, de
pequeñez repugnante, viviendo en esta
botella estrecha, pobre desdichado. Lo
importante, Margarita, no es la belleza
física. Soy capaz de amarte hasta vaciar
mis venas por ti. Soy capaz de amarte
hasta embellecerme. Detrás de esta
bestia que ves, puede haber un Jean
Marais como en la película de Cocteau.
¿Puedo tocarte? ¿Puedo besarte? (Cae
de rodillas.) Si me amas, seré el
hombre más dichoso de la tierra.
(Otro tono.) ¿Por qué te desnudas?
No te puedo mirar. Tu piel brilla como
el sol cuando está en el cenit. ¿Por qué
te ríes? ¿Por qué esa burla que noto en
tu risa? ¡No me mires así! Bésame, por
Dios, bésame y acaríciame. (Como
Margarita.) Me desnudo para que me
admires mejor. Pero no seré para ti.
Ando buscando un hombre; tú eres enano.
¡Lo contrario de lo que necesito! Pobre
enanito mío, good bye, chau, me voy, no
creas, algún cariño me inspiras… Sólo
que, comprende… a mi cuerpo le hace
falta un hombre, no un enano. Me voy.
(Como el enano.) ¡No te vayas! Por
favor, no te vayas también tú. Puedo
convertirme en un hombre hermosísimo si
tú me quieres. ¡Margarita! ¡Vuelve!
(Pausa breve. Otro tono.) ¡Ojos que
te vieron ir! Enano más amor igual
fracaso. ¡Amor! (Grandilocuente.)
¡Amor! ¡Amor! ¡Qué mentira se esconde en
tus cuatro letras! (Se escuchan
aplausos.) Gracias. Les gustó la
frase porque vivimos la misma vida con
apariencia diferente. (Transición.)
Hay otra ventaja en esto de vivir
dentro de la botella: puedes tener la
idea de cómo se vive dentro de la
botella. Aunque como cada ventaja trae
la desventaja, se crea el problema de
que no sabes cómo es la vida fuera de la
botella. Botella igual encierro.
(Pausa breve. Desanimado.) Repito:
me aburro. En la botella no hay parques,
ni calles iluminadas con gente bien
vestida que no va a ninguna parte, sino
que simplemente camina por el mero
placer de caminar por gusto y sin meta.
Bueno, para ser sincero, si de meta se
trata… ¿Quién habrá inventado esa
palabra? En todo caso un optimista.
(Confidencial.) Mi experiencia
personal: no hay meta. Ninguna. La meta
es el invento para fingir que hay lugar
de reposo luego de la caminata. Y lo
cierto es que después de caminar mucho
descubres que estás en el mismo lugar, y
debes seguir caminando, y no llegas a
ninguna parte. A eso lo llamó un poeta
«El mito de Sísifo», lo cual quiere
decir que cuando tú crees que algo va a
terminar, comienza de nuevo, hasta el
fin de los tiempos, y los tiempos no
tienen fin. Nada sé del eterno retorno
de que hablaba aquel filósofo célebre.
Sé en cambio que siempre estamos
empezando. ¡Las metas! ¡Hay cada
palabrita! Sí, hay palabras terribles.
La peor, creo, es «soledad». Y quien
haya vivido la descansada vida de la
botella, sabe lo que digo. Volviendo a
las subjetividades: para entretener la
soledad, comienzo a viajar. París,
Brujas, San José, Birmania, Lhasa, donde
vive el Dalai Lama, quien ahora está,
dicen, en una botellita china. Estoy en
Venecia, pasando frente a la Casa
Grimani. Me paseo por la Quinta Avenida
de Nueva York. ¡El Lincoln Center!
(Se oye El Miserere de El
trovador.) ¿Y que sucede? ¡Los
viajes imaginarios también me aburren!
¿Por qué? Viajar solo es la soledad
suprema. No tienes a quién decirle:
«¡Mira ese palacio florentino! ¡Mira las
noches blancas, Nástenka! ¡Allí, el Taj
Mahal! ¿No te conmueve ese campo lleno
de amapolas?» No. Nadie te toma de la
mano para llorar juntos, conmovidos,
porque el lago Lemán está azulito y el
día es claro y puedes ver, en la otra
orilla, a Evian, Francia. Te das cuenta,
estás más solo. (Otro tono.)
Invento un amigo. Lo voy haciendo día a
día con estas manos que serán polvo.
Trabajo dolorosamente dentro de esta
botella incomodísima, sin luz, sin agua,
sin comida, sin ánimo y sin esperanza.
Primero hago el pelo. Negro, negrísimo,
y vital, mucho pelo. Odio la calvicie.
Luego voy haciendo la frente amplia, de
hombre inteligente. Y los ojos, son
decisivos los ojos, lo que un hombre es
o no es está en los ojos. Los hago
grandes, pardos, tristes. Me gustan los
ojos tristes; me gusta la tristeza. La
alegría me horroriza. El hombre alegre
es el lobo del hombre. Dime que ríes y
te diré qué imbécil eres. En cambio,
cuando alguien te mira y no llora pero
sí llora, o sea, cuando alguien te mira
llorando por dentro, o con mirada que ha
llorado mucho, entonces sientes que el
hombre es capaz de querer y necesitarte.
El hombre alegre es egoísta y se basta a
sí mismo; el triste te busca y te
reclama. Creo la boca grande, carnosa,
de hombre sincero; boca dispuesta a la
confesión, al beso, a la frase cariñosa.
Al principio lo hago delgadito. Después
se me ocurre que es mejor fuerte y sano,
como querían los latinos. Mens sana
in corpore sano. Siempre ha sido la
idea suprema del hombre. Lo trabajo con
cuidado, como si estuviera en un
gimnasio. Y sale un bellísimo ejemplar,
altísimo, fuerte, bien parecido, triste,
inteligente, al que le pongo un nombre
hermoso, Mario, nombre de general
romano, de tenor, de obispo, de
novelista y de psicólogo. (A Mario.)
¿Qué te parece, Mario, este lugar?
(Como Mario.) Podrías haberte
ahorrado el trabajo de crearme. Lo que
veo no me resulta alentador. (Como el
enano.) ¡Si no se ve nada! (Como
Mario.) Nada es menos tentador que
la nada. (Como el enano. Al público.)
Resulta que Mario me salió
lacaniano, le gusta jugar con las
palabras. (A Mario.) ¿Y no te
tienta la idea de estar vivo? (Como
Mario.) Estar vivo es cualquier cosa
menos una idea. Por lo demás, estar vivo
en esta botella es como estar muerto en
cualquier otra parte. (Como el enano.
Al público.) ¡Qué pesimista! ¡Se me
fue la mano en aquello de la tristeza!
La alegría es mala; el exceso de
tristeza también. (A Mario.)
Mario, los extremos se tocan. (Como
Mario.) Los extremos «me» tocan.
(Como el enano.) Eres extremista.
(Como Mario.) Soy extremeño.
(Como el enano.) Quieres decir, ¿de
Extremadura? (Como Mario.) No,
soy del extremo del mundo. (Como el
enano.) Extremoso. (Como Mario.)
Extremado. (Como el enano.)
Si continúas con extremidades, te doy la
extremaunción. (Como Mario.)
¿Para qué me trajiste a la vida en esta
botella? Hubiera sido mejor nacer libre,
correr por el campo, bañarme en el mar,
nadar, oler el perfume de las flores,
sentir el aire batiendo, acariciando mi
cuerpo. Beber cerveza helada por la
tarde en una terraza frente al mar.
Encontrar otro cuerpo, lanzarme sobre
él, tocarlo, besarlo, acariciarlo. ¿Para
qué me diste vida en la botella? A ver,
¿me podrías dar un jugo de guanábana?
¡No! Pues no tiene sentido entonces
nacer en esta botella. La vida es una,
breve, y se debe gozar. No tiene sentido
estar aquí. (Como el enano.)
Podemos darnos compañía. (Como
Mario.) Estamos tan preocupados por
el hecho de estar encerrados en una
botella, que no podemos darnos compañía.
Tú solo. Yo solo. Nadie acompaña a
nadie. (Como el enano.) Me
confundes. (Como Mario.) Para
simplificar: ¡sácame de aquí! (Como
el enano.) ¿Quieres irte? (Como
Mario.) Sí. Quiero vivir. (Como
el enano.) ¿A dónde quieres ir?
(Como Mario.) A cualquier parte,
digamos a Buenos Aires. (Como el
enano. Persuasivo.) Muchacho, Buenos
Aires no existe. En ningún lugar los
aires son buenos, es mentira de los
periódicos. (Como Mario.) Déjame
comprobarlo. Quiero tener mi propia
experiencia. (Como el enano. Triste.)
Bien, Mario, tú lo has querido. Te
irás. A Buenos Aires. No sé a qué, la
verdad, porque desde la muerte de
Borges, Buenos Aires no es una ciudad
sino un recuerdo. Vete. Mi destino es la
soledad y lo acepto. ¡Adiós! ¡Adiós!
Recuérdame. Escríbeme. Siéntate en
cualquier café de la calle Corrientes, y
escribe unas líneas para este enano
desdichado que vive en una botella.
¡Adiós! Óyeme, Mario, y si te aburres de
tantos aires buenos y quieres un poco de
mal aire, de aire caliente, mefítico y
húmedo, vuelve, mi hermano, que aquí
estoy esperando por ti, que para eso te
creé con estas mismas manos. (Pausa
breve. Repentinamente alegre.) Se
va Mario e invento un pájaro. Rojo. Un
cardenal. No me cuesta trabajo, es
fácil. (Realiza unos trazos en el
aire.) Para crear un pájaro lo
primero es crear un trino. (Se
escucha un trino.) Luego decir la
palabra «pájaro». Son las palabras las
que crean las cosas. Lo primero fue el
verbo. (Extiende una mano.) Ven,
pajarito, pósate aquí, hazme compañía.
¡Ven! (Desesperado.) ¡No te
vayas! ¡No vueles tan alto! ¡No dejes mi
mano sin ti! ¡Te vas a golpear contra el
cristal de la botella! ¡Te vas a matar!
(Transición.) Atraviesa el cristal.
Se va el pájaro rojo. Lo propio de una
botella es que nadie quiera vivir en su
interior. Se fue. Así que botella igual
encierro igual enano solo igual nadie.
¡Nadie! Es decir, yo, pero yo ¿quién
soy? Sí, claro, el enano dentro de la
botella. Debe haber algo más. ¡Lo hay!
¿Si les digo algo no me denuncian?
¡Prometan que no me van a denunciar!
(Transición.) No prometan nada.
Siempre he confiado en la benevolencia
de los extraños, como Vivien Leigh, mi
actriz preferida. Ahí va el secreto:
¡soy un enano parricida! Aunque esta
historia es mejor dejarla para después.
Así como confío en la benevolencia de
los extraños, confío en la curiosidad.
Ustedes son curiosos, como los
sederistas de Lyon, de quienes se
comenta que hacen una seda muy curiosa.
¡Ustedes desesperan por saber cómo entré
en la botella! Hace rato se preguntan:
¿cómo demonios entró el enano en la
famosa botella? (Pausa.)
¡Historia larga y trágica! Prepárense a
llorar. (Solemne.) Había una vez
un enanito que vivía en una casita de
madera, frente al mar. (Transición.)
No así no, vamos a hacer las cosas
como en el teatro. (Pausa. Teatral.)
A la izquierda, casa de madera;
colores vivos como en las estampas
turísticas. Al centro, dunas de arena y
uvas caletas. A la derecha, el mar;
ancho y democrático, en fin, el mar.
Izquierda y derecha, las del espectador.
Cuando comienza la acción, hay un enano
–que soy yo– jugando con la arena.
Enano con más de cuarenta años, que como
tiene mentalidad pueril –¿será pueril
jugar con la arena mientras el mundo se
va derrumbando piedra a piedra?–, como
tiene mentalidad pueril, decía, aparenta
menos edad. Está jugando con la arena,
lo cual significa muchas cosas. La
primera: no tiene nada que hacer.
(Reflexionando.) Hay algo, en
verdad, más profundo en el
entretenimiento. Porque bien mirado todo
en el mundo remite a la destrucción. No
hay acto, por ingenuo que parezca, que
no presagie de algún modo que el mundo
se va derrumbando piedra a piedra.
Ustedes convendrán conmigo: los sucesos
del mundo están en íntima relación. Yo
tuve hace años una novia –enana ella,
aunque lindísima, que también hay enanas
lindas– que se peleó conmigo porque
llegué tarde a una cita. «¿Por qué
llegas tarde?», me preguntó. La miré con
cara de desesperación. Grité: «Paris, el
hijo de Príamo raptó a Elena. Menelao se
indignó». Note en sus ojos que no
entendía, y le expliqué mi teoría de la
concatenación de los hechos –que no es
mía, la verdad, la leí por ahí–, y
concluí que el sitio de Troya era
finalmente el culpable de mi tardanza.
Me lanzó una mirada fulminante, exclamó:
«Troya es la que va a arder aquí». En
fin, basta de digresiones; yo no soy
Tristram Shandy. Volvamos al enano que
juega puerilmente con la arena. (Hace
ademán de levantar la arena con los
dedos y dejarla caer.) Levantar
arena con los dedos y dejarla caer, así,
significa que uno está previendo lo que
será el mundo y lo que será la propia
vida. La puerilidad no está en el juego
de levantar arena, sino en lo que se
piensa mientras se levanta arena. No es
lo mismo que yo haga esto pensando que
no tengo salsa de tomate para hacer los
spaghettis, a que lo haga pensando que
polvo soy y en polvo me convertiré. No
es lo mismo jugar con la arena cantando…
(Canta.) «En el mar la vida es
más sabrosa/ en el mar te quiero mucho
más…», que diciendo un poema de
Francisco de Quevedo. (Declama.)
«Miré los muros de la patria mía/ si un
tiempo fuertes, hoy desmoronados…» No,
no es lo mismo. (Transición.)
Volvamos al teatro. Cuando comienza la
acción, hay un enano jugando con la
arena. Se escucha música de Debussy.
(Se dirige a los técnicos del teatro.)
Por favor, yo quisiera que se oyera
El mar de Claude Achille Debussy.
(Se escucha El mar.)
Gracias. (Transición.) El enano
mira al mar reflexionando cómo todas las
cosas anuncian de la muerte, cuando
descubre en él –en el mar, quiero decir–
un reflejo. Se acerca a la orilla.
(Tiende las manos al supuesto mar. Toma
una botella en la que hay un papel.
Levanta la botella, maravillado, a la
altura de los ojos.) ¡Botella con
mensaje! (Destapa la botella y saca
el papel.) ¡Auxilio! Es lo único que
dice. Algún desesperado escribió esta
palabra e hizo bien. ¿Para qué más?
Nadie salva a nadie. Lo interesante de
una petición de auxilio es la petición
en sí. Y el que pide auxilio lo hace a
sabiendas de que nadie lo auxiliará, y
si envía el mensaje es sólo para aliviar
al que lo lea, como queriéndole decir:
«Estoy peor, puesto que ya me decidí a
escribir el mensaje inútil». (Pausa
breve.) A partir de aquella tarde,
en aquella casa de madera frente al mar,
comencé a recibir mensajes cada día.
Algunos decían «auxilio» a secas; otros,
«por favor, ten la bondad de
auxiliarme»; algunos más desesperados
rezaban «coño, acaba de venir a
auxiliarme». Por esos días, a escondidas
de mi padre –a propósito, ¿les dije que
era un enano parricida?– escribí un
poema precioso. Dice así: «Voy cada día
a la orilla del mar: aprendí a descifrar
los mensajes de los hombres. Sé de
papeles grises o amarillos con letras
desesperadas en botellas que no pueden
ser abiertas por las olas. Gritos,
quejas a la deriva que irán intactos al
Báltico o al Mar del Japón. A fuerza de
encontrarlos en la arena, provenientes
de todos los puntos de la tierra, sé
reconocer los cuatro versos del
lánguido, su pedido de auxilio rimado en
rondeles impecables. Sé distinguir las
lágrimas con las que el cursi sella su
llamado, las imprecaciones del violento
y el tono frío del orgulloso. Sé
reconocer el mensaje del nostálgico:
siempre deja constancia de nombre y
fecha. El hábito de recibir mensajes me
permite afirmar que detras de cada
corazón dibujado se esconde un alma de
doncella, así como que los ancianos
dibujan relojes y los adolescentes
guillotinas. Hay largos lamentos:
pertenecen al vanidoso; él describe
prolijamente sus anhelos y lo que es
traición del tiempo, lo que se ha vuelto
nada y mentira. Una mujer de carácter
agrega el retrato donde se la ve de
perfil, seria y desafiante, con traje de
noche y collar de zafiros. El creyente
exige. El descreído suplica. El
displicente se olvida de firmar. El
mensaje del sabio es un papel en
blanco». (Pausa. Se escuchan pasos
muy fuertes, que producen terror.)
Aladino, ¿será Aladino? (Pausa breve.
Con pavor, queda escuchando. Se oye una
voz grave.) Voz: ¿Qué
haces? Enano: Nada, papá, jugaba
a los ceritos. Voz: El cero ha
sido introducido como número solamente
en la matemática moderna. El cero es la
clase cuyo único miembro es la clase
nada. Si estabas jugando al cero, no
estabas jugando a nada. No me engañes.
¿Qué escribías? Enano: Bueno…
Palabras, palabras, palabras. Voz:
Yo no soy Polonio, astuto enano hijo
mío. ¿Qué palabras? Enano:
Oraciones insignificantes. Por ejemplo:
«Mi papá me ama. Yo amo a mi papá». O
esta otra: «Un enano es un hombre que
muere. Mi papá es inmortal». Voz:
Y decir que amas a tu papá y que tu papá
es inmortal ¿te parecen oraciones
insignificantes? (Pausa. El enano no
sabe qué decir.) Voz: Irás a
tu cuarto. No comerás en varios días.
Tampoco verás la luz. Estás castigado.
(Breve apagón. Los pasos se alejan.
Cuando la escena vuelve a iluminarse, el
enano aparece desanimado.) Como ven,
antes de entrar a la botella, ya estaba
acostumbrado al hambre y a la oscuridad.
(Transición.) Lo cierto es que
ahora, por parricida, no estoy encerrado
en mi cuarto, sino dentro de la botella,
con las ventajas y desventajas que
implica. (Pausa breve. Con tono
lastimero.) ¡La muerte! La
diferencia entre la muerte y la vida
dentro de una botella es la misma que
hay entre la angustia y la esperanza. En
este caso, como es de suponer, la muerte
es la esperanza. ¿Revelé que me gustaba
el italiano? Estudié el toscano para
leer a Dante. Después de leerlo me di
cuenta de lo ingenuo que había sido el
pobre florentino. ¡Querer asustarnos con
nueve círculos, llamas, Lucifer y toda
esa literatura…! ¡Lucifer! ¡Como si no
supiéramos quién es Lucifer! ¡Lucifer
está aquí! (Se toca el pecho.)
Cada hombre es la imagen de Lucifer. El
infierno va con cada hombre. Y cuando
ese hombre luciferino entra con su
infierno en la botella, ¡ya saben!
Abandonad toda esperanza, ¡oh!, vosotros
que entráis en una botella. (Canta.)
L’inferno, Dante, l’inferno/ no
pudiste imaginar,/ por una razón
sencilla:/ no lo llegaste a encontrar./
Ah, pobre Dante, tu infierno/ en nada
parece cierto,/ el infierno es la
botella/ y el enano que está dentro./
Infierno es oscuridad,/ falta de agua,
comida,/ es la peor soledad,/ las
paredes de cristal,/ y este deseo
animal/ de salir a caminar,/ a caminar,
a caminar,/ de salir a caminar./ Sí,
señor, a caminar./ (Pausa.) ¿Para
qué engañarlos? Yo, el enano parricida
dentro de la botella, en pleno uso de
mis facultades mentales, declaro
definitivamente que estoy muerto. Sé que
no estoy facultado para hablar de mis
facultades mentales. No soy dueño de mis
actos, ni de mis sueños, ni de mis
tristezas, angustias o alegrías. Soy un
simple enano… Sin embargo, quisiera
pedirles por favor que me permitieran el
acto de libertad de declararme muerto.
Entre otras cosas, porque así es. Hay
muchas muertes. La mejor es la
definitiva, la que ni oye ni ve ni desea
ni pide. Hay otras con diferentes
matices. La peor es la mía, quiera
Aladino o no quiera. Y aquí llegamos a
la suprema desventaja que es vivir
dentro de la botella, que no es vivir
sino morir tratando de hablar, de oír,
de soñar, de llorar, de sentir, de
gozar. Si tú vives y las circunstancias
te impiden que vivas, entonces estás
muerto queriendo vivir. Y lo ideal
–nadie osará negármelo– es vivir
viviendo y morir muriendo, que es como
Dios quiere y manda. Lo que pasa es que
Dios manda y nadie le hace caso.
Recuerdo un día… (Música solemne. El
enano va a proscenio. Se inclina ante un
haz de luz. Tiende la mano queriéndolo
tocar, pero siente miedo y no llega a
hacerlo.) No llore. ¿Tiene algún
dolor? ¿O será acaso que su hija lo
abandonó? ¡Ya sé! Se le murió la esposa.
¿No? ¡Está perdido! Sí, eso, perdido. No
se preocupe, perderse está de moda.
Todos estamos perdidos y no lloramos.
Míreme a mí, me perdí hace años y no
lloro. A veces hasta me río. Ríase,
hombre, no sea bobo. Lo puedo llevar a
mi casa y permitirle que se bañe.
Porque, óigame, la verdad… le hace falta
un baño. La comida… No sé. Bah, que más
da, se comparte la que hay. De pobre
para allá no hay más pueblo. ¡Ay, viejo,
no siga llorando, que se me parte el
corazón! Además, usted está viejito, sí,
pero es un hombre hecho y derecho.
Míreme a mí, consuélese. Soy enano,
contrahecho, y no lloro. Para serle
sincero, lloré bastante, cuanto iba a
llorar. A ver, dígame, que resuelvo con
llorar. No voy a crecer ni a ponerme
esbelto porque llore y mis lágrimas, de
tan profusas, desborden el mar.
Acuérdese de Epicteto. El bueno de
Epicteto repetía: «No busques que lo que
sucede suceda como deseas; sino desea
que todo suceda como sucede». Hay que
tener resignación. ¿Usted es cristiano?
Pídale a Dios que lo ayude. Tenga fe en
él. Él no existe, la verdad, pero la fe
es buena, exista Dios o no exista. Y en
caso de que Él existiera, está tan
ocupado con el Universo –póngase a
pensar, ¡el Universo!–, que no se
interesa por nosotros. No tiene tiempo.
Imagine los periódicos que debe leer al
día, y en tantos idiomas o dialectos;
imagine las preocupaciones, que si se
abrió la capa de ozono, que si el sol
tiene una llamarada de más, que si Venus
se movió de su sitio, que cuántas
estrellas caen cada día… ¡Muchísimo
trabajo! ¿Y qué me dice de los
congresos? ¿Usted sabe la cantidad de
congresos que hay en el Universo cada
día? El tiene que estar en todos. Para
eso es Dios. Si un congreso en Mercurio,
allá está él. Si otro congreso en Sirio,
en Arturo –que es la estrella más
brillante–, o en la Estrella Polar, allí
tiene que estar el pobre Dios vestido
con la mejor túnica. Azul, la túnica
azul celeste. Y sonriendo, no sea que al
día siguiente los periódicos publiquen
su foto serio y digan: «El gran Dios no
se sentía bien en el congreso celebrado
en la Osa Mayor». O lo que sería mucho
más grave, corra el rumor de que está
enfermo. A pesar de que Él no se ocupa
de nosotros, si se enferma es una
catástrofe. Y se lo digo para que no
ande creyendo cuentos de camino: tiene
detractores. Gente que anda diciendo que
como Él vive en el cielo, las cosas de
la Tierra le interesan poco y por eso
estamos tan mal. Y Él, pobrecito, va tan
rápido en el vehículo celestial –azul
también, como el traje–, que casi no
puede vernos, y no sabe que sufrimos,
que lloramos, que pasamos hambre. ¡Santo
Dios! ¡Qué destino el suyo! ¡Es más
víctima que nosotros, porque es víctima
de su imagen de Dios! Y está rodeado de
doce discípulos, en realidad doce
guardaespaldas que no le pierden pie ni
pisada y no lo dejan enterarse de que yo
sufro por ser enano y usted llora no sé
por qué. Me pregunto: ¿para qué Dios
quiere guardaespaldas? Si es tan bueno,
¿por qué tiene miedo a que lo maten?
Además, es eterno. ¿A quién se le ocurre
matar lo que no tiene principio ni fin?
La historia de Dios y los guardaespaldas
es rara. ¡Pero no llore, mi viejo!
¡Míreme! No, así no, a los ojos.
(Pausa. El enano retrocede espantado.)
¡Esos ojos! ¡Cuánta luz en esos ojos! ¡Y
las manos! ¡Y el corazón visible! A mí
no me engaña. (Otro tono. Al
público.) Era Dios. ¿Y saben por qué
lloraba? Dice que todo le había salido
mal. Que la luz no era buena como Él
había previsto. Que el mar y la tierra
no eran buenos como Él había previsto y
declarado a los escribas del Antiguo
Testamento. Y en cuanto al hombre… ¿para
qué hablar? En fin, tuve que consolarlo.
Yo, el enano parricida, me vi en la
triste situación de tener que consolar a
Dios. La vida es demasiado enrevesada
para esta pobre razón que nos ha sido
concedida. (Pausa breve. Triste.)
Vivir en una botella no es nada cómodo,
aunque a todo se acostumbra uno. No
existe hecho en esta vida que no
presente dos caras: la buena y la mala.
Sí, ya sé, no hago gran filosofía. Las
verdades de la vida nunca son gran
filosofía. Lo propio de la gran
filosofía es que no tenga que ver ni con
la verdad ni con la vida. Y perdonen los
filósofos. Ahí tienen la soledad. Les
dije lo terrible de la soledad cuando
hablé de mi amigo Mario, creado por mí,
y ahora en Buenos Aires, que no es una
ciudad sino una ventolera espantosa. Él
cree que es buena ciudad. Allá él. Yo,
en mi lugar, que es ninguno, o esta
botella, sinónimo de ningún lugar.
(Transición.) ¡Ah, otro lado de la
soledad es espléndido, mágico, único!
Sucede que todavía no he hablado de mi
padre. (Se escuchan los pasos fuertes
que producen terror.) Voz:
Hijo, llegó el momento de la lección de
Agronomía. Enano: Papá, estoy
enfermo. Voz: Mejor, el cuerpo
necesita castigo. Enano: ¿No será
preferible dar hoy la clase de Historia
del Derecho Internacional? Voz:
¿Tienes deseos? (El enano afirma con
la cabeza.) Voz: Entonces no
lo harás. Siempre debes hacer lo
contrario de lo que deseas. Enano:
Papá, tengo hambre. Voz: El
hambre nos levanta sobre la miseria de
nuestro cuerpo. Enano: Tengo
sueño. Voz: Lucha contra él. Si
lo vences, conocerás las delicias de la
vigilia permanente, serás la pupila
insomne, irás por la vida vigilando,
vigilando, vigilando. Enano: ¿Y
para qué tengo que vigilar? Voz:
Para que el enemigo no te sorprenda.
Enano: ¿Qué enemigo? Voz:
Cualquiera. Siempre hay un enemigo. La
hormiga más insignificante es capaz de
abrir la grieta en la pared. Enano:
Pero, papá… Voz: Si sigues
replicando, irás encerrado a tu cuarto
donde he puesto un cocodrilo con las
fauces abiertas. Enano:
(Recitando una lección aprendida de
memoria.) Tomate. Lycopersicum
esculentum. Esta conocida solanácea
cultivada es muy común y casi espontánea
en algunos lugares. Se hace gran
comercio de sus frutos usados como
condimento, en salsas, ensaladas y
también en dulce; presenta numerosas
variedades… (Otro tono.) Está
bueno ya. Mi vida era un infierno, y
perdonen el lugar común. Un día tomé la
gran decisión. ¿Por qué la tomé un día y
no otro? He ahí los grandes misterios de
la vida que no son, a la larga, tales
misterios, sino cosas bien concretas. En
este caso, otro espejo. (Va donde un
espejo de gran luna.) ¡Este espejo!
(Se mira en él.) ¡Soy enano! ¡No
paso de los cuatro pies de estatura!
¡Soy enano! (Gritando cada vez más
desesperado.) ¡Soy enano! ¡Soy
enano! (Pausa. Con rencor.) La
culpa es de mi padre. Cuando cumplí los
siete años y ya tenía cuatro hermosos
pies de estatura, me encerraron en una
caja para que no creciera. Mi padre era
un hombre alto, altísimo, y quería ser
el único alto de la familia. Pasé la
adolescencia encerrado en una caja. Me
he pasado la vida encerrado. (Se
escucha el repique de un tambor de
hojalata y un grito agudo.) Sí,
Oscar Matzerath, la diferencia entre tú
y yo, además del tambor de hojalata y de
tu prodigiosa voz, es que tú «decidiste»
ser enano, fue un acto de «tu» voluntad.
Mientras que a mí me impusieron esta
nimiedad asquerosa con la que nunca he
sabido qué hacer. (Transición.)
¡Papá! Voz: ¿Qué quieres, hijo?
Enano: ¿Por qué no te acuestas a
dormir? Debes estar fatigado. Voz:
No puedo. Aún no está claro por qué las
golondrinas emigran en invierno.
Enano: Volverán, papá, volverán las
oscuras golondrinas. (Aparte.) Si
es que encuentran balcones donde colgar
sus nidos. (Al padre.) Duerme un
rato, te prometo pensar en ti. (Otro
tono. Al público.) Ahí está.
Tendido en un banco del parque como el
padre de Hamlet. Está pensando en las
golondrinas; otro modo de pensar en las
musarañas. (Se saca un anillo del
dedo meñique.) Aquí guardo veneno de
áspid. (Se va acercando con sigilo al
lugar donde se supone está el padre.)
Duérmete, viejo, duérmete. Vas a
tener un sueño profundo, inigualable, el
sueño de los sueños, que dulce es dormir
y aun ser de piedra dura. Dichoso el
árbol que es apenas sensitivo… (Se
escucha una canción de cuna.)
Duerme, duerme… Las golondrinas
revolotean en tu sueño. El sueño es una
plaza sobre la que vuelan golondrinas…
(Con sumo cuidado vierte veneno en el
supuesto oído del supuesto padre
acostado en el supuesto banco.) No
ver y no sentir es gran ventura.
(Transición. Con espanto.) Y ahora
¿qué hago? Cuando vean estos terribles
despojos, vendrán por mí, me
decapitarán, me emascularán, me
crucificarán. No tengo perdón. Soy el
enano parricida. No debo perder la
calma. La calma es como la esperanza. Me
iré a lejanas tierras. A la Polinesia,
como Gauguin. A los Mares del Sur, como
Arthur Gordom Pym. A la China, como
Teilhard de Chardin. Al África, como
Isaak Dinesen. ¿Y en qué voy? (Se
calma. Sonríe.) Ya lo dije: lo malo
tiene el reverso bueno. ¡Mi pequeñez me
salva! ¿Quién sino un enano cabe dentro
de una botella? Entraré, como un
mensaje. Recorreré los siete mares.
Llegaré a playas remotas, a Cerdeña
quizá, y me haré pastor. Un pastor enano
no es algo que llame la atención. O
puede que me haga bufón de un sultán. O
monje budista. Cualquier cosa con tal de
huir, huir, huir… (El enano entra en
la botella. Pausa. La luz desciende
notablemente.) Yo soy el enano que
vive dentro de la botella. Desarrollo
cualidades que el hombre libre no
conocerá jamás. La botella no cayó nunca
al mar, se quedó en los arrecifes.
Adiós, Gauguin, adiós, China, adiós,
África mía. Quedé en el mismo lugar con
oscuridad, subjetividades, hambre,
carente de tiempo y en silencio,
aburrido, solo, harto. ¿Qué se le va a
hacer? La vida impone las leyes. Me
queda el consuelo de saber que no soy el
único enano que vive dentro de una
botella. Lo único que cambia son las
botellas, que las hay feas y de
refresco, las hay de Marie Brizard, de
Johnny Walker, de Napoleón. Existen
enanos, aún más víctimas de la
civilización, que no viven en botellas,
sino en laticas de cerveza. Pienso que
da lo mismo en el fondo si la botella es
hermosa. Dentro de ella, la realidad
tiene iguales tintes –esto de «tintes»
es una manera de hablar–, tiene los
mismos no-tintes, y es absolutamente
inmóvil para todos. Lo había olvidado:
la vida en una botella es
democráticamente parecida para cualquier
enano, parricida o no, a quien el
destino le haya puesto la botella por
delante. Ahora mismo, veo botellas a mi
alrededor. Las botellas de ustedes. El
mar las trae a los arrecifes. Los
arrecifes las retienen. Los enanos que
están dentro no se ven, se presienten.
¡Murmullos! A veces risas, a veces
llantos, gritos. Botellas en la noche
eterna de las botellas. (Levanta las
manos. Dice adiós.) ¡Adiós, enanito
embotellado! ¡Adiós, compañero de
dichainfortunio! ¡Adiós! ¡Playa llena de
botellas con enanos dentro! Enanitos que
tocan el cristal desesperada e
infructuosamente. Enanitos que desean ir
al Báltico, como si vivir en esas
remotas y frías playas fuera mejor o
peor. Enanitos, amigos, no se
desesperen, sigan durmiendo en la
plácida incomodidad de las botellas.
(Se escuchan pasos. Asustado.) ¿Qué
fue eso? ¡Dios mío! ¡No, no puede ser!
¡No puedo creerlo! ¡No puedo tener tan
mala suerte! ¡Aladino! El imbécil creyó
la historia de Las mil y una noches.
Aladino, por Alá o por quien te dé la
gana, no toques la botella. Déjame
tranquilo, en esta paz. No le he hecho
mal a nadie y merezco el silencio y el
olvido. No destapes la botella, Aladino,
por favor, no soy genio ni te voy a
colmar de riquezas. ¡No levantes la
botella, idiota, que me da mareos! ¡No
le quites el corcho! (Se protege del
aire.) ¡Detesto el aire! ¡No resisto
el oxígeno! ¡No me saques de aquí! ¡Ten
piedad, Aladino! ¡Son demasiados años en
la botella! (La luz se hace ahora muy
intensa. El enano se protege de ella.)
¡La luz! ¡No la resisto! ¡Ya no
puedo vivir en el aire ni en la luz! ¡Ya
no sabría caminar por la tierra! ¡Olvidé
lo que es una flor, un árbol, un río, un
claro de luna, una montaña! Olvidé
hablar del olvido, porque la dicha del
olvido se olvida. ¡No quiero recordar!
Aprendí a vivir en el encierro. La
libertad podría matarme. Dime ¿qué haría
yo? ¿A dónde iría? ¿A quién le contaría
esta historia sin principio y sin fin?
¿Qué haría con la libertad? No quiero
vivir en otro lugar. Necesito permanecer
en la botella donde aprendí tantas cosas
dulces y amargas. ¡Vete a salvar a
otros, Aladino! A mí déjame. Ya no sé
vivir en el mundo. Mi mundo es la
botella y quiero que también sea mi
sepulcro. Y quizá algún día, dentro de
miles de años –si es verdad que los años
pasan– alguien encuentre la botella y el
montoncito de polvo que seré y diga
conmovido: «Aquí hubo un enano que
enfrentó la vida en esta botella». Y la
lance al mar. Y a lo mejor, quién sabe,
pueda llegar al fin a la Polinesia, al
África, a la China, a los Mares del Sur.
Y hecho polvo, habré cumplido mi sueño.
(Se escucha el coro final de alguna
cantata. La luz se apaga lenta.) |