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Escándalo en La Trapa

José Ramón Brene

Acción y épocas: En la villa de Baracoa en 1819.
                        Convento de La Trapa, Francia, 1849.


Primer acto
 

Escena I 

Varios niveles en el escenario, el más pequeño y modesto es la celda de un monje trapense, o sea, un camastro de madera, una mesa de pino y una silla. Sobre la cabecera de la tarima que sirve de cama se encuentra una cruz de madera clavada al muro. Sobre la tarima agoniza un monje esquelético, blanco en canas. Con grandes esfuerzos logra sentarse en la tarima y agarrando una soga que cuelga del techo la hala repetidas veces haciendo sonar una invisible campana. Poco después entra el Abad. 

Abad: Frater Enrique, ¿te sientes cercano a la muerte corporal?

Agonizante: Sí, su paternidad...  Agonizo. Quiero confesar mis muchos pecados...

Abad:  Dios tendrá misericordia de ti...  Pedimos todos al Señor que te devuelva la salud.

Agonizante: Cuando Dios nos envía la enfermedad que padezco, jamás nos devuelve la salud perdida.

Abad: Blasfemas, Frater Enrique... ¡confiesa!

Agonizante: Me acuso del mayor de los pecados... ¡Soy mujer!

Abad:  ¡Imposible!

Agonizante: Me acuso también del pecado de rebeldía contra todas las leyes divinas y humanas que han hecho de la mujer un animalito cualquiera.

Abad:  Frater Enrique, o como en realidad te llames, te conmino a que confieses el por qué del ocultamiento del sexo que dios te dio al crearte.

Agonizante: Miles fueron las razones, Su Paternidad... En el año de 1819 llegué a la villa de Baracoa, Isla de Cuba, el primer pueblo fundado por españoles en tierras de América. Yo tenía entonces 30 años y 12 de estar vistiendo ropas de hombre... Llegué a Baracoa desde España donde había podido conseguir la reválida de mi diploma de médico y ser nombrado por el Protomedicato de Madrid su médico y representante en esa villa... La buena suerte me sonrió desde el primer día de mi arribo a Baracoa... Los pacientes me llovieron como por arte de magia... Un mediodía fue a solicitar mis servicios un joven cubano llamado Pablo, hijo del más acaudalado vecino de la villa.

 

Apagón.

 

Escena II

 

Luz sobre otro nivel en el cual se encuentra la sala de una casa colonial de principios del siglo pasado. Presentes: la joven Amalia, de 25 años, y su sirvienta, Carmen, de 45.

 

Amalia: ¿No tocaron?

Carmen: No tocaron.

Amalia:Demora... Y yo con este dolor que me parte la cabeza. Anda, mira por la ventana a ver si viene.

Carmen: (Mirando por la ventana.) Nadie. La calle está más desierta que el cementerio a medianoche.

Amalia: Seguro que Pablo ha entretenido por ahí. ¡Ya no puedo soportar tanto dolor!

Carmen: Lo que no puedes soportar es otra cosa. (Ríe bajito.)

Amalia: ¡Mala pécora!

Carmen: Son los 25 años que llevo luchando contigo. Te conozco como a mi propia mano. Tu único dolor es ver que el doctorcito francés no te hace ningún caso.

Amalia: ¿Qué estás diciendo, calumniadora?

Carmen: Lo que bien oíste, mosca muerta. Estás enamorada del mediquito francés ése. Y ahora te has inventado un dolor de cabeza para poderlo ver.

Amalia: ¿Verdad que es una preciosidad de hombre? (Suspira.) ¡Y el muy idiota no se da cuenta de mi pasión.

Carmen: Habrá dejado mujer allá en Francia, o alguna novia tal vez.

Amalia: No dejó a nadie en su tierra. Me lo dijo mi hermano. Son muy amigos y se cuentan todas sus cosas. ¡Ay, Carmen, vieja, qué desgracia estar enamorada y no ser el perrito faldero de su amor!

Carmen: Y al licenciado Vidaurre, ¿le has dicho ya que amas al doctorcito francés?

Amalia: Te prohíbo que lo sigas llamando así. El se llama Enrique, el doctor Enrique Faber... ¿Y para qué se lo iba a decir? Simplemente le he dado a entender que él se me importa menos que un comino...

Carmen: Antes bien que te gustaba y lo querías.

Amalia: Antes no había conocido a Enrique ni su cutis de porcelana, ni sus manos de terciopelo, ni sus modales refinados. En cambio, Manuel es tosco, habla como un campesino y camina como un carretero.

Carmen: Con razón los hombres cantan aquello de: Primero hizo Dios al hombre/ y después a la mujer;/ primero se hace la torre/ y la veleta después.

Amalia: (Sobresaltada.) ¿No oyes voces...? ¡Es Enrique!

 

Carmen corre a la ventana mientras Amalia coquetamente se arregla el cabello y las ropas.

 

Carmen: Son tus amigas Hortensia, Joaquina y Santa.

Amalia: ¡Maldición!

Carmen: Se habrán enterado que estás enferma y vienen a ver cómo sigues.

Amalia: Ellas vienen por Enrique, no por mí.

Carmen: ¿También están enamoradas del dichoso doctorcito?

Amalia: No pierden oportunidad de sacarle fiestas. Y luego se llaman decentes.

Carmen: Y yo no sé qué le encontrarán, porque a la verdad que me da la impresión de un niño enfermo y enclenque.

Amalia: Enrique es un hombre excepcional. Un héroe condecorado por el Emperador Napoleón, un caballero francés.

 

Tocan a la puerta y Carmen va a abrir. Entran las tres hermanas: Hortensia, Joaquina y Santa.

 

Escena III

 

Hortensia: ¡Mi pobrecita Amalia! (La besa.)

Joaquina: ¿Te sientes muy mal, querida? (La besa.)

Santa: ¡Qué desgracia que no puedas asistir a mi fiestecita esta noche!

Amalia: ¿Por qué se molestaron saliendo con este sol? No es nada de peligro. Sólo un fuerte dolor de cabeza.

Hortensia: ¿Y ya vino a verte el doctor Faber?

Amalia: Lo estoy esperando.

Santa: ¡Ay, qué bueno! Así aprovecharé la oportunidad de invitarlo a mi fiesta de esta noche.

Amalia: ¡Ojalá llueva, truene y relampaguee!

Santa: ¡Amalia, por Dios!

Carmen: (Mirando por la ventana.) Ahí llega el doctor con tu hermano. (Expectación entre las jóvenes. Carmen va a abrir. Entran el doctor Enrique Faber y Pablo, hermano mayor de Amalia.)

Enrique: Buenas tardes, señoritas.

Todas: ¡Buenas tardes, doctor Faber!

 

Enrique besa las manos a todas las presentes.

Enrique: (A Amalia.) ¿Qué se siente usted, señorita?

Amalia: Un terrible dolor de cabeza.

Enrique: ¿Se ha excedido en el comer?

Carmen: No, doctor.

Enrique: Entonces debemos descartar un principio de indigestión. ¿Desocupa su vientre con normalidad?

Amalia: No entiendo...

 

Todas las jóvenes han bajado las cabezas abochornadas.

 

Carmen: Sí, doctor, hace eso muy bien.

Enrique: (A Amalia.) ¿Ha notado alguna anormalidad en su menstruación?

Todas: ¡Ohhhh!

 

Las tres hermanas se vuelven de espaldas a Enrique. Pablo se hace el desentendido mirando por la ventana.

 

Carmen: Sí, doctor, en eso está muy bien...

Enrique: (A Carmen.) Señora mía, ¿quién es la enferma, usted o ella? Le ruego permita usted que sea ella la que me conteste.

Carmen: ¿No ve usted, doctor, que tiene vergüenza la pobrecita? Esas cosas no se dicen delante de hombres.

Santa: Ni delante de damas.

Enrique: ¿Y qué esperaban ustedes oír? ¿Un concierto de violín o un recital de poemas?

Hortensia: Mejor será que nos vayamos.

Santa: Doctor Faber, yo quería...

Carmen: Vamos, niñas, salgan de aquí o si no el doctor no la podrá curar.

Santa: ...Esta noche tengo en mi casa...

Amalia: (Brusca.) ¿Es que al fin no me dejarán tranquila con mi dolor? (Casi empujadas por Carmen, las tres hermanas emprenden el mutis enfadadas.)

Pablo: Yo creo, Enrique, que también debo irme.

Enrique: Como gustes. (Pablo hace mutis.)

 

Escena  IV

 

Amalia: ¡Qué impertinentes y latosas son, Dios mío!

Enrique: ¿Le dan a menudo los dolores de cabeza?

Amalia: No, doctor; pero el de ahora me tiene loca.

 

Enrique le toma el pulso, le toca las mejillas y la frente, le escruta los ojos.

 

Enrique: Saque la lengua, por favor. (Amalia saca la lengua y Enrique se la observa.) No tiene usted fiebre, su pulso es normal y la lengua la tiene limpia.

Carmen: (Aparte.) Eso es lo que usted cree.

Enrique: No sé realmente de dónde provenga su dolor de cabeza. A no ser que... Dígame, señorita, ¿ha tenido usted últimamente una fuerte contrariedad o disgusto?

Amalia: Sí... ¿Estaría usted dispuesto a perder su tiempo oyendo cosas desagradables?

Enrique: Un médico nunca debe escatimar su tiempo con tal de sanar a su paciente.

Amalia: Carmen, retírate.

Carmen: No me voy, no te voy a dejar...

Amalia: ¡Te irás o te saco halándote por los moños! (Furiosa.) ¡Márchate, diablo!

 

Carmen hace mutis refunfuñando.

 

Amalia: Doctor Faber, estoy perdidamente enamorada y muy mal correspondida.

Enrique: Causa más que suficiente para un dolor de cabeza. ¿Han reñido ustedes?

Amalia: No. El parece no darse cuenta que lo amo con arrebatada pasión.

Enrique: ¡Pólvora!

Amalia: Y eso que trato continuamente de hacérselo comprender. Pero parece ciego y sordo.

Enrique: ¿Ha empleado usted todos los recursos femeninos?

Amalia: Todos. Sólo me queda agarrarlo por el cuello y gritarle: ¡Idiota, estoy loca de amor por ti!

Enrique: Hágalo.

Amalia: Imposible. Soy una señorita decente. La moral exige que sea él quien se declare.

Enrique: ¿Qué moral? ¿La de los hombres? Ríjase entonces por la moral de las mujeres.

Amalia: Bien sabe usted, doctor, que esa moral femenina no existe.

Enrique: Existe desde el instante que usted se rebela contra una moral estúpida que le impide ser feliz.

Amalia: ¿Me aconseja usted que me comporte como una perdida?

Enrique: Solamente le aconsejo que se comporte como una mujer que quiere saber si es amada. Simplemente pregúntele a ese hombre si la ama o no.

Amalia: ¡Jamás...! Si lo hago él tendría muy mala opinión de mí. ¿Y si me engaña fingiendo una pasión que no siente?

Enrique: ¿Y quién es capaz de fingir por mucho tiempo una pasión que no siente?

Amalia: ¿Y si me deja deshonrada?

Enrique: (Después de reírse a carcajadas.) La honra, como la vida, tiene su instinto de conservación innato. (Pausa.) Bien, haré todo lo posible para que ese hombre vea el amor que usted le profesa. Sé que es un poco tímido. Hay que darle tiempo a que pueda vencer su cortedad.

Amalia: ¡Es usted maravilloso, doctor Faber!

Enrique: Nada más que un poco observador.

Amalia: ¡Qué contenta estoy, doctor! Me saltan deseos de bailar, cantar, gritar...

Enrique: ¿Y el terrible dolor de cabeza?

Amalia: Desapareció como por encanto.

Enrique: Entonces es el momento indicado para retirarme.

Amalia: Me siento tan feliz que para celebrarlo daré un recibo esta noche. Cuento con su siempre agradable presencia.

Enrique: Con sumo gusto asistiré.

Amalia: ¿Me da su palabra de caballero?

Enrique: Se la empeño. Hasta la noche.

Amalia: Hasta la noche, querido doctor.

 

Mutis de Enrique. Al quedar sola, Amalia da unos pasos de baile. Poco después entre Carmen.

 

Escena V

 

Luz en la celda del Monje agonizante. El Abad y el Monje agonizante.

 

Agonizante: Sin yo percatarme de nada, se iba tejiendo alrededor mío la sutil pero irrompible tela del destino-araña. Yo que creía haber empezado a conquistar la paz tantos años ansiada, sumergiéndome en aquel pueblo casi perdido de América, en realidad lo que estaba creando era un infierno para en determinado momento tirarme a él de cabeza.

Abad: ¿Puedes explicarte más claramente, Frater Enrique? Especialmente en cuanto a «que estabas creando un infierno».

Agonizante: Sí, su paternidad... Ese infierno no fue otra cosa que el haberme enamorado de Pablo. Yo que me consideraba entonces ya muerta para el amor, éste volvió a resucitar en mí con el trato diario y la camaradería de ese joven. El me buscaba para montar a caballo, jugar a las barajas en el mesón, ir a saraos, lidias de gallos y cosa cómica, a ruegos suyos era yo la que cantaba canciones francesas al pie de las ventanas en las serenatas que él daba a las muchachas de Baracoa.

Abad: ¿Sospechaba ese joven que tú eras mujer?

Agonizante: Estoy segura de que  jamás lo sospechó.

Abad: ¿Le manifestaste alguna vez a ese joven el sentimiento que embargaba tu corazón?

Agonizante: Una sola vez, Su paternidad, y puedo jurarle que fue contra mi voluntad, porque él mismo me obligó.

Abad: ¿Eran puros tus sentimientos?

Agonizante: El único sentimiento puro que existe en el ser humano es el amor a la justicia.

Abad: Blasfemas. El único amor puro es el amor a Dios.

Agonizante: Perdón, Su Paternidad.

Abad: ¿Pecaste carnalmente?

Agonizante: De hecho no, Su Paternidad; pero las intenciones existieron... Desde la batalla de Wagram en la que murió mi esposo reclinado en mis brazos, no había vuelto a aprisionar a otro hombre contra mi pecho hasta la tranquila tarde aquella en que nos reunimos en el mesón de Don Pedro.

Escena VI

 

 Luz sobre el mesón de Don Pedro. Presentes: Don Teodoro, el licenciado Vidaurre y el presbítero, sentados a una mesa. Don Pedro el mesonero de pie junto a la mesa. Los cuatro observan atentamente a Pablo y a Enrique que se baten a espada.

 

Enrique: (Después de unos instantes.) ¡Touché!

Pablo: (Tirando la espada al suelo, jadeante.) ¡Vencido una vez más!

Teodoro: Claro, hijo, el doctor Faber es veterano de las guerras de Napoleón. ¿Cómo te atreves a medirte con él?

Enrique: Pero pronto llegará a ser un buen espadachín. En tres meses ha progresado mucho.

Pablo: Gracias a ti, Enrique.

Teodoro: Bebamos entonces a los progresos de mi hijo. ¡Don Pedro, más vino!

 

Don Pedro trae o baja de un estante dos botellas de vino y las deja sobre la mesa. Todos los presentes llegan sus vasos y beben.

 

Pedro: ¿Qué les parece a sus señorías encender unos buenos tabacos?

 

Don Pedro trae un mazo de tabacos. Todos, incluyendo a Enrique, seleccionan sus tabacos, los encienden y fuman.

 

Vidaurre: Doctor Faber, lo reto a medirse conmigo en el uso de un arma que seguramente es desconocida por usted. Un arma indígena: el arco y la flecha.

Enrique: Declino el reto. Jamás he utilizado semejante arma.

Pablo: Yo recojo el reto.

Vidaurre: ¡Don Pedro, tráenos un arco y flechas! (Don Pedro trae un arco y flechas. El licenciado Vidaurre toma el arco y escoge una flecha.) Pablo, te concedo el honor de escoger el blanco. (Pablo se dirige a la ventana y mira hacia afuera.)

Pablo: El tronco de aquella mata de plátanos que se ve allá. (Todos se acercan a la ventana y miran.)

Presbítero: Está muy lejos.

Vidaurre: Apártense, por favor.

 

Le dejan libre la ventana. El licenciado Vidaurre monta la flecha en el arco, apunta y dispara.

 

Pablo: ¡Por poco la clava, licenciado!

Presbítero: Tenía que errar. El plátano está muy lejos.

Enrique: Vamos, Pablo, ahora te toca. (Pablo toma de las manos del licenciado Vidaurre el arco, escoge una flecha de las manos de Don Pedro, se enseñorea en la ventana, monta la flecha en el arco, apunta y dispara.)

Presbítero: ¡Joder!

Enrique: ¡Le diste en el mismo centro!

Teodoro: Te felicito, hijo mío. Desde niño eras un experto con el arco.

Enrique: Pablo, tienes que enseñarme a disparar flechas.

Pablo: Ahora mismo la primera lección. (Le da el arco a Enrique.) Don Pedro, dele al doctor una flecha. (Don Pedro le da a Enrique una flecha y Enrique se sitúa en la ventana junto a Pablo.)

Presbítero: Y tú, Pedro, mientras estos jóvenes se remontan a siglos atrás, danos las barajas para echar un partidito o dos.

Pedro: Enseguida, señor cura.

 

Pedro trae las barajas y el Presbítero, Don Teodoro y el licenciado se sientan a la mesa mientras Don Pedro queda de pie junto a la mesa mirando el juego.

 

Pablo: (A Enrique.) Párate bien firme con las piernas abiertas. (Desde este instante Pablo se sitúa detrás de Enrique y tomándole por las dos manos le va indicando los movimientos descritos a continuación:) Ahora agarra bien el arco... Entonces colocas la flecha en la cuerda... colocas la flecha sobre el puño y halas la cuerda con la flecha bien duro hacia atrás. Es ahora que tienes que tomar la puntería... Sin apuro... con calma, dominando tus nervios...

 

Pablo tiene prácticamente abrazado a Enrique. Este vuelve su rostro hacia el de Pablo y le da un beso en la mejilla.

 

Pablo: (Muy bajo.) ¡Marica!

 

Pablo hace mutis casi corriendo. Enrique se recuesta a la ventana como para sostenerse de un desmayo.

 

Presbítero: ¡Vencedor una vez más, rediós!

Teodoro: Gracias a mi ayuda, señor cura.

Vidaurre: (A Enrique.) Doctor, ¿y su profesor de arco y flecha?

Enrique: (Volviendo en sí.) Perdón. ¿Decía usted, licenciado...?

Vidaurre: ¿Fue Pablo en busca de las flechas disparadas?

Enrique: No, no... Creo que recordó algo importante que hacer y se retiró.

Presbítero: Y es lo que haré yo también.

Teodoro: Lo acompañaré hasta la iglesia. Y tú, Pedro, no olvides los encargos para el sarao de mi hija esta noche. Y que el vino sea añejo, ¿eh?

Pedro: Lo mejor de la casa, Don Teodoro. Descuide usted.

 

Mutis del Presbítero y Don Teodoro.

 

Escena VII

 

Vidaurre: Bueno, me marcho a casa a darme un baño. Esta noche tendré que concurrir a casa de Don Teodoro que da un sarao. Seguro que a usted también lo han invitado.

Enrique: Sí, estoy invitado. (Se sienta a la mesa frente al licenciado. Don Pedro hace mutis.) Licenciado, tengo algo importante que decirle.

Vidaurre: Usted dirá, doctor.

Enrique: Le ruego que no tome como una intromisión en su vida privada lo que voy a decirle.

Vidaurre: Usted goza de toda mi confianza y amistad, doctor Faber.

Enrique: Gracias, licenciado. Deseo hablarle de la señorita Amalia. Me sospecho que usted no la ha tratado como ella se merece y desea.

Vidaurre: Yo soy un caballero, doctor Faber, y como tal siempre he tratado a las damas. (Enrique se echa a reír.) ¿Lo duda, doctor?

Enrique: Jamás he dudado de su caballerosidad, licenciado. Me río precisamente porque la señorita Amalia está muy ansiosa de que usted no la siga tratando con tanto respeto.

Vidaurre: No lo entiendo, doctor.

Enrique: En otras palabras: la señorita Amalia está perdidamente enamorada de usted y es hora de que le declare usted su amor.

Vidaurre: ¡No puede ser...! Doctor, por favor, ¿sabe usted lo que está diciendo?

Enrique: Hace apenas unas horas ella misma me confesó tales sentimientos hacia usted.

Vidaurre: ¡Amalia entonces está loca!

Enrique: ¿No está usted enamorado de ella?

Vidaurre: Como un lunático.

Enrique: Entonces ella no está loca.

Vidaurre: Sí que lo está, doctor. Ya varias veces le he declarado mi amor. De palabra, por escrito, por señas como los mudos, por telepatía y hasta mediante la brujería. No me decía ni sí ni no hasta unos meses en que empecé a recibir negativas rotundas.

Enrique: ¿No conoce usted aún el proceder de las mujeres? Esta sociedad en que vivimos exige que la mujer niegue repetidas veces aquello que desea y necesita.

Vidaurre: Por algo es usted tan buen médico. Conoce muy bien a las mujeres.

Enrique: Sobre todo a las imbéciles.

Vidaurre: Me acaba de dar usted una alegría que no tiene precio. Seguiré su consejo. Esta misma noche me le declararé  y a casarme enseguida. Usted será mi padrino de boda.

Enrique: Con mucho gusto, licenciado.

Vidaurre: Le voy a pagar con la misma moneda, doctor Faber. Tiene usted a las muchachas de Baracoa haciendo pininos en el  aire. Decídase de una vez, doctor, y haga una buena vendimia que quede para la historia de este pueblo. Mire, (saca dos llaves del bolsillo) tome usted estas llaves de una casa que tengo desalquilada en la calle Real. Le brindo mi casa porque sería imprudente que usted, un médico respetable, utilizara su propia casa para menesteres de hombres de mundo.

 

Enrique toma las llaves y queda pensativo.

 

Escena VIII

 

Sala de la casa de Don Teodoro. Sentados a una mesita juegan a las cartas: Don Teodoro, el presbítero y Don Pedro. Carmen les sirve de beber y después les trae tabacos. Llaman a la puerta y Carmen abre. Entra su hermano Buenaventura.

 

Carmen: Traes cara de malas noticias. ¿Juana?

Buenaventura: Sí. Otra vez le dio. Este mediodía volvió a echar sangre por la boca, un buche grande como un caimito. Ahora está muy débil y con una fiebre de mil demonios.

Carmen: ¿Y te atreviste a dejarla sola?

Buenaventura:. La vieja Serapia la está cuidando. Fue la única vecina que se ofreció. Todas las demás tienen miedo a que se les pegue la infección. Vengo a que me prestes dinero para comprarle medicinas y algunas gallinas para caldo. Bien sabes que llevo tres semanas sin trabajo.

Carmen: Te daré lo poco que tengo ahorrado.

Buenaventura: El doctor Gayoso dice que a estas alturas sólo se puede esperar un milagro. Por  decirme eso me metió la mano en el bolsillo y me sacó las últimas pesetas.

Carmen: Solamente a ti se te ocurre consultar a semejante matasanos.

Buenaventura: Siempre fue el médico de la familia.

Carmen: Por eso sólo quedamos sanos tú y yo en toda la familia. Ahora tenemos un médico muy bueno en el pueblo, un francés de Francia. Lo cura todo sin medicinas.

Buenaventura: Pero si es tan bueno debe pedir un Potosí por quitarle a uno un dolor de «ijá».

Carmen: Nada de eso. Es más bueno que el pan. Cura hasta a los perros y gatos de la calle cuando los ve enfermos.

Buenaventura: ¿Tú lo conoces?

Carmen: Es amigo y médico de la casa. Y quizás pronto sea de la familia.

Buenaventura: Háblale tú que yo no tengo la lengua fina para conversar con hombre así.

Carmen: Yo me encargaré de que vaya a ver a Juana. Pobrecita, tan joven y ya con el pecho podrío como palo con comején. (Se acerca a Don Teodoro.) Con permiso, Don Teodoro...

Teodoro: ¿Qué pasa?

Carmen: Ha llegado mi hermano Buenaventura. Vino a decirme que la pobre Juana volvió a tener lo que usted sabe.

Presbítero: Que Dios tenga misericordia de ella.

Carmen: Le vamos a pedir al doctor francés que la vea.

Presbítero: Muy buena idea. El doctor Faber es un médico excelente, a pesar de ser ateo.

Teodoro: Que la vea y después me pase la cuenta.

Buenaventura: Que Dios se lo pague, Don Teodoro.

Teodoro: Y tú cuando puedas.

 

Los tres jugadores siguen en su juego.

 

Carmen: Ven, hermano, para darte el dinero... (Emprende el mutis pero es detenida por unos golpes en la puerta. Carmen abre y entra el licenciado Vidaurre con un ramos de flores.)

 

Escena IX

 

Vidaurre: Buenas noches.

Todos: Buenas noches.

Presbítero: Llega usted a tiempo, licenciado. Participe en nuestro juego. (Mutis de Carmen por la puerta del interior seguida por Buenaventura.)

Vidaurre: Perdóneme usted, esta noche. No me siento bien y jugaría muy mal.

Presbítero: Perdonado estás, hijo mío.

 

El licenciado Vidaurre toma asiento. Los tres jugadores siguen jugando y al rato entra Amalia desde el interior. Vidaurre se pone en pie.

 

Amalia: Buenas noches.

Todos: Buenas noches.

Vidaurre: Amalia, con todo mi corazón le ofrezco estas flores como un pequeño homenaje a su belleza.

Amalia: Gracias. (Toma el ramo y se dedica a colocarlo en un búcaro sobre un mueble. El licenciado Vidaurre se le acerca.)

Vidaurre: Amalia, ¿cómo puede ser usted tan indiferente con mi pasión?

Amalia: (Burlona.) ¿Cuál pasión?

Vidaurre: La que me consume por usted, la que...

Amalia: ¿Licenciado, es usted sordo, ciego o imbécil?

Vidaurre: Sí, sordo, ciego e imbécil desde que usted me deslumbró con sus encantos. Oféndame, pisotéeme, máteme; pero dígame que me ama.

Amalia: Aunque me entierren viva, jamás oirá usted eso de mis labios.

Vidaurre: Sé que usted me ama.

Amalia: ¿Se lo dijo una barajera o un brujo?

Vidaurre: Me lo dijo una persona muy digna de crédito a la cual usted le confesó sus sentimientos hacia mí.

Amalia: Esa persona lo engañó. Usted me es tan indiferente como la rueda de una carreta.

Vidaurre: (Consternado.) ¿Entonces el doctor Faber se burló de mí?

Amalia: (Consternada a su vez.) ¿El doctor Faber?

Vidaurre: El fue quien me convenció de que usted me amaba... pero ya comprendo que fui víctima de una denigrante broma.

 

Mutis del licenciado Vidaurre sumamente enojado.

 

Amalia: Papá, no me siento bien. No habrá sarao esta noche. A todo el mundo que llegue le dices que estoy enferma.

 

Mutis de Amalia por la puerta interior.

 

Teodoro: Esta juventud de hoy está loca.

 

Continúa el juego. Apagón.

 

Escena X

 

Sacristía.  Se encuentra desierta unos instantes hasta que entra Pablo.

 

Pablo: ¡Padre Rodríguez...! ¡Padre! (Pausa. Vuelve a emprender el mutis, pero tropieza con el Presbítero que entra.) Quiero confesarme, padre.

Presbítero: ¡Santo y muy bueno! Desde hace años no confiesas. Debes tener el alma negra como un totí. Siéntate.

 

Pablo se sienta y el Presbítero también.

 

Pablo: Padre, soy un monstruo. Desde ayer estoy tratando de matarme, pero me falta el valor.

Presbítero: (Alarmado.) ¿Sabes lo que estás diciendo? Ni aún los monstruos tienen derecho a atentar contra su vida. ¿Qué has hecho para atentar contra tu vida?

Pablo: Un hombre se enamoró de mí.

Presbítero: (Persignándose.) ¡Bendita sea la Virgen María...! ¿Cómo fue posible eso, hijo mío?

Pablo: Por no comprenderlo es que deseé la muerte.

Presbítero: ¿Quién es el otro?

Pablo: El doctor Enrique Faber.

Presbítero: ¿Te ocurrió antes con algún otro?

Pablo: Nunca. Siempre las mujeres me gustaron con delirio.

Presbítero: Demasiado.

Pablo: Hasta ayer que comprendí que no soy más que un marica.

Presbítero: No continúes manchando la confesión con semejante palabrota. (Pausa corta.) ¿Por qué precisamente ayer lo comprendiste?

Pablo: ¿Se acuerda usted de ayer por la tarde en el mesón de Don Pedro? ¿Se acuerda usted que yo traté de enseñar al doctor Faber a manejar el arco y la flecha?

Presbítero: Me acuerdo de todo.

Pablo: Llegó un momento, en que lo tuve entre mis brazos... Y de pronto perdí la noción de las cosas. El debió sentir algo extraño también, porque él volvió la cabeza y me miró... y yo lo miré, y vi en sus ojos, o creí ver, la mirada de amor más dulce, más tierna, más arrebatadora que jamás pude observar en  ojos de mujer hasta entonces... y me entraron deseos de besarlo. (Pablo baja la cabeza y se echa a llorar.)

Presbítero: Haces bien en llorar. Dios te tendrá en cuenta tus lágrimas si son de sincero arrepentimiento. (Pausa.) Y en cuanto a lo otro, no, no lo eres.

Pablo: Una mentira piadosa. (Empieza a controlarse. Se seca las lágrimas.)

Presbítero: Una verdad despiadada. Dios, Nuestro Señor, me ha iluminado haciéndome comprender claramente lo que te ocurrió. Tú has nacido con una virilidad desbordante. La virilidad tuya, potente y desbocada, hizo que el doctor Faber reaccionara así a causa del natural un tanto femenino de él.

Pablo: ¿Cree usted, padre, que sea...?

Presbítero: No, no. No digo que el doctor Faber sea eso, sino que a todas luces se puede apreciar que él tiene gestos suaves, posturas delicadas, un tono de voz melodioso. En fin, un continente femenino para un hombre como debe ser. La debilidad que te achacas no está en ti, sino en él.

Pablo: Sin embargo, Padre, Enrique es hombre. Un marica jamás hubiera peleado tantos años como él peleó. Yo mismo he visto los diplomas y medallas otorgados por el Emperador Napoleón.

Presbítero: Te repito que no trato de calumniar al doctor Faber. El no es otra cosa que producto de su raza y de su civilización. Todos sabemos que Francia es la cuna y cabeza de todo lo que es refinamiento, cultura mundana y emporio de ambigüedades.

Pablo: Padre, usted me ha devuelto la paz de espíritu y la seguridad en mí mismo.

Presbítero: Yo no. Dios que me ha utilizado como su instrumento. Ahora, arrodillémonos humildemente y pidamos al Señor que te perdone.

 

Los dos se arrodillan en el suelo y con las cabezas inclinadas sobre el pecho. Apagón.

 

Escena XI

 

Sala de don Teodoro. Enrique, Carmen y Amalia conversan.

 

Enrique: Sí, Carmen, tan pronto termine de hablar con la señorita Amalia me llegaré hasta la casa de su sobrina. Pero le advierto sinceramente, según lo que usted me ha contado de tisis, no le doy muchas esperanzas.

Carmen: Usted tiene fama de milagroso, doctor.

Enrique: Los milagros ya no existen, señora mía.

 

Entra Amalia.

 

Amalia: Retírate, Carmen.

Mutis de Carmen por la puerta interior.

 

Amalia: ¿A qué se debe su insistencia en verme esta mañana?

Enrique: Señorita, me urge que usted me dé ciertas explicaciones.

Amalia: ¿Darle yo a usted explicaciones? Las explicaciones son necesarias, pero de usted a mí.

Enrique: Ayer fue el licenciado Vidaurre a mi casa hecho una furia. Poco me faltó para retarlo a duelo. Me echó en cara el ser el único culpable de los desplantes y burlas de usted.

Amalia: ¿Qué invenciones suyas le contó usted al licenciado acerca de mis sentimientos?

Enrique: Usted ayer me dio a entender que estaba enamorada del licenciado Vidaurre.

Amalia: (Asombrada.) ¿Pero es que está usted mal de la cabeza o empezó a beber muy temprano...? Doctor, me es imposible creer que usted, el hombre más inteligente, más culto, más ilustrado de este pueblo, se comporte tan idiotamente.

Enrique: (Confundido.) Señorita, a la verdad... Yo calculé, según su propia confesión...

Amalia: ¿Qué calculó usted?

Enrique: Que usted estaba locamente enamorada del licenciado.

Amalia: ¡Babieca!

Enrique: (Ofendido.) Sí, tiene usted razón, soy un idiota por tratar de ayudarla metiéndome entre sentimientos que nada me importaban.

Amalia: Ayer estuvimos hablando del derecho que tiene la mujer de expresar sus sentimientos libremente. Llegó usted hasta aconsejarme que me fabricara mi propia y nueva moral, etcétera, etcétera. Bien, seguiré sus consejos al pie de la letra... Doctor Faber, el hombre del cual estoy perdidamente enamorada es usted.

Enrique: (Después de un largo silencio.) No puedo corresponderle, señorita.

Amalia: ¿Es casado...? ¿Tiene novia?

Enrique: No la amo... y tampoco podría...

Amalia: ¡Ay, Dios mío, qué bochorno!

Enrique: Nada bochornoso hay en su confesión.

Amalia: (Llorando.) Es usted, un ser odioso y execrable.

Enrique: Execrable sería si la engañara fingiéndole un amor que me es imposible brindarle.

Amalia: (Llorando.) ¡Váyase...! ¡No vuelva más nunca a esta casa!

Enrique: Sus deseos serán cumplidos al pie de la letra.

 

Mutis de Enrique por la puerta de la calle. Amalia se sienta llorando a lágrima viva. Apagón.

 

Fin del primer acto

 

 

Segundo acto

 

Escena I

 

Celda del Monje agonizante. Presentes: este último y el señor Abad.

 

Agonizante: Su Paternidad, los dos extremos de mi destino, el comienzo y el fin, se encontraron esa mañana. Y al unirse, formaron el círculo de la tragedia. Y desde ese instante el círculo comenzó a reducirse hacia el centro donde me encontraba yo, solicitaria y desamparada como una gaviota a la mitad del camino entre la Tierra y la Luna.

Abad: Necesitas sosiego. ¿Deseas unos momentos de reposo?

Agonizante: No, Su Paternidad, el tiempo que Dios me tiene concedido es escaso y yo necesito dejar entre los hombres todos mis dolores y pecados.

Abad: Hágase tu voluntad, Frater Enrique. (Pausa.) ¿Qué ocurrió después que tengas que arrepentirte?

Agonizante: Un encuentro.

 

Apagón.

 

Escena II

 

Habitación de bohío sumamente pobre. Sobre un catre se encuentra Juana. Una espesa penumbra invade toda la habitación. Poco después una puerta se abre y entran Buenaventura y Enrique.

 

Buenaventura: ¿Duermes, Juana?

Juana: No, padre, solamente tenía los ojos cerrados. Pero cierre esa puerta que la luz me hace daño.

Enrique: ¡No, por Dios, abran todas las puertas y ventanas!  (Empieza a abrir puertas y ventanas y el bohío se ilumina por completo.) ¡La luz del sol, el aire libre y puro, la alegría, la esperanzas, son las mejores medicinas para curar las enfermedades...! Pero aún faltan dos... A ver, joven, ¿qué tiempo hace que no se baña usted? (Juana asustada mira a su padre.) Conteste, por favor.

Juana: Papá, ¿quién es este señor que me habla así?

Buenaventura: El doctor Faber, el francés.

Juana: ¿Y qué hace el doctor aquí, papá?

Buenaventura: Viene a curarte.

Juana: ¿Y con qué le vamos a pagar?

Enrique: Con hojas de plátano. (Autoritario.) ¿Cuánto hace que no se baña completa?

Juana: ¿Completa? Dos meses.

Enrique: ¡Qué barbaridad!

Juana: Doctor, yo estoy mala de los pulmones... me prohibieron bañarme y coger aire... Aunque yo me lavo de vez en cuando, cuando hace calor.

 

Enrique se agacha, le toma un puñado de cabellos y los huele.

 

Enrique: ¡Uf, está ya para que le caigan bichos!  ¡La suciedad es lo más dañino a los pulmones! Hoy mismo se dará usted un baño completo, ¡y cinco lavados de cabeza!

Juana: ¡No, eso no, doctor...! El doctor Gayoso me prohibió que me bañara.

Enrique: Ese colega está administrando una medicina de la Edad Media. (A Buenaventura.) ¿Tiene usted fe en mí como médico?

Buenaventura: Sí, doctor. Usted es nuestra última esperanza.

Enrique: (A Juana.) ¿Quiere usted realmente vivir?

Juana: Quiero vivir.

Enrique: Entonces tiene usted que obedecer al pie de la letra todo lo que yo le prescriba. (A Buenaventura.) Y usted vigilar y hacer que se cumplan. Primero: que tome un baño diario al mediodía. (A Juana.) Segundo: ni de día ni de noche se cierren las ventanas de esta casa. Tercero: hay que comer como una leona hambrienta. A ver, ¿en qué consisten sus comidas?

Juana: En viandas hervidas, harina de maíz, un poco de café...

Enrique: ¿Y carne, pescado, leche, pollo, frutas?

Buenaventura: Somos muy pobres, doctor. Y ahora mismo, hace dos semanas que estoy sin trabajo.

 

Enrique queda pensativo unos instantes. Saca su reloj y lo mira.

 

Enrique: (A Buenaventura.) Es hora de que la madre saque un barreño de agua al sol. Cuando esté tibia el agua, que la enferma se dé un buen baño.

Juana: Desde niña soy huérfana de madre.

Buenaventura: Lo haré yo, doctor.

Enrique: Después haga el favor de llegarse a la botica de don Próspero y traiga estas medicinas. (Saca una libretica y un lápiz y escribe algo. Arranca la hoja y se la entrega a Buenaventura.) Dígale a don Próspero que el importe lo cargue a mi cuenta.

Buenaventura: No será necesario, doctor. Mi  hermana me prestó algún dinero.

 

Mutis de Buenaventura.

 

Escena III

 

Enrique: ¿Qué edad tienes?

Juana: Veintitrés años.

Enrique: ¿Siempre has comido tan mal?

Juana: No, doctor. Desde los nueve años en que quedé huérfana y hasta el año pasado, estuve viviendo en casa de mi padrino, Don Teodoro Fernández de la Cueva, y allí se come muy bien.

Enrique: ¿El padre de Pablo? (Juana entristece y queda inmóvil.) ¿Por qué abandonó aquella casa? (Juana guarda silencio.) Escuche, joven, yo vine a curarla, no a soportar su mutismo.

Juana: Tuve que irme. Don Teodoro y su hija Amalia dijeron que yo iba a enfermar a toda la familia. Eso fue cuando vomité sangre la primera vez.

Enrique: A ver. (Examina las pupilas de Juana.) Y sin embargo, puedo asegurar que padeces anemia desde hace años.

Juana: En los últimos años se me quitó el apetito.

Enrique: ¿Dormías bien?

Juana: No. También sufría de insomnios.

Enrique: Y ahora, ¿duermes bien?

Juana: No sé si eso es dormir. Siempre tengo pesadillas.

Enrique: Descríbemelas.

Juana: ¡Por Dios, no me martirice usted más!

Enrique: No tengo que martirizarte más. Ya sé cuál fue el motivo de que perdieras el apetito y el sueño, y esto te produjo un debilitamiento general muy grande, y por ende, la tisis se apoderó de ti.

Juana: ¿Y cuál fue el motivo, doctor?

Enrique: A esa edad te enamoraste con pasión y fuiste mal correspondida.

Juana: (Después de una corta pausa.) Sí.

Enrique: ¿Te gusta leer?

Juana: Sí, pero no tenemos para comer, ¿cómo puedo comprar libros?

Enrique: La lectura te ayudará.

Juana: ¿A curarme...? ¡Qué médico más raro es usted, doctor!

Enrique: Tendrás que hacer reposo absoluto durante meses y quizás años. Los libros te ayudarán a combatir el aburrimiento.

Juana: ¿Y entonces quién lava, atiende la casa y cocina?

Enrique: Su padre, naturalmente.

Juana: ¿Mi padre? ¿Dónde ha visto usted a un hombre haciendo esas cosas de mujer?

Enrique: ¿Y su padre llegaría al extremo de dejarla morir con tal de no hacer esos menesteres?

Juana: Mi padre es como todos los hombres.

Enrique: Sí, como todos los hombres. Dioses sobre pedestales de injusticias.

 

Escena IV

 

Entra Carmen al cuarto del bohío.

 

Carmen: Buenos días.

Enrique: Llega usted como caída del cielo.

Carmen: ¿Puedo ser útil en algo?

Enrique: En todo. Tiene usted que quedarse a cuidarla. Su sobrina necesita reposo. Reposo y alimentación: mucha carne, pollo, leche, pescado, queso, vegetales.

Juana: ¿Y quién pagará todo eso? ¿El rey de España?

Enrique: Yo.

Juana: (Sorprendida.) ¿Usted...? Pero no, papá no consentirá en que usted pague todo eso. Es muy orgulloso.

Carmen: Y yo no puedo atenderla. Hace veintipico de años que estoy al servicio de Don Teodoro.

Enrique: ¿Qué vale más para usted, el servicio a Don Teodoro o la salud de su sobrina?

Carmen: La salud de mi sobrina, pero... ¿Y de qué vivo mientras la cuido?

Enrique: ¿Cuánto le paga Don Teodoro?

Carmen: Dos centenes al mes y la comida.

Enrique: Yo le daré tres y comerá usted de los alimentos de su sobrina. Esta misma tarde le daré por escrito el régimen alimenticio para ella. Además, un detallado régimen de higiene.

Juana: Doctor, papá nunca permitirá que usted...

Enrique: Muchacha, si usted es tan poca cosa, tan débil de carácter como para no oponerse al orgullo estúpido de su padre, desde este mismo instante renuncio a curarla y ruego que no me molesten en lo sucesivo. Con sólo potingues no puedo devolverle la salud.

Juana: Doctor, ¿por qué trata de hace todo eso por mí?

Enrique: Es usted muy joven y hermosa para permitir que la muerte se la lleve tan mansamente. (Transición.) Esta tarde vendré a traerle algunos libros. Buenos días. (Mutis.)

Apagón.

 

Escena V

 

El gabinete de médico de Enrique. Pablo y Enrique presentes.

 

Pablo: Enrique, necesito darte algunas explicaciones...

Enrique: Ahórrate el mal rato, por favor.

Pablo: Perdóname la palabra insultante que te dije ayer. Yo sé que tú no lo eres. Tus hazañas en las guerras napoleónicas...

Enrique: El valor no es sólo patrimonio de los hombres...

Pablo: Puede ser. Yo no tengo la educación ni los estudios que tú. Bueno, ya que volvemos a ser amigos, quiero pedirte un gran favor.

Enrique: Si está en mis manos.

Pablo: Necesito urgentemente que me proporciones una medicina para hacer abortar a una negra, esclava de mi padre. No puedo tener un hijo de una negra.

Enrique: ¿Por qué la preñaste entonces?

Pablo: Vamos, Enrique...

Enrique: Una negra es un ser humano que tiene sentimientos. Un ser humano que vino al mundo para amar, pero también para ser amado.

Pablo: Vives en las nubes, Enrique. Una negra es una especie de animal africano, muy parecido a la mona, con la sola diferencia de que habla.

Enrique: Hubiera querido verte hijo de una negra.

Pablo: Te prohíbo que ofendas la memoria de mi madre.

Enrique: Eres tú quien ofende la memoria de tu madre pensando como piensas de esa mujer por el solo motivo de ser negra. Eres un perfecto cretino.

Pablo: En honor de nuestra recomenzada amistad no quiero ofenderme. ¿Me das la medicina?

Enrique: ¿Cómo se llama esa mujer?

Pablo: Mercedes. ¿Me ayudarás a deshincharle el vientre?

Enrique: ¡Jamás...! Deja a esa pobre mujer parir tranquilamente a su hijo.

Pablo: ¡Qué cosas tienen estos franceses eruditos! (Mutis.)

 

Escena VI.

 

Enrique queda pensativo. Instantes después entra Don Teodoro.

 

Teodoro: ¿Mi hijo está enfermo, doctor?

Enrique: Sano del cuerpo como un toro, pero algo enfermo de los sentimientos... ¿A qué debo el honor de su visita?

Teodoro: Vengo a saldar cuentas con usted. (Saca una bolsita y la deja sobre la mesa.) Las últimas visitas a la familia y una regalía.

Enrique: ¿Podría usted venderme una de las esclavas de su propiedad? Estoy muy interesado en una que se llama Mercedes.

Teodoro: ¡Mercedes...! Es la mejorcita de mis esclavas. Joven, fuerte, inteligente y habla bien el castellano. A la verdad que no desearía deshacerme de ella.

Enrique: ¿Cuánto hay en esa bolsa?

Teodoro: Ciento cincuenta centenes.

Enrique: Se los doy, más doscientos y mis servicios médicos gratuitos durante el tiempo que yo permanezca en esta villa, a usted y a toda su familia.

Teodoro: Comprendo, comprendo. Mercedes le servirá para muchos menesteres mientras no se case usted. Esta misma noche la tendrá usted calentándole las sábanas.

 

Don Teodoro se levanta y se vuelve a echar la bolsa en el bolsillo.

 

Enrique: Mañana a primera hora tendrá usted los otros doscientos centenes. Eso sí, Don Teodoro, no se olvide de enviármela con la propiedad.

Teodoro: Así será. Ya verá qué bien se va a sentir usted con semejante negraza. (Ríe quedamente.)

Enrique: Le suplico mantenga usted en secreto esta compra-venta. Podría perjudicar mi reputación.

Teodoro: Palabra de caballero español que así será. Hasta luego en el mesón, doctor.

Enrique: Hasta luego en el mesón.

 

Mutis de Don Teodoro.

 

Enrique: (Con tristeza.) Madre mía, ¿será esta isla el paraíso terrenal o el infierno del Dante?

 

Apagón.

 

Escena VII

 

Sala de la casa de Don Teodoro. Presentes: Amalia, Carmen, Hortensia, Joaquina.

 

Amalia: ¡Pero eso es un escándalo!

Hortensia: Escándalo es el que se va a armar cuando el honrado don Buenaventura se entere de esos manejos bochornosos.

Amalia: Y tú, Carmen, ¿qué dices?

Carmen: Yo no veo nada malo en que el doctor Enrique la cure.

Joaquina: (A Carmen.) ¿Dejarías que a una hija tuya la visitase un hombre soltero por la mañana, al mediodía y por la noche?

Carmen: Si el hombre es médico y mi hija está enferma, sí.

Hortensia: Pero eso no es todo.

Carmen: Eso es todo. Todo lo demás lo ponen ustedes que tienen unas lenguas que si se empatan llegarían hasta La Habana.

Amalia: ¡Te prohibo que me ofendas y a mis visitantes...! Vete mejor a ocuparte de tus deberes que deben estar desatendidos.

Carmen: Sí, es mejor... (Mutis.)

Hortensia: Se rumora que si esa tísica ha engordado y cogido colores no es porque se esté curando...

Joaquina: ...Sino que engorda por un solo lado... (Se señala el vientre. Las tres amigas ríen a carcajadas.)

Amalia: Juana siempre ha sido un poco salidita del tiesto.

Hortensia: ¿Salidita? ¡Una verdadera calentona!

 

La puerta de calle se abre y entran Don Teodoro, Pablo y el licenciado Vidaurre que trae un ramo de flores.

 

Vidaurre: Buenas noches, señoritas.

Todas: Buenas noches.

Vidaurre: Con el permiso de las demás damas, voy a entregar estas flores a la reina del jardín baracoano... Amalia, con todos mis sinceros afectos.

Amalia: Gracias, licenciado; usted  siempre tan amable y caballeroso.

Teodoro: (Molesto.) ¡Y no llega el presbítero!

Amalia: Por Dios, papá, te pones hecho una fiera con sólo atrasarte un par de minutos en el juego.

Teodoro: ¿Y a qué otra cosa puedo dedicar mi tiempo?

Joaquina: Por ejemplo, Don Teodoro, a los comentarios del día.

Pablo: Ese arte es exclusivo de las damas.

Hortensia: ¿Tú crees, Pablito?

Joaquina: A que en el mesón de Don Pedro, donde entran nada más que hombres, ustedes despellejan a medio Baracoa.

Amalia: Vamos a ver si damas y caballeros coincidimos en el despellejamiento. ¿Quién se encuentra ahora en boca de todos?

Vidaurre: (Irónico.) Su estimado y nunca olvidado doctor Faber.

Amalia: ¿Y qué comentan los hombres del doctor Faber?

Pablo: Que está haciendo muy bien el papel de tonto de capirote.

Teodoro: Ya lo dice el proverbio: «Quien quiere azul celeste que algo le cueste».

Vidaurre: Y caro le están costando. Ya hasta ha hipotecado su casa.

Hortensia: ¿Se ha visto alguna vez mayor desvergüenza?

Amalia: Pongo mi cabeza en el garrote a que el doctor Faber se está cobrando de alguna manera.

Hortensia: Sí, en huesos.

 

Todos ríen a carcajadas. La puerta se abre de pronto y entra Santa toda sofocada y nerviosa.

 

Escena VIII

 

Amalia: ¿Acabas de ver un aparecido, mujer?

Santa: ¡Algo peor!

Hortensia: Algo gordo debe ser lo que trae en la punta de la lengua.

Santa: ¡Gordísimo...! Don Pedro y Don Buenaventura se acaban de pelear a golpes de palo!

Todos: ¡No!

Santa: ¡Que sí! ¡Y están presos los dos! (Más calmada.) Don Buenaventura estaba borracho y parece que queriendo beber más, le pidió crédito a Don Pedro, y éste le dijo que no, que un hombre con una hija que se acuesta con un hombre rico, no debía pedir crédito. ¡Y ahí mismo se formó!

Hortensia: Cuando yo digo que esa desvergüenza de Juana y el francés va a traer al pueblo ríos de sangre.

Pablo: Don Pedro obró bien al decírselo a ese viejo idiota.

Teodoro: Hay que estar ciego para no ver que su hija, en su propia casa, se entiende descaradamente con el doctor.

Vidaurre: Yo no creo que la cosa haya llegado a tanto.

Amalia: ¿Y cuándo los hombres han dado algo por nada a una mujer? Y pensar que el doctor Faber va a la ruina por esa tísica.

 

Entra el Presbítero.

 

Escena IX

 

Presbítero: ¡Estamos ya igual que en Sodoma y Gomorra...! Perdón, buenas noches primero.

Todos: Buenas noches, señor presbítero.

Teodoro: ¿Ya se enteró?

Presbítero: Sí. ¡El diablo ha levantado tienda en nuestros lares!

Hortensia: Y todo por culpa de esa mala cabeza de Juana.

Presbítero: No, no. Esa infeliz criatura no tiene culpa de nada.

Amalia: ¿Y quién entonces, padre?

Presbítero: ¡Ese extranjero protestante y masón!

Pablo: Vamos, padre, que el doctor es hombre, y como tal, donde se las dan las toma.

Presbítero: Desde que supe que era protestante y masón me sospeché que algún día haría algo contra los mandamientos de Dios.

Vidaurre: Los protestantes también basan su moral en los diez mandamientos, padre.

Presbítero: ¡Para encubrir sus malas entrañas!

Amalia: Seamos justos, padre. Juana es católica y sin embargo se presta gustosamente a saciarle sus bajos instintos a ese extranjero impío.

Presbítero: Sí, seamos justos como Dios manda... ¿qué harías tú si viéndote tísica, pobre y abandonada por todos, un protestante y masón te ofreciese la salud corporal a cambio de saciarle su lujuria?

Amalia: ¡Me dejaría morir antes de complacerle!

Presbítero: Hija, soy tu confesor y no trates de engañarme.

Amalia: ¡Por Dios, padre!

Presbítero: (A las tres hermanas.) Y ustedes, ¿qué harían? (Las tres bajan las cabezas y quedan en silencio. A Don Teodoro.)  Usted, como uno de los más relevantes miembros de esta sociedad, y usted, licenciado, como representante de las leyes humanas, y yo, como guardián de la fe y de la moral, debemos unirnos para luchar hasta lograr la expulsión de ese extranjero ateo de nuestra grey cristiana.

Amalia: ¡Muy bien!

Teodoro: ¡Me niego...! Si se marcha del pueblo pierdo sus servicios gratuitos.

Santa: Nosotras las mujeres decentes de este pueblo también debemos luchar junto al señor presbítero y exigir de Juana León una expiación pública de sus pecados.

Joaquina: Qué camine de rodillas, y por el centro de la calle, desde su casa mancillada hasta los pies del Nazareno en el Altar Mayor de nuestra iglesia, y allí, cada una de las mujeres decentes de Baracoa le pegue un latigazo.

Presbítero: ¡Basta...! ¿Quién  les ha dado la potestad de imponer penitencias? (Pausa.) El primer paso debemos darlo ahora mismo. Vayamos a exponerle nuestra petición de expulsión al señor Gobernador Político y Militar y al señor Alcalde, buenos cristianos los dos.

Teodoro: Padre, repito, eso va contra mis intereses.

Presbítero: Quédate entonces al lado del Mal.

 

Mutis del licenciado y del Presbítero. Pero tan pronto se han marchado, don Teodoro los sigue. Apagón.

 

Escena X

 

El cuarto de Juana en el bohío de su padre. Juana se encuentra acostada y sentada a su lado se encuentra la negra Mercedes cosiendo una ropita de recién nacido. Es de noche. Entra Enrique.

 

Enrique: Buenas noches, mis queridas amigas.

Las dos: Buenas noches, doctor.

Enrique: (A Mercedes.) ¿Cómo anda esa barriga, Mercedes?

Mercedes: Muy bien, doctor. Ya le escogí el nombre. ¡Se llamará Enrique como usted!

Enrique: Enriqueta querrás decir... Será hembra.

Mercedes: (Asustada.) ¡No, doctor...! Que sea varón porque las hembras sufren mucho.

Enrique: Tienes razón. Ojalá sea varón como tú quieres.

Juana: Ya no lo esperaba. Se demoró usted esta noche.

Enrique: Tuve que ir a certificar una defunción. Y tú, ¿cómo te sientes?

Juana: ¡Muy bien...! Hoy también lo hice todo al pie de la letra. Y además, ahorita por la tardecita, me fui hasta la salida del pueblo a recoger flores silvestres.

Enrique: Pronto estarás sana completamente.

Juana: No sé cómo pagarle tanta bondad suya. Ni con la misma vida.

Enrique: Págame viviendo alegremente.

Juana: Es usted tan bueno que una llega a creerlo un hombre de otro mundo, un ángel.

Irrumpe en la habitación Buenaventura tambaleándose y con un machete en la mano.

 

Escena XI

 

Buenaventura: ¡Te voy a matar, ladrón de honras ajenas. (Le tira un machetazo, pero Enrique lo esquiva.) ¡Para eso querías curar a mi hija, para deshonrarla y manchar mi nombre! (Le tira otro machetazo que Enrique esquiva.)

Juana: ¡Por Dios, papá, te has vuelto loco!

Buenaventura: ¡Hija puta y podrida! ¡Prefiero verte muerta antes que sana, pero sin honra!

Enrique: ¡Usted está borracho y no sabe lo que hace y dice!

Buenaventura: ¡La borracha lo era tu madre! (Le tira otro machetazo que Enrique esquiva.) ¡Todo el pueblo sabe que te duermes a mi hija, pero también sabrá que me limpié con tu sangre! (Otro machetazo que Enrique esquiva.)

Juana: ¡Padre, no sea usted tan mal agradecido!

Buenaventura: ¡Cállate, perra, o te rajo en dos! (Se vuelve hacia Juana con el machete en alto dándole la espalda a Enrique. Este se aprovecha de la oportunidad, se le tira y le arrebata el arma.) ¡Eso, traidor, encima de manchar mi buen nombre, mátame también!

Enrique: Sólo quiero que me escuche un momento. Jamás tuve malas intenciones para con su hija.

Juana se levanta de la cama y se arrodilla ante su padre.

Juana: ¡Padre, le juro por la santa memoria de mi madre y por el descanso de mi alma que el doctor jamás ha puesto ni un dedo sobre mí!

Buenaventura: No te creo. Cuando todo Bayamo habla...

Enrique: Hablan por envidia, por maldad, por ociosidad...

Buenaventura: Hablan porque han visto y oído.

Juana: Padre, crea usted en su hija, en el único cariño que le queda en la vida. Le vuelvo a jurar que el doctor es todo un caballero, un santo.

Buenaventura: Ha habido santos muy jodones... (A Enrique.) Váyase de mi casa y jamás vuelva porque entonces no estaré borracho y no fallaré.

Enrique: Su hija aún no está curada. Sin mi ayuda puede recaer y morir.

Buenaventura: ¡Que se muera!

Juana: ¡Padre!

Enrique: (Con sumo desprecio.) ¡Es usted más bestia que las bestias! Hasta las bestias dan hasta la vida por sus hijos. (Buenaventura baja la cabeza abochornado. Una pausa.) ¿Y si yo le demostrara mi buena fe casándome con su hija? (Pausa.) Don Buenaventura, le pido humildemente la mano de Juana. (Pausa.) Mañana mismo iré a hablar con el presbítero para que nos case a la mayor brevedad. Soy protestante, pero me convertiré al catolicismo. ¿Quiere usted más pruebas de mi buena fe?

Buenaventura: (Anonadado.) No, no puede ser... Usted se está riendo de mí...

Enrique: (Tirándole el machete a los pies.) Ahí tiene usted, máteme si cree que lo engaño.

Juana: No, doctor, yo no puedo permitir... Es que es imposible. (Empieza a llorar.) Yo no valgo nada... Soy una guajirita tan bruta como mi padre... Usted es un doctor famoso, rico, elegante...

Enrique: Don Buenaventura, ¿puede dejarnos solos unos minutos?

 

Buenaventura emprende el mutis.

 

Juana: Vete tú también, Mercedes.

 

Mutis de Mercedes.

 

Escena XII

 

Enrique: Juana, quiero ayudarte... Quiero hacer de ti una nueva mujer.

Juana: (Llorando.) No puedo... No puedo aceptar su sacrificio.

Enrique: Sí puedes, muchacha. Sólo tienes que pronunciar una palabra.

Juana: Y ésa es la única que no puedo pronunciar.

Enrique: Yo te quiero de otra manera, no física ni sexual. Serías para mí no una esposa sino una hermana. Te prometo no hacerte violencia. Sólo quiero curarte, enseñarte a ser una verdadera mujer. Elevarte a la dignidad de ser humano.

Juana: (Llorando.) ¡Váyase y no me atormente más!

Enrique: Si rechazas mi proposición, tu vida volverá a ser un completo fracaso.

Juana: (Llorando.) ¡Váyase y déjeme morir en paz!

Enrique: Será como tú elijas. (Emprende el mutis.)

Juana: No, no, no se vaya.

Enrique: (Volviéndose.) ¿Te casarás conmigo?

Juana: Tengo que confesarle una cosa...

 

Enrique se acerca a la cama.

 

Enrique: Respira hondo tres o cuatro veces. (Juana lo hace y casi controla su llanto.)

Juana: Ya fui de otro hombre. Otro hombre me arrastró a su cama y tomó lo que debía ser suyo.

Enrique: ¿Lo conozco?

Juana: Sí. Pablo, el hijo de Don Teodoro.

Enrique: (Con un gemido.) ¡Pablo!

Juana: ¿Qué le ocurre...? ¿Se siente mal...? Se ha puesto blanco usted.

Enrique: (Dominándose.) No es nada... ¿Lo amaste?

Juana: Mucho.

Enrique: Entonces no te arrastró a su cama como dijiste.

Juana: Me dejé engañar... Y cuando me enfermé me apartó de su lado como a una perra sarnosa. Y entonces empecé a morir.

Enrique: ¡Pero no morirás! Y para salvarte el único camino posible es casándonos.

Juana: (Asombrada.) ¿Y todavía insiste usted después de saber quién soy, de lo que hice?

Enrique: ¿Y quién eres tú, criatura de Dios...? Simplemente una mujer desgraciada como hay millones en el mundo. Mi primer interés en ti es curarte y devolverte a la vida hecha otra mujer, con garras para pelear por tus derechos, y el segundo: quererte como a una hermana. ¡No lo olvides nunca: jamás tendrás de mí las atenciones naturales de un esposo a su esposa. ¿Estás de acuerdo?

Juana: Sí, y que Dios le bendiga por la eternidad.

Enrique: Ahora a dormir. (Mutis.)

Juana: ¡Es un santo! ¡Un santo!

 

Apagón.

 

Escena XIII

 

Celda del Monje agonizante. Lo acompaña el Abad.

 

Abad: Frater Enrique, ¿tuviste la increíble osadía de casarte con esa joven?

Agonizante: Sí, Su Paternidad.

Abad: Profanaste el sacramento del matrimonio.

Agonizante: Sí, Su Paternidad.

Abad: ¡Una monstruosidad, Frater Enrique! Hiciste un uso satánico del sacramento de unirte de por vida a otra mujer siendo tú mujer!

Agonizante: No me juzgue, Su Paternidad. Espere a que yo haya terminado de confesárselo todo.

Abad: ¿Y esa joven? ¿Sabía ella que se casaba con otra mujer?

Agonizante: Mientras estuvimos casados, no... Lo supo mucho después.

 

Apagón.

 

Escena XIV

 

Sala de la casa de Don Teodoro. Presentes: Don Teodoro, Don Pedro, Pablo y el Presbítero que juegan a las barajas. El licenciado Vidaurre y Amalia algo distantes y tomados de las manos conversan en voz baja. Carmen se encuentra sentada y cosiendo. De pronto la puerta se abre y entra la negra Mercedes sofocada por la carrera y se dirige directamente  al Presbítero.

 

Mercedes: ¡Señor cura...!

Presbítero: ¿Qué quieres?

Teodoro: ¿Cómo te atreves a interrumpir nuestra partida?

Mercedes: (A Teodoro.) ¡Ay, su mercé, tenía que venir! (Al Presbítero.) ¡No puedo aguantar más!

Carmen: (Asustada.) ¿Le ocurre algo a mi sobrina?

Mercedes: No, nada. Usted sabe que la niña Juana ya está curada. ¡Es que no puedo aguantar más, señor cura padre! Si no lo digo, reviento.

Presbítero: Decídete pronto: me lo dices o revientas.

Mercedes: Si lo digo seguro que me matan.

Presbítero: ¿Quién, mujer?

Mercedes: Mi amo el señor doctor.

Carmen: Bah, ése es más bueno que el pan.

Mercedes: (Al Presbítero.) Señor padre cura, oblígueme para que se lo diga. Pégueme, muérdame o arránqueme las pasas.

 

El Presbítero toma el crucifijo que pende en su pecho y se lo presenta a Mercedes.

 

Mercedes: ¡Mi amo el doctor es una mujer!

Todos quedan silenciosos y atónitos por unos instantes hasta que Don Teodoro se echa a reír a carcajadas.

Teodoro: (Riendo.) ¡Qué buena broma para el día de los Santos Inocentes!

Presbítero: Pero hoy no es el día de los Santos Inocentes.

Teodoro: Ya caigo... (A Mercedes.) El doctor te ha enviado con esa broma para divertirse.

Mercedes: ¡Le juro que es verdad! ¡Se lo juro por la salud de mi mulatico!

Carmen: Negra, ¿tú sabes lo que estás diciendo?

Mercedes: ¡Yo misma lo vi...! Entré a su cuarto sin querer y lo vi. Estaba encuerita echándose polvos que le mandan de Francia. Acababa de bañarse... (En voz baja...) Tenía de todo lo que tenemos nosotras las mujeres...

Carmen: (Alelada.) No, no puede ser... Si fuera verdad, ¿cómo es posible que mi sobrina no...? ¡Negra, te mato si es mentira lo que estás diciendo!

Mercedes: ¡Es verdad...!

Presbítero: ¡Dios Todopoderoso, esto es una pesadilla!

Mercedes: Yo quería callarme, su mercé señor cura, pero una cosa así no la puede llevar escondía en el pecho una sola.

Presbítero: ¡Ya decía yo que ese ateo y masón nos iba a traer grandes problemas!

Teodoro: Lo acompaño a donde quiera que vaya, señor párroco.

 

Mutis del Presbítero y de Don Teodoro. Vidaurre también emprende el mutis.

 

Amalia: ¿Dónde vas, amor mío?

Vidaurre: En busca de más detalles. (Mutis.)

Amalia: Vuelvo enseguida, Carmen.

Carmen: ¿Y tú adónde vas?

Amalia: A darle la noticia a mis amigas.

Pablo: Y yo a los míos.

Carmen: ¡Por Dios, no metan en chismes a su sobrina!

Amalia: Una noticia como esta se da sólo una vez cada cien años.

 

Los dos hermanos emprenden el mutis.

Don Pedro: (Con odio a Mercedes.) ¿Y tú qué esperas para largarte de aquí, negra sucia? (Carmen empuña un bastón que ha tomado de la bastonera y se enfrenta a Mercedes.) ¡Vete, perra! (Mercedes hace mutis corriendo.) Ahora se armará el gran escándalo y mi sobrina será despellejada, despellejada sin misericordia... ¿Y si en realidad mi sobrina también...? ¡No, no iré a verla...! ¡Que se hunda sola la muy sucia! (Se sienta y comienza a llorar.)

 

Apagón.

 

Escena XV

 

El gabinete del doctor Faber. Este se encuentra leyendo un libro ante la mesa de trabajo. Poco después entra Pablo.

 

Pablo: Es necesario que hablemos sincera y rápidamente. Estás en peligro.

Enrique: ¿Yo en peligro? ¿Quién trata de atentar contra mí?

Pablo: Todo el pueblo. Se acaba de descubrir que eres mujer. ¿Es o no es verdad?

 

Enrique queda sumido en un aterrado sopor.

 

Enrique: (Después de larga pausa.) Es verdad...

Pablo: (Alegre.) ¡Alabado sea el Santísimo!

Enriqueta: ¿Te alegras de mi desgracia?

Pablo: Me alegro por mí. Enrique... digo, Enriqueta, yo nunca te dejé de amar. Ahora te ofrezco la salvación. Di que me amas y haré que escapes con bien de la justicia y de la condenación de todo el pueblo. Tengo el suficiente dinero e influencias para salvarte. Después nos uniremos en Francia. Pronto, decídete antes de que sea tarde.

Enriqueta: Prefiero los más terribles tormentos antes de entregarme a ti.

Pablo: (Sorprendido.) ¿Nunca me amaste?

Enriqueta: Más, mucho más que a mi difunto marido; y eso que lo amé con locura.

Pablo: Entonces, ¿por qué esa rotunda negativa a mis proposiciones?

Enriqueta: Porque en ti han encarnado todos los bárbaros defectos que más odio en los hombres: la brutal sexualidad, el desprecio de la mujer como ser humano, la creencia de que la mujer es inferior y que sólo existe para saciar lujurias. Sigue tu triunfal camino de Don Juan tropical y déjame en paz.

Pablo: (Colérico.) ¡Hipócrita...! Eres una pervertida y tratas de cubrirte con el manto de defensora de la mujer!

 

Enriqueta se levanta y empuña un sable que cuelga de la pared. Se enfrenta colérica a Pablo.

 

Enriqueta: ¡Sal de aquí antes de que te atraviese el pecho!

Pablo: ¡Mátame, pero aquí esperaré vivo o muerto a que vengan a buscarte...! No tardarán. Y si vivo, ya verás hasta dónde puede llegar mi venganza. ¡Escucha, ya se acercan!

 

Ruido peculiar y lejano de muchedumbre. Enriqueta se acerca a la  ventana y mira hacia el exterior. Abre una gaveta de su mesa de trabajo y sacando de ella dos pistolas se las coloca al cinto y después hace mutis por una puerta interior. Pablo queda pensativo. Crecen los murmullos y voces del exterior. Entran el Presbítero, Don Teodoro, Carmen y Buenaventura.

 

Escena XVI

 

Presbítero: ¿Dónde está esa atea corrompida?

Pablo: Acaba de huir.

Buenaventura: ¿Por qué la dejó usted escapar?

Pablo: ¿Detenerla con un sable en la mano? ¡Y como lo maneja!

Presbítero: No se escapará. ¿Me acompaña usted, Don Teodoro?

Teodoro: Soy su sombra en este asunto.

 

Mutis del Presbítero y Don Teodoro.

 

Buenaventura: ¿Y mi hija? ¿Dónde está mi hija? (Llamando.) ¡Juana...! ¡Juana, ven acá enseguida!

Voz de Juana: (Lejana.) ¡Voy enseguida, papá!

 

Poco después entra Juana.

 

Juana: Aquí estoy, Padre. (Queda sorprendida y nerviosa por la presencia de Pablo.)

Buenaventura: Hija, ¿nunca notaste algo raro en tu marido?

Carmen: ¿No notaste alguna vez que... vaya, como si no fuera un hombre completo?

Juana: (Extrañada.) No, no le falta nada, es un hombre completo. ¿Y por qué esa pregunta, tía?

Buenaventura: (Colérico.) ¡Basta ya de pendejadas...! Mira, Juana, resulta ser que el doctor ése, tu marido,  no es hombre sino mujer.

Juana: (Riendo.) ¡Ay, papá, ya volviste a empinar el codo!

Buenaventura: (Confundido.) ¿No...? ¿Entonces es macho?

Pablo: No es verdad. Hace un momento ella misma me confesó que era mujer.

Buenaventura: ¿Mi hija? ¿Mi hija se lo confesó?

Pablo: No, la otra, el doctor. Por eso huyó.

Juana: (Aterrada.) ¿Pero qué ocurre? ¿Qué está pasando?

Buenaventura: (Colérico.) ¡Tú tenías que saberlo, degenerada! (La agarra por el cuello.) ¡Te quiero muerta antes de saber que te gustan esas puercadas!

 

Pablo y Carmen se tiran sobre Buenaventura y lo separan de Juana que cae arrodillada.

 

Juana: (Llorando.) ¡Me vuelvo loca...! ¿Pero qué es lo que pasa, Dios mío?

 

Pablo la levanta y la toma en sus brazos. La tendrá abrazada hasta que se indique.

 

Pablo: (Con fingida ternura.) No pierdas la serenidad... Se descubrió que tu marido es mujer... Te engañó miserablemente, a ti y a todo el mundo.

Juana: (Llorando.) ¡Eso no puede ser...! ¡Eso es mentira! ¡Mentira! ¡Mentira!

Carmen: Mercedes la vio desnuda.

Buenaventura: (Colérico.) ¡Pero cómo es posible que tú, su mujer, con meses de casados, no hayas visto que...!

Juana: ¡Yo todavía no soy su mujer...! Dormíamos en cuartos separados. La misma Mercedes lo puede decir porque ella duerme en mi habitación.

Buenaventura: ¿Y entonces para qué se casaron ustedes?

Juana: El esperaba que yo me curara del todo.

Buenaventura: Jura por la memoria de tu madre y por Dios que tú no sabías que era mujer.

Juana: Lo juro. (Juana va a la puerta interior y llama.) ¡Mercedes...! ¡Mercedes...! (Entra Mercedes con mucho miedo.) Di aquí delante de todos, ¿quién dormía en mi cuarto noche por noche?

Mercedes: Yo, su mercé.

Juana: ¿Alguna vez viste a mi marido entrar a mi cuarto?

Mercedes: Nunca, su mercé.

Juana: ¿Viste alguna vez que el doctor Faber tan siquiera me acariciara?

Mercedes: Nunca, su mercé.

Juana: Vete ya.

Mutis de Mercedes.

Juana: ¿Ves, papá...? No he jurado en falso.

Carmen: Pero así y todo, nadie excepto tu padre, Pablo y yo, creerá que eres inocente. Así que prepárate el pellejo que te lo van a sacar a tiras.

Juana: (Llorando.) ¡Qué horror, madre mía...! ¿Pero por qué se casó conmigo si era mujer como yo?

Pablo: Porque es una pervertida.

Buenaventura: Prepara tus cosas. Ahora mismo cogemos el camino de Santiago.

Pablo: Don Buenaventura, tengo una solución muy honrosa para todos nosotros.

Buenaventura: ¿Cuál?

Pablo: Casarme con Juana. (Juana rehuyendo del abrazo de Pablo se siente como para no desmayarse. Carmen y Buenaventura se miran consternados.) Sí, esa es la única solución para salvar el honor de Juanita. Es nulo ese matrimonio sacrílego.

Juana: ¡Canalla!

Pablo: Está muy nerviosa, no le hagan caso.

Juana: ¡Prefiero soportar lo más malo del mundo antes de casarme contigo!

Pablo: Guardo cartas tuyas en que lo confiesas. Y a la comadrona de aquella vez...

Juana: ¡Asqueroso!

Pablo: Cuando todos sepan que me entregaste tu famosa pureza, después todo el mundo creerá fácilmente que tú y esa depravada...

Juana: ¡Canalla mil veces!

Pablo: Escoge: o te casa con este canalla o todo el mundo te repelerá como otra depravada mayor que Enriqueta.

Juana: Prefiero que el mundo crea lo peor de mí. (Se levanta y mira con odio a Pablo. De pronto  le escupe el rostro y hace mutis por la puerta del interior. Pablo saca su pañuelo y se limpia el rostro pensativamente.)

 

Apagón.

 

Escena XVII

 

Celda del Monje agonizante. Presentes: este y el Abad.

 

Agonizante: Por desconocimiento de la zona boscosa fui alcanzada y apresada en las cercanías de Baracoa y conducida a la cárcel de dicha villa. A la noticia de mi próxima llegada al poblado, casi todo el pueblo acudió a recibirme. A mi paso fui ofendida, vejada, escarnecida y agredida con piedras, palos y puñados de lodo. Comenzaba mi vía crucis. La cárcel donde me encerraron fu rodeada por un cordón de dragones para contener a la muchedumbre que aún seguía burlándose, escarneciéndome. Una vez en mi celda no pude conseguir lo que tanto ansiaba: la paz y el silencio del sepulcro. A través de las rejas que me aprisionaba, decenas de ojos lujuriosos vigilaban constantemente mis más mínimos movimientos. Los dragones aquellos estaban ansiosos por comprobar si era  hombre o mujer. Durante dos días con sus noches tuve que reprimirme de llevar a cabo mis necesidades físicas y abstenerme por completo del más mínimo y elemental aseo personal. Cuando me sacaron de allí fue para conducirme ante las autoridades.

 

Fin del segundo acto

 

 

Escena I

 

Sala de un tribunal de la época. A la mesa presidencial, el Gobernador, el Juez y el Presbítero. Poco después Enriqueta es traída por un dragón. Enriqueta sigue vistiendo ropas de hombre, pero sucias y ajadas.

 

Juez: (A Enriqueta.) Siéntese. (Enriqueta se sienta.) Por favor, su nombre, nacionalidad, sexo, estado civil y profesión.

Enriqueta: Enrique Faber, ciudadano francés, sexo masculino, casado y médico de profesión, con título de la Escuela de Medicina de la Universidad de París.

Juez: Enrique Faber, usted ha sido conducido ante nosotros, representantes de las leyes humanas y divinas acusado de ocultar su verdadero sexo y de transgresiones criminales a la moral  y a los preceptos sagrados de la Iglesia. ¿Es usted hombre o mujer?

Enriqueta: Hombre.

 

Los tres de la mesa presidencial se miran entre sí.

 

Presbítero: Personas de crédito han jurado que eres mujer. No agraves tu situación mintiendo y tratando de engañar y confundir a este tribunal.

Enriqueta: Soy hombre, repito. Todos mis documentos constan en poder de ustedes. Mi pasaporte así lo acredita y también los diferentes diplomas que me fueron otorgados por el Emperador Napoleón en reconocimiento de mis servicios en sus ejércitos como oficial médico en múltiples campañas. Y ahora yo les pregunto, señores jueces: ¿podría una mujer pelear en las tantas campañas que yo participé, campañas consideradas las más duras y sangrientas de la historia? (Pausa de indecisión en los funcionarios.) ¿Hubiera una mujer podido estudiar medicina...? ¿Es que  una mujer hubiera podido alcanzar un perfecto dominio de armas tales como espada, pistola y fusil como todos ustedes saben que yo poseo...?

Presbítero: La historia abunda en casos semejantes. Por ejemplo, el caso de la endemoniada Catalina Erano, más conocida por la monja Alférez.

Juez: ¡Que pase la esclava Mercedes de la Cueva! (Poco después entra Mercedes toda asustada.) Mercedes, ya debes saber que mentir a un Tribunal es castigado severamente.

Mercedes: Lo sé, su mercé.

Juez: ¿Puedes volver a jurar que dices la verdad al asegurar que acá, el señor Enrique Faber, tu amo, es mujer y no hombre?

Mercedes: Sí, lo juro por Dios y la salud de mi mulatico.

Gobernador: Doctor,  ¿qué dice usted a semejante acusación?

Enriqueta: Miente.

Presbítero: (A Mercedes.) ¡Dios te castigará enviándote al infierno junto con tu hijo por la eternidad si te aferras en levantar falso testimonio contra un semejante!

Mercedes: (Asustada.) ¡No, no, yo digo la verdad...! Entré a su cuarto buscando sus zapatos para limpiarlos y me encontré al amo encuerito echándose polvos que le mandan de Francia... ¡Y vi bien claro que era mujer...! ¡Vi sus dos tetas y lo otro! (Sonrisas veladas de los tres funcionarios.) Ella es mujer y bien mujer... y bien linda también...

Enriqueta: ¡Esta mujer miente...! Señores jueces, en medicina se estudia el fenómeno visual y síquico por el cual una persona se imagina ver cosas que no existen. Lo ocurrido con esta mujer es un ejemplo típico de esa clase de trastornos.

Mercedes: ¡Que  me den cepo si no vi bien que era mujer!

Gobernador: Señores, no queda otro remedio que verificar la verdad mediante el reconocimiento ocular del cuerpo del acusado.

Presbítero: Vine preparado para afrontar esa contingencia.

Juez: (Llamando.) ¡Sargento de dragones! (Poco después entra un sargento de dragones y se le cuadra al Juez.) Usted y dos más bajo su mando fuercen al acusado a dejarse examinar.

 

El sargento de dragones hace una reverencia al Juez y se enfrenta a Enriqueta.

 

Sargento: Cuando usted guste, doctor.

 

Enriqueta se levanta y lentamente hace mutis seguida por los dos dragones.

 

Escena II

 

Gobernador: (Después de una pausa.) Dios mío, ¿dónde irá a parar la humanidad si lo que sospechamos es verdad?

Presbítero: No se preocupe por la humanidad, señor gobernador, que esa es tarea de Dios. Preocupémonos nosotros solamente de los individuos desviados y malsanos.

Juez: Una sabia sentencia, señor presbítero.

Gobernador: Muy sabia, sí; pero la realidad es otra, señores. Una realidad que acabo de palparla y que desde hace unos días vengo observando.

Presbítero: ¿Cuál, señor gobernador?

Gobernador: La atracción que ejercen los individuos desviados y malsanos, señor presbítero.

Juez: Por favor, señor gobernador, explíquese.

Gobernador: Que ese señor, o señora, se ha convertido para nuestras mujeres y hombres, para la juventud y hasta para los niños, en una especie de héroe del cual todos hablan, al que todos quieren ver, hablarle, tocarlo, olerlo e interrogarlo. ¿No es esto una especie de atracción maligna?

Juez: Para eso estamos nosotros actuando: para impedir que esa atracción no logre materializarse ni expandirse.

 

Entra los dos dragones y el sargento de dragones.

 

Juez: ¿Ofreció resistencia?

Sargento: Se debatió como una fiera, pero al fin logramos desnudarla.

Juez: ¿Entonces...?

Dragón 2: Es mujer.

Dragón 1: ¡Y qué mujer!

Sargento: Es una muñeca. Tiene la piel muy blanca, limpia y tersa como la de los ángeles. (Suspira.)

Juez: ¡Quedan concluidas las pruebas y listo el sumario para el juicio...! Señores, pueden retirarse, y muchas gracias por su ayuda.

 

Apagón.

 

Escena III

 

Gabinete de Enriqueta cuando ejercía de médico.  Juana se encuentra sentada al escritorio escribiendo. Entra Mercedes.

 

Juana: (Algo molesta.) ¿Qué quieres?

Mercedes: Quiero confesarme con su mercé.

Juana: ¿Estás loca...? ¿Confesarte ante mí que estoy en boca de todos como una pervertida, una degenerada?

Mercedes: Usted es una santa, mi ama, como también es una santa mi otra ama, la que está presa.

Juana: ¿Qué quieres confesarme?

Mercedes: Que el día del juicio de la otra ama presa tendré que decir muchas mentiras.

Juana: ¿Como cuáles?

Mercedes: Que su mercé y el doctor dormían en la misma cama todas las noches... que usted sabía que él era mujer... y otras muchas porquerías.

Juana: Nadie mejor que tú sabes que todo eso es mentira, asquerosas mentiras. Ni tan siquiera nunca viste que Enriqueta me abrazara o diera un beso... Es más, casi todo el día ella se lo pasaba en la calle, visitando sus enfermos.

Mercedes: Así mismo fue, su mercé.

Juana: Entonces, ¿qué te obliga a decir al tribunal tantas mentiras que nos harán mucho daño a las dos?

Mercedes: El niño Pablo, su merced.

Juana: Serías muy mal agradecida, muy perra, si haces lo que él quiere. Sólo has recibido bien de Enriqueta y de mí.

Mercedes: (Llorando.) ¡Tengo que hacerlo, su mercé! (Se arrodilla delante de Juana. Siempre llorando.) El caballero Pablo me dará la libertad, la mía y la de mi hijo, y un conuco para sembrar y criar animales si hago lo que él me manda... Si no lo hago, me vende al hijito allá en La Habana y más nunca vuelvo a verlo.

Juana: Pero idiota, tu ama y de tu hijo es Enriqueta, no él.

Mercedes: El dice que no, que mi venta no fue firmada por ningún notario y por eso no vale... Si su mercé fuera negra y esclava y tuviera un hijo esclavo como yo, haría lo mismo que voy a hacer... Perdóneme,  su mercé... Yo la quiero, y también a mi ama Enriqueta... Pero más quiero a mi hijo y nuestra libertad... (Mercedes empieza a besar los pies de Juana.)

Juana: (Después de una pausa.) Te comprendo, infeliz, y te perdono.

 

Apagón.

 

Escena IV

 

Celda del Monje agonizante. Este y el Abad.

 

Agonizante: En honor a la verdad, Su Paternidad, en aquellos días de completo abandono y sufrimientos, brilló en mi alma una lucecita de alegría y esperanza, algo así como un renacimiento de mi fe en que la mujer algún día comenzaría a luchar por salir de la ignorancia y la esclavitud en que la mantenían los hombres y la sociedad. Dentro de mi profunda desgracia fui feliz porque mis prédicas empezaban a germinar en un apartado rincón del mundo.

 

Apagón.

 

Escena V

 

Sala de la casa de Don Teodoro. Presentes: Amalia, Carmen, Hortensia, Joaquina, Santa, Juana y la señora Gobernadora.

 

Santa: (Con energía.) ¿Somos o no somos señoras y señoritas decentes? ¿Somos o no somos cristianas? ¡Pues claro que somos decentes, cristianas y justas! Por eso no podemos cruzarnos de brazos, nosotras, mujeres de la mejor sociedad de esta villa, y permitir, impasibles, que Enriqueta Faber sea condenada injustamente! (Pequeña pausa.) Reconozcamos, amigas, que en un principio fuimos injustas con ella; pero ahora, cuando tantas cosas han salido a la luz del sol y que hemos abierto los ojos y comprendido, nos damos cuenta de que Enriqueta Faber es una gran mujer. ¿Y por qué es una gran mujer? Porque se ha sacrificado luchando en defensa de nuestros derechos como seres humanos olvidados. Y toda esa lucha ella la hacía sola, mientras todas nosotras perdíamos el tiempo en chismes y verracadas.

Amalia: Perdón, Santa; pero no todos los hombres son déspotas y nos consideran sus esclavas. Mi prometido, el licenciado Vidaurre...

Santa: Rectifico gustosamente: ¡Con la honrosa excepción del licenciado Vidaurre, que tanto trabaja por Enriqueta y la igualdad de la mujer con el hombre! (Aplausos.)

Joaquina: Sin la ayuda del licenciado nosotras solas no hubiéramos podido llegar a conocer y comprender a Enriqueta.

Hortensia: Ha sido un hermosísimo gesto del licenciado Vidaurre que haya tomado en sus manos la defensa de Enriqueta.

Amalia: Porque es un hombre moderno, culto y con una gran fe en el futuro de la humanidad... En la humanidad futura en la cual nosotras las mujeres participaremos de una manera preponderante.

 

Aplausos.

 

Gobernadora: (Con vehemencia.) ¡ ¡Empecemos a pelear por nuestros derechos! (Aplausos.) Por ejemplo: ¿Quién sabe en este mundo que yo aconsejo infaliblemente a mi marido en todos los asuntos difíciles del gobierno militar de esta villa y su jurisdicción? ¡Nadie...! ¿Quién sabe que soy yo quien lo pone en pie cuando él titubea y se siente débil y alicaído? ¡Nadie...!

Carmen: (Interrumpiendo.) ¿Pero de qué están hablando ustedes? ¿De la injusticia de los hombres...? Señoras, por Dios, si no hay peor enemigo de la mujer que otra mujer.

Gobernadora: (Ofendida.) ¿Y esta señora formará parte de nuestra cruzada?

Joaquina: Tenga usted cuenta de su escasa cultura.

Amalia: Dentro del amplio concepto de mujer hay varias categorías, señora gobernadora.

Santa: (Exaltada.) Todas fuimos y somos víctimas constantes de los hombres. ¡Pero ya no más...! De aquí en lo adelante: ¡Igualdad con los hombres que se creen dueños y señores de la creación!

 

Aplausos. Entra en la sala el licenciado Vidaurre.

 

Escena VI

 

Vidaurre: Perdónenme si llego tarde; pero acabo de dejar a Enriqueta y...

Gobernadora: Sí, sí, licenciado, está usted perdonado. ¿Cómo se encuentra nuestra Enriqueta?

Vidaurre: Mucho mejor desde que supo que ustedes tomarán su defensa.

Santa: ¿Le entregó usted los libros y regalos que le enviamos?

Vidaurre: Sí. Por cierto que hasta lloró por la emoción de saberse recordada.

Amalia: ¿Cómo ves las perspectivas del juicio?

Vidaurre: Tengo mucha fe en la victoria. Echaré por tierra todas esas acusaciones sin basamentos. (A Juana.) Usted es la principal testigo, la base de mi defensa. Y ustedes, ¿ya se han puesto de acuerdo?

Santa: En eso estábamos. (A las demás.)

Vidaurre: Si mi defensa está apoyada por una unión solidaria de todas las mujeres de esta villa, ¡no dudo ni un segundo en sacar a Enriqueta en libertad!

Hortensia: ¡Todas mis amigas me ayudarán en este empeño!

Gobernadora: ¡Votemos como en la Revolución francesa!

Amalia: ¡Propongo que nuestra presidenta lo sea Santa!

Santa: ¡No...! La presidencia corresponde por rango a la señora gobernadora.

Gobernadora: (Halagada.) Si todos consideran que yo... (Aplausos.) Entonces acepto. (Aplausos.)

Amalia: ¡Que Santa sea la vicepresidenta! (Aplausos.) ¡Y Joaquina la Consejera Oficial! (Aplausos.)

Gobernadora: ¡Y Hortensia la Archivera de Actas! (Aplausos.)

Vidaurre: Levantemos acta de todos los acuerdos. (A Hortensia.) Usted, señorita, como Archivera, tome papel, pluma y tinta y dediquémonos a levantar el Acta de Constitución. (Amalia se levanta de junto a la mesa y Hortensia se sienta en su lugar tomando la pluma del tintero y dispuesta a escribir.) ¿Preparada, señorita Archivera? (Dictando.) En la villa primada de Baracoa, en esta muy fiel y católica Isla de Cuba, a los diecisiete días del mes de...

 

Apagón.

 

Escena VII

 

Sala del Tribunal ya conocido pero con otros adornos y muchos más bancos. En la mesa presidencial se encuentran: el Juez, el Gobernador y el Presbítero. A un lado de la mesa se encuentra sentada Enriqueta, que ahora viste ropas de mujer y se halla peinada y pintada bellamente. Al otro lado de la mesa se encuentra el licenciado Vidaurre. En los primeros bancos se encuentran sentados: Don Teodoro, Don Pedro, Pablo, Amalia, Carmen, Buenaventura, Hortensia, la Gobernadora, Joaquina, Juana, Mercedes. En los restantes bancos: multitud de curiosos en los cuales abundan más mujeres. Convenientemente situados el sargento de dragones y otro dragón sin grados.

 

Juez: Bien, una vez leída el acta de acusación pasemos al juicio. Acusada Enriqueta Faber, ¿oyó y entendió usted bien todas las acusaciones?

Enriqueta: Sí, señor Juez.

Juez: ¿Qué alega usted en su defensa?

Enriqueta: Que las acusaciones con enteramente falsas y por lo tanto me declaro inocente ante Dios y los hombres.

Presbitero: ¿Es falso que usted adoptó una vestimenta impropia de su sexo?

Enriqueta: Eso es cierto.

Presbitero: ¿Y es falso que usted profanó los sacramentos de la Iglesia al contraer matrimonio con una persona de su propio sexo?

Enriqueta: Es cierto; pero no profané los sacramentos ya que ningún acto sexual o pecaminoso se llegó a realizar jamás.

Gobernador: Enriqueta Faber, le suplico exponga usted las razones que le asistieron para ocultar su verdadero sexo con vestimentas masculinas, a obrar y vivir como hombre siendo mujer y a contraer matrimonio con otra persona de igual sexo que usted.

Enriqueta: Las leyes no pueden castigarme por usar ropas masculinas, ya que las mismas leyes me obligaron a ello.

Juez: Se lo permite la defensa a condición de que no alegue usted insensateces, señora acusada.

Enriqueta: No estoy alegando insensateces, señor Juez. (Pequeña pausa.) Desde que tuve uso de razón comprendí la grande e injusta distancia que media entre los derechos del hombre y los de la mujer. (Aplausos femeninos.)

Juez: ¡Prohibo terminantemente esas expresiones ruidosas impropias de una Sala de Tribunal! (Silencio.) Prosiga usted, señora acusada.

Enriqueta: De niña, muchos placeres me vedaron: bañarme en el río, correr loma arriba y loma abajo, patinar en el hielo, jugar a policías y ladrones, montar a caballo, batirme con espadas de madera o tirar con onda a los pájaros. A mis deseos de niña sana siempre me oponían una odiosa frase: «Porque eres una hembrita y las hembras no hacen tales cosas...» De adolescente me vedaron una mayor cantidad de placeres: leer una inmensa cantidad de libros, conversar o bromear con varones de mi edad, aprender un oficio o una profesión, salir sola a la  calle como si yo fuera una imbécil que necesitaba que la cuidaran, o pronunciar jamás una gran cantidad de palabras consideradas bochornosas, prohibición absoluta de expresar libremente mis sentimientos y pasiones en nombre de la buena educación, y tantas otras prohibiciones que hoy día me asusta el enumerar. Y yo entonces, al inquirir los por qué, se me contestaba invariablemente: «una señorita decente no hace nada de eso...» Ya mujer, aumentaron las prohibiciones. Comprendí entonces plenamente que todo aquello que me arrebataban, era dado y permitido con creces a los hombres. Si todo se me iba a hacer difícil en la vida como mujer, si para los hombres eran todos los privilegios y libertades y nosotras las mujeres a cargar con todas las barreras y sufrimientos, ¿por qué dudar? ¿por qué vacilar como una cobarde? Y fue entonces que adopté valientemente las vestimentas masculinas. (Aplausos femeninos.)

Juez: ¡Silencio!

Enriqueta: Pero antes de adoptar definitivamente las ropas de hombre, me enamoré y casé con un médico francés oficial de los ejércitos napoleónicos. Como deseaba correr la suerte del hombre que amaba, me vestí por primera vez de hombre y lo seguí por los accidentados caminos de la guerra. De él, empecé a aprender medicina en los campos de batalla. En la batalla de Wagram lo hirieron y murió en mis brazos. Yo continué su labor y deber haciendo toda la campaña de Rusia. Al regresar a Francia traté de estudiar medicina como mujer; pero no me lo permitieron. Fue entonces que me decidí a adoptar definitivamente la indumentaria masculina. Como hombre estudié y me gradué de médico. De ahí en adelante como hombre siempre he podido hacer el bien a mis semejantes que como mujer me negaban. (Aplausos femeninos.)

Juez: ¡Silencio!

Enriqueta: En cuanto a mi casamiento con la señorita Juana de León, me impulsó y obligó la estupidez, la ceguera y la injusticia de la sociedad en que vivimos.

Juez: (Sin esperar los aplausos.) ¡Silencio!

Enriqueta: El mismo padre me prohibió seguir visitando la casa y continuar costeando la curación. ¡Tanto poder corruptor tiene esta sociedad en sus entrañas!

Juez: (Sin esperar los aplausos.) ¡Silencio!

Enriqueta: La misma Juana aquí presente puede jurar que al proponerle matrimonio le aclaré reiteradas veces que yo no la amaba como hombre a mujer, que sólo me casaba con ella buscando su bien físico y social. Lo cumplí sin mancillar en un ápice su honor o el mío.

 

Juana se levanta rápidamente.

 

Juana: ¡Enriqueta dice la verdad! Yo puedo...

Juez: (Interumpiéndola.) ¡Juana de León, nadie le ha dado aún permiso para declarar! (Juana vuelve a sentarse.)

Presbítero: La sociedad, Enriqueta Faber, la sociedad y la religión otorgan a la mujer derechos y deberes muy de acuerdo con su constitución orgánica. Le otorga los placeres, derechos y deberes del hogar, la maternidad, el velar por el bien familiar, en fin, todo aquello inherente a la femineidad.

Enriqueta: Señor presbítero, la mujer sólo se producirá plenamente cuando el hogar deje de ser una cárcel, la maternidad una pesada cadena y la familia un peso agobiador que aplaste todas las humanas aspiraciones y derechos de la mujer a un desarrollo total de sus facultades, tanto civiles como espirituales. Cuanta más libertad obtenga la mujer para un pleno desarrollo de sus facultades, más femenina será, porque al igual que la flor, la mujer regalará un mejor perfume si la tierra en que se asientan sus raíces está bien abonada por la libertad y la igualdad con el hombre, su compañero, no su amo.

Juez: (Sin esperar los aplausos.) ¡Silencio! (Pero las mujeres aplauden frenéticamente.) ¡Silencio o las mando a todas para sus casas! (Siguen los aplausos femeninos.)

Presbítero: ¡Silencio, hijas mías, silencio! (Cesan los aplausos. Total silencio.) Enriqueta Faber, tus ideas anormales, contrarias a nuestras leyes, usos y costumbres, te han conducido a esta desgraciada situación en que te encuentras.

Enriqueta: (Con firmeza.) No me arrepiento ni me arrepentiré jamás de mis ideales, señor presbítero. Yo no quiero ser el reptil que vegeta apacible encerrado en su oscura cueva, sino la palma, el águila o la montaña que sucumben batidas por el huracán.

Juez: (Sin esperar los aplausos.) ¡Silencio!

 

Escena VIII

 

Vidaurre: ¿Puedo interrogar a Juana de León, señor Juez?

Juez: Puede usted, señor licenciado. Juana de León, póngase de pie.

 

Juana se levanta.

 

Vidaurre: ¿Es verdad o mentira, Juana de León, que Enriqueta Faber, cuando le propuso matrimonio, le advirtió que una vez casados se comportaría con usted como un hermano?

Juana: Sí, licenciado, así mismo fue.

Vidaurre: ¿Y por qué usted aceptó tan extraño matrimonio?

Juana: Porque papá se oponía a que Enriqueta me siguiera pagando los gastos de mi curación.

Vidaurre: ¿Y por qué su padre se oponía?

Juana: Porque aquí en Baracoa se hablaba de que ella lo hacía porque estaba... bueno, viviendo conmigo...

Vidaurre. ¿Y era cierto eso?

Juana: No, licenciado. Al contrario...

Juez: ¿Y a usted no le extrañó, Juana de León, que un hombre hiciese una cosa tan absurda como ésa?

Juana: No, no me extrañó, señor Juez. Para mí él era como un ángel caído del cielo, un santo.

Presbítero: (Irónico.) Y ese ángel, ese santo, después de casados, ¿se comportó angélica y santamente?

Juana: Sí, señor padre... Más santamente que antes.

Juez: Señor licenciado, ¿tiene algunas preguntas más que hacer a la testigo?

Vidaurre: Por el momento no, señor Juez. Muchas gracias.

 

Se levanta Santa.

 

Santa: Con el permiso del honorable Tribunal, voy a hacer entrega de un documento oficial de la sociedad femenina «Pro liberación de la mujer». (Santa camina hasta la mesa del tribunal y deposita sobre ella unas cuantas hojas de papel.) En este documento, firmado por 416 mujeres de esta villa, pedimos la absolución y libertad inmediata de Enriqueta Faber.

Juez: ¿A título de qué se persona usted ante este Tribunal?

Santa: A título de vicepresidenta de dicha sociedad «Pro liberación de la mujer».

Juez: Usted es la vicepresidenta, muy bien. ¿Y quién es la presidenta?

Santa: Doña Beatriz del Monte, honorable esposa del Gobernador Militar de esta villa y su comarca... (Se pone en pie la Gobernadora.)

Gobernador: (Colérico.) ¡Ya lo dije no ha mucho! (Señala para Enriqueta.) ¡Que esa corrompida iba a minar todas nuestras costumbres y moral! (A la Gobernadora.) ¡Beatriz, te ordeno que regreses a casa inmediatamente!

Gobernadora: (Retadora.) ¡Soy mayor de edad y estoy en mis cabales para decidir y responsabilizarme con mis actos! ¡Me quedo aquí, señor Mandón de Cuartel! (Aplausos femeninos.)

Juez: (A las mujeres de pie.) Siéntense, por favor. (Las mujeres de pie se sientan. Santa vuelve a su sitio.) Que se ponga de pie la esclava Mercedes de la Cueva para ser interrogada. (Mercedes se pone en pie. Está muy nerviosa.) ¿Fuiste tú, Mercedes, la que descubrió que el doctor Faber era mujer?

Mercedes: Sí, yo, su mercé.

Juez: Mercedes, ¿presenciaste o viste alguna vez ciertas expansiones sexuales entre Enriqueta Faber y la señorita Juana de León?

Mercedes: Sí, su mercé.

 

Juana se levanta.

 

Juana: ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Esta negra endemoniada miente como una loca!

Juez: ¡Siéntese, y espere su turno para hablar! (Juana se sienta llorando.) Mercedes, tú como esclava de la casa de Enriqueta Faber, ¿no viste o presenciaste otras cosas anormales?

Mercedes: No entiendo, su mercé...

Juez: ¿Que si Enriqueta Faber sólo tenía esas expansiones sexuales anormales nada más que con Juana de León o con algunas otras personas también?

Mercedes: Sí, con otras personas, con otras mujeres también.

Juez: ¿Están ellas aquí presentes?

Mercedes: Sí.

Juez: Señálalas.

Mercedes: (Señalando  a Hortensia, a Santa y a Joaquina.) Esa... esa... y esa...

 

Estas tres últimas se ponen de pie rápidamente.

 

Las tres: ¡Mentira!

Santa: ¡Esta negra está loca!

Joaquina: ¡Alguien la ha obligado a mentir tan puercamente!

Hortensia: ¡Esta negra merece que la maten!

Juez: ¡Silencio! ¡Silencio!

Presbítero: ¡Cálmense, hijos míos, por el amor de Dios!

 

Poco a poco se hace el silencio y la calma.

 

Juez: Mercedes, ¿tú viste, con tus propios ojos, tales abominaciones?

Mercedes: Bueno, su mercé... Yo sólo veía cuando el doctor se metía en su cuarto con las cuatro mujeres y se estaban allí trancados horas y horas.

Juez: Enriqueta Faber, ¿niega usted tales hechos?

Enriqueta: (Que hasta entonces ha permanecido como de piedra. Con voz baja y cansada.) Lo niego, señor Juez... Desde mi casamiento con Juana de León, esas tres señoritas jamás visitaron nuestra casa... Le ruego que termine lo más pronto posible esta farsa. Necesito descanso... soledad...

Juez: (A Mercedes.) Puedes sentarte... (Mercedes se sienta y empieza a llorar. Llorará todo el tiempo que dure esta escena.) Señor licenciado Vidaurre, ¿tiene usted algo más que alegar en defensa de la acusada Enriqueta Faber?

Vidaurre: Sí, señor Juez... Quiero aclarar que esto se ha convertido en una olla e grillos, en un aquelarre...

Juez: Cíñase usted a su alegato de defensa y déjese de apreciaciones literarias personales.

Vidaurre: No soy literato, señor Juez, sino licenciado en leyes que sólo desea demostrar la inocencia de la acusada.

Juez: Somos nosotros, y no usted, quienes debemos decidir si la acusación es inocente o no.

Vidaurre: Desgraciadamente, así es, señor Juez... Mi intervención será breve porque los alegatos de mi defensa ya están expuestos en los documentos que hice entrega a este Tribunal, y además, porque mi defendida se ha sabido defender con razones harto valederas para el reconocimiento de su inocencia. Sólo me queda por alegar y asegurar respetuosamente a este Tribunal que la juzga, que Enriqueta Faber no es una criminal ni una pervertida sexual como consta en las actas de la acusación. La sociedad es más culpable que ella desde el momento en que ha negado a la mujer los derechos civiles y políticos. (Se vuelve hacia Enriqueta.) Vuestro nombre, Enriqueta, pasará a la historia de esta isla con los respetos de las almas grandes y de los corazones generosos. Por mi parte, la absuelvo completamente y sin reservas. (Al Tribunal.) Y ahora, señor Juez, mejor dicho, señores jueces, en vuestras conciencias dejo el fallo... (El licenciado Vidaurre se sienta.)

Juana: (Débil.) Señor Juez, es hora de que yo declare una cosa muy importante... El culpable de todo esto, de esta sarta de mentiras y calumnias,  es Pablo de la Cueva. (Señala a Pablo.) El obligó a la negra Mercedes...

Juez: (Interrumpiéndola.) ¡Se suspende el juicio hasta nuevo aviso! Pueden retirarse.

Juana: ¡Usted tiene que oírme, señor Juez!

Juez: ¡He dicho que se ha suspendido el juicio! Despejen todos los la sala. 

Empieza el mutis de todos. Pablo se las arregla para hacerlo por el lado de Enriqueta. Al pasar a su lado se detiene

Pablo: (A Enriqueta, bajo.) Mi venganza no terminará hasta el fin del mundo.

Enriqueta: ¡Marica! 

Todos continúan el mutis. Apagón.

 

Escena IX 

Celda del Monje agonizante. Este y el Abad. 

Agonizante: Su Paternidad... Se ensañaron en mí. Diez años de cárcel. Si ahora muero, Dios me destina al infierno, el peor de los infiernos que El me pueda dar es uno igual a aquella cárcel de la capital de la Isla en donde cumplí mi condena.

Abad: ¿Sufriste mucho, Frater Enrique?

Agonizante: Más allá, mucho más allá de lo que sufrió Prometeo encadenado a la roca... Sufrí tanto, que llegué a cortarme las venas... La sangre corrió por debajo de la puerta de mi celda y fue descubierta por un carcelero... Y fui salvada... Salvada porque me ataron las manos a la espalda durante siete años de martirios... Cuando me soltaron ya era la ruina que soy ahora... fue entonces que regresé a Francia, envejecida y tísica... Y pedí asilo en la antesala del sepulcro... (Se sienta en el camastro trabajosamente.) Su Paternidad, pedid a Dios por el descanso de mi alma... Su Paternidad, perdonadme que haya nacido mujer... Perdonádmelo... Perdonádmelo... (El agonizante cae de espaldas en el camastro. El Abad lo ausculta para ver si ha muerto. El Abad hala la soga que pende sobre el camastro y se oyen camapanadas lejanas. Poco después la celda empieza a llenarse de monjes trapenses.)

Abad: Frater Enrique ha muerto... Oremos e imploremos la gracia del Altísimo para este hermano que acaba de dejar este mundo que le fue tan cruel...

Todos empiezan a cantar un salmo litúrgico

Fin

 
Personajes
(por orden de aparición)

Monje agonizante (mujer de 60 años)
Abad (60 años)
Amalia (25 años)
Carmen (45 años)
Hortensia
Joaquina
Santa
Enrique Faber (después Enriqueta, 30 años)
Pablo (27 años)
Don Pedro (40 años)
Don Teodoro (55 años)
Vidaurre (40 años)
Presbítero (55 años)
Buenaventura (50)
Juana (23 años)
Mercedes (negra esclava, 25 años)
Juez (50 a 55 años)
Gobernador (40 a 45)
Gobernadora (45 años)
Sargento de dragones (24 años)
Comparsa de monjes, dragones y público en el juicio
© Tablas / Alarcos Casa editorial (2005)