|
Acción y épocas: En la villa de Baracoa
en 1819.
Convento de La Trapa, Francia, 1849.
Primer acto
Escena I
Varios niveles en el escenario, el más
pequeño y modesto es la celda de un
monje trapense, o sea, un camastro de
madera, una mesa de pino y una silla.
Sobre la cabecera de la tarima que sirve
de cama se encuentra una cruz de madera
clavada al muro. Sobre la tarima agoniza
un monje esquelético, blanco en canas.
Con grandes esfuerzos logra sentarse en
la tarima y agarrando una soga que
cuelga del techo la hala repetidas veces
haciendo sonar una invisible campana.
Poco después entra el Abad.
Abad:
Frater Enrique, ¿te sientes cercano a la
muerte corporal?
Agonizante:
Sí, su paternidad... Agonizo. Quiero
confesar mis muchos pecados...
Abad:
Dios tendrá misericordia de ti...
Pedimos todos al Señor que te devuelva
la salud.
Agonizante:
Cuando Dios nos envía la enfermedad que
padezco, jamás nos devuelve la salud
perdida.
Abad:
Blasfemas, Frater Enrique... ¡confiesa!
Agonizante:
Me acuso del mayor de los pecados...
¡Soy mujer!
Abad:
¡Imposible!
Agonizante:
Me acuso también del pecado de rebeldía
contra todas las leyes divinas y humanas
que han hecho de la mujer un animalito
cualquiera.
Abad:
Frater Enrique, o como en realidad te
llames, te conmino a que confieses el
por qué del ocultamiento del sexo que
dios te dio al crearte.
Agonizante:
Miles fueron las razones, Su
Paternidad... En el año de 1819 llegué a
la villa de Baracoa, Isla de Cuba, el
primer pueblo fundado por españoles en
tierras de América. Yo tenía entonces 30
años y 12 de estar vistiendo ropas de
hombre... Llegué a Baracoa desde España
donde había podido conseguir la reválida
de mi diploma de médico y ser nombrado
por el Protomedicato de Madrid su médico
y representante en esa villa... La buena
suerte me sonrió desde el primer día de
mi arribo a Baracoa... Los pacientes me
llovieron como por arte de magia... Un
mediodía fue a solicitar mis servicios
un joven cubano llamado Pablo, hijo del
más acaudalado vecino de la villa.
Apagón.
Escena II
Luz sobre otro nivel en el cual se
encuentra la sala de una casa colonial
de principios del siglo pasado.
Presentes: la joven Amalia, de 25 años,
y su sirvienta, Carmen, de 45.
Amalia:
¿No tocaron?
Carmen:
No tocaron.
Amalia:Demora...
Y yo con este dolor que me parte la
cabeza. Anda, mira por la ventana a ver
si viene.
Carmen:
(Mirando por la ventana.) Nadie.
La calle está más desierta que el
cementerio a medianoche.
Amalia:
Seguro que Pablo ha entretenido por ahí.
¡Ya no puedo soportar tanto dolor!
Carmen:
Lo que no puedes soportar es otra cosa.
(Ríe bajito.)
Amalia:
¡Mala pécora!
Carmen:
Son los 25 años que llevo luchando
contigo. Te conozco como a mi propia
mano. Tu único dolor es ver que el
doctorcito francés no te hace ningún
caso.
Amalia:
¿Qué estás diciendo, calumniadora?
Carmen:
Lo que bien oíste, mosca muerta. Estás
enamorada del mediquito francés ése. Y
ahora te has inventado un dolor de
cabeza para poderlo ver.
Amalia:
¿Verdad que es una preciosidad de
hombre? (Suspira.) ¡Y el muy
idiota no se da cuenta de mi pasión.
Carmen:
Habrá dejado mujer allá en Francia, o
alguna novia tal vez.
Amalia:
No dejó a nadie en su tierra. Me lo dijo
mi hermano. Son muy amigos y se cuentan
todas sus cosas. ¡Ay, Carmen, vieja, qué
desgracia estar enamorada y no ser el
perrito faldero de su amor!
Carmen:
Y al licenciado Vidaurre, ¿le has dicho
ya que amas al doctorcito francés?
Amalia:
Te prohíbo que lo sigas llamando así. El
se llama Enrique, el doctor Enrique
Faber... ¿Y para qué se lo iba a decir?
Simplemente le he dado a entender que él
se me importa menos que un comino...
Carmen:
Antes bien que te gustaba y lo querías.
Amalia:
Antes no había conocido a Enrique ni su
cutis de porcelana, ni sus manos de
terciopelo, ni sus modales refinados. En
cambio, Manuel es tosco, habla como un
campesino y camina como un carretero.
Carmen:
Con razón los hombres cantan aquello de:
Primero hizo Dios al hombre/ y después a
la mujer;/ primero se hace la torre/ y
la veleta después.
Amalia:
(Sobresaltada.) ¿No oyes
voces...? ¡Es Enrique!
Carmen corre a la ventana mientras
Amalia coquetamente se arregla el
cabello y las ropas.
Carmen:
Son tus amigas Hortensia, Joaquina y
Santa.
Amalia:
¡Maldición!
Carmen:
Se habrán enterado que estás enferma y
vienen a ver cómo sigues.
Amalia:
Ellas vienen por Enrique, no por mí.
Carmen:
¿También están enamoradas del dichoso
doctorcito?
Amalia:
No pierden oportunidad de sacarle
fiestas. Y luego se llaman decentes.
Carmen:
Y yo no sé qué le encontrarán, porque a
la verdad que me da la impresión de un
niño enfermo y enclenque.
Amalia:
Enrique es un hombre excepcional. Un
héroe condecorado por el Emperador
Napoleón, un caballero francés.
Tocan a la puerta y Carmen va a abrir.
Entran las tres hermanas: Hortensia,
Joaquina y Santa.
Escena III
Hortensia:
¡Mi pobrecita Amalia! (La besa.)
Joaquina:
¿Te sientes muy mal, querida? (La
besa.)
Santa:
¡Qué desgracia que no puedas asistir a
mi fiestecita esta noche!
Amalia:
¿Por qué se molestaron saliendo con este
sol? No es nada de peligro. Sólo un
fuerte dolor de cabeza.
Hortensia:
¿Y ya vino a verte el doctor Faber?
Amalia:
Lo estoy esperando.
Santa:
¡Ay, qué bueno! Así aprovecharé la
oportunidad de invitarlo a mi fiesta de
esta noche.
Amalia:
¡Ojalá llueva, truene y relampaguee!
Santa:
¡Amalia, por Dios!
Carmen:
(Mirando por la ventana.) Ahí
llega el doctor con tu hermano. (Expectación
entre las jóvenes. Carmen va a abrir.
Entran el doctor Enrique Faber y Pablo,
hermano mayor de Amalia.)
Enrique:
Buenas tardes, señoritas.
Todas:
¡Buenas tardes, doctor Faber!
Enrique besa las manos a todas las
presentes.
Enrique:
(A Amalia.) ¿Qué se siente usted,
señorita?
Amalia:
Un terrible dolor de cabeza.
Enrique:
¿Se ha excedido en el comer?
Carmen:
No, doctor.
Enrique:
Entonces debemos descartar un principio
de indigestión. ¿Desocupa su vientre con
normalidad?
Amalia:
No entiendo...
Todas las jóvenes han bajado las cabezas
abochornadas.
Carmen:
Sí, doctor, hace eso muy bien.
Enrique:
(A Amalia.) ¿Ha notado alguna
anormalidad en su menstruación?
Todas:
¡Ohhhh!
Las tres hermanas se vuelven de espaldas
a Enrique. Pablo se hace el desentendido
mirando por la ventana.
Carmen:
Sí, doctor, en eso está muy bien...
Enrique:
(A Carmen.) Señora mía, ¿quién es
la enferma, usted o ella? Le ruego
permita usted que sea ella la que me
conteste.
Carmen:
¿No ve usted, doctor, que tiene
vergüenza la pobrecita? Esas cosas no se
dicen delante de hombres.
Santa:
Ni delante de damas.
Enrique:
¿Y qué esperaban ustedes oír? ¿Un
concierto de violín o un recital de
poemas?
Hortensia:
Mejor será que nos vayamos.
Santa:
Doctor Faber, yo quería...
Carmen:
Vamos, niñas, salgan de aquí o si no el
doctor no la podrá curar.
Santa:
...Esta noche tengo en mi casa...
Amalia:
(Brusca.) ¿Es que al fin no me
dejarán tranquila con mi dolor? (Casi
empujadas por Carmen, las tres hermanas
emprenden el mutis enfadadas.)
Pablo:
Yo creo, Enrique, que también debo irme.
Enrique:
Como gustes. (Pablo hace mutis.)
Escena IV
Amalia:
¡Qué impertinentes y latosas son, Dios
mío!
Enrique:
¿Le dan a menudo los dolores de cabeza?
Amalia:
No, doctor; pero el de ahora me tiene
loca.
Enrique le toma el pulso, le toca las
mejillas y la frente, le escruta los
ojos.
Enrique:
Saque la lengua, por favor. (Amalia
saca la lengua y Enrique se la observa.)
No tiene usted fiebre, su pulso es
normal y la lengua la tiene limpia.
Carmen:
(Aparte.) Eso es lo que usted
cree.
Enrique:
No sé realmente de dónde provenga su
dolor de cabeza. A no ser que... Dígame,
señorita, ¿ha tenido usted últimamente
una fuerte contrariedad o disgusto?
Amalia:
Sí... ¿Estaría usted dispuesto a perder
su tiempo oyendo cosas desagradables?
Enrique:
Un médico nunca debe escatimar su tiempo
con tal de sanar a su paciente.
Amalia:
Carmen, retírate.
Carmen:
No me voy, no te voy a dejar...
Amalia:
¡Te irás o te saco halándote por los
moños! (Furiosa.) ¡Márchate,
diablo!
Carmen hace mutis refunfuñando.
Amalia:
Doctor Faber, estoy perdidamente
enamorada y muy mal correspondida.
Enrique:
Causa más que suficiente para un dolor
de cabeza. ¿Han reñido ustedes?
Amalia:
No. El parece no darse cuenta que lo amo
con arrebatada pasión.
Enrique:
¡Pólvora!
Amalia:
Y eso que trato continuamente de
hacérselo comprender. Pero parece ciego
y sordo.
Enrique:
¿Ha empleado usted todos los recursos
femeninos?
Amalia:
Todos. Sólo me queda agarrarlo por el
cuello y gritarle: ¡Idiota, estoy loca
de amor por ti!
Enrique:
Hágalo.
Amalia:
Imposible. Soy una señorita decente. La
moral exige que sea él quien se declare.
Enrique:
¿Qué moral? ¿La de los hombres? Ríjase
entonces por la moral de las mujeres.
Amalia:
Bien sabe usted, doctor, que esa moral
femenina no existe.
Enrique:
Existe desde el instante que usted se
rebela contra una moral estúpida que le
impide ser feliz.
Amalia:
¿Me aconseja usted que me comporte como
una perdida?
Enrique:
Solamente le aconsejo que se comporte
como una mujer que quiere saber si es
amada. Simplemente pregúntele a ese
hombre si la ama o no.
Amalia:
¡Jamás...! Si lo hago él tendría muy
mala opinión de mí. ¿Y si me engaña
fingiendo una pasión que no siente?
Enrique:
¿Y quién es capaz de fingir por mucho
tiempo una pasión que no siente?
Amalia:
¿Y si me deja deshonrada?
Enrique:
(Después de reírse a carcajadas.)
La honra, como la vida, tiene su
instinto de conservación innato. (Pausa.)
Bien, haré todo lo posible para que ese
hombre vea el amor que usted le profesa.
Sé que es un poco tímido. Hay que darle
tiempo a que pueda vencer su cortedad.
Amalia:
¡Es usted maravilloso, doctor Faber!
Enrique:
Nada más que un poco observador.
Amalia:
¡Qué contenta estoy, doctor! Me saltan
deseos de bailar, cantar, gritar...
Enrique:
¿Y el terrible dolor de cabeza?
Amalia:
Desapareció como por encanto.
Enrique:
Entonces es el momento indicado para
retirarme.
Amalia:
Me siento tan feliz que para celebrarlo
daré un recibo esta noche. Cuento con su
siempre agradable presencia.
Enrique:
Con sumo gusto asistiré.
Amalia:
¿Me da su palabra de caballero?
Enrique:
Se la empeño. Hasta la noche.
Amalia:
Hasta la noche, querido doctor.
Mutis de Enrique. Al quedar sola, Amalia
da unos pasos de baile. Poco después
entre Carmen.
Escena V
Luz en la celda del Monje agonizante. El
Abad y el Monje agonizante.
Agonizante:
Sin yo percatarme de nada, se iba
tejiendo alrededor mío la sutil pero
irrompible tela del destino-araña. Yo
que creía haber empezado a conquistar la
paz tantos años ansiada, sumergiéndome
en aquel pueblo casi perdido de América,
en realidad lo que estaba creando era un
infierno para en determinado momento
tirarme a él de cabeza.
Abad:
¿Puedes explicarte más claramente,
Frater Enrique? Especialmente en cuanto
a «que estabas creando un infierno».
Agonizante:
Sí, su paternidad... Ese infierno no fue
otra cosa que el haberme enamorado de
Pablo. Yo que me consideraba entonces ya
muerta para el amor, éste volvió a
resucitar en mí con el trato diario y la
camaradería de ese joven. El me buscaba
para montar a caballo, jugar a las
barajas en el mesón, ir a saraos, lidias
de gallos y cosa cómica, a ruegos suyos
era yo la que cantaba canciones
francesas al pie de las ventanas en las
serenatas que él daba a las muchachas de
Baracoa.
Abad:
¿Sospechaba ese joven que tú eras mujer?
Agonizante:
Estoy segura de que jamás lo sospechó.
Abad:
¿Le manifestaste alguna vez a ese joven
el sentimiento que embargaba tu corazón?
Agonizante:
Una sola vez, Su paternidad, y puedo
jurarle que fue contra mi voluntad,
porque él mismo me obligó.
Abad:
¿Eran puros tus sentimientos?
Agonizante:
El único sentimiento puro que existe en
el ser humano es el amor a la justicia.
Abad:
Blasfemas. El único amor puro es el amor
a Dios.
Agonizante:
Perdón, Su Paternidad.
Abad:
¿Pecaste carnalmente?
Agonizante:
De hecho no, Su Paternidad; pero las
intenciones existieron... Desde la
batalla de Wagram en la que murió mi
esposo reclinado en mis brazos, no había
vuelto a aprisionar a otro hombre contra
mi pecho hasta la tranquila tarde
aquella en que nos reunimos en el mesón
de Don Pedro.
Escena VI
Luz sobre el mesón de Don Pedro.
Presentes: Don Teodoro, el licenciado
Vidaurre y el presbítero, sentados a una
mesa. Don Pedro el mesonero de pie junto
a la mesa. Los cuatro observan
atentamente a Pablo y a Enrique que se
baten a espada.
Enrique:
(Después de unos instantes.)
¡Touché!
Pablo:
(Tirando la espada al suelo, jadeante.)
¡Vencido una vez más!
Teodoro:
Claro, hijo, el doctor Faber es veterano
de las guerras de Napoleón. ¿Cómo te
atreves a medirte con él?
Enrique:
Pero pronto llegará a ser un buen
espadachín. En tres meses ha progresado
mucho.
Pablo:
Gracias a ti, Enrique.
Teodoro:
Bebamos entonces a los progresos de mi
hijo. ¡Don Pedro, más vino!
Don Pedro trae o baja de un estante dos
botellas de vino y las deja sobre la
mesa. Todos los presentes llegan sus
vasos y beben.
Pedro:
¿Qué les parece a sus señorías encender
unos buenos tabacos?
Don Pedro trae un mazo de tabacos.
Todos, incluyendo a Enrique, seleccionan
sus tabacos, los encienden y fuman.
Vidaurre:
Doctor Faber, lo reto a medirse conmigo
en el uso de un arma que seguramente es
desconocida por usted. Un arma indígena:
el arco y la flecha.
Enrique:
Declino el reto. Jamás he utilizado
semejante arma.
Pablo:
Yo recojo el reto.
Vidaurre:
¡Don Pedro, tráenos un arco y flechas! (Don
Pedro trae un arco y flechas. El
licenciado Vidaurre toma el arco y
escoge una flecha.) Pablo, te
concedo el honor de escoger el blanco. (Pablo
se dirige a la ventana y mira hacia
afuera.)
Pablo:
El tronco de aquella mata de plátanos
que se ve allá. (Todos se acercan a
la ventana y miran.)
Presbítero:
Está muy lejos.
Vidaurre:
Apártense, por favor.
Le dejan libre la ventana. El licenciado
Vidaurre monta la flecha en el arco,
apunta y dispara.
Pablo:
¡Por poco la clava, licenciado!
Presbítero:
Tenía que errar. El plátano está muy
lejos.
Enrique:
Vamos, Pablo, ahora te toca. (Pablo
toma de las manos del licenciado
Vidaurre el arco, escoge una flecha de
las manos de Don Pedro, se enseñorea en
la ventana, monta la flecha en el arco,
apunta y dispara.)
Presbítero:
¡Joder!
Enrique:
¡Le diste en el mismo centro!
Teodoro:
Te felicito, hijo mío. Desde niño eras
un experto con el arco.
Enrique:
Pablo, tienes que enseñarme a disparar
flechas.
Pablo:
Ahora mismo la primera lección. (Le
da el arco a Enrique.) Don Pedro,
dele al doctor una flecha. (Don Pedro
le da a Enrique una flecha y Enrique se
sitúa en la ventana junto a Pablo.)
Presbítero:
Y tú, Pedro, mientras estos jóvenes se
remontan a siglos atrás, danos las
barajas para echar un partidito o dos.
Pedro:
Enseguida, señor cura.
Pedro trae las barajas y el Presbítero,
Don Teodoro y el licenciado se sientan a
la mesa mientras Don Pedro queda de pie
junto a la mesa mirando el juego.
Pablo:
(A Enrique.) Párate bien firme
con las piernas abiertas. (Desde este
instante Pablo se sitúa detrás de
Enrique y tomándole por las dos manos le
va indicando los movimientos descritos a
continuación:) Ahora agarra bien el
arco... Entonces colocas la flecha en la
cuerda... colocas la flecha sobre el
puño y halas la cuerda con la flecha
bien duro hacia atrás. Es ahora que
tienes que tomar la puntería... Sin
apuro... con calma, dominando tus
nervios...
Pablo tiene prácticamente abrazado a
Enrique. Este vuelve su rostro hacia el
de Pablo y le da un beso en la mejilla.
Pablo:
(Muy bajo.) ¡Marica!
Pablo hace mutis casi corriendo. Enrique
se recuesta a la ventana como para
sostenerse de un desmayo.
Presbítero:
¡Vencedor una vez más, rediós!
Teodoro:
Gracias a mi ayuda, señor cura.
Vidaurre:
(A Enrique.) Doctor, ¿y su
profesor de arco y flecha?
Enrique:
(Volviendo en sí.) Perdón. ¿Decía
usted, licenciado...?
Vidaurre:
¿Fue Pablo en busca de las flechas
disparadas?
Enrique:
No, no... Creo que recordó algo
importante que hacer y se retiró.
Presbítero:
Y es lo que haré yo también.
Teodoro:
Lo acompañaré hasta la iglesia. Y tú,
Pedro, no olvides los encargos para el
sarao de mi hija esta noche. Y que el
vino sea añejo, ¿eh?
Pedro:
Lo mejor de la casa, Don Teodoro.
Descuide usted.
Mutis del Presbítero y Don Teodoro.
Escena VII
Vidaurre:
Bueno, me marcho a casa a darme un baño.
Esta noche tendré que concurrir a casa
de Don Teodoro que da un sarao. Seguro
que a usted también lo han invitado.
Enrique:
Sí, estoy invitado. (Se sienta a la
mesa frente al licenciado. Don Pedro
hace mutis.) Licenciado, tengo algo
importante que decirle.
Vidaurre:
Usted dirá, doctor.
Enrique:
Le ruego que no tome como una
intromisión en su vida privada lo que
voy a decirle.
Vidaurre:
Usted goza de toda mi confianza y
amistad, doctor Faber.
Enrique:
Gracias, licenciado. Deseo hablarle de
la señorita Amalia. Me sospecho que
usted no la ha tratado como ella se
merece y desea.
Vidaurre:
Yo soy un caballero, doctor Faber, y
como tal siempre he tratado a las damas.
(Enrique se echa a reír.) ¿Lo
duda, doctor?
Enrique:
Jamás he dudado de su caballerosidad,
licenciado. Me río precisamente porque
la señorita Amalia está muy ansiosa de
que usted no la siga tratando con tanto
respeto.
Vidaurre:
No lo entiendo, doctor.
Enrique:
En otras palabras: la señorita Amalia
está perdidamente enamorada de usted y
es hora de que le declare usted su amor.
Vidaurre:
¡No puede ser...! Doctor, por favor,
¿sabe usted lo que está diciendo?
Enrique:
Hace apenas unas horas ella misma me
confesó tales sentimientos hacia usted.
Vidaurre:
¡Amalia entonces está loca!
Enrique:
¿No está usted enamorado de ella?
Vidaurre:
Como un lunático.
Enrique:
Entonces ella no está loca.
Vidaurre:
Sí que lo está, doctor. Ya varias veces
le he declarado mi amor. De palabra, por
escrito, por señas como los mudos, por
telepatía y hasta mediante la brujería.
No me decía ni sí ni no hasta unos meses
en que empecé a recibir negativas
rotundas.
Enrique:
¿No conoce usted aún el proceder de las
mujeres? Esta sociedad en que vivimos
exige que la mujer niegue repetidas
veces aquello que desea y necesita.
Vidaurre:
Por algo es usted tan buen médico.
Conoce muy bien a las mujeres.
Enrique:
Sobre todo a las imbéciles.
Vidaurre:
Me acaba de dar usted una alegría que no
tiene precio. Seguiré su consejo. Esta
misma noche me le declararé y a casarme
enseguida. Usted será mi padrino de
boda.
Enrique:
Con mucho gusto, licenciado.
Vidaurre:
Le voy a pagar con la misma moneda,
doctor Faber. Tiene usted a las
muchachas de Baracoa haciendo pininos en
el aire. Decídase de una vez, doctor, y
haga una buena vendimia que quede para
la historia de este pueblo. Mire, (saca
dos llaves del bolsillo) tome usted
estas llaves de una casa que tengo
desalquilada en la calle Real. Le brindo
mi casa porque sería imprudente que
usted, un médico respetable, utilizara
su propia casa para menesteres de
hombres de mundo.
Enrique toma las llaves y queda
pensativo.
Escena VIII
Sala de la casa de Don Teodoro. Sentados
a una mesita juegan a las cartas: Don
Teodoro, el presbítero y Don Pedro.
Carmen les sirve de beber y después les
trae tabacos. Llaman a la puerta y
Carmen abre. Entra su hermano
Buenaventura.
Carmen:
Traes cara de malas noticias. ¿Juana?
Buenaventura:
Sí. Otra vez le dio. Este mediodía
volvió a echar sangre por la boca, un
buche grande como un caimito. Ahora está
muy débil y con una fiebre de mil
demonios.
Carmen:
¿Y te atreviste a dejarla sola?
Buenaventura:.
La vieja Serapia la está cuidando. Fue
la única vecina que se ofreció. Todas
las demás tienen miedo a que se les
pegue la infección. Vengo a que me
prestes dinero para comprarle medicinas
y algunas gallinas para caldo. Bien
sabes que llevo tres semanas sin
trabajo.
Carmen:
Te daré lo poco que tengo ahorrado.
Buenaventura:
El doctor Gayoso dice que a estas
alturas sólo se puede esperar un
milagro. Por decirme eso me metió la
mano en el bolsillo y me sacó las
últimas pesetas.
Carmen:
Solamente a ti se te ocurre consultar a
semejante matasanos.
Buenaventura:
Siempre fue el médico de la familia.
Carmen:
Por eso sólo quedamos sanos tú y yo en
toda la familia. Ahora tenemos un médico
muy bueno en el pueblo, un francés de
Francia. Lo cura todo sin medicinas.
Buenaventura:
Pero si es tan bueno debe pedir un
Potosí por quitarle a uno un dolor de
«ijá».
Carmen:
Nada de eso. Es más bueno que el pan.
Cura hasta a los perros y gatos de la
calle cuando los ve enfermos.
Buenaventura:
¿Tú lo conoces?
Carmen:
Es amigo y médico de la casa. Y quizás
pronto sea de la familia.
Buenaventura:
Háblale tú que yo no tengo la lengua
fina para conversar con hombre así.
Carmen:
Yo me encargaré de que vaya a ver a
Juana. Pobrecita, tan joven y ya con el
pecho podrío como palo con comején. (Se
acerca a Don Teodoro.) Con permiso,
Don Teodoro...
Teodoro:
¿Qué pasa?
Carmen:
Ha llegado mi hermano Buenaventura. Vino
a decirme que la pobre Juana volvió a
tener lo que usted sabe.
Presbítero:
Que Dios tenga misericordia de ella.
Carmen:
Le vamos a pedir al doctor francés que
la vea.
Presbítero:
Muy buena idea. El doctor Faber es un
médico excelente, a pesar de ser ateo.
Teodoro:
Que la vea y después me pase la cuenta.
Buenaventura:
Que Dios se lo pague, Don Teodoro.
Teodoro:
Y tú cuando puedas.
Los tres jugadores siguen en su juego.
Carmen:
Ven, hermano, para darte el dinero... (Emprende
el mutis pero es detenida por unos
golpes en la puerta. Carmen abre y entra
el licenciado Vidaurre con un ramos de
flores.)
Escena IX
Vidaurre:
Buenas noches.
Todos:
Buenas noches.
Presbítero:
Llega usted a tiempo, licenciado.
Participe en nuestro juego. (Mutis de
Carmen por la puerta del interior
seguida por Buenaventura.)
Vidaurre:
Perdóneme usted, esta noche. No me
siento bien y jugaría muy mal.
Presbítero:
Perdonado estás, hijo mío.
El licenciado Vidaurre toma asiento. Los
tres jugadores siguen jugando y al rato
entra Amalia desde el interior. Vidaurre
se pone en pie.
Amalia:
Buenas noches.
Todos:
Buenas noches.
Vidaurre:
Amalia, con todo mi corazón le ofrezco
estas flores como un pequeño homenaje a
su belleza.
Amalia:
Gracias. (Toma el ramo y se dedica a
colocarlo en un búcaro sobre un mueble.
El licenciado Vidaurre se le acerca.)
Vidaurre:
Amalia, ¿cómo puede ser usted tan
indiferente con mi pasión?
Amalia:
(Burlona.) ¿Cuál pasión?
Vidaurre:
La que me consume por usted, la que...
Amalia:
¿Licenciado, es usted sordo, ciego o
imbécil?
Vidaurre:
Sí, sordo, ciego e imbécil desde que
usted me deslumbró con sus encantos.
Oféndame, pisotéeme, máteme; pero dígame
que me ama.
Amalia:
Aunque me entierren viva, jamás oirá
usted eso de mis labios.
Vidaurre:
Sé que usted me ama.
Amalia:
¿Se lo dijo una barajera o un brujo?
Vidaurre:
Me lo dijo una persona muy digna de
crédito a la cual usted le confesó sus
sentimientos hacia mí.
Amalia:
Esa persona lo engañó. Usted me es tan
indiferente como la rueda de una
carreta.
Vidaurre:
(Consternado.) ¿Entonces el
doctor Faber se burló de mí?
Amalia:
(Consternada a su vez.) ¿El
doctor Faber?
Vidaurre:
El fue quien me convenció de que usted
me amaba... pero ya comprendo que fui
víctima de una denigrante broma.
Mutis del licenciado Vidaurre sumamente
enojado.
Amalia:
Papá, no me siento bien. No habrá sarao
esta noche. A todo el mundo que llegue
le dices que estoy enferma.
Mutis de Amalia por la puerta interior.
Teodoro:
Esta juventud de hoy está loca.
Continúa el juego. Apagón.
Escena X
Sacristía. Se encuentra desierta unos
instantes hasta que entra Pablo.
Pablo:
¡Padre Rodríguez...! ¡Padre! (Pausa.
Vuelve a emprender el mutis, pero
tropieza con el Presbítero que entra.)
Quiero confesarme, padre.
Presbítero:
¡Santo y muy bueno! Desde hace años no
confiesas. Debes tener el alma negra
como un totí. Siéntate.
Pablo se sienta y el Presbítero también.
Pablo:
Padre, soy un monstruo. Desde ayer estoy
tratando de matarme, pero me falta el
valor.
Presbítero:
(Alarmado.) ¿Sabes lo que estás
diciendo? Ni aún los monstruos tienen
derecho a atentar contra su vida. ¿Qué
has hecho para atentar contra tu vida?
Pablo:
Un hombre se enamoró de mí.
Presbítero:
(Persignándose.) ¡Bendita sea la
Virgen María...! ¿Cómo fue posible eso,
hijo mío?
Pablo:
Por no comprenderlo es que deseé la
muerte.
Presbítero:
¿Quién es el otro?
Pablo:
El doctor Enrique Faber.
Presbítero:
¿Te ocurrió antes con algún otro?
Pablo:
Nunca. Siempre las mujeres me gustaron
con delirio.
Presbítero:
Demasiado.
Pablo:
Hasta ayer que comprendí que no soy más
que un marica.
Presbítero:
No continúes manchando la confesión con
semejante palabrota. (Pausa corta.)
¿Por qué precisamente ayer lo
comprendiste?
Pablo:
¿Se acuerda usted de ayer por la tarde
en el mesón de Don Pedro? ¿Se acuerda
usted que yo traté de enseñar al doctor
Faber a manejar el arco y la flecha?
Presbítero:
Me acuerdo de todo.
Pablo:
Llegó un momento, en que lo tuve entre
mis brazos... Y de pronto perdí la
noción de las cosas. El debió sentir
algo extraño también, porque él volvió
la cabeza y me miró... y yo lo miré, y
vi en sus ojos, o creí ver, la mirada de
amor más dulce, más tierna, más
arrebatadora que jamás pude observar en
ojos de mujer hasta entonces... y me
entraron deseos de besarlo. (Pablo
baja la cabeza y se echa a llorar.)
Presbítero:
Haces bien en llorar. Dios te tendrá en
cuenta tus lágrimas si son de sincero
arrepentimiento. (Pausa.) Y en
cuanto a lo otro, no, no lo eres.
Pablo:
Una mentira piadosa. (Empieza a
controlarse. Se seca las lágrimas.)
Presbítero:
Una verdad despiadada. Dios, Nuestro
Señor, me ha iluminado haciéndome
comprender claramente lo que te ocurrió.
Tú has nacido con una virilidad
desbordante. La virilidad tuya, potente
y desbocada, hizo que el doctor Faber
reaccionara así a causa del natural un
tanto femenino de él.
Pablo:
¿Cree usted, padre, que sea...?
Presbítero:
No, no. No digo que el doctor Faber sea
eso, sino que a todas luces se puede
apreciar que él tiene gestos suaves,
posturas delicadas, un tono de voz
melodioso. En fin, un continente
femenino para un hombre como debe ser.
La debilidad que te achacas no está en
ti, sino en él.
Pablo:
Sin embargo, Padre, Enrique es hombre.
Un marica jamás hubiera peleado tantos
años como él peleó. Yo mismo he visto
los diplomas y medallas otorgados por el
Emperador Napoleón.
Presbítero:
Te repito que no trato de calumniar al
doctor Faber. El no es otra cosa que
producto de su raza y de su
civilización. Todos sabemos que Francia
es la cuna y cabeza de todo lo que es
refinamiento, cultura mundana y emporio
de ambigüedades.
Pablo:
Padre, usted me ha devuelto la paz de
espíritu y la seguridad en mí mismo.
Presbítero:
Yo no. Dios que me ha utilizado como su
instrumento. Ahora, arrodillémonos
humildemente y pidamos al Señor que te
perdone.
Los dos se arrodillan en el suelo y con
las cabezas inclinadas sobre el pecho.
Apagón.
Escena XI
Sala de don Teodoro. Enrique, Carmen y
Amalia conversan.
Enrique:
Sí, Carmen, tan pronto termine de hablar
con la señorita Amalia me llegaré hasta
la casa de su sobrina. Pero le advierto
sinceramente, según lo que usted me ha
contado de tisis, no le doy muchas
esperanzas.
Carmen:
Usted tiene fama de milagroso, doctor.
Enrique:
Los milagros ya no existen, señora mía.
Entra Amalia.
Amalia:
Retírate, Carmen.
Mutis de Carmen por la puerta interior.
Amalia:
¿A qué se debe su insistencia en verme
esta mañana?
Enrique:
Señorita, me urge que usted me dé
ciertas explicaciones.
Amalia:
¿Darle yo a usted explicaciones? Las
explicaciones son necesarias, pero de
usted a mí.
Enrique:
Ayer fue el licenciado Vidaurre a mi
casa hecho una furia. Poco me faltó para
retarlo a duelo. Me echó en cara el ser
el único culpable de los desplantes y
burlas de usted.
Amalia:
¿Qué invenciones suyas le contó usted al
licenciado acerca de mis sentimientos?
Enrique:
Usted ayer me dio a entender que estaba
enamorada del licenciado Vidaurre.
Amalia:
(Asombrada.) ¿Pero es que está
usted mal de la cabeza o empezó a beber
muy temprano...? Doctor, me es imposible
creer que usted, el hombre más
inteligente, más culto, más ilustrado de
este pueblo, se comporte tan
idiotamente.
Enrique:
(Confundido.) Señorita, a la
verdad... Yo calculé, según su propia
confesión...
Amalia:
¿Qué calculó usted?
Enrique:
Que usted estaba locamente enamorada del
licenciado.
Amalia:
¡Babieca!
Enrique:
(Ofendido.) Sí, tiene usted
razón, soy un idiota por tratar de
ayudarla metiéndome entre sentimientos
que nada me importaban.
Amalia:
Ayer estuvimos hablando del derecho que
tiene la mujer de expresar sus
sentimientos libremente. Llegó usted
hasta aconsejarme que me fabricara mi
propia y nueva moral, etcétera,
etcétera. Bien, seguiré sus consejos al
pie de la letra... Doctor Faber, el
hombre del cual estoy perdidamente
enamorada es usted.
Enrique:
(Después de un largo silencio.)
No puedo corresponderle, señorita.
Amalia:
¿Es casado...? ¿Tiene novia?
Enrique:
No la amo... y tampoco podría...
Amalia:
¡Ay, Dios mío, qué bochorno!
Enrique:
Nada bochornoso hay en su confesión.
Amalia:
(Llorando.) Es usted, un ser
odioso y execrable.
Enrique:
Execrable sería si la engañara
fingiéndole un amor que me es imposible
brindarle.
Amalia:
(Llorando.) ¡Váyase...! ¡No
vuelva más nunca a esta casa!
Enrique:
Sus deseos serán cumplidos al pie de la
letra.
Mutis de Enrique por la puerta de la
calle. Amalia se sienta llorando a
lágrima viva. Apagón.
Fin del primer acto
Segundo acto
Escena I
Celda del Monje agonizante. Presentes:
este último y el señor Abad.
Agonizante:
Su Paternidad, los dos extremos de mi
destino, el comienzo y el fin, se
encontraron esa mañana. Y al unirse,
formaron el círculo de la tragedia. Y
desde ese instante el círculo comenzó a
reducirse hacia el centro donde me
encontraba yo, solicitaria y desamparada
como una gaviota a la mitad del camino
entre la Tierra y la Luna.
Abad:
Necesitas sosiego. ¿Deseas unos momentos
de reposo?
Agonizante:
No, Su Paternidad, el tiempo que Dios me
tiene concedido es escaso y yo necesito
dejar entre los hombres todos mis
dolores y pecados.
Abad:
Hágase tu voluntad, Frater Enrique. (Pausa.)
¿Qué ocurrió después que tengas que
arrepentirte?
Agonizante:
Un encuentro.
Apagón.
Escena II
Habitación de bohío sumamente pobre.
Sobre un catre se encuentra Juana. Una
espesa penumbra invade toda la
habitación. Poco después una puerta se
abre y entran Buenaventura y Enrique.
Buenaventura:
¿Duermes, Juana?
Juana:
No, padre, solamente tenía los ojos
cerrados. Pero cierre esa puerta que la
luz me hace daño.
Enrique:
¡No, por Dios, abran todas las puertas y
ventanas! (Empieza a abrir puertas y
ventanas y el bohío se ilumina por
completo.) ¡La luz del sol, el aire
libre y puro, la alegría, la esperanzas,
son las mejores medicinas para curar las
enfermedades...! Pero aún faltan dos...
A ver, joven, ¿qué tiempo hace que no se
baña usted? (Juana asustada mira a su
padre.) Conteste, por favor.
Juana:
Papá, ¿quién es este señor que me habla
así?
Buenaventura:
El doctor Faber, el francés.
Juana:
¿Y qué hace el doctor aquí, papá?
Buenaventura:
Viene a curarte.
Juana:
¿Y con qué le vamos a pagar?
Enrique:
Con hojas de plátano. (Autoritario.)
¿Cuánto hace que no se baña completa?
Juana:
¿Completa? Dos meses.
Enrique:
¡Qué barbaridad!
Juana:
Doctor, yo estoy mala de los pulmones...
me prohibieron bañarme y coger aire...
Aunque yo me lavo de vez en cuando,
cuando hace calor.
Enrique se agacha, le toma un puñado de
cabellos y los huele.
Enrique:
¡Uf, está ya para que le caigan bichos!
¡La suciedad es lo más dañino a los
pulmones! Hoy mismo se dará usted un
baño completo, ¡y cinco lavados de
cabeza!
Juana:
¡No, eso no, doctor...! El doctor Gayoso
me prohibió que me bañara.
Enrique:
Ese colega está administrando una
medicina de la Edad Media. (A
Buenaventura.) ¿Tiene usted fe en mí
como médico?
Buenaventura:
Sí, doctor. Usted es nuestra última
esperanza.
Enrique:
(A Juana.) ¿Quiere usted
realmente vivir?
Juana:
Quiero vivir.
Enrique:
Entonces tiene usted que obedecer al pie
de la letra todo lo que yo le prescriba.
(A Buenaventura.) Y usted vigilar
y hacer que se cumplan. Primero: que
tome un baño diario al mediodía. (A
Juana.) Segundo: ni de día ni de
noche se cierren las ventanas de esta
casa. Tercero: hay que comer como una
leona hambrienta. A ver, ¿en qué
consisten sus comidas?
Juana:
En viandas hervidas, harina de maíz, un
poco de café...
Enrique:
¿Y carne, pescado, leche, pollo, frutas?
Buenaventura:
Somos muy pobres, doctor. Y ahora mismo,
hace dos semanas que estoy sin trabajo.
Enrique queda pensativo unos instantes.
Saca su reloj y lo mira.
Enrique:
(A Buenaventura.) Es hora de que
la madre saque un barreño de agua al
sol. Cuando esté tibia el agua, que la
enferma se dé un buen baño.
Juana:
Desde niña soy huérfana de madre.
Buenaventura:
Lo haré yo, doctor.
Enrique:
Después haga el favor de llegarse a la
botica de don Próspero y traiga estas
medicinas. (Saca una libretica y un
lápiz y escribe algo. Arranca la hoja y
se la entrega a Buenaventura.)
Dígale a don Próspero que el importe lo
cargue a mi cuenta.
Buenaventura:
No será necesario, doctor. Mi hermana
me prestó algún dinero.
Mutis de Buenaventura.
Escena III
Enrique:
¿Qué edad tienes?
Juana:
Veintitrés años.
Enrique:
¿Siempre has comido tan mal?
Juana:
No, doctor. Desde los nueve años en que
quedé huérfana y hasta el año pasado,
estuve viviendo en casa de mi padrino,
Don Teodoro Fernández de la Cueva, y
allí se come muy bien.
Enrique:
¿El padre de Pablo? (Juana entristece
y queda inmóvil.) ¿Por qué abandonó
aquella casa? (Juana guarda silencio.)
Escuche, joven, yo vine a curarla, no a
soportar su mutismo.
Juana:
Tuve que irme. Don Teodoro y su hija
Amalia dijeron que yo iba a enfermar a
toda la familia. Eso fue cuando vomité
sangre la primera vez.
Enrique:
A ver. (Examina las pupilas de Juana.)
Y sin embargo, puedo asegurar que
padeces anemia desde hace años.
Juana:
En los últimos años se me quitó el
apetito.
Enrique:
¿Dormías bien?
Juana:
No. También sufría de insomnios.
Enrique:
Y ahora, ¿duermes bien?
Juana:
No sé si eso es dormir. Siempre tengo
pesadillas.
Enrique:
Descríbemelas.
Juana:
¡Por Dios, no me martirice usted más!
Enrique:
No tengo que martirizarte más. Ya sé
cuál fue el motivo de que perdieras el
apetito y el sueño, y esto te produjo un
debilitamiento general muy grande, y por
ende, la tisis se apoderó de ti.
Juana:
¿Y cuál fue el motivo, doctor?
Enrique:
A esa edad te enamoraste con pasión y
fuiste mal correspondida.
Juana:
(Después de una corta pausa.) Sí.
Enrique:
¿Te gusta leer?
Juana:
Sí, pero no tenemos para comer, ¿cómo
puedo comprar libros?
Enrique:
La lectura te ayudará.
Juana:
¿A curarme...? ¡Qué médico más raro es
usted, doctor!
Enrique:
Tendrás que hacer reposo absoluto
durante meses y quizás años. Los libros
te ayudarán a combatir el aburrimiento.
Juana:
¿Y entonces quién lava, atiende la casa
y cocina?
Enrique:
Su padre, naturalmente.
Juana:
¿Mi padre? ¿Dónde ha visto usted a un
hombre haciendo esas cosas de mujer?
Enrique:
¿Y su padre llegaría al extremo de
dejarla morir con tal de no hacer esos
menesteres?
Juana:
Mi padre es como todos los hombres.
Enrique:
Sí, como todos los hombres. Dioses sobre
pedestales de injusticias.
Escena IV
Entra Carmen al cuarto del bohío.
Carmen:
Buenos días.
Enrique:
Llega usted como caída del cielo.
Carmen:
¿Puedo ser útil en algo?
Enrique:
En todo. Tiene usted que quedarse a
cuidarla. Su sobrina necesita reposo.
Reposo y alimentación: mucha carne,
pollo, leche, pescado, queso, vegetales.
Juana:
¿Y quién pagará todo eso? ¿El rey de
España?
Enrique:
Yo.
Juana:
(Sorprendida.) ¿Usted...? Pero
no, papá no consentirá en que usted
pague todo eso. Es muy orgulloso.
Carmen:
Y yo no puedo atenderla. Hace veintipico
de años que estoy al servicio de Don
Teodoro.
Enrique:
¿Qué vale más para usted, el servicio a
Don Teodoro o la salud de su sobrina?
Carmen:
La salud de mi sobrina, pero... ¿Y de
qué vivo mientras la cuido?
Enrique:
¿Cuánto le paga Don Teodoro?
Carmen:
Dos centenes al mes y la comida.
Enrique:
Yo le daré tres y comerá usted de los
alimentos de su sobrina. Esta misma
tarde le daré por escrito el régimen
alimenticio para ella. Además, un
detallado régimen de higiene.
Juana:
Doctor, papá nunca permitirá que
usted...
Enrique:
Muchacha, si usted es tan poca cosa, tan
débil de carácter como para no oponerse
al orgullo estúpido de su padre, desde
este mismo instante renuncio a curarla y
ruego que no me molesten en lo sucesivo.
Con sólo potingues no puedo devolverle
la salud.
Juana:
Doctor, ¿por qué trata de hace todo eso
por mí?
Enrique:
Es usted muy joven y hermosa para
permitir que la muerte se la lleve tan
mansamente. (Transición.) Esta
tarde vendré a traerle algunos libros.
Buenos días. (Mutis.)
Apagón.
Escena V
El gabinete de médico de Enrique. Pablo
y Enrique presentes.
Pablo:
Enrique, necesito darte algunas
explicaciones...
Enrique:
Ahórrate el mal rato, por favor.
Pablo:
Perdóname la palabra insultante que te
dije ayer. Yo sé que tú no lo eres. Tus
hazañas en las guerras napoleónicas...
Enrique:
El valor no es sólo patrimonio de los
hombres...
Pablo:
Puede ser. Yo no tengo la educación ni
los estudios que tú. Bueno, ya que
volvemos a ser amigos, quiero pedirte un
gran favor.
Enrique:
Si está en mis manos.
Pablo:
Necesito urgentemente que me
proporciones una medicina para hacer
abortar a una negra, esclava de mi
padre. No puedo tener un hijo de una
negra.
Enrique:
¿Por qué la preñaste entonces?
Pablo:
Vamos, Enrique...
Enrique:
Una negra es un ser humano que tiene
sentimientos. Un ser humano que vino al
mundo para amar, pero también para ser
amado.
Pablo:
Vives en las nubes, Enrique. Una negra
es una especie de animal africano, muy
parecido a la mona, con la sola
diferencia de que habla.
Enrique:
Hubiera querido verte hijo de una negra.
Pablo:
Te prohíbo que ofendas la memoria de mi
madre.
Enrique:
Eres tú quien ofende la memoria de tu
madre pensando como piensas de esa mujer
por el solo motivo de ser negra. Eres un
perfecto cretino.
Pablo:
En honor de nuestra recomenzada amistad
no quiero ofenderme. ¿Me das la
medicina?
Enrique:
¿Cómo se llama esa mujer?
Pablo:
Mercedes. ¿Me ayudarás a deshincharle el
vientre?
Enrique:
¡Jamás...! Deja a esa pobre mujer parir
tranquilamente a su hijo.
Pablo:
¡Qué cosas tienen estos franceses
eruditos! (Mutis.)
Escena VI.
Enrique queda pensativo. Instantes
después entra Don Teodoro.
Teodoro:
¿Mi hijo está enfermo, doctor?
Enrique:
Sano del cuerpo como un toro, pero algo
enfermo de los sentimientos... ¿A qué
debo el honor de su visita?
Teodoro:
Vengo a saldar cuentas con usted. (Saca
una bolsita y la deja sobre la mesa.)
Las últimas visitas a la familia y una
regalía.
Enrique:
¿Podría usted venderme una de las
esclavas de su propiedad? Estoy muy
interesado en una que se llama Mercedes.
Teodoro:
¡Mercedes...! Es la mejorcita de mis
esclavas. Joven, fuerte, inteligente y
habla bien el castellano. A la verdad
que no desearía deshacerme de ella.
Enrique:
¿Cuánto hay en esa bolsa?
Teodoro:
Ciento cincuenta centenes.
Enrique:
Se los doy, más doscientos y mis
servicios médicos gratuitos durante el
tiempo que yo permanezca en esta villa,
a usted y a toda su familia.
Teodoro:
Comprendo, comprendo. Mercedes le
servirá para muchos menesteres mientras
no se case usted. Esta misma noche la
tendrá usted calentándole las sábanas.
Don Teodoro se levanta y se vuelve a
echar la bolsa en el bolsillo.
Enrique:
Mañana a primera hora tendrá usted los
otros doscientos centenes. Eso sí, Don
Teodoro, no se olvide de enviármela con
la propiedad.
Teodoro:
Así será. Ya verá qué bien se va a
sentir usted con semejante negraza. (Ríe
quedamente.)
Enrique:
Le suplico mantenga usted en secreto
esta compra-venta. Podría perjudicar mi
reputación.
Teodoro:
Palabra de caballero español que así
será. Hasta luego en el mesón, doctor.
Enrique:
Hasta luego en el mesón.
Mutis de Don Teodoro.
Enrique:
(Con tristeza.) Madre mía, ¿será
esta isla el paraíso terrenal o el
infierno del Dante?
Apagón.
Escena VII
Sala de la casa de Don Teodoro.
Presentes: Amalia, Carmen, Hortensia,
Joaquina.
Amalia:
¡Pero eso es un escándalo!
Hortensia:
Escándalo es el que se va a armar cuando
el honrado don Buenaventura se entere de
esos manejos bochornosos.
Amalia:
Y tú, Carmen, ¿qué dices?
Carmen:
Yo no veo nada malo en que el doctor
Enrique la cure.
Joaquina:
(A Carmen.) ¿Dejarías que a una
hija tuya la visitase un hombre soltero
por la mañana, al mediodía y por la
noche?
Carmen:
Si el hombre es médico y mi hija está
enferma, sí.
Hortensia:
Pero eso no es todo.
Carmen:
Eso es todo. Todo lo demás lo ponen
ustedes que tienen unas lenguas que si
se empatan llegarían hasta La Habana.
Amalia:
¡Te prohibo que me ofendas y a mis
visitantes...! Vete mejor a ocuparte de
tus deberes que deben estar
desatendidos.
Carmen:
Sí, es mejor... (Mutis.)
Hortensia:
Se rumora que si esa tísica ha engordado
y cogido colores no es porque se esté
curando...
Joaquina:
...Sino que engorda por un solo lado...
(Se señala el vientre. Las tres
amigas ríen a carcajadas.)
Amalia:
Juana siempre ha sido un poco salidita
del tiesto.
Hortensia:
¿Salidita? ¡Una verdadera calentona!
La puerta de calle se abre y entran Don
Teodoro, Pablo y el licenciado Vidaurre
que trae un ramo de flores.
Vidaurre:
Buenas noches, señoritas.
Todas:
Buenas noches.
Vidaurre:
Con el permiso de las demás damas, voy a
entregar estas flores a la reina del
jardín baracoano... Amalia, con todos
mis sinceros afectos.
Amalia:
Gracias, licenciado; usted siempre tan
amable y caballeroso.
Teodoro:
(Molesto.) ¡Y no llega el
presbítero!
Amalia:
Por Dios, papá, te pones hecho una fiera
con sólo atrasarte un par de minutos en
el juego.
Teodoro:
¿Y a qué otra cosa puedo dedicar mi
tiempo?
Joaquina:
Por ejemplo, Don Teodoro, a los
comentarios del día.
Pablo:
Ese arte es exclusivo de las damas.
Hortensia:
¿Tú crees, Pablito?
Joaquina:
A que en el mesón de Don Pedro, donde
entran nada más que hombres, ustedes
despellejan a medio Baracoa.
Amalia:
Vamos a ver si damas y caballeros
coincidimos en el despellejamiento.
¿Quién se encuentra ahora en boca de
todos?
Vidaurre:
(Irónico.) Su estimado y nunca
olvidado doctor Faber.
Amalia:
¿Y qué comentan los hombres del doctor
Faber?
Pablo:
Que está haciendo muy bien el papel de
tonto de capirote.
Teodoro:
Ya lo dice el proverbio: «Quien quiere
azul celeste que algo le cueste».
Vidaurre:
Y caro le están costando. Ya hasta ha
hipotecado su casa.
Hortensia:
¿Se ha visto alguna vez mayor
desvergüenza?
Amalia:
Pongo mi cabeza en el garrote a que el
doctor Faber se está cobrando de alguna
manera.
Hortensia:
Sí, en huesos.
Todos ríen a carcajadas. La puerta se
abre de pronto y entra Santa toda
sofocada y nerviosa.
Escena VIII
Amalia:
¿Acabas de ver un aparecido, mujer?
Santa:
¡Algo peor!
Hortensia:
Algo gordo debe ser lo que trae en la
punta de la lengua.
Santa:
¡Gordísimo...! Don Pedro y Don
Buenaventura se acaban de pelear a
golpes de palo!
Todos:
¡No!
Santa:
¡Que sí! ¡Y están presos los dos! (Más
calmada.) Don Buenaventura estaba
borracho y parece que queriendo beber
más, le pidió crédito a Don Pedro, y
éste le dijo que no, que un hombre con
una hija que se acuesta con un hombre
rico, no debía pedir crédito. ¡Y ahí
mismo se formó!
Hortensia:
Cuando yo digo que esa desvergüenza de
Juana y el francés va a traer al pueblo
ríos de sangre.
Pablo:
Don Pedro obró bien al decírselo a ese
viejo idiota.
Teodoro:
Hay que estar ciego para no ver que su
hija, en su propia casa, se entiende
descaradamente con el doctor.
Vidaurre:
Yo no creo que la cosa haya llegado a
tanto.
Amalia:
¿Y cuándo los hombres han dado algo por
nada a una mujer? Y pensar que el doctor
Faber va a la ruina por esa tísica.
Entra el Presbítero.
Escena IX
Presbítero:
¡Estamos ya igual que en Sodoma y
Gomorra...! Perdón, buenas noches
primero.
Todos:
Buenas noches, señor presbítero.
Teodoro:
¿Ya se enteró?
Presbítero:
Sí. ¡El diablo ha levantado tienda en
nuestros lares!
Hortensia:
Y todo por culpa de esa mala cabeza de
Juana.
Presbítero:
No, no. Esa infeliz criatura no tiene
culpa de nada.
Amalia:
¿Y quién entonces, padre?
Presbítero:
¡Ese extranjero protestante y masón!
Pablo:
Vamos, padre, que el doctor es hombre, y
como tal, donde se las dan las toma.
Presbítero:
Desde que supe que era protestante y
masón me sospeché que algún día haría
algo contra los mandamientos de Dios.
Vidaurre:
Los protestantes también basan su moral
en los diez mandamientos, padre.
Presbítero:
¡Para encubrir sus malas entrañas!
Amalia:
Seamos justos, padre. Juana es católica
y sin embargo se presta gustosamente a
saciarle sus bajos instintos a ese
extranjero impío.
Presbítero:
Sí, seamos justos como Dios manda...
¿qué harías tú si viéndote tísica, pobre
y abandonada por todos, un protestante y
masón te ofreciese la salud corporal a
cambio de saciarle su lujuria?
Amalia:
¡Me dejaría morir antes de complacerle!
Presbítero:
Hija, soy tu confesor y no trates de
engañarme.
Amalia:
¡Por Dios, padre!
Presbítero:
(A las tres hermanas.) Y ustedes,
¿qué harían? (Las tres bajan las
cabezas y quedan en silencio. A Don
Teodoro.) Usted, como uno de los
más relevantes miembros de esta
sociedad, y usted, licenciado, como
representante de las leyes humanas, y
yo, como guardián de la fe y de la
moral, debemos unirnos para luchar hasta
lograr la expulsión de ese extranjero
ateo de nuestra grey cristiana.
Amalia:
¡Muy bien!
Teodoro:
¡Me niego...! Si se marcha del pueblo
pierdo sus servicios gratuitos.
Santa:
Nosotras las mujeres decentes de este
pueblo también debemos luchar junto al
señor presbítero y exigir de Juana León
una expiación pública de sus pecados.
Joaquina:
Qué camine de rodillas, y por el centro
de la calle, desde su casa mancillada
hasta los pies del Nazareno en el Altar
Mayor de nuestra iglesia, y allí, cada
una de las mujeres decentes de Baracoa
le pegue un latigazo.
Presbítero:
¡Basta...! ¿Quién les ha dado la
potestad de imponer penitencias? (Pausa.)
El primer paso debemos darlo ahora
mismo. Vayamos a exponerle nuestra
petición de expulsión al señor
Gobernador Político y Militar y al señor
Alcalde, buenos cristianos los dos.
Teodoro:
Padre, repito, eso va contra mis
intereses.
Presbítero:
Quédate entonces al lado del Mal.
Mutis del licenciado y del Presbítero.
Pero tan pronto se han marchado, don
Teodoro los sigue. Apagón.
Escena X
El cuarto de Juana en el bohío de su
padre. Juana se encuentra acostada y
sentada a su lado se encuentra la negra
Mercedes cosiendo una ropita de recién
nacido. Es de noche. Entra Enrique.
Enrique:
Buenas noches, mis queridas amigas.
Las dos:
Buenas noches, doctor.
Enrique:
(A Mercedes.) ¿Cómo anda esa
barriga, Mercedes?
Mercedes:
Muy bien, doctor. Ya le escogí el
nombre. ¡Se llamará Enrique como usted!
Enrique:
Enriqueta querrás decir... Será hembra.
Mercedes:
(Asustada.) ¡No, doctor...! Que
sea varón porque las hembras sufren
mucho.
Enrique:
Tienes razón. Ojalá sea varón como tú
quieres.
Juana:
Ya no lo esperaba. Se demoró usted esta
noche.
Enrique:
Tuve que ir a certificar una defunción.
Y tú, ¿cómo te sientes?
Juana:
¡Muy bien...! Hoy también lo hice todo
al pie de la letra. Y además, ahorita
por la tardecita, me fui hasta la salida
del pueblo a recoger flores silvestres.
Enrique:
Pronto estarás sana completamente.
Juana:
No sé cómo pagarle tanta bondad suya. Ni
con la misma vida.
Enrique:
Págame viviendo alegremente.
Juana:
Es usted tan bueno que una llega a
creerlo un hombre de otro mundo, un
ángel.
Irrumpe en la habitación Buenaventura
tambaleándose y con un machete en la
mano.
Escena XI
Buenaventura:
¡Te voy a matar, ladrón de honras
ajenas. (Le tira un machetazo, pero
Enrique lo esquiva.) ¡Para eso
querías curar a mi hija, para
deshonrarla y manchar mi nombre! (Le
tira otro machetazo que Enrique esquiva.)
Juana:
¡Por Dios, papá, te has vuelto loco!
Buenaventura:
¡Hija puta y podrida! ¡Prefiero verte
muerta antes que sana, pero sin honra!
Enrique:
¡Usted está borracho y no sabe lo que
hace y dice!
Buenaventura:
¡La borracha lo era tu madre! (Le
tira otro machetazo que Enrique esquiva.)
¡Todo el pueblo sabe que te duermes a mi
hija, pero también sabrá que me limpié
con tu sangre! (Otro machetazo que
Enrique esquiva.)
Juana:
¡Padre, no sea usted tan mal agradecido!
Buenaventura:
¡Cállate, perra, o te rajo en dos! (Se
vuelve hacia Juana con el machete en
alto dándole la espalda a Enrique. Este
se aprovecha de la oportunidad, se le
tira y le arrebata el arma.) ¡Eso,
traidor, encima de manchar mi buen
nombre, mátame también!
Enrique:
Sólo quiero que me escuche un momento.
Jamás tuve malas intenciones para con su
hija.
Juana se levanta de la cama y se
arrodilla ante su padre.
Juana:
¡Padre, le juro por la santa memoria de
mi madre y por el descanso de mi alma
que el doctor jamás ha puesto ni un dedo
sobre mí!
Buenaventura:
No te creo. Cuando todo Bayamo habla...
Enrique:
Hablan por envidia, por maldad, por
ociosidad...
Buenaventura:
Hablan porque han visto y oído.
Juana:
Padre, crea usted en su hija, en el
único cariño que le queda en la vida. Le
vuelvo a jurar que el doctor es todo un
caballero, un santo.
Buenaventura:
Ha habido santos muy jodones... (A
Enrique.) Váyase de mi casa y jamás
vuelva porque entonces no estaré
borracho y no fallaré.
Enrique:
Su hija aún no está curada. Sin mi ayuda
puede recaer y morir.
Buenaventura:
¡Que se muera!
Juana:
¡Padre!
Enrique:
(Con sumo desprecio.) ¡Es usted
más bestia que las bestias! Hasta las
bestias dan hasta la vida por sus hijos.
(Buenaventura baja la cabeza
abochornado. Una pausa.) ¿Y si yo le
demostrara mi buena fe casándome con su
hija? (Pausa.) Don Buenaventura,
le pido humildemente la mano de Juana. (Pausa.)
Mañana mismo iré a hablar con el
presbítero para que nos case a la mayor
brevedad. Soy protestante, pero me
convertiré al catolicismo. ¿Quiere usted
más pruebas de mi buena fe?
Buenaventura:
(Anonadado.) No, no puede ser...
Usted se está riendo de mí...
Enrique:
(Tirándole el machete a los pies.)
Ahí tiene usted, máteme si cree que lo
engaño.
Juana:
No, doctor, yo no puedo permitir... Es
que es imposible. (Empieza a llorar.)
Yo no valgo nada... Soy una guajirita
tan bruta como mi padre... Usted es un
doctor famoso, rico, elegante...
Enrique:
Don Buenaventura, ¿puede dejarnos solos
unos minutos?
Buenaventura emprende el mutis.
Juana:
Vete tú también, Mercedes.
Mutis de Mercedes.
Escena XII
Enrique:
Juana, quiero ayudarte... Quiero hacer
de ti una nueva mujer.
Juana:
(Llorando.) No puedo... No puedo
aceptar su sacrificio.
Enrique:
Sí puedes, muchacha. Sólo tienes que
pronunciar una palabra.
Juana:
Y ésa es la única que no puedo
pronunciar.
Enrique:
Yo te quiero de otra manera, no física
ni sexual. Serías para mí no una esposa
sino una hermana. Te prometo no hacerte
violencia. Sólo quiero curarte,
enseñarte a ser una verdadera mujer.
Elevarte a la dignidad de ser humano.
Juana:
(Llorando.) ¡Váyase y no me
atormente más!
Enrique:
Si rechazas mi proposición, tu vida
volverá a ser un completo fracaso.
Juana:
(Llorando.) ¡Váyase y déjeme
morir en paz!
Enrique:
Será como tú elijas. (Emprende el
mutis.)
Juana:
No, no, no se vaya.
Enrique:
(Volviéndose.) ¿Te casarás
conmigo?
Juana:
Tengo que confesarle una cosa...
Enrique se acerca a la cama.
Enrique:
Respira hondo tres o cuatro veces. (Juana
lo hace y casi controla su llanto.)
Juana:
Ya fui de otro hombre. Otro hombre me
arrastró a su cama y tomó lo que debía
ser suyo.
Enrique:
¿Lo conozco?
Juana:
Sí. Pablo, el hijo de Don Teodoro.
Enrique:
(Con un gemido.) ¡Pablo!
Juana:
¿Qué le ocurre...? ¿Se siente mal...? Se
ha puesto blanco usted.
Enrique:
(Dominándose.) No es nada... ¿Lo
amaste?
Juana:
Mucho.
Enrique:
Entonces no te arrastró a su cama como
dijiste.
Juana:
Me dejé engañar... Y cuando me enfermé
me apartó de su lado como a una perra
sarnosa. Y entonces empecé a morir.
Enrique:
¡Pero no morirás! Y para salvarte el
único camino posible es casándonos.
Juana:
(Asombrada.) ¿Y todavía insiste
usted después de saber quién soy, de lo
que hice?
Enrique:
¿Y quién eres tú, criatura de Dios...?
Simplemente una mujer desgraciada como
hay millones en el mundo. Mi primer
interés en ti es curarte y devolverte a
la vida hecha otra mujer, con garras
para pelear por tus derechos, y el
segundo: quererte como a una hermana.
¡No lo olvides nunca: jamás tendrás de
mí las atenciones naturales de un esposo
a su esposa. ¿Estás de acuerdo?
Juana:
Sí, y que Dios le bendiga por la
eternidad.
Enrique:
Ahora a dormir. (Mutis.)
Juana:
¡Es un santo! ¡Un santo!
Apagón.
Escena XIII
Celda del Monje agonizante. Lo acompaña
el Abad.
Abad:
Frater Enrique, ¿tuviste la increíble
osadía de casarte con esa joven?
Agonizante:
Sí, Su Paternidad.
Abad:
Profanaste el sacramento del matrimonio.
Agonizante:
Sí, Su Paternidad.
Abad:
¡Una monstruosidad, Frater Enrique!
Hiciste un uso satánico del sacramento
de unirte de por vida a otra mujer
siendo tú mujer!
Agonizante:
No me juzgue, Su Paternidad. Espere a
que yo haya terminado de confesárselo
todo.
Abad:
¿Y esa joven? ¿Sabía ella que se casaba
con otra mujer?
Agonizante:
Mientras estuvimos casados, no... Lo
supo mucho después.
Apagón.
Escena XIV
Sala de la casa de Don Teodoro.
Presentes: Don Teodoro, Don Pedro, Pablo
y el Presbítero que juegan a las
barajas. El licenciado Vidaurre y Amalia
algo distantes y tomados de las manos
conversan en voz baja. Carmen se
encuentra sentada y cosiendo. De pronto
la puerta se abre y entra la negra
Mercedes sofocada por la carrera y se
dirige directamente al Presbítero.
Mercedes:
¡Señor cura...!
Presbítero:
¿Qué quieres?
Teodoro:
¿Cómo te atreves a interrumpir nuestra
partida?
Mercedes:
(A Teodoro.) ¡Ay, su mercé, tenía
que venir! (Al Presbítero.) ¡No
puedo aguantar más!
Carmen:
(Asustada.) ¿Le ocurre algo a mi
sobrina?
Mercedes:
No, nada. Usted sabe que la niña Juana
ya está curada. ¡Es que no puedo
aguantar más, señor cura padre! Si no lo
digo, reviento.
Presbítero:
Decídete pronto: me lo dices o
revientas.
Mercedes:
Si lo digo seguro que me matan.
Presbítero:
¿Quién, mujer?
Mercedes:
Mi amo el señor doctor.
Carmen:
Bah, ése es más bueno que el pan.
Mercedes:
(Al Presbítero.) Señor padre
cura, oblígueme para que se lo diga.
Pégueme, muérdame o arránqueme las
pasas.
El Presbítero toma el crucifijo que
pende en su pecho y se lo presenta a
Mercedes.
Mercedes:
¡Mi amo el doctor es una mujer!
Todos quedan silenciosos y atónitos por
unos instantes hasta que Don Teodoro se
echa a reír a carcajadas.
Teodoro:
(Riendo.) ¡Qué buena broma para
el día de los Santos Inocentes!
Presbítero:
Pero hoy no es el día de los Santos
Inocentes.
Teodoro:
Ya caigo... (A Mercedes.) El
doctor te ha enviado con esa broma para
divertirse.
Mercedes:
¡Le juro que es verdad! ¡Se lo juro por
la salud de mi mulatico!
Carmen:
Negra, ¿tú sabes lo que estás diciendo?
Mercedes:
¡Yo misma lo vi...! Entré a su cuarto
sin querer y lo vi. Estaba encuerita
echándose polvos que le mandan de
Francia. Acababa de bañarse... (En
voz baja...) Tenía de todo lo que
tenemos nosotras las mujeres...
Carmen:
(Alelada.) No, no puede ser... Si
fuera verdad, ¿cómo es posible que mi
sobrina no...? ¡Negra, te mato si es
mentira lo que estás diciendo!
Mercedes:
¡Es verdad...!
Presbítero:
¡Dios Todopoderoso, esto es una
pesadilla!
Mercedes:
Yo quería callarme, su mercé señor cura,
pero una cosa así no la puede llevar
escondía en el pecho una sola.
Presbítero:
¡Ya decía yo que ese ateo y masón nos
iba a traer grandes problemas!
Teodoro:
Lo acompaño a donde quiera que vaya,
señor párroco.
Mutis del Presbítero y de Don Teodoro.
Vidaurre también emprende el mutis.
Amalia:
¿Dónde vas, amor mío?
Vidaurre:
En busca de más detalles. (Mutis.)
Amalia:
Vuelvo enseguida, Carmen.
Carmen:
¿Y tú adónde vas?
Amalia:
A darle la noticia a mis amigas.
Pablo:
Y yo a los míos.
Carmen:
¡Por Dios, no metan en chismes a su
sobrina!
Amalia:
Una noticia como esta se da sólo una vez
cada cien años.
Los dos hermanos emprenden el mutis.
Don Pedro:
(Con odio a Mercedes.) ¿Y tú qué
esperas para largarte de aquí, negra
sucia? (Carmen empuña un bastón que
ha tomado de la bastonera y se enfrenta
a Mercedes.) ¡Vete, perra! (Mercedes
hace mutis corriendo.) Ahora se
armará el gran escándalo y mi sobrina
será despellejada, despellejada sin
misericordia... ¿Y si en realidad mi
sobrina también...? ¡No, no iré a
verla...! ¡Que se hunda sola la muy
sucia! (Se sienta y comienza a llorar.)
Apagón.
Escena XV
El gabinete del doctor Faber. Este se
encuentra leyendo un libro ante la mesa
de trabajo. Poco después entra Pablo.
Pablo:
Es necesario que hablemos sincera y
rápidamente. Estás en peligro.
Enrique:
¿Yo en peligro? ¿Quién trata de atentar
contra mí?
Pablo:
Todo el pueblo. Se acaba de descubrir
que eres mujer. ¿Es o no es verdad?
Enrique queda sumido en un aterrado
sopor.
Enrique:
(Después de larga pausa.) Es
verdad...
Pablo:
(Alegre.) ¡Alabado sea el
Santísimo!
Enriqueta:
¿Te alegras de mi desgracia?
Pablo:
Me alegro por mí. Enrique... digo,
Enriqueta, yo nunca te dejé de amar.
Ahora te ofrezco la salvación. Di que me
amas y haré que escapes con bien de la
justicia y de la condenación de todo el
pueblo. Tengo el suficiente dinero e
influencias para salvarte. Después nos
uniremos en Francia. Pronto, decídete
antes de que sea tarde.
Enriqueta:
Prefiero los más terribles tormentos
antes de entregarme a ti.
Pablo:
(Sorprendido.) ¿Nunca me amaste?
Enriqueta:
Más, mucho más que a mi difunto marido;
y eso que lo amé con locura.
Pablo:
Entonces, ¿por qué esa rotunda negativa
a mis proposiciones?
Enriqueta:
Porque en ti han encarnado todos los
bárbaros defectos que más odio en los
hombres: la brutal sexualidad, el
desprecio de la mujer como ser humano,
la creencia de que la mujer es inferior
y que sólo existe para saciar lujurias.
Sigue tu triunfal camino de Don Juan
tropical y déjame en paz.
Pablo:
(Colérico.) ¡Hipócrita...! Eres
una pervertida y tratas de cubrirte con
el manto de defensora de la mujer!
Enriqueta se levanta y empuña un sable
que cuelga de la pared. Se enfrenta
colérica a Pablo.
Enriqueta:
¡Sal de aquí antes de que te atraviese
el pecho!
Pablo:
¡Mátame, pero aquí esperaré vivo o
muerto a que vengan a buscarte...! No
tardarán. Y si vivo, ya verás hasta
dónde puede llegar mi venganza.
¡Escucha, ya se acercan!
Ruido peculiar y lejano de muchedumbre.
Enriqueta se acerca a la ventana y mira
hacia el exterior. Abre una gaveta de su
mesa de trabajo y sacando de ella dos
pistolas se las coloca al cinto y
después hace mutis por una puerta
interior. Pablo queda pensativo. Crecen
los murmullos y voces del exterior.
Entran el Presbítero, Don Teodoro,
Carmen y Buenaventura.
Escena XVI
Presbítero:
¿Dónde está esa atea corrompida?
Pablo:
Acaba de huir.
Buenaventura:
¿Por qué la dejó usted escapar?
Pablo:
¿Detenerla con un sable en la mano? ¡Y
como lo maneja!
Presbítero:
No se escapará. ¿Me acompaña usted, Don
Teodoro?
Teodoro:
Soy su sombra en este asunto.
Mutis del Presbítero y Don Teodoro.
Buenaventura:
¿Y mi hija? ¿Dónde está mi hija? (Llamando.)
¡Juana...! ¡Juana, ven acá enseguida!
Voz de Juana:
(Lejana.) ¡Voy enseguida, papá!
Poco después entra Juana.
Juana:
Aquí estoy, Padre. (Queda sorprendida
y nerviosa por la presencia de Pablo.)
Buenaventura:
Hija, ¿nunca notaste algo raro en tu
marido?
Carmen:
¿No notaste alguna vez que... vaya, como
si no fuera un hombre completo?
Juana:
(Extrañada.) No, no le falta
nada, es un hombre completo. ¿Y por qué
esa pregunta, tía?
Buenaventura:
(Colérico.) ¡Basta ya de
pendejadas...! Mira, Juana, resulta ser
que el doctor ése, tu marido, no es
hombre sino mujer.
Juana:
(Riendo.) ¡Ay, papá, ya volviste
a empinar el codo!
Buenaventura:
(Confundido.) ¿No...? ¿Entonces
es macho?
Pablo:
No es verdad. Hace un momento ella misma
me confesó que era mujer.
Buenaventura:
¿Mi hija? ¿Mi hija se lo confesó?
Pablo:
No, la otra, el doctor. Por eso huyó.
Juana:
(Aterrada.) ¿Pero qué ocurre?
¿Qué está pasando?
Buenaventura:
(Colérico.) ¡Tú tenías que
saberlo, degenerada! (La agarra por
el cuello.) ¡Te quiero muerta antes
de saber que te gustan esas puercadas!
Pablo y Carmen se tiran sobre
Buenaventura y lo separan de Juana que
cae arrodillada.
Juana:
(Llorando.) ¡Me vuelvo loca...!
¿Pero qué es lo que pasa, Dios mío?
Pablo la levanta y la toma en sus
brazos. La tendrá abrazada hasta que se
indique.
Pablo:
(Con fingida ternura.) No pierdas
la serenidad... Se descubrió que tu
marido es mujer... Te engañó
miserablemente, a ti y a todo el mundo.
Juana:
(Llorando.) ¡Eso no puede ser...!
¡Eso es mentira! ¡Mentira! ¡Mentira!
Carmen:
Mercedes la vio desnuda.
Buenaventura:
(Colérico.) ¡Pero cómo es posible
que tú, su mujer, con meses de casados,
no hayas visto que...!
Juana:
¡Yo todavía no soy su mujer...!
Dormíamos en cuartos separados. La misma
Mercedes lo puede decir porque ella
duerme en mi habitación.
Buenaventura:
¿Y entonces para qué se casaron ustedes?
Juana:
El esperaba que yo me curara del todo.
Buenaventura:
Jura por la memoria de tu madre y por
Dios que tú no sabías que era mujer.
Juana:
Lo juro. (Juana va a la puerta
interior y llama.) ¡Mercedes...!
¡Mercedes...! (Entra Mercedes con
mucho miedo.) Di aquí delante de
todos, ¿quién dormía en mi cuarto noche
por noche?
Mercedes:
Yo, su mercé.
Juana:
¿Alguna vez viste a mi marido entrar a
mi cuarto?
Mercedes:
Nunca, su mercé.
Juana:
¿Viste alguna vez que el doctor Faber
tan siquiera me acariciara?
Mercedes:
Nunca, su mercé.
Juana:
Vete ya.
Mutis de Mercedes.
Juana:
¿Ves, papá...? No he jurado en falso.
Carmen:
Pero así y todo, nadie excepto tu padre,
Pablo y yo, creerá que eres inocente.
Así que prepárate el pellejo que te lo
van a sacar a tiras.
Juana:
(Llorando.) ¡Qué horror, madre
mía...! ¿Pero por qué se casó conmigo si
era mujer como yo?
Pablo:
Porque es una pervertida.
Buenaventura:
Prepara tus cosas. Ahora mismo cogemos
el camino de Santiago.
Pablo:
Don Buenaventura, tengo una solución muy
honrosa para todos nosotros.
Buenaventura:
¿Cuál?
Pablo:
Casarme con Juana. (Juana rehuyendo
del abrazo de Pablo se siente como para
no desmayarse. Carmen y Buenaventura se
miran consternados.) Sí, esa es la
única solución para salvar el honor de
Juanita. Es nulo ese matrimonio
sacrílego.
Juana:
¡Canalla!
Pablo:
Está muy nerviosa, no le hagan caso.
Juana:
¡Prefiero soportar lo más malo del mundo
antes de casarme contigo!
Pablo:
Guardo cartas tuyas en que lo confiesas.
Y a la comadrona de aquella vez...
Juana:
¡Asqueroso!
Pablo:
Cuando todos sepan que me entregaste tu
famosa pureza, después todo el mundo
creerá fácilmente que tú y esa
depravada...
Juana:
¡Canalla mil veces!
Pablo:
Escoge: o te casa con este canalla o
todo el mundo te repelerá como otra
depravada mayor que Enriqueta.
Juana:
Prefiero que el mundo crea lo peor de
mí. (Se levanta y mira con odio a
Pablo. De pronto le escupe el rostro y
hace mutis por la puerta del interior.
Pablo saca su pañuelo y se limpia el
rostro pensativamente.)
Apagón.
Escena XVII
Celda del Monje agonizante. Presentes:
este y el Abad.
Agonizante:
Por desconocimiento de la zona boscosa
fui alcanzada y apresada en las
cercanías de Baracoa y conducida a la
cárcel de dicha villa. A la noticia de
mi próxima llegada al poblado, casi todo
el pueblo acudió a recibirme. A mi paso
fui ofendida, vejada, escarnecida y
agredida con piedras, palos y puñados de
lodo. Comenzaba mi vía crucis. La cárcel
donde me encerraron fu rodeada por un
cordón de dragones para contener a la
muchedumbre que aún seguía burlándose,
escarneciéndome. Una vez en mi celda no
pude conseguir lo que tanto ansiaba: la
paz y el silencio del sepulcro. A través
de las rejas que me aprisionaba, decenas
de ojos lujuriosos vigilaban
constantemente mis más mínimos
movimientos. Los dragones aquellos
estaban ansiosos por comprobar si era
hombre o mujer. Durante dos días con sus
noches tuve que reprimirme de llevar a
cabo mis necesidades físicas y
abstenerme por completo del más mínimo y
elemental aseo personal. Cuando me
sacaron de allí fue para conducirme ante
las autoridades.
Fin del segundo acto
Escena I
Sala de un tribunal de la época. A la
mesa presidencial, el Gobernador, el
Juez y el Presbítero. Poco después
Enriqueta es traída por un dragón.
Enriqueta sigue vistiendo ropas de
hombre, pero sucias y ajadas.
Juez:
(A Enriqueta.) Siéntese. (Enriqueta
se sienta.) Por favor, su nombre,
nacionalidad, sexo, estado civil y
profesión.
Enriqueta:
Enrique Faber, ciudadano francés, sexo
masculino, casado y médico de profesión,
con título de la Escuela de Medicina de
la Universidad de París.
Juez:
Enrique Faber, usted ha sido conducido
ante nosotros, representantes de las
leyes humanas y divinas acusado de
ocultar su verdadero sexo y de
transgresiones criminales a la moral y
a los preceptos sagrados de la Iglesia.
¿Es usted hombre o mujer?
Enriqueta:
Hombre.
Los tres de la mesa presidencial se
miran entre sí.
Presbítero:
Personas de crédito han jurado que eres
mujer. No agraves tu situación mintiendo
y tratando de engañar y confundir a este
tribunal.
Enriqueta:
Soy hombre, repito. Todos mis documentos
constan en poder de ustedes. Mi
pasaporte así lo acredita y también los
diferentes diplomas que me fueron
otorgados por el Emperador Napoleón en
reconocimiento de mis servicios en sus
ejércitos como oficial médico en
múltiples campañas. Y ahora yo les
pregunto, señores jueces: ¿podría una
mujer pelear en las tantas campañas que
yo participé, campañas consideradas las
más duras y sangrientas de la historia?
(Pausa de indecisión en los
funcionarios.) ¿Hubiera una mujer
podido estudiar medicina...? ¿Es que
una mujer hubiera podido alcanzar un
perfecto dominio de armas tales como
espada, pistola y fusil como todos
ustedes saben que yo poseo...?
Presbítero:
La historia abunda en casos semejantes.
Por ejemplo, el caso de la endemoniada
Catalina Erano, más conocida por la
monja Alférez.
Juez:
¡Que pase la esclava Mercedes de la
Cueva! (Poco después entra Mercedes
toda asustada.) Mercedes, ya debes
saber que mentir a un Tribunal es
castigado severamente.
Mercedes:
Lo sé, su mercé.
Juez:
¿Puedes volver a jurar que dices la
verdad al asegurar que acá, el señor
Enrique Faber, tu amo, es mujer y no
hombre?
Mercedes:
Sí, lo juro por Dios y la salud de mi
mulatico.
Gobernador:
Doctor, ¿qué dice usted a semejante
acusación?
Enriqueta:
Miente.
Presbítero:
(A Mercedes.) ¡Dios te castigará
enviándote al infierno junto con tu hijo
por la eternidad si te aferras en
levantar falso testimonio contra un
semejante!
Mercedes:
(Asustada.) ¡No, no, yo digo la
verdad...! Entré a su cuarto buscando
sus zapatos para limpiarlos y me
encontré al amo encuerito echándose
polvos que le mandan de Francia... ¡Y vi
bien claro que era mujer...! ¡Vi sus dos
tetas y lo otro! (Sonrisas veladas de
los tres funcionarios.) Ella es
mujer y bien mujer... y bien linda
también...
Enriqueta:
¡Esta mujer miente...! Señores jueces,
en medicina se estudia el fenómeno
visual y síquico por el cual una persona
se imagina ver cosas que no existen. Lo
ocurrido con esta mujer es un ejemplo
típico de esa clase de trastornos.
Mercedes:
¡Que me den cepo si no vi bien que era
mujer!
Gobernador:
Señores, no queda otro remedio que
verificar la verdad mediante el
reconocimiento ocular del cuerpo del
acusado.
Presbítero:
Vine preparado para afrontar esa
contingencia.
Juez:
(Llamando.) ¡Sargento de
dragones! (Poco después entra un
sargento de dragones y se le cuadra al
Juez.) Usted y dos más bajo su mando
fuercen al acusado a dejarse examinar.
El sargento de dragones hace una
reverencia al Juez y se enfrenta a
Enriqueta.
Sargento:
Cuando usted guste, doctor.
Enriqueta se levanta y lentamente hace
mutis seguida por los dos dragones.
Escena II
Gobernador:
(Después de una pausa.) Dios mío,
¿dónde irá a parar la humanidad si lo
que sospechamos es verdad?
Presbítero:
No se preocupe por la humanidad, señor
gobernador, que esa es tarea de Dios.
Preocupémonos nosotros solamente de los
individuos desviados y malsanos.
Juez:
Una sabia sentencia, señor presbítero.
Gobernador:
Muy sabia, sí; pero la realidad es otra,
señores. Una realidad que acabo de
palparla y que desde hace unos días
vengo observando.
Presbítero:
¿Cuál, señor gobernador?
Gobernador:
La atracción que ejercen los individuos
desviados y malsanos, señor presbítero.
Juez:
Por favor, señor gobernador, explíquese.
Gobernador:
Que ese señor, o señora, se ha
convertido para nuestras mujeres y
hombres, para la juventud y hasta para
los niños, en una especie de héroe del
cual todos hablan, al que todos quieren
ver, hablarle, tocarlo, olerlo e
interrogarlo. ¿No es esto una especie de
atracción maligna?
Juez:
Para eso estamos nosotros actuando: para
impedir que esa atracción no logre
materializarse ni expandirse.
Entra los dos dragones y el sargento de
dragones.
Juez:
¿Ofreció resistencia?
Sargento:
Se debatió como una fiera, pero al fin
logramos desnudarla.
Juez:
¿Entonces...?
Dragón
2:
Es mujer.
Dragón
1:
¡Y qué mujer!
Sargento:
Es una muñeca. Tiene la piel muy blanca,
limpia y tersa como la de los ángeles. (Suspira.)
Juez:
¡Quedan concluidas las pruebas y listo
el sumario para el juicio...! Señores,
pueden retirarse, y muchas gracias por
su ayuda.
Apagón.
Escena III
Gabinete de Enriqueta cuando ejercía de
médico. Juana se encuentra sentada al
escritorio escribiendo. Entra Mercedes.
Juana:
(Algo molesta.) ¿Qué quieres?
Mercedes:
Quiero confesarme con su mercé.
Juana:
¿Estás loca...? ¿Confesarte ante mí que
estoy en boca de todos como una
pervertida, una degenerada?
Mercedes:
Usted es una santa, mi ama, como también
es una santa mi otra ama, la que está
presa.
Juana:
¿Qué quieres confesarme?
Mercedes:
Que el día del juicio de la otra ama
presa tendré que decir muchas mentiras.
Juana:
¿Como cuáles?
Mercedes:
Que su mercé y el doctor dormían en la
misma cama todas las noches... que usted
sabía que él era mujer... y otras muchas
porquerías.
Juana:
Nadie mejor que tú sabes que todo eso es
mentira, asquerosas mentiras. Ni tan
siquiera nunca viste que Enriqueta me
abrazara o diera un beso... Es más, casi
todo el día ella se lo pasaba en la
calle, visitando sus enfermos.
Mercedes:
Así mismo fue, su mercé.
Juana:
Entonces, ¿qué te obliga a decir al
tribunal tantas mentiras que nos harán
mucho daño a las dos?
Mercedes:
El niño Pablo, su merced.
Juana:
Serías muy mal agradecida, muy perra, si
haces lo que él quiere. Sólo has
recibido bien de Enriqueta y de mí.
Mercedes:
(Llorando.) ¡Tengo que hacerlo,
su mercé! (Se arrodilla delante de
Juana. Siempre llorando.) El
caballero Pablo me dará la libertad, la
mía y la de mi hijo, y un conuco para
sembrar y criar animales si hago lo que
él me manda... Si no lo hago, me vende
al hijito allá en La Habana y más nunca
vuelvo a verlo.
Juana:
Pero idiota, tu ama y de tu hijo es
Enriqueta, no él.
Mercedes:
El dice que no, que mi venta no fue
firmada por ningún notario y por eso no
vale... Si su mercé fuera negra y
esclava y tuviera un hijo esclavo como
yo, haría lo mismo que voy a hacer...
Perdóneme, su mercé... Yo la quiero, y
también a mi ama Enriqueta... Pero más
quiero a mi hijo y nuestra libertad... (Mercedes
empieza a besar los pies de Juana.)
Juana:
(Después de una pausa.) Te
comprendo, infeliz, y te perdono.
Apagón.
Escena IV
Celda del Monje agonizante. Este y el
Abad.
Agonizante:
En honor a la verdad, Su Paternidad, en
aquellos días de completo abandono y
sufrimientos, brilló en mi alma una
lucecita de alegría y esperanza, algo
así como un renacimiento de mi fe en que
la mujer algún día comenzaría a luchar
por salir de la ignorancia y la
esclavitud en que la mantenían los
hombres y la sociedad. Dentro de mi
profunda desgracia fui feliz porque mis
prédicas empezaban a germinar en un
apartado rincón del mundo.
Apagón.
Escena V
Sala de la casa de Don Teodoro.
Presentes: Amalia, Carmen, Hortensia,
Joaquina, Santa, Juana y la señora
Gobernadora.
Santa:
(Con energía.) ¿Somos o no somos
señoras y señoritas decentes? ¿Somos o
no somos cristianas? ¡Pues claro que
somos decentes, cristianas y justas! Por
eso no podemos cruzarnos de brazos,
nosotras, mujeres de la mejor sociedad
de esta villa, y permitir, impasibles,
que Enriqueta Faber sea condenada
injustamente! (Pequeña pausa.)
Reconozcamos, amigas, que en un
principio fuimos injustas con ella; pero
ahora, cuando tantas cosas han salido a
la luz del sol y que hemos abierto los
ojos y comprendido, nos damos cuenta de
que Enriqueta Faber es una gran mujer.
¿Y por qué es una gran mujer? Porque se
ha sacrificado luchando en defensa de
nuestros derechos como seres humanos
olvidados. Y toda esa lucha ella la
hacía sola, mientras todas nosotras
perdíamos el tiempo en chismes y
verracadas.
Amalia:
Perdón, Santa; pero no todos los hombres
son déspotas y nos consideran sus
esclavas. Mi prometido, el licenciado
Vidaurre...
Santa:
Rectifico gustosamente: ¡Con la honrosa
excepción del licenciado Vidaurre, que
tanto trabaja por Enriqueta y la
igualdad de la mujer con el hombre! (Aplausos.)
Joaquina:
Sin la ayuda del licenciado nosotras
solas no hubiéramos podido llegar a
conocer y comprender a Enriqueta.
Hortensia:
Ha sido un hermosísimo gesto del
licenciado Vidaurre que haya tomado en
sus manos la defensa de Enriqueta.
Amalia:
Porque es un hombre moderno, culto y con
una gran fe en el futuro de la
humanidad... En la humanidad futura en
la cual nosotras las mujeres
participaremos de una manera
preponderante.
Aplausos.
Gobernadora:
(Con vehemencia.) ¡ ¡Empecemos a
pelear por nuestros derechos! (Aplausos.)
Por ejemplo: ¿Quién sabe en este mundo
que yo aconsejo infaliblemente a mi
marido en todos los asuntos difíciles
del gobierno militar de esta villa y su
jurisdicción? ¡Nadie...! ¿Quién sabe que
soy yo quien lo pone en pie cuando él
titubea y se siente débil y alicaído?
¡Nadie...!
Carmen:
(Interrumpiendo.) ¿Pero de qué
están hablando ustedes? ¿De la
injusticia de los hombres...? Señoras,
por Dios, si no hay peor enemigo de la
mujer que otra mujer.
Gobernadora:
(Ofendida.) ¿Y esta señora
formará parte de nuestra cruzada?
Joaquina:
Tenga usted cuenta de su escasa cultura.
Amalia:
Dentro del amplio concepto de mujer hay
varias categorías, señora gobernadora.
Santa:
(Exaltada.) Todas fuimos y somos
víctimas constantes de los hombres.
¡Pero ya no más...! De aquí en lo
adelante: ¡Igualdad con los hombres que
se creen dueños y señores de la
creación!
Aplausos. Entra en la sala el licenciado
Vidaurre.
Escena VI
Vidaurre:
Perdónenme si llego tarde; pero acabo de
dejar a Enriqueta y...
Gobernadora:
Sí, sí, licenciado, está usted
perdonado. ¿Cómo se encuentra nuestra
Enriqueta?
Vidaurre:
Mucho mejor desde que supo que ustedes
tomarán su defensa.
Santa:
¿Le entregó usted los libros y regalos
que le enviamos?
Vidaurre:
Sí. Por cierto que hasta lloró por la
emoción de saberse recordada.
Amalia:
¿Cómo ves las perspectivas del juicio?
Vidaurre:
Tengo mucha fe en la victoria. Echaré
por tierra todas esas acusaciones sin
basamentos. (A Juana.) Usted es
la principal testigo, la base de mi
defensa. Y ustedes, ¿ya se han puesto de
acuerdo?
Santa:
En eso estábamos. (A las demás.)
Vidaurre:
Si mi defensa está apoyada por una unión
solidaria de todas las mujeres de esta
villa, ¡no dudo ni un segundo en sacar a
Enriqueta en libertad!
Hortensia:
¡Todas mis amigas me ayudarán en este
empeño!
Gobernadora:
¡Votemos como en la Revolución francesa!
Amalia:
¡Propongo que nuestra presidenta lo sea
Santa!
Santa:
¡No...! La presidencia corresponde por
rango a la señora gobernadora.
Gobernadora:
(Halagada.) Si todos consideran
que yo... (Aplausos.) Entonces
acepto. (Aplausos.)
Amalia:
¡Que Santa sea la vicepresidenta! (Aplausos.)
¡Y Joaquina la Consejera Oficial! (Aplausos.)
Gobernadora:
¡Y Hortensia la Archivera de Actas! (Aplausos.)
Vidaurre:
Levantemos acta de todos los acuerdos. (A
Hortensia.) Usted, señorita, como
Archivera, tome papel, pluma y tinta y
dediquémonos a levantar el Acta de
Constitución. (Amalia se levanta de
junto a la mesa y Hortensia se sienta en
su lugar tomando la pluma del tintero y
dispuesta a escribir.) ¿Preparada,
señorita Archivera? (Dictando.)
En la villa primada de Baracoa, en esta
muy fiel y católica Isla de Cuba, a los
diecisiete días del mes de...
Apagón.
Escena VII
Sala del Tribunal ya conocido pero con
otros adornos y muchos más bancos. En la
mesa presidencial se encuentran: el
Juez, el Gobernador y el Presbítero. A
un lado de la mesa se encuentra sentada
Enriqueta, que ahora viste ropas de
mujer y se halla peinada y pintada
bellamente. Al otro lado de la mesa se
encuentra el licenciado Vidaurre. En los
primeros bancos se encuentran sentados:
Don Teodoro, Don Pedro, Pablo, Amalia,
Carmen, Buenaventura, Hortensia, la
Gobernadora, Joaquina, Juana, Mercedes.
En los restantes bancos: multitud de
curiosos en los cuales abundan más
mujeres. Convenientemente situados el
sargento de dragones y otro dragón sin
grados.
Juez:
Bien, una vez leída el acta de acusación
pasemos al juicio. Acusada Enriqueta
Faber, ¿oyó y entendió usted bien todas
las acusaciones?
Enriqueta:
Sí, señor Juez.
Juez:
¿Qué alega usted en su defensa?
Enriqueta:
Que las acusaciones con enteramente
falsas y por lo tanto me declaro
inocente ante Dios y los hombres.
Presbitero:
¿Es falso que usted adoptó una
vestimenta impropia de su sexo?
Enriqueta:
Eso es cierto.
Presbitero:
¿Y es falso que usted profanó los
sacramentos de la Iglesia al contraer
matrimonio con una persona de su propio
sexo?
Enriqueta:
Es cierto; pero no profané los
sacramentos ya que ningún acto sexual o
pecaminoso se llegó a realizar jamás.
Gobernador:
Enriqueta Faber, le suplico exponga
usted las razones que le asistieron para
ocultar su verdadero sexo con
vestimentas masculinas, a obrar y vivir
como hombre siendo mujer y a contraer
matrimonio con otra persona de igual
sexo que usted.
Enriqueta:
Las leyes no pueden castigarme por usar
ropas masculinas, ya que las mismas
leyes me obligaron a ello.
Juez:
Se lo permite la defensa a condición de
que no alegue usted insensateces, señora
acusada.
Enriqueta:
No estoy alegando insensateces, señor
Juez. (Pequeña pausa.) Desde que
tuve uso de razón comprendí la grande e
injusta distancia que media entre los
derechos del hombre y los de la mujer. (Aplausos
femeninos.)
Juez:
¡Prohibo terminantemente esas
expresiones ruidosas impropias de una
Sala de Tribunal! (Silencio.)
Prosiga usted, señora acusada.
Enriqueta:
De niña, muchos placeres me vedaron:
bañarme en el río, correr loma arriba y
loma abajo, patinar en el hielo, jugar a
policías y ladrones, montar a caballo,
batirme con espadas de madera o tirar
con onda a los pájaros. A mis deseos de
niña sana siempre me oponían una odiosa
frase: «Porque eres una hembrita y las
hembras no hacen tales cosas...» De
adolescente me vedaron una mayor
cantidad de placeres: leer una inmensa
cantidad de libros, conversar o bromear
con varones de mi edad, aprender un
oficio o una profesión, salir sola a la
calle como si yo fuera una imbécil que
necesitaba que la cuidaran, o pronunciar
jamás una gran cantidad de palabras
consideradas bochornosas, prohibición
absoluta de expresar libremente mis
sentimientos y pasiones en nombre de la
buena educación, y tantas otras
prohibiciones que hoy día me asusta el
enumerar. Y yo entonces, al inquirir los
por qué, se me contestaba
invariablemente: «una señorita decente
no hace nada de eso...» Ya mujer,
aumentaron las prohibiciones. Comprendí
entonces plenamente que todo aquello que
me arrebataban, era dado y permitido con
creces a los hombres. Si todo se me iba
a hacer difícil en la vida como mujer,
si para los hombres eran todos los
privilegios y libertades y nosotras las
mujeres a cargar con todas las barreras
y sufrimientos, ¿por qué dudar? ¿por qué
vacilar como una cobarde? Y fue entonces
que adopté valientemente las vestimentas
masculinas. (Aplausos femeninos.)
Juez:
¡Silencio!
Enriqueta:
Pero antes de adoptar definitivamente
las ropas de hombre, me enamoré y casé
con un médico francés oficial de los
ejércitos napoleónicos. Como deseaba
correr la suerte del hombre que amaba,
me vestí por primera vez de hombre y lo
seguí por los accidentados caminos de la
guerra. De él, empecé a aprender
medicina en los campos de batalla. En la
batalla de Wagram lo hirieron y murió en
mis brazos. Yo continué su labor y deber
haciendo toda la campaña de Rusia. Al
regresar a Francia traté de estudiar
medicina como mujer; pero no me lo
permitieron. Fue entonces que me decidí
a adoptar definitivamente la
indumentaria masculina. Como hombre
estudié y me gradué de médico. De ahí en
adelante como hombre siempre he podido
hacer el bien a mis semejantes que como
mujer me negaban. (Aplausos femeninos.)
Juez:
¡Silencio!
Enriqueta:
En cuanto a mi casamiento con la
señorita Juana de León, me impulsó y
obligó la estupidez, la ceguera y la
injusticia de la sociedad en que
vivimos.
Juez:
(Sin esperar los aplausos.)
¡Silencio!
Enriqueta:
El mismo padre me prohibió seguir
visitando la casa y continuar costeando
la curación. ¡Tanto poder corruptor
tiene esta sociedad en sus entrañas!
Juez:
(Sin esperar los aplausos.)
¡Silencio!
Enriqueta:
La misma Juana aquí presente puede jurar
que al proponerle matrimonio le aclaré
reiteradas veces que yo no la amaba como
hombre a mujer, que sólo me casaba con
ella buscando su bien físico y social.
Lo cumplí sin mancillar en un ápice su
honor o el mío.
Juana se levanta rápidamente.
Juana:
¡Enriqueta dice la verdad! Yo puedo...
Juez:
(Interumpiéndola.) ¡Juana de
León, nadie le ha dado aún permiso para
declarar! (Juana vuelve a sentarse.)
Presbítero:
La sociedad, Enriqueta Faber, la
sociedad y la religión otorgan a la
mujer derechos y deberes muy de acuerdo
con su constitución orgánica. Le otorga
los placeres, derechos y deberes del
hogar, la maternidad, el velar por el
bien familiar, en fin, todo aquello
inherente a la femineidad.
Enriqueta:
Señor presbítero, la mujer sólo se
producirá plenamente cuando el hogar
deje de ser una cárcel, la maternidad
una pesada cadena y la familia un peso
agobiador que aplaste todas las humanas
aspiraciones y derechos de la mujer a un
desarrollo total de sus facultades,
tanto civiles como espirituales. Cuanta
más libertad obtenga la mujer para un
pleno desarrollo de sus facultades, más
femenina será, porque al igual que la
flor, la mujer regalará un mejor perfume
si la tierra en que se asientan sus
raíces está bien abonada por la libertad
y la igualdad con el hombre, su
compañero, no su amo.
Juez:
(Sin esperar los aplausos.)
¡Silencio! (Pero las mujeres aplauden
frenéticamente.) ¡Silencio o las
mando a todas para sus casas! (Siguen
los aplausos femeninos.)
Presbítero:
¡Silencio, hijas mías, silencio! (Cesan
los aplausos. Total silencio.)
Enriqueta Faber, tus ideas anormales,
contrarias a nuestras leyes, usos y
costumbres, te han conducido a esta
desgraciada situación en que te
encuentras.
Enriqueta:
(Con firmeza.) No me arrepiento
ni me arrepentiré jamás de mis ideales,
señor presbítero. Yo no quiero ser el
reptil que vegeta apacible encerrado en
su oscura cueva, sino la palma, el
águila o la montaña que sucumben batidas
por el huracán.
Juez:
(Sin esperar los aplausos.)
¡Silencio!
Escena VIII
Vidaurre:
¿Puedo interrogar a Juana de León, señor
Juez?
Juez:
Puede usted, señor licenciado. Juana de
León, póngase de pie.
Juana se levanta.
Vidaurre:
¿Es verdad o mentira, Juana de León, que
Enriqueta Faber, cuando le propuso
matrimonio, le advirtió que una vez
casados se comportaría con usted como un
hermano?
Juana:
Sí, licenciado, así mismo fue.
Vidaurre:
¿Y por qué usted aceptó tan extraño
matrimonio?
Juana:
Porque papá se oponía a que Enriqueta me
siguiera pagando los gastos de mi
curación.
Vidaurre:
¿Y por qué su padre se oponía?
Juana:
Porque aquí en Baracoa se hablaba de que
ella lo hacía porque estaba... bueno,
viviendo conmigo...
Vidaurre.
¿Y era cierto eso?
Juana:
No, licenciado. Al contrario...
Juez:
¿Y a usted no le extrañó, Juana de León,
que un hombre hiciese una cosa tan
absurda como ésa?
Juana:
No, no me extrañó, señor Juez. Para mí
él era como un ángel caído del cielo, un
santo.
Presbítero:
(Irónico.) Y ese ángel, ese
santo, después de casados, ¿se comportó
angélica y santamente?
Juana:
Sí, señor padre... Más santamente que
antes.
Juez:
Señor licenciado, ¿tiene algunas
preguntas más que hacer a la testigo?
Vidaurre:
Por el momento no, señor Juez. Muchas
gracias.
Se levanta Santa.
Santa:
Con el permiso del honorable Tribunal,
voy a hacer entrega de un documento
oficial de la sociedad femenina «Pro
liberación de la mujer». (Santa
camina hasta la mesa del tribunal y
deposita sobre ella unas cuantas hojas
de papel.) En este documento,
firmado por 416 mujeres de esta villa,
pedimos la absolución y libertad
inmediata de Enriqueta Faber.
Juez:
¿A título de qué se persona usted ante
este Tribunal?
Santa:
A título de vicepresidenta de dicha
sociedad «Pro liberación de la mujer».
Juez:
Usted es la vicepresidenta, muy bien. ¿Y
quién es la presidenta?
Santa:
Doña Beatriz del Monte, honorable esposa
del Gobernador Militar de esta villa y
su comarca... (Se pone en pie la
Gobernadora.)
Gobernador:
(Colérico.) ¡Ya lo dije no ha
mucho! (Señala para Enriqueta.)
¡Que esa corrompida iba a minar todas
nuestras costumbres y moral! (A la
Gobernadora.) ¡Beatriz, te ordeno
que regreses a casa inmediatamente!
Gobernadora:
(Retadora.) ¡Soy mayor de edad y
estoy en mis cabales para decidir y
responsabilizarme con mis actos! ¡Me
quedo aquí, señor Mandón de Cuartel! (Aplausos
femeninos.)
Juez:
(A las mujeres de pie.)
Siéntense, por favor. (Las mujeres de
pie se sientan. Santa vuelve a su sitio.)
Que se ponga de pie la esclava Mercedes
de la Cueva para ser interrogada. (Mercedes
se pone en pie. Está muy nerviosa.)
¿Fuiste tú, Mercedes, la que descubrió
que el doctor Faber era mujer?
Mercedes:
Sí, yo, su mercé.
Juez:
Mercedes, ¿presenciaste o viste alguna
vez ciertas expansiones sexuales entre
Enriqueta Faber y la señorita Juana de
León?
Mercedes:
Sí, su mercé.
Juana se levanta.
Juana:
¡Mentira! ¡Mentira! ¡Esta negra
endemoniada miente como una loca!
Juez:
¡Siéntese, y espere su turno para
hablar! (Juana se sienta llorando.)
Mercedes, tú como esclava de la casa de
Enriqueta Faber, ¿no viste o
presenciaste otras cosas anormales?
Mercedes:
No entiendo, su mercé...
Juez:
¿Que si Enriqueta Faber sólo tenía esas
expansiones sexuales anormales nada más
que con Juana de León o con algunas
otras personas también?
Mercedes:
Sí, con otras personas, con otras
mujeres también.
Juez:
¿Están ellas aquí presentes?
Mercedes:
Sí.
Juez:
Señálalas.
Mercedes:
(Señalando a Hortensia, a Santa y a
Joaquina.) Esa... esa... y esa...
Estas tres últimas se ponen de pie
rápidamente.
Las tres:
¡Mentira!
Santa:
¡Esta negra está loca!
Joaquina:
¡Alguien la ha obligado a mentir tan
puercamente!
Hortensia:
¡Esta negra merece que la maten!
Juez:
¡Silencio! ¡Silencio!
Presbítero:
¡Cálmense, hijos míos, por el amor de
Dios!
Poco a poco se hace el silencio y la
calma.
Juez:
Mercedes, ¿tú viste, con tus propios
ojos, tales abominaciones?
Mercedes:
Bueno, su mercé... Yo sólo veía cuando
el doctor se metía en su cuarto con las
cuatro mujeres y se estaban allí
trancados horas y horas.
Juez:
Enriqueta Faber, ¿niega usted tales
hechos?
Enriqueta:
(Que hasta entonces ha permanecido
como de piedra. Con voz baja y cansada.)
Lo niego, señor Juez... Desde mi
casamiento con Juana de León, esas tres
señoritas jamás visitaron nuestra
casa... Le ruego que termine lo más
pronto posible esta farsa. Necesito
descanso... soledad...
Juez:
(A Mercedes.) Puedes sentarte... (Mercedes
se sienta y empieza a llorar. Llorará
todo el tiempo que dure esta escena.)
Señor licenciado Vidaurre, ¿tiene usted
algo más que alegar en defensa de la
acusada Enriqueta Faber?
Vidaurre:
Sí, señor Juez... Quiero aclarar que
esto se ha convertido en una olla e
grillos, en un aquelarre...
Juez:
Cíñase usted a su alegato de defensa y
déjese de apreciaciones literarias
personales.
Vidaurre:
No soy literato, señor Juez, sino
licenciado en leyes que sólo desea
demostrar la inocencia de la acusada.
Juez:
Somos nosotros, y no usted, quienes
debemos decidir si la acusación es
inocente o no.
Vidaurre:
Desgraciadamente, así es, señor Juez...
Mi intervención será breve porque los
alegatos de mi defensa ya están
expuestos en los documentos que hice
entrega a este Tribunal, y además,
porque mi defendida se ha sabido
defender con razones harto valederas
para el reconocimiento de su inocencia.
Sólo me queda por alegar y asegurar
respetuosamente a este Tribunal que la
juzga, que Enriqueta Faber no es una
criminal ni una pervertida sexual como
consta en las actas de la acusación. La
sociedad es más culpable que ella desde
el momento en que ha negado a la mujer
los derechos civiles y políticos. (Se
vuelve hacia Enriqueta.) Vuestro
nombre, Enriqueta, pasará a la historia
de esta isla con los respetos de las
almas grandes y de los corazones
generosos. Por mi parte, la absuelvo
completamente y sin reservas. (Al
Tribunal.) Y ahora, señor Juez,
mejor dicho, señores jueces, en vuestras
conciencias dejo el fallo... (El
licenciado Vidaurre se sienta.)
Juana:
(Débil.) Señor Juez, es hora de
que yo declare una cosa muy
importante... El culpable de todo esto,
de esta sarta de mentiras y calumnias,
es Pablo de la Cueva. (Señala a Pablo.)
El obligó a la negra Mercedes...
Juez:
(Interrumpiéndola.) ¡Se suspende
el juicio hasta nuevo aviso! Pueden
retirarse.
Juana:
¡Usted tiene que oírme, señor Juez!
Juez:
¡He dicho que se ha suspendido el
juicio! Despejen todos los la sala.
Empieza el mutis de todos. Pablo se las
arregla para hacerlo por el lado de
Enriqueta. Al pasar a su lado se detiene.
Pablo:
(A Enriqueta, bajo.) Mi venganza
no terminará hasta el fin del mundo.
Enriqueta:
¡Marica!
Todos continúan el mutis. Apagón.
Escena IX
Celda del Monje agonizante. Este y el
Abad.
Agonizante:
Su Paternidad... Se ensañaron en mí.
Diez años de cárcel. Si ahora muero,
Dios me destina al infierno, el peor de
los infiernos que El me pueda dar es uno
igual a aquella cárcel de la capital de
la Isla en donde cumplí mi condena.
Abad:
¿Sufriste mucho, Frater Enrique?
Agonizante:
Más allá, mucho más allá de lo que
sufrió Prometeo encadenado a la roca...
Sufrí tanto, que llegué a cortarme las
venas... La sangre corrió por debajo de
la puerta de mi celda y fue descubierta
por un carcelero... Y fui salvada...
Salvada porque me ataron las manos a la
espalda durante siete años de
martirios... Cuando me soltaron ya era
la ruina que soy ahora... fue entonces
que regresé a Francia, envejecida y
tísica... Y pedí asilo en la antesala
del sepulcro... (Se sienta en el
camastro trabajosamente.) Su
Paternidad, pedid a Dios por el descanso
de mi alma... Su Paternidad, perdonadme
que haya nacido mujer... Perdonádmelo...
Perdonádmelo... (El agonizante cae de
espaldas en el camastro. El Abad lo
ausculta para ver si ha muerto. El Abad
hala la soga que pende sobre el camastro
y se oyen camapanadas lejanas. Poco
después la celda empieza a llenarse de
monjes trapenses.)
Abad:
Frater Enrique ha muerto... Oremos e
imploremos la gracia del Altísimo para
este hermano que acaba de dejar este
mundo que le fue tan cruel...
Todos empiezan a cantar un salmo
litúrgico.
Fin |