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Prólogo
Actor:
Querido público: tenemos para ustedes
una buena noticia. El próximo sábado en
Obispo y Bernaza vamos a tener el
lanzamiento de un nuevo libro esperado
impacientemente por los lectores. Se
trata de la novela del conocido escritor
francés Alejandro Dumas, hijo: La
dama de las camelias. Como el libro
narra la vida de una mujer queremos
homenajear a todas las feministas de la
literatura y por lo tanto la
presentación estará a cargo de una
mujer: La dama de blanco. Además el
panel estará formado por La dama boba,
La dama de pique y La dama del perrito.
Los esperamos pues el sábado para entrar
en contacto íntimo con las damas.
Locutora:
Hoy nos visita uno de los más grandes
novelistas franceses del siglo XIX:
Alejandro Dumas.
Dumas:
(Aclarando.) Hijo. Mi padre es el
autor de Los tres mosqueteros.
Locutora:
¿Quiere un poquito de té?
Dumas:
Ni muerto. Es cosa de ingleses con
afectaciones.
Locutora:
Alejandro, estoy de lo más intrigada,
¿cómo pudo llegar hasta aquí?
Dumas:
Muy fácil. Soy amigo de Julio Verne.
Locutora:
¡Ah, claro! Y dígame ¿está contento con
la versión de la novela que estamos
ofreciendo?
Dumas:
Sinceramente... ¡no!
Locutora:
Ah, perdón.
Dumas:
Quiero cambiar esa última escena que
hemos visto.
Locutora:
¿La del padre y Margarita?
Dumas:
Sí.
Locutora:
¿Y por qué?
Dumas:
Mire, Estrella, yo estuve estudiando
profundamente unos manuales y comprendí
que hay algunos conceptos que no estaban
claros. La he re-escrito y ahora quiero
ofrecerles una versión más de acuerdo
con la actualidad. Es así.
Primer acto
Obertura. Todos bailan y se besan y
se abrazan contagiándose unos a otros la
tos, hasta llegar a Margarita que queda
tosiendo en el centro del escenario
París en primavera
En París la primavera
llega de pronto
sorprende
y en los parques y las fuentes
aparecen parejitas
con el virus del amor.
Paul y Paulette que se miran
Jean y Jeanette se enamoran
George y Georgette que se besan
¡ay, ay, ay!
en las calles de París.
¿Y qué hace Margarita?
Tose, tose
Tose, tose
en la ciudad de París.
Todos viven exaltados
y se abrazan o se arañan
y los microbios transmiten
que pasan
de mano en mano
que pasan
de mano en boca
que pasan
de boca a lengua
la lengua por todo el cuerpo
hasta el mismo corazón.
George tose y a Georgette besa
Jean tiene fiebre, estornuda
Jeanette hace inhalaciones
Paul y Paulette no descansan
tomando cocimienticos
Margarita como tose
tose y tose sin parar
tan fuerte que todos dice
que está a punto de morir.
Estribillo:
Así es París ¡qué delicia!
todo lluvia, todo besos
todo virus, todo amor.
Narrador:
Estoy aquí para contarles la vida de
esta mujer. Es una vieja historia, tan
vieja como el mundo, con un tema tan
viejo como la historia: el amor.
Documental cinematográfico
Narrador:
Nuestra novela sucede en uno de los más
primitivos países de la tierra: Francia,
donde los nativos tienen la extraña
costumbre de beber un líquido ambarino y
burbujeante llamado champán. Cuando han
ingerido ese repulsivo brebaje se
dedican a una extraña danza que
acompañan con alaridos salvajes: el
can-cán. Esta danza de movimientos
lascivos y repugnantes, nada tiene que
ver con nuestros civilizados bailes
actuales o el desaparecido mozambique.
Sus exóticos ritos funerarios son un
enigma y su temor a los muertos los
lleva a enterrarlos a gran profundidad.
Tienen la creencia de que los difuntos
conservan durante largo tiempo el
sentido del olfato y les llevan olorosas
flores para evitar que salgan de sus
tumbas.
Otro rito extravagante es el que
realizan durante la inhumación del
cadáver: toda la tribu se reúne
alrededor de la sepultura y mientras el
brujo cuenta historias fantásticas sobre
el difunto, los otros fingen que lloran,
dando gritos desesperados.
Voces de nativos:
Ay, nunca lo volveré a ver.
¿Por qué te lo llevaste? ¡Ay!
Tan bueno que era.
Tan lindo.
Tan zalamero.
Tan espléndido.
Tan caballero.
Con algunos elementos se forma un
cementerio hacia donde se traslada el
narrador.
Narrador
(actor):
Ahora nos encontramos en uno de estos
cementerios franceses. Esta es la tumba
de Pipino el Breve, llamado así por las
minúsculas dimensiones de su pie. Lo
tenía muy chiquitico. Sabemos que en los
pueblos primitivos los hombres siempre
hacen alarde de las grandes dimensiones
de su pie.
Aquí vemos el mausoleo de Napoleón.
Siempre cubierto de flores. Los nativos
le temen, piensan que si llegara a
escaparse de su sepultura volvería a
embarcarlos en una de esas «gloriosas»
guerras por la libertad que acabó con
dos millones de franceses. ¡Oh! ¿Y esa
tumba humilde, oscura, que revela toda
la amargura de una vida desgarrada por
el dolor?
El enterrador cava junto a la tumba de
Margarita. Armando Duval (actor), se
acerca. El enterrador canta.
Canción del enterrador
Se quiere mucho al hermano
al amigo, hasta al vecino
si la muerte se lo lleva
vaya solo, no conmigo.
Todo el mundo quiere calma
paz, reposo y sosiego
pero la paz de esta fosa
se la regalo, mi amigo.
Estribillo:
Cavar, cavar
te vamos a enterrar
y cuando estés podrido/a
nadie te querrá besar.
Armando
(actor):
¿De quién es esa fosa, amigo?
Enterrador:
Mía, señor.
Armando:
Tuya ¡claro! Puesto que estás dentro. Y
dime ¿cuánto tiempo puede estar un
hombre enterrado sin pudrirse?
Enterrador:
Durará ocho o nueve años, si no estaba
podrido antes de morir. (Saca una
calavera.) Esta calavera ha estado
bajo tierra veintitrés años.
Armando:
Ah, mi Margarita.
Enterrador:
Se equivoca, señor, es Yorick, el bufón
del rey.
Armando:
¿Cómo? Ese vivía en Dinamarca.
Enterrador:
¡Ah, cosas de dramaturgos! Nació y murió
en París.
Armando:
Ah, pobre Yorick, yo lo conocí. Era un
hombre de una gracia infinita. ¿Qué se
hicieron tus chistes, tus piruetas, tus
cuentos de relajo que hacían prorrumpir
en carcajadas a toda la corte? ¿Qué
haces ahí con la boca abierta? Vete al
cuarto de mi amada y dile que aunque se
ponga una gruesa capa de afeites ha de
convertirse en esta linda figura.
Enterrador:
Como la dama que está en esa otra
sepultura: la señorita Gautier.
Armando:
¿Margarita Gautier?
Enterrador:
La misma. Los deudos de los difuntos
enterrados alrededor se oponen a que su
tumba siga en este lugar. Dicen que
quien llevó una vida de libertinaje
debe tener un lugar aparte.
Armando:
¿Y era muy libertina?
Enterrador:
Oigame, lo que se cuenta es mucho.
Armando:
¡Canallas!
Enterrador:
¿Por qué llora, señor?
Armando:
Yo amaba a Ofelia.
Enterrador:
Se equivoca, amigo. Se llamaba
Margarita.
Armando:
Ah, frágil memoria.
Enterrador:
¿La conoció, señor?
Armando:
Yo la adoraba. He de contarle mi
dolorosa historia. (Música de arpa.)
Era una tarde como esta. Había pasado el
día en el campo acompañado de mi amigo
Gastón. (Aparece Gastón como títere.)
A la caída de la tarde emprendimos el
regreso a París, ciudad madre del
escándalo. No sabiendo qué hacer
entramos en el teatro.
Títeres. Escena en la ópera. Abanicos,
arañas de cristal, saludos y coqueteos.
Armando:
Esta ciudad me aburre.
Gastón:
¿Te aburre París?
Armando:
Me aburren sus setenta teatros, sus cien
restorantes, sus miles de casas de
placer.
Gastón:
¡Qué exigente! Mira, los palcos están
adornados con las mujeres más hermosas
de París.
Armando:
¡Qué me importa!
Gastón:
Y los corredores son un abejero de
duquesas, condesas, cocottes y
modistillas.
Armando:
Desiertos. Están desiertos.
Gastón:
Ah, tú estás enamorado.
Armando:
(Suspira.) Sí.
Gastón:
La ciudad te ofrece placer.
Armando:
Y yo quiero soledad. Caminaré por
calles apartadas y oscuras y pensaré en
ella. Adiós, adiós.
Gaston:
Adieu, adieu.
Se oye la risa de Margarita.
Armando:
¡Escucha! La risa de Margarita.
Voz de Margarita:
Mis camelias, mis blancas camelias.
Armando:
Oh, la voz de Margarita.
Se oye la tos de Margarita.
Armando:
¡Silencio! ¡Esa tos, esa tos! La
reconocería entre miles de mujeres
tosiendo. Es la tos de Margarita.
Margarita y Prudencia aparecen. Risas
incontenibles.
Voces:
¡Cómo se viste! ¡Qué peinado! ¡Qué
escándalo! ¡Mírala! No lleva
escapulario. Debían desollarla. Quemarla
viva. Decapitarla. (Cantan.)
Entrada de Margarita
Es que vendrá, vendrá
envuelta en pieles
Margarita.
Es que será, será
la reina de la noche
con su risa,
es su perfil marfil
de un viejo camafeo
con brillantes.
Está al llegar
se oye su tos
los hombres y la noche
se desvelan
y cuando dice amor
nada es igual
Estribillo:
¡Qué horror, qué horror!
Que escándalo en París.
Vestida así, de carmesí
con un escote que le llega aquí.
Gastón:
¿Quieres conocerla?
Armando:
Daría diez años de mi vida por ofrecerle
un pañuelo.
Gastón:
Ofrécele otra cosa, te lo agradecerá
más. Acompáñame.
Se acercan a ellas.
Gastón:
Margarita, quiero presentarle a un
admirador.
Armando le besa la mano. Margarita
suelta una carcajada.
Armando:
No entiendo por qué se ríe usted,
madame.
Risa de Margarita.
Prudencia:
No le haga caso, monsieur. Esta noche...
(Margarita y Prudencia no pueden
contener la risa ).
Armando:
Si molesto...
Margarita:
Perdón, monsieur. (Sigue riéndose.)
Prudencia:
Margarita está muy nerviosa.
Armando:
¿Nerviosa?
Prudencia:
Sí, un secreto muy secreto.
Armando:
Lo mejor será retirarme, madame.
Margarita:
Acérquese más, monsieur. ¿Sabe lo que
sucede? Se me hace la boca agua…
pensando en marróns glacés.
Armando:
¿Marróns glacés?
Margarita:
Sí, monsieur, marróns glacés.
Armando:
¿ Y qué son marróns glacés?
Margarita:
Pues, marróns glacés son... marróns
glacés. ¿Podría conseguírmelos?
Armando:
¿Me promete que los comerá de mi mano?
Margarita:
Como una paloma.
Armando:
Entonces bajaré al infierno para
conseguirlos.
Prudencia:
Cuidado que se quema.
Armando:
Gastón, acompáñame. Vamos al infierno
a comprar marróns glacés..
Salen. Margarita y Prudencia ríen.
Prudencia:
Al fin ¡libres! Ahora, a llamar al
Duque.
Margarita:
¡Insoportable!
Prudencia:
Es el hombre más rico de París. Y está
loco por ti.
Margarita:
Ay, si el dinero pudiera llenar mi
soledad.
Prudencia:
Llenará tu bolsa. (Sale.)
Margarita:
(Huele las camelias.) Ah,
camelias, blancas flores sin perfume,
como yo.
Entran Prudencia y el Duque.
Prudencia:
Margarita, te presento a monsieur le Duc
de Varville, dos castillos, seis
carruajes y un millón de francos al
año.
Duque:
A sus pies, madame, con todo lo que
tengo.
Margarita:
Soy Margarita Gautier, la dama de las
camelias. Y no tengo nada que ofrecerle.
(Se descubre los senos; el Duque se
lanza hacia ella y la besa.)
Duque:
(Muy circunspecto.) La invito a
cenar, madame.
Salen Margarita y el Duque. Entra
Armando.
Armando:
¿Y Margarita?
Prudencia:
Salió, monsieur.
Armando:
¿Adónde, madame?
Prudencia:
A comer, monsieur. Y la sigo, voy a
pegar la gorra.
Armando recoge una camelia del suelo.
Comienza a desojarla.
Armando:
Me quiere, no me quiere, me quiere, no
me quiere...
Acorde muy dramático.
Narrador:
¿Conseguirá Armando el amor de Margarita
Gautier? ¿La tos de Margarita es un
simple catarro o una enfermedad de
fatales consecuencias? ¡No se pierdan
el próximo capítulo! (Música de
arpa.) Y pasó el tiempo, animal
mitológico que cura los pequeños
caprichos, pero exacerba las profundas
pasiones de un corazón juvenil.
La casa de Margarita: cortinas de
terciopelo rojo, candelabros.
Margarita:
Nanina, Nanina.
Nanina:
Oui, madame.
Margarita:
Que preparen la cena.
Nanina:
¿A esta hora?
Margarita:
Olimpia y unos amigos vienen a cenar. (Nanina
sale. Margarita descubre al Duque
sentado al piano.) ¿Ah, estaba usted
ahí?
Duque:
Esperándola a usted. Es mi destino.
Margarita:
El mío es encontrármelo a usted en todas
partes. ¿Qué tiene que decirme usted?
Duque:
¿No lo sabe usted?
Margarita:
Ay, cómo me aburre usted.
Duque:
Y yo, cómo la quiero a usted.
Margarita:
Pierde el tiempo usted.
Duque:
Ustedes las mujeres son caprichosas.
Margarita:
Ustedes los ricos pretenden conseguirlo
todo con dinero.
Duque:
Yo estoy dispuesto a arruinarme por
usted.
Margarita:
Y yo no quisiera verlo más a usted.
Duque:
Entonces le digo adiós a usted.
Cuando el Duque va a salir entra Nanina
y anuncia a los visitantes.
Nanina:
Mademoiselle Olimpia y Monsieur Mondieu.
Duque:
Me retiro. Con permiso de usted, de
usted (a Margarita) y muy
especialmente de usted.
Margarita:
Buen viento lo lleve a usted.
Sale el Duque. Risas.
Olimpia:
¿Por qué lo tratas así?
Margarita:
(Suspira.) No tienes idea de lo
aburridos que son estos nobles con
dinero.
Mondieu:
¡Mon dieu!
Margarita:
Y Prudencia no acaba de llegar.
Olimpia:
¿Dónde está?
Margarita:
Al lado, la llamo y la llamo y ¡nada! (Llama.)
Prudencia, Prudencia.
Voz de Prudencia:
¿Qué?
Margarita:
¿Por qué no vienes?
Prudencia:
Tengo dos jóvenes de visita.
Margarita:
Echalos.
Prudencia:
No quieren irse.
Margarita:
¿Están desnudos?
Mondieu:
¡Mon dieu!
Prudencia:
Uno es Gastón.
Margarita:
¿Y el otro?
Prudencia:
Armando Duval. (Acorde.)
Margarita:
¿Quién? ¿Armando Duval? (Acorde.)
Prudencia:
Sí.
Margarita:
Tráelos a cenar. (Aparte.) ¡Qué
extraño! ¡Qué extraño! Tengo el
presentimiento que esta noche cambiará
el curso de mi destino. (Acorde).
Nanina:
(Anuncia.) Madame Prudence
Duvernois, Monsieur Gastón Rieux,
Monsieur Armand Duval.
Prudencia:
Ya conoces a Armando Duval, es un
ferviente admirador. Cuando estuviste
enferma preguntaba por ti todos los
días.
Margarita:
¿Es cierto?
Armando:
Desde la calle miraba su ventana y la
oía toser. ¡Qué triste música!
Margarita:
No me haga reír.
Prudencia:
A la mesa, a la mesa, todos a la mesa.
¡Me muero de hambre!
Gastón:
Que Prudencia cante algo.
Todos:
Que cante, que cante.
Prudencia:
¿Y cuánto me van a pagar? Yo cobro...
¡por todo lo que hago!
Mondieu:
¡Mon dieu!
Canción de Prudencia
Soy una mujer muy frágil
un exquisito cristal
pero resisto, resisto
la dureza del metal.
El verano me aniquila
desfallezco de calor
pero resisto, resisto
el fuego de tu pasión.
Tanto trabajo me agota
y no dejo de sudar
pero me muevo, me muevo
a la hora de bailar.
Soy pura como una Virgen
no me lo pueden negar
pero me rindo, me rindo
si alguien me quiere violar.
Estribillo:
Qué rigidez, qué firme está
ese bastón, ese bastón.
Ay, Dios, me vas a enloquecer.
Todos bailan. Margarita es atacada por
un acceso de tos.
Armando:
¿Se siente mal?
Margarita:
No, no es nada.
Prudencia:
¿Qué te pasa?
Margarita:
Nada. (Tose.)
Prudencia:
Estropeas todas las fiestas con tu
maldita tosesita.
Mondieu:
¡Mon dieu!
Margarita:
Vayan ustedes al salón de fumar. Yo iré
más tarde.
Olimpia:
¿Por qué no tomas algún jarabito?
Salen todos, menos Margarita y Armando.
Margarita:
(Frente a un espejo.) Ah, qué
palidez. ¡Qué lívida estoy!
Armando suspira.
Margarita:
Ah, usted. ¿Se siente enfermo?
Armando:
Qué dolor tan hondo.
Margarita:
¿Una muela?
Armando:
Sufro por usted.
Margarita:
No tiene importancia. Ya pasó.
Armando:
Quisiera ser amigo suyo, tío, hermano,
pariente suyo, para impedirle hacer
estas locuras.
Margarita:
¿Qué locuras?
Armando:
Bailar hasta tarde, beber champán, pasar
malas noches.
Margarita:
¡Locuras! Es lo que todo el mundo hace
en París.
Armando:
Locuras.
Margarita:
Las locuras me hacen olvidar.
Armando:
Se está usted matando.
Margarita:
¡Qué importa! Como viviré menos que los
demás, quiero vivir más aprisa. ¡Cómo!
¿Está usted llorando?
Armando:
No me haga caso.
Margarita:
¡Ah, qué nobleza! ¿De veras me cuidaría
usted si estuviera enferma?
Armando:
Sí.
Margarita:
¿Estaría usted días y días junto a mí?
Armando:
Noches, noches enteras con usted. (Le
acaricia un seno.)
Margarita:
Oiga un consejo: márchese de aquí. Gasto
siete mil francos al mes en... ¡locuras!
Y no sé vivir de otra manera. No se
imagina lo que es querer a una mujer
como yo. Lo arruinaría.
Armando:
Estoy fascinado con el brillo de sus
ojos.
Margarita:
¿Brillan mucho?
Armando:
Son dos carbones encendidos.
Margarita:
Debo tener fiebre. Voy a ponerme el
termómetro. (Se aleja y se pone el
termómetro bajo el brazo. Armando la
sigue.)
Armando:
Margarita, hace dos años que la amo. La
he seguido por todo París, en teatros,
restaurantes, tiendas, zapaterías,
farmacias. Me he parado en la puerta de
una farmacia al verla entrar y he estado
allí horas y horas mientras usted
esperaba que le prepararan la receta. (Tos.)
He pasado noches enteras sin dormir,
imaginándome sus ojos, la palidez
exquisita de su piel, el perfume de su
ropa interior. (Tos.) Sueño con
usted. Sueño que la llevo al bosque y
que allí…usted... ¿comprende? Esos
sueños me vuelven loco, me despierto
débil, inútilmente débil ¿comprende? (Tos.)
Le he escrito cartas. (Tos.) Que
después rompo. He pensado en marchar, en
matarme, en matarla. (Tos.) Todo
por conseguir su amor o librarme de esta
obsesión (Tos.) que me impide (Tos.)
vivir (Tos.) que me vuelve loco.
Margarita:(Mirando
el termómetro.)
Tengo treinta y ocho y medio.
Armando:
No sea cruel.
Margarita:
Es la pura verdad. Mire, treinta y ocho
y medio.
Armando:
Tiene que ser mía. Ahora, con toda su
fiebre.
Margarita:
Amigo mío, el hombre a quien yo quiera
debe tener tres cualidades: confianza,
obediencia y discreción.
Armando:
Lo que usted diga. Pero déjeme pasar la
noche con usted.
Margarita:
¿Ve esta flor?
Armando:
Sí, una camelia.
Margarita:
Se la entrego ahora. Vuelva más tarde
para devolvérmela.
Armando:
¿Cuándo?
Margarita:
Cuando se marchite.
Armando:
(Estrujándola.) Ya está marchita.
Ven, ven, entremos en un mundo sin
memoria. (Se acuesta sobre ella.)
Margarita:
Mi alma estaba sedienta de un amor tan
puro como éste.
Armando:
Ven, ven, entremos al templo.
Margarita:
Desnudemos nuestras almas.
Armando:
Y nuestros cuerpos. Desnudos como el
primer día de la creación.
Margarita:
No puedo quitarme la ropa. La humedad me
hace daño.
Armando:
Tu cuerpo arde.
Margarita:
¿Me habrá subido la fiebre?
Armando:
Dame tu fiebre, traspásame tu sangre,
regálame tu tos.
Están uno sobre otro, las luces
comienzan a bajar mientras se oyen voces
que los llaman:
Armando, Margarita. Aparece el Angel
de la Guarda y atraviesa el escenario
volando.
Angel:
¡Indiscretos! Esto no se puede mirar. (Y
cierra una cortina.)
Narrador:
En la elegante mansión de la rue Saint
Honoré todo era alegría. Margueritte
Gautier, que había vivido mucho tiempo
sin amor, encontraba en Armand Duval el
hombre que la llenaba, la colmaba, la
desbordaba, produciéndole un nuevo
estremecimiento. Una mañana espléndida,
llena de sol y piar de pájaros,
Margarita recibió una inesperada
visita...
Doctor:
Madame, quítese la ropa.
Margarita:
Pero... es que...
Doctor:
No me diga que nunca se ha desnudado
delante de un hombre.
Margarita:
Desde que amo a Armando me he vuelto
pudorosa. ¡Tanto! El amor nos convierte
en lo que nunca fuimos.
Doctor:
Para lo que vamos a hacer la desnudez
es imprescindible.
Margarita:
¡Ya lo sé! Pero mi alma se rebela.
Doctor:
No quiero confusiones. Es su cuerpo lo
que me interesa.
Margarita:
Bien, accedo. (Se esconde tras una
cortina.) Espere un minuto, sólo un
minuto. (Regresa desnuda).
Doctor:
Vírese de espaldas.
Margarita:
Ah, no, de espaldas si que no.
Doctor:
No sea tan melindrosa. ¡Vírese!
Margarita se vuelve.
Doctor:
(Poniéndole el oído en la espalda.)
A ver, diga treinta y tres.
Margarita:
Treinta y tres.
Doctor:
Otra vez.
Margarita:
Treinta y tres.
Doctor:
Dígalo en francés.
Margarita:
Treinte et trois.
Doctor:
Hija, usted está tuberculosa.
Margarita:
¡Doctor! ¿No será una enfermedad
venérea? Le tengo horror a la
espiroqueta pálida.
Doctor:
¿Duerme bien?
Margarita:
Desde que conocí a Armando duermo poco.
Me paso las noches enteras...
Doctor:
Comprendo, comprendo.
Margarita:
…soñando con él.
Doctor:
¿Soñando?
Margarita:
Soñando. ¿Qué pensaba?
Doctor:
Eso la debilita mucho.
Margarita:
El amor es así. Todo sueño.
Doctor:
Pero la debilita, la debilita.
Entra Prudencia.
Doctor:
Esta muchacha está acabando con su vida.
Prudencia:
Se lo he dicho, doctor: ¡descansa,
Margarita! eso no se puede coger con
tanta furia.
Doctor:
Váyase al campo.
Margarita:
¿Al campo? ¡Doctor, con tanta tierra
colorada!
Doctor:
El aire puro, la vida tranquila y una
alimentación a base de huevo y leche
pueden hacer mucho por su salud.
Margarita:
Doctor, soy una mariposa nocturna, nada
más.
Doctor:
Hoy mariposa, mañana... ¿quién sabe? El
proceso puede darse al revés.
Margarita:
¿Quiere decir que terminaré en gusano?
Doctor:
Cuídese o terminará en un sanatorio.
Prudencia:
¡Qué horror!
Doctor:
Ahora me voy, pero le haré una
recomendación; coma más... y por la
noche... ¡sueñe menos! (Sale.)
Margarita:
(Desesperada.) ¡Oh no! La vida no
puede ser tan cruel. Ahora que he
encontrado el amor, ahora que la
felicidad ha entrado en esta casa en
sombras... ¡No, no, no!
Prudencia:
No te pongas así. Eso no puede ser nada
grave, debe ser una simple bronquitis.
Margarita:
¿Tu crees, Prudencia?
Prudencia:
Naturalmente. Si fuera tuberculosis
estarías vomitando sangre.
Margarita tose, se lleva el pañuelo a la
boca y lo mancha de sangre.
Margarita:
Oh, Dios mío, mira esto.
Prudencia:
¿Sangre?
Margarita:
Sangre. No dejaré que Armando tome en mi
vaso ¡no! Puedo contagiarlo.
Prudencia:
Un hombre tan saludable.
Margarita:
¡Y dilo! Prudencia, cómprame dos vasos.
¡Enseguida!
Prudencia:
Dame el dinero.
Margarita:
Toma. Que te los graben, uno que diga
Ella y el otro El. Y bordaré toallas con
monogramas: Ella y El.
Prudencia:
Y compra cepillos de dientes de
distintos colores.
Margarita:
Sí, rosado para mí y azul para Armando.
Prudencia:
¡Ah, cuántos detalles! Me conmueve un
amor así.
Margarita:
Nos iremos al campo, llevaré una vida
tranquila…
Prudencia:
Cómo te vas a aburrir.
Margarita:
… me acostaré temprano...
Prudencia:
Hum.
Margarita:
Y tomaré mucha leche.
Prudencia:
¿Y tienes dinero para alquilar una casa
en el campo?
Margarita:
Lo conseguiré.
Prudencia:
No es fácil.
Margarita:
Haré lo que tenga que hacer. Prudencia,
tú puedes ayudarme.
Prudencia:
Ah, no, no, amiga mía; yo no tengo ni un
franco partido por la mitad.
Margarita:
Serás mi paloma mensajera. Ve y dile al
Duque de Varville que quiero verlo
inmediatamente.
Prudencia:
¡Dinero a la vista!
Margarita:
Vuela, paloma.
Prudencia sale. Margarita se dirige al
público.
Margarita:
El Duque me ama con un frenesí tal, que
aunque últimamente he sido desdeñosa con
él, estoy segura que será incapaz de
negarme lo que le pida. Y entonces me
iré al campo, haré una vida distinta y
seré... (Aparece Armando.)
Armando.
¡Margarita!
Margarita:
¡Armando! ¿Me sigue amando usted tanto
como ayer?
Armando:
No, madame.
Margarita:
¿Cómo?
Armando:
Te quiero más, mil veces más que ayer.
Mi padre me ha escrito pidiéndome que
regrese a casa, pero no iré.
Margarita:
No quiero tener un disgusto con tu
padre. Ve a verle.
Armando:
¿Quieres que me aleje?
Margarita:
No, quiero apretarte y beberme tu
sangre.
Armando:
Y yo comerte las orejas.
Margarita:
Morderte los labios.
Armando:
Beberme tu mirada.
Nanina:
(Entrando.) Madame, la cena está
servida.
Margarita:
Gracias, Nanina. No cenaremos hoy.
Nanina:
(Retirándose.) Se les quitó el
apetito.
Margarita:
¿Te gustaría dar un viaje?
Armando:
¿Afuera?
Margarita:
A las afueras de París, al campo, y
alejarnos de este ruidoso París que me
hastía.
Armando:
El paraíso está donde tú habitas.
Margarita:
Estuve haciendo planes. Dentro de cinco
días no le deberé nada a nadie y nos
iremos a pasar el verano juntos.
Armando:
(Aparte.) Esos planes me llenan
de sospechas.
Margarita:
Para veranear en el campo se necesita
dinero y no lo tenemos. Pero tengo la
solución. El Duque me quiere como a una
hija.
Armando:
Me destrozas el corazón.
Margarita:
¿Me quieres tú?
Armando:
Más que a mí mismo.
Margarita:
Entonces déjate querer y veas lo que
veas no interrogues al destino. Ahora
vete, mon amour, mañana almorzaremos
juntos.
Armando:
¿Me lo prometes?
Margarita:
Soy tuya.
Armando:
Adieu.
Margarita:
Au revoir
Armando sale.
Narrador:
Margarita Gautier se despidió de Armando
con un blanco pañuelo perfumado con
Christian Dior. Sus ojos estaban
cuajados de lágrimas. ¿Sería correcto lo
que iba a hacer?
Aparecen las otras Margaritas. La
rodean.
Margarita1:
Ja, ja, ja, ja. No podrás realizar tus
deseos.
Margarita
2:
Ni abandonar tu vida licenciosa.
Margarita
3:
Eres una mujer galante.
Margarita
4:
Señalada por todos.
Margarita
5:
El mundo será implacable .
Todas:
¡Implacable, implacable!
Margarita:
¡No, no! Abandonaré esta vida, me iré al
campo, me dedicaré a él.
Margarita1:
El campo no podrá redimirte.
Margarita
2:
La sombra de tu pasado te envolverá como
un sudario.
Margarita:
Tengo derecho a la felicidad.
Margarita
3:
Las mujeres como tú no tienen derechos.
Margarita:
Piedad, soy una mujer al borde de un
precipicio.
Todas:
Te empujaremos.
Margarita:
Daré toda mi sangre por su amor.
Margarita1:
Sangre corrompida, caldo de gérmenes
inmundo.
Margarita
2:
Ni el mismo Mefistófeles la querría.
Margarita:
Piedad, piedad.
Todas:
(Burlándose.) Piedad, piedad.
Angel de la Guarda.
(Apareciendo.) ¡Atrás,
conciencias turbias! Putas resecas,
retiráos, recelosas del amor.
Las Margaritas desaparecen en medio de
alaridos.
Margarita:
Ah, siempre hay un hombre que me salva.
¿Quién eres?
Angel:
Tu Angel de la Guarda.
Margarita:
Angel mío.
Angel:
Desde el cielo contemplo el hilo frágil
de tu vida. Te vigilo noche y día: desde
mi nube, en la cabecera de tu cama, a
través de las cerraduras y veo todo lo
que haces.
Margarita:
¿Todo?
Angel:
Todo.
Margarita:
Qué vergüenza, Angelito.
Angel:
Sufro mucho. Nadie sabe lo infelices que
podemos ser los ángeles. (Mira al
público.) O lo felices.
Margarita:
¿Traes alguna advertencia divina?
Angel:
Vete al campo, vive estos meses de
felicidad, es lo único que te queda.
Margarita:
¿Nada más?
Angel:
El amor es así. Tres meses de exaltación
y después el hastío. Como siempre.
Margarita:
¿Y nada más?
Angel:
Nada más que la tos, los vómitos de
sangre, las sábanas sudadas, las cuentas
de la farmacia, los acreedores, las
noches de insomnio en una enorme cama
vacía. La soledad.
Margarita:
¿Cuesta tan caro el amor?
Angel:
¿Chica, tú no lees? Toda una larga lista
de amantes perseguidas por la fatalidad.
Julieta, atravesada por la daga de
Romeo; Ofelia, hinchada como un globo
por las aguas del río; Fedra, colgando
de la soga con la lengua afuera; Madame
Bovary, retorciéndose por el fuego del
veneno y Cecilia Valdés, ¡qué mulata!
gritando: ¡a ella, a ella, a él no! Ya
agregaremos tu nombre y haremos llorar a
las amas de casa, a las niñas
románticas, aliviándoles el aburrimiento
de la vida cotidiana. Y ahora me voy.
Margarita:
No te vayas, aconséjame.
Angel:
Mira, ahí está tu Duque. No te detengas.
Tres meses de exaltación y después el
hastío. (Se va volando.)
Entra el Duque, se irá molestando cada
vez más según ella confunde el
tratamiento.
Margarita:
¡Ah, Conde!
Duque:
Perdone, Madame, pero soy Duque.
Margarita:
¡Al fin llega usted!
Duque:
Puntual, como siempre. Y dispuesto a
invitarla a cenar.
Margarita:
¿No ha cenado usted, marqués?
Duque:
Duque, por favor. Siempre se tiene
apetito para cenar en compañía de
Margarita Gautier.
Margarita:
Dentro de un momento tendrá que
confirmar esa admiración.
Duque:
¿Necesita más pruebas? (Le acaricia
un seno.)
Margarita:
Ah, estas manos tan inquietas. ¿Está
usted nervioso, vizconde?
Duque:
Duque, Duque. Mis manos, independientes
de mi voluntad, se lanzan hacia usted. Y
a propósito, ¿quién salía de aquí hace
un momento?
Margarita:
Nadie, milord.
Duque:
Duque, ya se lo dije: Duque. Al bajar
del coche alguien se me acercó y me miró
inquisitivamente.
Margarita:
(Aparte.) Dios mío, ¿será
Armando?
Duque:
¿Necesita algo?
Margarita:
Hablemos de cosas serias... Señor Duque.
Duque:
Prefiero la irresponsabilidad del juego.
Margarita:
Pues, juguemos.
Duque:
¿A qué?
Margarita:
A las preguntas.
Duque:
¿Quién pregunta primero?
Margarita:
La dama, por supuesto.
Duque:
D’accord. ¡Uno, dos y tres! ¡Pregunte!
Margarita:
¿Cree usted que el ser humano tiene
derecho a la felicidad?
Duque:
Sí. Siempre que haga lo imposible por
conseguirla.
Margarita:
Si en sus manos estuviera hacer feliz a
una mujer. ¿Se negaría usted?
Duque:
Nunca.
Margarita:
¿Opina que hay alguna relación entre el
dinero y la felicidad?
Duque:
Una relación indisoluble.
Margarita:
Entonces, présteme quince mil francos.
Duque:
¡Qué juego tan impertinente! Hablemos de
cosas serias, Madame. ¿Qué está usted
dispuesta a dar?
Narrador:
Margarita Gautier palideció. Pero su
alma, el alma desesperada de una mujer
dispuesta a lograr unos meses de paz se
sobrepuso.
Dúo de Margarita y el Duque
duque:
Yo soy Duque,
tengo plata
tanta plata
que no la puedo gastar
dos castillos
seis carruajes
y me canso de viajar.
Las mujeres me persiguen
tanto de día o de noche
y donde quiera que voy.
Porque aquí en París
señores
si se es Duque
y tiene plata
y la sabe administrar
las mujeres lo persiguen
desde la silla a la cama
y adondequiera que va.
Margarita:
Yo soy puta
sin dinero
sin negocios
humillada sin parar,
y los ricos
son tan torpes
no me saben apreciar.
Y los otros me persiguen
tanto de día o de noche
y adondequiera que voy
porque aquí en París,
señores
si se es puta
sin dinero
y usted no puede pagar
los impuestos que le cobran
por trabajar en la cama
no sé adónde van a parar.
Juntos:El
dinero no es la vida
es tan sólo la mitad
la otra mitad de la vida
me pregunto qué será.
Margarita:
Estoy dispuesta a dárselo todo.
Duque:
¿Todo?
Margarita:
(Trágica.) Todo.
Duque:
¿Cuándo?
Margarita:
Cuando tenga los quince mil francos.
Duque:
Aquí están.
Margarita se ofrece. El Duque se lanza
hacia ella y la acaricia con lujuria.
Entra Nanina y tose discretamente.
Margarita:
Nanina ¡estás tosiendo! ¿Te habrás
contagiado?
Nanina:
No, madame. (En secreto.) Ha
llegado esta carta.
Margarita:
(En secreto.) ¿Quién la trajo?
Nanina:
Un muchacho.
Margarita:
¿Espera respuesta?
Nanina:
No dijo nada. (El duque tose para
llamarles la atención. Nanina se retira.)
Margarita:
Duque, ¿tose usted?
Duque:
No es nada.
Margarita:
(Aparte.) Oh, espíritus celestes,
estoy contagiando a todos los que me
rodean. Cada vez que beba en un vaso lo
romperé, aunque me arruine. Y ahora
veamos qué nuevas me trae esta carta.
Mientras lee la carta, se oye la voz de
Armando.
Voz de Armando:
Madame: al salir de su casa he visto
entrar en ella al Duque. No estoy
dispuesto a hacer un papel ridículo.
Enamorado sí. Tarrudo, jamais. Perdóneme
el pecado de no ser millonario y
olvidemos los dos que nos hemos
conocido. Cuando reciba esta carta habré
salido de París. Armand Duval.
Duque:
(Los siguientes bocadillos los dice
mientras Margarita lee la carta.)
Margarita, ¿qué le sucede? Margarita,
está usted pálida. Se va a desmayar.
Nanina, que se desmaya. Se desmayó.
Margarita:
(Levantándose.) ¿Dónde estoy?
Duque:
¿Qué le pasa? ¿Qué carta es esa que
tanto la conmueve?
Margarita:
Una buena noticia para usted.
Duque:
¿Cómo?
Margarita:
Esta carta le hace ganar quince mil
francos.
Duque:
¿Ya no necesita el dinero?
Margarita:
Ya no. Estaba enamorada.
Duque:
¿Entonces no hacemos el trato?
Margarita:
Sí. Lo haremos de todos modos. El dinero
dura más que el amor.
Duque:
Cínica.
Margarita:
Degenerado. Ustedes nos obligan a ser
así. (Se entrega a él desnudándose.)
El actor con el muñeco-Armando aparece
en primer plano.
Armando:
La carta que había enviado a Margarita
me mantenía intranquilo. Estaba
arrepentido, pero no me atrevía a
visitarla y pedirle perdón. Pasaron los
días, deambulaba como un sonámbulo
fijándome en todas las caras, en todos
los coches, en todos los perros,
pensando que podían ser la cara de
Margarita, el coche de Margarita, el
perro de Margarita. Después me di cuenta
de que Margarita no tenía perro. Una
noche me aposté a la salida de la ópera.
Se ven figuras a la salida del
teatro. Bullicio y música lejana.
Armando:
De pronto a mis oídos llegó una tos
delicada, de timbre exquisito. (Se
acerca a una mujer que está de espaldas.)
Amor.
Mujer:
(Volviéndose. Es una vieja espantosa.)
¿Qué decías, hijo?
Armando:
Nada madame, ha sido una equivocación.
Vieja:
De una equivocación así puede salir algo
excitante.
Armando:
(Huyendo.) Perdón, perdone,
perdone, perdone, perdone...
Vieja:
Ven acá cosa linda, podemos pasar la
noche juntos. No te vayas, ven, ven.
Armando:
(Al público.) Era una bruja. Su
aliento del infierno me azotó el rostro
y huí despavorido. Caminé por las calles
desiertas de París y bajo un farol me
puse a reflexionar.
Canción de Armando
(Tango)
Si corrí por esas calles
si busqué por bulevares
y no la pude encontrar.
Cuantas noches enlutadas
bajo el ala del sombrero
con los dientes apretados
yo toqué mi bandoneón.
Ahora lloro sin vergüenza
pues por siempre la he perdido
y jamás la encontraré.
Dicen que soy un cobarde
y se ríen de mi llanto
y me llaman mariquita
pero no la olvidaré
Qué pena
de saber que estoy tan solo
y ella sigue por las calles
chancleteando sin parar.
Qué angustia
yo no quiero ser un chulo
ni seguirla ni dejarla
aunque ya no puedo más
Hermano
corre y dile que regrese
que no importa, que se apure
dile que la perdoné.
Bajo la luz de este farol
veré pasar mi vida
sin besarla más.
Gastón se acerca cuando termina de
cantar.
Gastón:
Armando Duval, dichosos los ojos. ¿De
dónde vienes?
Armando:
De la ópera. ¿Y tú?
Gastón:
Del varieté. Creí que estarías allí.
Armando:
¿Por qué?
Gastón:
¿No lo adivinas? Allí estaba Margarita.
Armando:
¿Sola?
Gastón:
Con el Duque de Varville.
Armando:
Sus palabras me hirieron como un rayo en
la frente y palidecí.
Gastón:
Armando, qué pálido estás. Te vas a
desmayar. Un coche, que se desmaya. Se
desmayó. (Le da unos golpes en la
cara. Armando no reacciona.) Voy a
buscar un coche. (Sale.)
Margarita aparece por el otro lado del
escenario. Actriz y muñeco.
Margarita:
(Al público.) Armando me escribió
una carta infame, sarcástica e
insultante. Y me entregué al conde.
Quiero decir, al duque. Entregué mi
cuerpo, pero mi alma se mantiene pura,
purísima, como las camelias. Y ahora lo
busco por esta escandalosa ciudad sin
encontrarlo. Armando, ¿dónde estás?
¿Dónde estás amor que no te oigo
suspirar? ¿Ustedes lo han visto? Es un
joven alto, de ojos tristes, con una
boca maravillosa y cuando se desnuda
parece un Cristo. ¿No está por ahí? ¿No
estará sentado mirándome y su soberbia
le impide acercarse y hablarme?
El texto siguiente debe considerarse
solo una pauta para que la actriz
improvise.
Ay, creo que está en la segunda fila.
Armando, mi Armando. ¿Por qué has
tardado tanto en venir? ¿Eres tú,
verdad? Sabía que me esperabas. Sí, tú
eres mi Armando. ¡Cómo no! Ven conmigo,
nuestra cama camera está tendida,
esperándonos. Vamos, hay una luna
hermosa que entrará por las ventanas
para iluminar nuestro acto de amor. Te
extraño mucho. Vamos, no seas tímido.
¿No? ¿No quieres venir? Ah, míralo allí.
Con otra mujer. ¿Cómo te atreves a venir
a ver «La dama de las camelias» con otra
mujer? Ah, traidor, mirando nuestra
novela con mi rival. Dios mío, cuánto
tiene que sufrir una pobre cortesana. Y
usted, infame, me ha quitado a mi
amante, al hombre que me llenaba, que me
desbordaba como nadie. ¿Eres mi Armando,
verdad? ¿No? Ay, Dios mío, nadie es
Armando, nadie. ¿Será que no existe?
¿Será mi imaginario quien lo ha
concebido? Es aquel, aquel. Mírenlo, se
ha pintado de negro para que no lo
reconozcan. Eres tú, mi amor. Pintado
así pareces un príncipe africano. Las
mujeres de tu tribu te adoran al ver el
brillo de tus pupilas y la sensualidad
de tus danzas. Vamos. La noche es joven
y aun nos quedan muchos actos por hacer.
¿Tú tampoco? Ah, nadie quiere ser mi
Armando. Adiós, criaturas crueles,
ajenas a mi dolor. Ustedes serán
culpables si tomo una determinación
desesperada. (Grita.) ¡Taxi! Oh,
Dios mío, qué problema con los coches,
ninguno va para la Torre Eiffel.
Se va hacia el escenario gritando taxi.
Desaparece entre las cortinas.
Armando:
(Despertando del desmayo.) ¿Dónde
estoy?
Inmediatamente aparece un cartel que
dice: CHAMPS ELYSEES.
Entra un coche. Por la ventanilla se ve
a Margarita. Armando corre tras el coche
llamándola. Detiene los caballos que se
encabritan, el coche se vuelca y
Margarita salta. La escena se llena de
curiosos que gritan al ver el accidente.
Observarán el resto de la escena y
formarán un coro.
Armando:
Margarita.
Margarita:
¿Qué quiere usted?
Armando:
Que me perdone.
Margarita:
No lo merece. Me ha hecho usted mucho
daño.
Armando:
Si usted me hubiera o hubiese amado, no
hubiera o hubiese recibido al duque.
Margarita:
Para eso hubiera o hubiese necesitado
ser una duquesa y tener doscientos mil
francos de renta. Pero yo soy...
Coro:
Margarita Gautier.
Margarita:
...y tengo cuarenta mil deudas. Había
que tomar de mí lo bueno y no pensar
nada más. Pero tú eres...
Coro:
Armando Duval.
Margarita:
Un gran señor que no quiere aceptar
nada.
Armando:
Tengo mi orgullo.
Margarita:
El orgullo no se guarda en los bancos.
Envíame una joya y estamos en paz.
Armando:
Margarita, estás loca.
Margarita:
Tuberculosa sí, loca ¡nunca!
Armando:
¿Entonces por qué...?
Margarita:
¿Quieres saberlo? ¡Escucha!
Canción de Margarita
(Aria para soprano de coloratura)
In questo giorno
il primo tempo
vivace allegro
sono di te.
Il mio cuore
parla d’adagio
e il mascalzone
parla di te.
Recitativo:
Io t’encontrai, giovane, felice,
appassionato, forte, virile... e
instancabile. ¡Notte e notte
instancabili! Nel fondo de la mia
rumorosa solitudine, io sono tua, tua
por sempre.
Io voglio avare
tante camelie
tanti piaceri
tanta allegría.
Te voglio bene
amore mio
O mio amore
per sempre tua.
Armando:
¿Y después de esas palabras podría
dejarte? Busca el dinero. ¡Como sea!
Somos jóvenes, jóvenes, jóvenes…
Margarita:
No me engañes, Armando. Recuerda que yo
soy...
Coro:
Margarita Gautier.
Armando:
Un ángel.
Margarita:
Prométeme una cosa.
Armando:
La vida. Yo soy...
Coro:
Armando Duval.
Armando:
Y cumplo mis promesas.
Margarita:
¿Juras que las cumplirás?
Armando:
Por los huesos de mi madre.
Margarita:
Júrame que nunca beberás en el vaso
donde yo haya puesto mis labios.
Armando:
Pero...
Margarita:
¡Jura!
Coro:
Jura.
Margarita:
Jura.
Coro:
Jura, jura.
Armando:
Lo juro.
Margarita:
Júrame que romperás todos los vasos
después que yo haya bebido.
Coro:
Jura, jura.
Armando:
Lo juro.
Margarita:
Ya nada podrá separarnos.
Se abrazan. Música coral. El telón
comienza a correr y la luz baja.
Acto
segundo
En Auteil, cerca de París. Se oye una
gallina cacareando. Después la gallina
aparece en el escenario.
Gallina:
No hay mayor satisfacción para mí que
anunciar con entusiasmo el deber
cumplido. Acabo de poner un huevo. No es
nada nuevo, miles de gallinas francesas
ponen huevos diariamente y después no
hacen ningún discurso, dirán ustedes. Y
es verdad: el público siempre tiene la
razón. Eso nos plantearía infinitos
argumentos sobre la actividad creadora,
el teatro, el realismo y el nivel
cultural de las masas... Pero hoy, gran
día, día de satisfacción inefable,
adjetivo que me produce escalofríos,
i-ne-fa-ble, ¿verdad que suena muy
literario? No quería hablar de
literatura, pero... He puesto un huevo.
¿Ya lo dije? Es un huevo blanco,
ovalado, utilicemos el término correcto,
aovado. ¡Ayyyy! Ya terminaré escribiendo
mis memorias: “Una gallinita que nació
con el siglo”. En fin, hablaba del
huevo: es albo y en esa palabra uno
descubre la esencia de mi espíritu
concretada en un objeto a-o-va-do, que
será el germen de un ser como yo. No en
este caso. Este huevo, y he aquí su
importancia, está dedicado a una
mujer: Margarita Gautier.
Repentinamente aparece un grupo de
animales.
Todos los animales:
La dama de las camelias.
Gallina:
Gracias. A ella dedicaré todos los
huevos de este verano hasta estar
clueca. Fíjense, no culeca, como dicen
aquellos que tienen un desconocimiento
ancestral, desconocimiento ancestral del
idioma. Es para ella; el médico le ha
recetado una dieta donde el huevo es
fundamental.
Vaca:
Querida amiga, estamos encantados de oír
su conferencia, pero disiento de su
opinión. Sí, disiento. Y espero que esto
no vaya a abrir un debate. Es verdad que
le han recetado huevos, pero ¿qué me
dice usted de la leche?
Gallina:
(Molesta.) Sí, desde luego,
también le han recetado leche.
Vaca:
No se moleste.
Gallina:
¿Molestarme? Por favor, usted no me
conoce.
Chiva:
Todo el mundo la conoce. No hace más que
cacarear.
Gallina:
Con razón. Es un sonido mucho más
agradable que sus berridos.
Chiva:
¿Berridos? (Se lanza hacia ella. La
vaca las separa.)
Vaca:
Por favor, señoras, qué manera de
comportarse. Lo importante es que todas
estamos dispuestas a contribuir a la
curación de nuestra amiga. Yo
proporciono mi leche que en cuanto a
albura no tiene rival.
Gallina:
(Con desprecio.) ¡Albura!
Vaca:
Y yo estoy dispuesta a sacrificar a mi
Chivito para un chilindrón. (Trágica.)
Ah, hijo amado, tu tierna carne
alimenticia donada por madre infame.(Al
público) ¿Cómo se dice chilindrón
en francés?
Chiva:
Ay, basta de teatro.
Vaca:
Dejemos toda esa retórica y hagamos
nuestro trabajo.
Trío de la gallina, la vaca y la chiva
Gallina:
Cuando una mujer se empeña
en quererse alimentar
come huevos
huevos frescos
huevos duros
huevos fritos
siempre huevos
sin parar.
Vaca:
Cuando una mujer se empeña
en quererse alimentar
toma leche
leche fresca
leche pura
mucha leche
siempre leche
sin parar
Chiva:
Si es cuestión de huevo y leche
mejor es hacer un flan
cuatro huevos, mucha
leche
muy fácil de preparar.
En molde acaramelado
se le suele cocinar
si hay vainilla le echa
un chorro
si no zumo de limón
si falta leche, use vino
si no hay huevos,
almidón
cambio canela por berro
y en vez de sal,
pimentón.
¿Y la carne nutritiva
dónde la van a
dejar?
La ensalada de lechuga
No la vayan a olvidar.
Mucha yerba, mucha yerba
Que nunca debe faltar.
Chiva:
Miren, se acercan los amantes.
Gallina:
A preparar el decorado. Sauces, luzcan
más melancólicos.
Vaca:
Arroyo, canta con tu mejor voz.
Chiva:
Acérquense mariposas.
Gallina:
Y que todo el campo se inunde con el
perfume de las flores.
Toda la escena se transforma en un
paisaje románticamente pastoril. Armando
y Margarita aparecen un una barca.
Armando rema.
Margarita:
¡Qué paz! ¡Qué paz!
Armando:
Podría vivir así toda la eternidad.
Margarita:
¿Me amas?
Armando:
¿Cómo preguntas, paloma?
Margarita:
Ay, mi unicornio.
Armando:
¿Azul?
Margarita:
No. Esta novela estaba escrita antes.
Armando:
Mariposa de alas blancas.
Margarita:
Qué hermosa luna de plata.
Armando:
(Asombrado.) ¿Qué luna? Estamos a
pleno sol.
Margarita:
Puedo imaginarme la noche.
Inmediatamente cambia la luz y sale una
brillante luna.
Margarita:
¿Ves cómo se refleja en el agua el
arroyo? Y ahora cantan los grillos.
Armando:
Amor, dolor, sublime miel.
Margarita:
Rosas hermosas fatigadas de melancolía.
Armando:
Tarde dormida, arrullo de palomas.
Margarita:
Manantial detenido, canción, perfil.
Armando:
Amor, céfiro blando, pensil.
Margarita:
Ay, amor.
Armando:
Mi amor, mía para siempre, muerto de
amor.
Margarita:
¡Ay! Dicha mía, amor, amor, panal...
La barca ha pasado. Los animales
suspiran románticamente:
¡Ayyyyy! Aparece una mujer cargando
dos cubos de agua.
Mujer:
Estoy muerta de fatiga. El pozo queda a
dos leguas de la casa. Esa mujer vino de
París y se le ocurren las ideas más
extrañas del mundo: «quiero bañarme» y
vaya usted a cargar dos cubos de agua.
«¡Ay, qué mustias están las camelias!
Necesito regarlas». Y vaya usted a
cargas dos cubos de agua. «Limpia la
casa para que relumbre cuando llegue
Armando». Y vaya usted a cargas dos
cubos de agua. Y mientras tanto ella
suspira, suspira porque una paloma se
posó en la ventana; suspira porque la
gallina sacó pollitos amarillos, suspira
porque recuerda que Armando suspiró al
despedirse. Y yo también suspiro ¡claro!
Cuando tengo que ordeñar la vaca a las
seis de la mañana, cuando cocino,
friego, limpio la casa, cargo el agua y
le preparo el baño. Y después llegar a
mi casa, y darle de comer a mis hijos y
a mi marido. Y el muy cabrón también
suspira cuando se me echa encima.
Margarita:
Geroncia, apúrate con el agua que se
desmayan las camelias.
Mujer:
(Molesta, suspira.) Ay, y yo
también suspiro. Pero de rabia.¡Ayyyy!
Ruido de cristales que se rompen. Un
vaso tras otro. Armando corre por el
escenario, escucha, va a otro lugar,
mira misteriosamente.
Armando:
(Llama.) Nanina, Nanina.
Nanina:
Diga, Monsieur.
Armando:
¿Qué ruido es ese?
Nanina:
Los vasos, monsieur, los estamos
rompiendo.
Armando:
(Aliviado.) ¡Ah!
Nanina:
Se habían quedado sin romper los vasos
que usó ayer la señorita Y Prudencia y
yo estamos acabando con ellos.
Armando:
¿Prudencia está aquí?
Nanina:
Llegó esta mañana.
Armando:
(Aparte.) ¡Qué extraño! (A
Nanina.) Dígale que quiero hablarle.
Nanina:
Enseguida, monsieur.
Armando:
Los celos me torturan. Algo raro sucede
en la casa. Prudencia viene a menudo,
tiene ocultas conversaciones con
Margarita, siempre en voz baja. Me
escondo tras las puertas para oírlas,
recojo los papeles del cesto de
Margarita y vivo rodeado de sospechas,
misterios, secretos, susurros, idas y
venidas.
Prudencia:
(Entra.) ¿Quería verme el galán
enamorado?
Armando:
Quiero hablarte.
Prudencia:
¿Ahora?
Armando:
¿Y por qué no?
Prudencia:
Estoy ocupada.
Armando:
¿Y qué ocupación te impide hablar
conmigo?
Prudencia:
Los vasos. Todavía quedan treinta por
romper.
Armando:
Prudencia, no te vayas. Te lo suplico.
Prudencia:
Muy bien. Habla.
Armando:
Contéstame con franqueza. ¿Dónde está el
coche de Margarita?
Prudencia:
Vendido.
Armando:
¿Y los caballos?
Prudencia:
Vendidos.
Armando:
¿Y el abrigo de cachemira?
Prudencia:
Vendido.
Armando:
¿Y los brillantes? ¿Me vas a decir que
vendidos?
Prudencia:
No. Empeñados.
Armando:
¿Quién ha vendido? ¿ Y quién lo ha
empeñado todo?
Prudencia:
Yo.
Armando:
¿Y por qué no me lo habías dicho?
Prudencia:
Margarita no quería.
Armando:
¿Y por qué se ha vendido y empeñado
todo ?
Prudencia:
Deudas, precioso, deudas. ¿Cree que
resulta barato amarse idílicamente ?
Margarita se arruina por usted. Y como
ya no trabaja…
Armando:
No me hables de ese trabajo.
Prudencia:
Rompemos de veinte a treinta vasos
diarios, sin contar las tazas ni las
copas de bacarat.
Armando:
Margarita mía ¡una santa!
Prudencia:
Pero no hace milagros. En este bolsillo
tengo una hipoteca que acaba de
entregarme su agente. Si no la paga lo
perderá todo.
Armando:
¿Cuánto hace falta?
Prudencia:
Cincuenta mil francos.
Armando:
Yo pagaré.
Prudencia:
(Asombrada.) ¿Va a trabajar?
Armando:
(Asustado.) ¿Yo? ¡Nunca! Soy un
personaje romántico, vivo... ¡del aire!
Pediré dinero prestado. Ahora mismo iré
a París. No le diga nada a Margarita.
¡Silencio!
Entra Margarita.
Armando:
Mi amor, tengo que ausentarme un par de
horas.
Margarita:
No, no me dejes.
Armando:
Voy a recoger la correspondencia. Debo
tener carta de mi padre.
Margarita:
Una hora sin ti, es una hora sin vida.
Armando:
Volveré volando.
Margarita:
No, volando, no. Te lo suplico. Podrías
caerte.
Armando:
Como tú digas, amor. (Sale.)
Margarita:
(A Prudencia.) ¿Ves? Así vivimos
hace tres meses.
Prudencia:
¿Eres feliz?
Margarita:
Como nunca.
Prudencia:
¿Y no extrañas a tus otros amantes?
Margarita:
¿Qué amantes?
Prudencia:
¿Has olvidado al Duque?
Margarita:
Sí.
Prudencia:
¿Y al Marqués?
Margarita:
Sí.
Prudencia:
¿Y al Conde?
Margarita:
Por supuesto.
Prudencia:
¿Y al obispo?
Margarita:
Por favor, no blasfemes.
Prudencia:
¿Y al banquero?
Margarita:
( Duda un momento antes de contestar)A
todos, a todos.
Prudencia:
Qué mala memoria. Debe de ser un síntoma
de la enfermedad.
Margarita:
No, es el amor, el amor fecundo, febril,
fatídico, fascinante, fatal, feraz...
Prudencia:
Por favor, habla para allá; me estás
escupiendo encima todos los bacilos de
Koch.
Margarita:
Tu materialismo me espanta.
Prudencia:
Cuando no tengas donde caerte muerta
veremos quién va a pagar el entierro. (Sale.)
Narrador:
Por el camino empedrado un coche negro
se acerca. Lo ocupa un hombre de rostro
adusto y mirada acerada: es Jorge Duval
(Acorde.), el padre de Armando
Duval (Acorde.), que viene a ver
a Margarita Gautier (Acorde más
dramático.) ¿Qué nuevas desdichas
esperan a esta frágil criatura?
Canción de Jorge Duval
El honor de la familia
sagrado como el dinero
nadie lo debe manchar.
Lo pienso
digo
y repito.
¡Ah! Y defiendo la moral
Me enorgullecen mis hijos
y respeto a mi mujer
jamás digo una mentira.
Compro,
vendo,
nunca fío
y preservo la moral.
El hombre de buena estirpe
tiene mucho que cuidar
propiedades, su prestigio
finca,
casa
su tierrita
y se abroquela en la
moral.
El que es macho siempre sabe
que en casa de la familia
no hay tiempo para gozar
duerme,
finge,
busca el tiempo
Y se escuda en la moral.
Y si sus conocimientos
los pretende practicar
debe ser invulnerable
recio
tenaz
inflexible
Y defender
y defender
y defender con sus garras
la decencia y la moral.
Jorge:
¿Mademoiselle Margueritte Gautier?
Margarita:
C’est moi, monsieur.
Jorge:
Je suis George Duval.
Margarita:
¡Oh, mon coeur, qué negros
presentimientos!
Jorge:
Mi hijo se arruina por usted.
Margarita:
Se equivoca. Nunca he aceptado nada de
Armando.
Jorge:
Miente usted maravillosamente.
Margarita:
Acusa usted despiadadamente.
Jorge:
He visto sus cuentas y sólo en vasos ha
gastado usted trescientos mil francos.
Margarita:
Lo hago por Armando, cuido su salud.
Jorge:
¡Hipócrita! Ya me habían advertido que
era usted una mujer peligrosa.
Margarita:
Peligrosa para mí, no para los demás.
Jorge:
Me han notificado que Armando pide
dinero prestado utilizando mi nombre.
Margarita:
Lo ha hecho sin que yo me enterase.
Jorge:
Nunca ha sido usted tan desinteresada.
Margarita:
Ahora amo con toda la pureza que una
mujer como yo puede encontrar en el
fondo de su corazón cuando Dios se
apiada de ella y le envía su
arrepentimiento más profundo y
definitivo para salvarla del pecado en
que viví hasta el día glorioso en que lo
conocí. (Acorde. Termina sin aire.)
Jorge:
¿Con qué pensaban vivir entonces?
Margarita:
He ido vendiendo todo cuanto tengo:
ropa, pieles, diamantes, coche,
caballos, joyas, zapatos, un prendedor
de mi abuelita que en paz descanse, un
gato persa, dos botellas de champán, un
cenicero, dos sillones de portal, un
cuadro al óleo en perfecto estado...
¿Qué opina usted? (No responde.)
¿No opina? Cuando me anunciaron su
visita creí que se trataba de un agente
a quien voy a vender los muebles,
cuadros, tapices, calderos, libros,
frascos de perfume, un par de gallinas,
una escalera de mano, dos toallas, un
juego de cuarto con escaparate de tres
cuerpos, luna biselada y mesita de
noche, un bisoñé que se le quedó a un
conde en la cama y tres pulseras. Si
duda de mi palabra aquí tiene los
recibos.
Jorge:
(Leyendo.) Venta de mobiliario.
¿Me había engañado?
Margarita:
Sí, se ha engañado usted. Tengo un
pasado amargo, pero para borrarlo daré
hasta la última gota de mi sangre. (Tose.)
Jorge:
Señora, perdone mi brusquedad. Y ahora
voy a pedirle que dé a Armando la mayor
prueba de cariño.
Margarita:
Cállese, cállese, se lo suplico. Va a
pedirme algo terrible.
Jorge:
¿Cómo lo sabe?
Margarita:
He leído la novela.
Jorge:
Le hablo como un padre. Ya que ha hecho
feliz a uno de mis hijos, haga usted
feliz también a mis dos hijas.
Margarita:
¡Corrompido! ¿Cómo se atreve? Mis
costumbres, aunque ligeras, nunca han
llegado a ese extremo. No vivimos en la
Isla de Lesbos.
Jorge:
Perdone, me ha entendido mal. Armando
tiene una hermana, pura como un ángel.
Se va a casar con un hombre honrado y
por muy regenerada que usted esté, nunca
lo estará a los ojos de la sociedad.
Margarita:
¿Entonces no existe perdón para la mujer
caída? ¿Nunca podré formar una familia
ni visitar los lugares que otras
visitan? ¿Qué derecho tienen a excluirme
del mundo como si fuera una apestada?
Estoy aquí, soy francesa y nadie puede
impedirme vivir.
Jorge:
Hija mía, yo no instituyo las
costumbres, sólo las sigo. Y las mujeres
como usted no pueden vivir en un mundo
reservado a hijas como las mías.
Margarita:
¿No tengo derecho a la felicidad?
Jorge:
No existe felicidad para un amor que no
tiene por base la castidad, la religión,
ni la familia.
Margarita:
¿Me pide que deje a Armando para
siempre?
Jorge:
Para siempre. Se trata del porvenir de
mis hijos.
Margarita:
¿Llora usted? Gracias por esas lágrimas.
Béseme como besaría a su hija y ese
beso me dará fuerzas para el sacrificio
que tengo que hacer.
Jorge:
(La besa.) ¿Qué se propone?
Margarita:
Abandonarlo. Desgarrarme el corazón.
Jorge:
¿Y qué puedo hacer a cambio de su
desgarramiento?
Margarita:
Cuando yo haya muerto y Armando maldiga
mi memoria, dígale alguna mentira. Y
ahora, ¡adiós! ¡Váyase! Oigo un ruido.
Narrador:
Perdón, pero hay un error. Tenemos que
repetir la escena. (Música) Por
el camino empedrado un lujoso coche se
acerca. Lo ocupa un hombre orgulloso de
su posición social y de su fortuna. Es
Jorge Duval. (Acorde) un
explotador, que viene a ver a Margarita
Gautier. (Acorde.) ¿Qué nuevas
desdichas esperan a esta víctima de la
situación de inferioridad de la mujer?
Canción de M. Duval
El honor de la familia
sagrado como el dinero
nadie lo debe manchar
Lo pienso,
digo
y repito
¡Ah! Y defiendo la moral
Me enorgullecen mis hijos
y respeto a mi mujer
jamas digo una mentira
Compro,
vendo,
nunca fío
y preservo la moral.
El hombre de buena estirpe
tiene mucho que cuidar
propiedades, su prestigio
finca,
casa
su tierrita
y se escuda en la
moral.
El que es macho siempre sabe
que en casa de la familia
no hay tiempo para gozar
duerme,
finge,
busca el tiempo
Y hasta olvida la moral.
Y si sus conocimientos
los pretende practicar
debe ser invulnerable
recio
tenaz
inflexible.
Y defender
y defender
y defender con sus garras
la decencia y la moral.
Jorge:
¿Es usted Margarita Gautier?
Margarita:
La misma.
Jorge:
Yo soy Jorge Duval.
Margarita:
(Aparte.) ¿Oh, qué sucios
negocios le traerán aquí?
Jorge:
Mi hijo se está arruinando por usted.
Margarita:
Señor Duval, ¿usted sólo piensa en el
dinero?
Jorge:
Cuido la fortuna de mi familia.
Margarita:
Nunca he aceptado dinero de Armando. Ni
un franco, ni un maravedí.
Jorge:
¿Quiere decir que mi hijo ha descendido
tanto que acepta el dinero que usted
gana vendiendo su cuerpo?
Margarita:
Ustedes han convertido mi cuerpo en
mercancía.
Jorge:
Miente usted fríamente.
Margarita:
Le planteo la situación concretamente.
En su contexto.
Jorge:
Ya me habían advertido que era usted una
mujer con ideas peligrosas.
Margarita:
Mis ideas son peligrosas porque van
contra la alta burguesía explotadora que
usted representa.
Jorge:
¿Y le inculca esas ideas a mi hijo?
Margarita:
¡Sí!
Jorge:
¡Santo Dios! Me lo va a convertir en un
intelectual de izquierda.
Margarita:
Quiero a su hijo con toda lucidez y
quiero que su conciencia esté clara
también.
Jorge:
¿Y de qué piensan vivir?
Margarita:
Desde que conozco a su hijo he ido
vendiendo todo lo que poseo.
Jorge:
Eso no produce rentas.
Margarita:
Si duda de mi palabra, aquí tiene los
recibos.
Jorge:
(Los lee.) ¿Me habré engañado?
Margarita:
Sí. He sido una mujer humillada y sé lo
que es trabajar.
Jorge:
Entonces voy a exigirle que le dé a
Armando una prueba de amor.
Margarita:
Cállese. Su posición no le da derecho a
exigir nada.
Jorge:
Le hablo como un padre. Ya que ha hecho
feliz a uno de mis hijos, haga usted
feliz a las dos hijas que tengo.
Margarita:
¡Burgués corrompido! ¿Cómo se atreve?
¿Usted cree que las mujeres de mi clase
tienen los vicios de la aristocracia?
Jorge:
No me ha entendido bien. Armando tiene
una hermana que se va a casar con un
noble cuyo apellido es orgullo de
Francia. El nombre de esa familia no
puede estar mezclado con el suyo.
Margarita:
¿Qué me importan esos títulos comprados?
Jorge:
Madame, yo no instituyo las costumbres.
Soy también una víctima de mi clase.
Margarita:
Alcese por encima de su clase. La
historia está llena de ejemplos: piense
en el duque de Orleans.
Jorge:
Yo no hago la historia.
Margarita:
¿Entonces quiere que deje a Armando para
siempre?
Jorge:
(Llorando.) Para siempre. Se
trata del porvenir de mis hijos.
Margarita:
¡Llora usted! Ah, mi sentimentalismo
pequeño burgués me pierde.
Jorge:
¿Qué piensa hacer?
Margarita:
Cederé, aunque mi conciencia se rebela.
Abandonaré a Armando.
Jorge:
¿Quiere que la bese?
Margarita:
Ni se le ocurra.
Jorge:
¿Qué puedo hacer a cambio de su
sacrificio?
Margarita:
Usted y yo no podemos hacer nada. Pero
la historia avanza y un día existirán
mujeres como yo, no hombres como usted.
Y ahora váyase, váyase. Oigo un ruido
Se oye un ruido. El ruido crece. Está
producido por muñecos que caen del techo
para la escena siguiente. Algunos traen
unos letreros con las acotaciones para
la escena.
Letreros:
Acto tercero
Salón muy lujoso
en casa de Olimpia.
Se oye la orquesta.
Baile y movimiento.
Los personajes bailan enloquecidos un
rigodón, saltan fuera del retablo, giran
como trompos, hasta que se oye una voz
que dice: «Hagan juego». Quedan
estáticos y después cantan.
Olimpia:
Aquí está todo París.
Gastón:
Menos Margarita.
Prudencia:
Ya vendrá.
Olimpia:
¿Y Armando?
Gastón:
Después que Margarita lo dejó se esfumó
como un fantasma.
Entra Armando.
Prudencia:
Apareció el fantasma.
Todos:
¡Armando!
Prudencia:
¿Qué cuenta de nuevo?
Armando:
Nada, Prudencia, nada.
Olimpia:
¿Ha visto a Margarita?
Armando:
No me interesan las cortesanas. Fue un
capricho.
Prudencia:
Ella le quería a usted ¡mucho, mucho!
Olimpia:
Pero el duque le ofrecía ¡más, mucho
más!
Gastón:
Y ella tenía tantas deudas.
Olimpia:
El duque las pagó todas.
Prudencia:
Hay hombres que nacen para pagar.
Olimpia:
Y otros para que les paguen.
Armando:
Voy a tomar aire fresco. (Sale.)
Olimpia:
No la podrá olvidar. Margarita sabe
mucho.
Prudencia:
¡Como sabe la muy...!
Gastón:
No creo que la ha olvidado. Hay un
brillo misterioso en su mirada.
Olimpia:
Oculta el odio.
Gastón:
O el amor.
Prudencia:
Extraña la cama de Margarita.
Gastón:
¡Qué buena cama!
Prudencia:
¡Magnífica! Con un colchón de muelles de
este alto.
Gastón:
Le costó doscientos luises.
Olimpia:
Sí, 200 luises, 30 pedros, 18 enriques y
no sé cuántos juanes.
Un criado:
(Anuncia) Mademoiselle
Margueritte Gautier y Monsieur le Duc de
Varville.
Olimpia:
(Besa a Margarita.) Llegas tarde.
¿Te quedaste dormida?
Varville:
Fuimos a la ópera.
Prudencia:
(En secreto.) Armando está aquí.
Margarita:
¡Armando! (Se desmaya.)
Todos:
Se ha desmayado.
Margarita:
(Levantándose.) Ya pasó. Cosas
del corazón.
Gastón:
Márchese inmediatamente.
Margarita:
¿Por qué?
Gastón:
Pudiera ocurrir algo entre Armando y
Varville.
Margarita:
¿Un duelo por mí? Ce n´est pas posible.
Debo partir.
Olimpia:
¿Qué daban esta noche en la ópera?
Varville:
La traviata.
Armando:
(Apareciendo.) La historia de una
mujer que engaña a su amante.
Olimpia:
La historia se repite.
Prudencia:
Armando, ¿no juegas?
Armando:
Sí. Quiero hacerme rico, muy rico. Y
después me iré al campo.
Olimpia:
¿Solito?
Armando:
No. Con una mujer que me acompañó una
vez y me dejó porque yo era pobre.
Varville:
(Retador.) Caballero.
Armando:
¿Hablaba conmigo, caballero?
Varville:
Sí, caballero. Voy a proponerle una
partida.
Armando:
Acepto, caballero.
Prudencia:
Dios míos, se van a arruinar.
Todos van a la mesa de juego.
Canción del juego
Todos juegan, todos juegan
Por Dios se van a arruinar
Juego al cinco, juego al cinco
Cinco al rojo
rojo y cinco
¡qué manera de jugar!
Armando juega su vida
juega su amor
juega al trece.
Varville derrocha su plata
juega su honor
juega al doce.
Por una mujer perdida
que no vale un franco, nada
Armando juega su vida
Varville derrocha su plata
Margarita su salud
Ocho rojo
Ocho muerto
Ocho muerto, muerto y ocho
Qué manera
Qué manera
Qué manera tan terrible
Tan terrible y peligrosa
Qué manera de jugar.
Armando:
Cien luises a la izquierda.
Varville:
Cien luises a la derecha.
Dealer:
Ahí viene la bolita por la canalita.
Todos:
¿Quién gana, quién gana?
Dealer:
La izquierda gana.
Todos:
Armando gana.
Varville:
Doscientos luises al negro.
Armando:
Doscientos pedros al rojo.
Dealer:
Ahí viene, ahí viene, sola viene la
bolita.
Todos:
¿Quién gana, quién gana?
Dealer:
El rojo, el rojo gana.
Todos:
Entonces Armando gana.
Margarita:
Dios, ¿qué va a pasar aquí?
Armando:
Quinientos luises al 13.
Coro:
Trece chulo, doce puta.
Varville:
Al 12 le juego yo.
Dealer:
Sola solita, solita la bolita por la
canalita.
Todos:
¿Quién gana, quién gana?
Dealer:
El 13 es el que gana.
Todos:
Entonces el chulo gana.
Varville:
Me debe la revancha, caballero.
Armando:
Cuando quiera, caballero.
Olimpia:
Basta de juego. Vamos, Conde,vamos
Duque. ¡Vamos! Todos a cenar.
Todos salen, menos Armando y Margarita.
Margarita:
Debo hablar con usted.
Armando:
¿Qué quiere decirme, madame?
Margarita:
Varville le va a retar a duelo.
Armando:
Y usted me aconseja que huya.
Margarita:
Armando, en nombre de nuestro amor
pasado, en nombre de lo que me queda por
sufrir, váyase, y olvide hasta mi
nombre.
Armando:
Tiembla usted por la vida de su amante.
Margarita:
Tiemblo porque puede matarte de un
pistoletazo.
Armando:
Entre el señor de Varville y yo hay una
cuestión de sangre.
Margarita:
El no es culpable.
Armando:
Usted le ama y eso basta para que yo
quiera matarlo.
Margarita:
Te lo suplico ¡márchate!
Armando:
Me iré con una condición.
Margarita:
Dila.
Armando:
Ven conmigo.
Margarita:
(Retrocede.) ¡Jamais!
Armando:
Margarita, tengo fiebre.
Margarita:
El termómetro, el termómetro.
Armando:
Me arde la sangre.
Margarita:
La tisis, la tisis.
Armando:
No me late el corazón.
Margarita:
Contagiado, contagiado.
Armando:
(Trágico.) ¡No! Es el amor. El
amor invencible, irritante, rencoroso,
aumentado por el remordimiento, el
desprecio, la vergüenza.
Margarita:
Márchate, olvídame.
Armando:
Nunca te olvidaré.
Margarita:
No podemos querernos. Lo he jurado.
Armando:
¿A quién lo has jurado?
Margarita:
No me preguntes.
Armando:
¡Dímelo, dímelo!
Margarita:
¡Nunca, nunca!
Armando:
¿Se lo juraste al Duque?
Margarita:
(Después de una pausa.) ¡Sí!
Armando:
Ahora voy a matarte. (Armando la tira
al suelo. Entran todos.)
Armando:
Entrad todos. ¿Veis a esta mujer?
Todos:
Margarita Gautier.
Armando:
Vendió todo lo que tenía para vivir
conmigo.
Todos:
¿Todo?
Armando:
Todo.
Todos:
¿Absolutamente todo?
Armando:
Todo. Y yo no le he dado nada en pago.
Todos:
¿Nada?
Olimpia:
¿Usted no tenía nada?
Armando:
Muy poco.
Olimpia:
Pobrecito, ¡y tan joven!
Armando:
Ahora lo voy a remediar. Sed todos
testigos de que pago mis deudas. (Armando
le echa un puñado de billetes o monedas.
Margarita cae desmayada diciendo:
¡Ahhhh!)
Varville:
Caballero, usted es un cobarde.
Armando:
No la toque.
Cada uno coge a Margarita por un brazo.
Halan. Cada uno se queda con un brazo.
Después Armando coge la cabeza y el
Duque el cuerpo. Halan. Separan la
cabeza del cuerpo.
Armando:
Usted ha destrozado a esta mujer.
Varville:
Y usted le ha desgarrado el alma.
Armando:
Usted le arrancó el brazo primero.
Varville:
Fue usted.
Armando:
¿Se atreve a llamarme descuartizador?
Varville:
No. ¡Chulo!
Armando:
Esto no se queda así. Al campo del
honor.
El Duque y Armando salen.
La cabeza de Margarita:
Armando, Armando de mi alma.
Prudencia:
Un médico, un médico. Hay que unir los
pedazos de esta pobre mujer destrozada.
Todos:
Un médico, un médico.
Todos desaparecen gritando:
un médico. Sólo queda en escena la
cabeza de Margarita.
La cabeza de Margarita:
(El duelo se representará en sombras
chinescas mientras ella lo describe.)
No pude asistir al duelo. Se celebró en
un bosquecillo de tilos cerca de París.
Armando llegó taciturno, llamando la
muerte en cada gemido; el Duque,
altanero, seguro de sí mismo. Mientras
yo, en mi cama del hospital, desecha,
literalmente deshecha, temía por la vida
del hombre que amaba. Mi corazón,
separado de mi cabeza latía dentro de mi
pecho y yo no tenía una mano para
reprimir los latidos. Divago, lo sé,
pero mi cabeza no funciona como antes.
Contaron los pasos. Armando y el Duque
se miraron con rencor... ¡y dispararon!
(Se oyen los disparos.) El Duque
cayó redondo. Lágrimas de felicidad
rodaron por mis mejillas. Ahora espero
pacientemente la operación final. ¿Para
qué? Conocí una vida distinta con
Armando, y sé que moriré sin él.
Entran enfermeros. Traen los brazos, las
manos, las piernas, el cuerpo de
Margarita. Sacan martillos y comienzan a
clavar. Margarita grita. Apagón. Se oye
lejana una música alegre y descorchan
botellas de champán.
Narrador:
Margarita Gautier volvió a vivir.
Entera. Pero su alma estaba herida en lo
más profundo. Trató de olvidar, pero
nada mitigaba su nostalgia del amor. El
último día del año, mientras todos
tratan desesperadamente de divertirse,
la infortunada mujer galante agoniza en
su lecho.
Margarita:
(Tose.) Nanina, Nanina. (Tose.)
Nanina, Prudencia. Estoy sola, todos me
han abandonado.
Nanina:
¿Llamaba, Madame?
Margarita:
Voy a morir.
Nanina:
No diga eso, si se ve de lo más bien. (Aparte.)
No le queda ni un minuto, tiene la
muerte reflejada en el rostro.
Margarita:
Siento llegar la muerte, oigo sus pasos.
Moriré sin ver a Armando. Lo sé.
Nanina:
Vendrá, Madame, vendrá. (Aparte.)
Está a mil leguas de París. (Amarga.)
Cuando menos lo espere aparece con un
ramo de camelias.
Margarita:
Para colocarlas en mi tumba.
Nanina:
(Llorando.) Ay, madame.
Margarita:
Nanina, llama un sacerdote, quiero
confesarme.
Nanina:
Aquí está. Ya le había avisado.
Margarita:
Pronto, pronto, que la muerte se acerca.
Nanina:
Pase, padre, pase.
Entra un cura con dos monaguillos.
Cura:
Que Dios te bendiga, hija mía.
Margarita:
Oh, fray Lorenzo, qué bueno que ha
venido.
Cura:
Estoy siempre junto al lecho de los
moribundos.
Margarita:
Estoy arrepentida.
Cura:
¿Arrepentida de qué, hija mía?
Margarita:
De todo, padre.
Cura:
Eso es muy general, hija mía. Necesito
detalles.
Margarita:
Me da pena, padre.
Cura:
No te avergüences, hija mía. Cuéntame
tus pecados, uno por uno.
Margarita:
Pregúnteme, padre, será más fácil.
Cura:
Contesta sin miedo. Allá va: ¿has tenido
comercio carnal fuera del matrimonio?
Margarita:
Sí, padre.
Cura:
¿Cuántas veces, hija mía?
Margarita:
No me acuerdo, padre.
Cura:
Haz memoria, hija. Hay que hacer un
esfuerzo.
Margarita:
Pregúnteme, padre.
Cura:
¿Diez veces, hija mía?
Margarita:
Más, padre.
Cura:
¿Veinte veces, hija mía?
Margarita:
Mucho más, padre.
Cura:
¿Cien veces, hija mía?
Margarita:
Mire, padre, tengo veintidós años,
empecé a los trece... ¿Cuántos años van?
Cura:
Nueve años, hija mía.
Margarita:
¿Cuántos días tiene un año, padre?
Cura:
Trescientos sesenta y cinco, hija.
Margarita:
Multiplique por nueve.
Cura:
Trescientos mil doscientas ochenta y
cinco veces, hija.
Margarita:
Más los años bisiestos.
Cura:
¡Hija! Son muchas veces, carajo.
Entra el Angel de la Guarda.
Angel:
Yo se lo advertí.
Cura:
¿Y tú quién eres?
Angel:
Su ángel de la guarda.
Cura:
Muy mal guardada.
Angel:
Quiero confesarle una cosa.
Cura:
Dime.
Angel:
Yo me divertía mirando.
Cura:
¿Mirando nada más?
Angel:
No podía hacer otra cosa. Soy un ángel.
Cura:
Vaya angelito. (A Margarita.) ¿Y
ahora qué hacemos? ¿Te arrepientes de
todo corazón?
Margarita:
Bueno, padre, la verdad es que...
Angel:
Di que sí o te hundes en el infierno.
Margarita:
Sí, sí, padre.
Cura:
Ego te absolvo.
Entran otros curas, cantan cantos
gregorianos. Entra Nanina.
Nanina:
¿Señora, se siente mejor? Prométame no
alterarse.
Margarita:
¿Qué pasa?
Nanina:
Una gran alegría.
Margarita:
¡Armando! ¿Dónde está?
Armando:
Aquí estoy.
Margarita:
¡Armand!
Armando:
¡Margueritte! (Se abrazan.) Ahora
nada nos separará.
Aparece La Muerte con una guadaña.
Margarita:
Ya no soy bella.
Armando:
La misma de siempre: mi dama de las
camelias.
Margarita:
Nanina, quiero salir. Dame mi abrigo,
péiname. Pasearemos juntos, volveremos a
bailar, iremos al campo... (La tos le
impide hablar. El Angel y Nanina lloran.
La Muerte se acerca.) Tarde o
temprano hay que morir de lo que se ha
vivido. He vivido de amor, de amor me
muero. (La Muerte la abraza.)
¡Ah, qué extraño! (La Muerte le da un
gran beso.) Me parece que vuelvo a
la vida. Siento un bienestar
desconocido. Voy a vivir, a vivir... (Muere
en brazos de La Muerte.)
Armando:
Dios mío, ¿qué va a ser de mí? ¡No
quiero vivir!
Dos hombres traen un ataúd. Colocan
dentro a Margarita. Armando llora
arrodillado. Colocan cirios. De pronto
Margarita se levanta del ataúd. Todos
huyen, menos Armando.
Margarita:
Armando, mi Armando.
Armando:
(Se acerca lentamente,
asustado) ¿Qué quieres?
Margarita:
No me dejes sola, ven a mis brazos.
Viviremos una larga noche de amor,
interminable. Mira, el ataúd es tan
cómodo. Todo forrado de seda y con
almohada de plumas. Dormiremos
abrazados, unidos en el frío eterno de
la muerte. Los gusanos pasarán de mi
cuerpo al tuyo, se confundirán nuestros
cabellos, se mezclarán nuestros huesos y
al final sólo un perito podrá
diferenciar tu calavera de la mía. Ven,
Armando, ven. Ya nada se opone a nuestro
amor.
Armando lanza un grito y huye, se puede
decir despavorido. Margarita mira al
público.
Margarita:
Dios mío, qué solos se quedan los
muertos. (Se acuesta en el ataúd y
ella misma pone la tapa. La
acción vuelve al cementerio como en la
primera escena.)
Armando actor:
Y así termina mi historia.
Enterrador:
¡Qué triste! Parece una novela.
Armando:
La vida es más triste que las novelas.
Enterrador:
¿Y qué va a hacer ahora?
Armando:
He venido a trasladar sus restos.
¿Estará conservada?
Enterrador:
No sé. Ya usted vio a Yorick.
Armando:
Quisiera besar sus labios otra vez.
Enterrador:
Manos a la obra.
El enterrador canta mientras cava.
Armando:
¡Cuidado! No le vaya a dar con el pico
en la cabeza. ¡Se preocupaba tanto por
el peinado!
Enterrador:
No se preocupe, llevo veinte años en
este oficio.
Armando:
Cada golpe lo siento en el corazón.
Enterrador:
Ya suena hueco, es el sarcófago. ¡Fooo!
¡Cómo apesta!
Armando se lanza a la tumba y se abraza
al esqueleto de Margarita. En otras
tumbas aparecen Julieta, atravesada por
la daga, Ofelia, coronada de flores...
etcétera. Estas amantes musitan una
melodía romántica mientras Armando
abraza a Margarita. Baja la luz muy
lentamente.
Fin |